Hoy no, Satán
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Capítulo I
I
Te contaré lo que sucede cuando tu vida se va al infierno. Una vez que cruzas esa línea de la que no hay retorno. Que te atenaza el miedo. Que te vence la confusión. Y si ahora mismo estás frente a mí, es porque, literalmente, te has ido al Infierno.
Aun así, y es la quincuagésima vez que lo pienso desde que comencé hoy mi turno en el Salón de la Justicia hace ya seis horas, eso no te da ningún derecho a comportarte como un auténtico imbécil conmigo.
Sin embargo, aquí tengo delante de mis narices a un muerto grosero y desagradable que no para de dar puñetazos sobre mi mesa y que es tan irritante y repulsivo que hasta me ha provocado dolor de cabeza. Una auténtica migraña.
—¡Que yo no estoy muerto! ¡Deja de decir eso! —Se inclina sobre la mesa y se acerca tanto a mí que casi pierdo el conocimiento por el tufazo a alcohol de su aliento.
Me paso el dorso de la mano por la mejilla para quitarme sus babas y reprimo como puedo las ganas de restregárselas por la cara. Pero esto me habría obligado a volver a tocarlo, y el simple hecho de pensar en la humedad de su saliva me da ganas de vomitar. Apenas consigo contener la arcada.
—Lo lamento en el alma —le espeto sin inmutarme—. Estás muerto. Falleciste en un accidente de tráfico.
—Imposible —me rebate, y hace un gesto de desdén con la mano—. Yo nunca he tenido un accidente.
Entorno los ojos ante su descarada mentira.
Si algo caracteriza a los humanos es que no son de fiar. Ninguno. De hecho, no hay uno solo que no intente mentir despiadadamente para huir de aquí. Y lo que no alcanzan a comprender es que yo no tengo la última palabra sobre su destino final. Eso es cosa de mi padre.
Le doy la vuelta a la carpeta para que pueda leer lo que aparece escrito.
—Aquí dice que ibas bebido.
—Me tomé una o dos copas como mucho —farfulla—. Pero soy un excelente conductor. Domino el volante incluso después de una copa de vino.
Fijo la vista en el techo de piedra y ahogo un suspiro. Este absurdo trabajo que me toca hacer después de clase es idea de mi papaíto. Según él, estar aquí me ayudará a entender a qué se dedica. Forjará mi carácter. Me pregunto si acaso aspira a tener una hija amargada y aburrida.
—Pues aquí dice que te pimplaste seis copas de vino. —Alzo su expediente, que pesa una tonelada por tantísimos pecados—. Y que luego te estampaste contra un árbol después de estar a punto de llevarte por delante a una anciana.
—Pero no llegué a atropellarla. Logré frenar en la última décima de segundo.
Lanzo la carpeta sobre la mesa y me pongo de pie para estar a su altura. No hay más que decir. A fin de cuentas, no estoy aquí para discutir con los muertos. Mi labor es cerciorarme de que reciban el castigo que merecen por su mal comportamiento en vida.
Le digo entre gruñidos:
—La pobre mujer sufrió un infarto por culpa del susto y murió a los dos minutos.
Sus ojos oscuros se abren como platos y retrocede unos pasos, momento que yo aprovecho para tomar una bocanada del aire que me ha estado robando con su exagerada cercanía.
—No me pueden culpar a mí por eso. Es evidente que a la mujer le llegó su hora.
—Y mucho me temo que a ti también te llegó la tuya. Mírate, si ya tienes el sello y todo.
Le señalo la parte interna de la muñeca derecha: se ve una marca que ondea como una serpiente y le recorre la piel antes de convertirse en una sucesión de letras y números escarlata.
Frunce el ceño y sacude el brazo en un intento de hacer desaparecer la tinta.
—¿Qué mierda es…?
Fuerzo la vista para distinguir los dígitos.
—Tienes asignada la parcela número 10. Estarás allí con los otros mentirosos. —Arqueo las cejas y escudriño lo que se especifica en sus hojas—. Por lo que pone aquí… a lo largo de tu vida hiciste más que beber y conducir temerariamente. Fuiste un muchacho problemático.
—P-p-pero… Eso no es cierto —tartamudea.
Se queda más blanco que la pared, y yo sonrío satisfecha.
Por lo general podría decirse que no me gusta mi trabajo, pero de vez en cuando soy capaz de entender por qué a mi padre le apasiona tanto lo que hace.
—No puedo estar muerto. Y mucho menos puedo estar aquí.
Garabateo una marca en mi portapapeles, me doy la vuelta y agarro el primer mono color carmesí de una enorme pila en el suelo. No hace falta buscar la talla: aquí el atuendo se ajusta al cuerpo de quien debe llevarlo en cuanto se lo pone.
—Por última vez —me acomodo en la silla—, te aseguro que todo lo que consta aquí es correcto.
Estás muerto. Has sido juzgado y has acabado en este sitio.
Asúmelo, no te queda otra. —Dejo el traje en la mesa, justo enfrente de él, y señalo a mi izquierda—.
Sigue a Nefas por allí. Él te llevará a la parcela número 10.
Te pasarás toda la eternidad enfundado en esa prenda, así que permíteme darte un consejo: cuídala bien.
El hombre me mira boquiabierto y continúa anclado donde está.
Deslizo la mirada hacia el demonio alto y de color medianoche que aguarda pegado al muelle, asintiendo y mirándome fijamente.
Las llamas de la pared parpadean y dejan entrever las escamas de ónice que cubren su cuerpo colosal. Unos cuernos en tono verde esmeralda le salen de la frente y forman una U sobre su cabeza.
Nefas tiene una figura imponente, ensalzada por unas robustas pezuñas que estampa contra el suelo lo bastante fuerte como para hacer retumbar todo a su paso.
Es el encargado de transportar las almas a sus parcelas desde que mi padre fue desterrado a este sitio.
Creo que desempeña genial su trabajo, pero, a decir verdad, yo no me imagino haciendo algo tanto tiempo.
Ya me cuesta sobrevivir tras ocho horas a la semana aquí, así que…
—Vámonos —indica Nefas, y apoya sus afiladas uñas en el hombro del tipo.
Este abre los ojos de forma desmesurada y vocifera cuando se lo llevan a rastras de mi mesa, sin ser consciente de la huella que dejan en la grava los tacones de sus zapatos de vestir negros.
—¡Bienvenido al Infierno, buen hombre! —le suelto en tono melódico—. Me encantaría decirte que disfrutes de tu estancia, pero es muy probable que no lo hagas. Y en eso consiste estar aquí.
Nefas le da un empujón para hacerlo subir a un pequeño barco amarrado a un muelle junto con otros cientos de caminantes oscuros, mientras yo firmo con un «Devica» en la línea de «Comprobado por» que está en la parte de abajo del informe.
Cierro a toda prisa su carpeta, la pongo sobre el montón de «hecho» y observo la fila interminable que tengo ante mí. Refunfuño.
—¿Cómo narices los humanos pueden dar tanto por saco incluso estando fiambres?
Tomo otra carpeta de la pila que está a mis espaldas, la abro y llamo al siguiente sin tan siquiera alzar la cabeza.
—¡Siguiente!
—Ejem. Creo que soy yo. Pero aquí debe de haberse producido un error.
—¿En serio? —Me froto las sienes porque cada vez siento más presión en la cabeza—. ¿Acaso no has oído lo que le he dicho al tipo que estaba delante de ti? Aquí no cometemos errores.
Escaneo la información que aparece en el informe con la vista borrosa.
¿Qué he hecho yo para que me sigan tocando todos los quejicosos?
Se los tendría que endilgar a mi compañero Ferus, pues, aunque tiene fama de ser el demonio más temido y de odiar a los humanos todavía más que yo, lo cierto es que tiene buena mano con ellos.
Tanto es así que al final todos acaban pensando que les ha hecho un favor al enviarlos a su parcela.
—No me entiendes —persiste la voz—. Yo no pertenezco a este sitio, no he hecho nada malo.
Estudio concienzudamente el informe. Una mujer mayor de pelo canoso y gafas me sonríe desde la fotografía que mi padre solía utilizar para emitir sus juicios. Por su tono jocoso, la voz no parece pertenecer a un ciudadano entrado en años.
Levanto la mirada y enarco las cejas.
El muchacho que tengo delante no se parece en nada a la mujer de la foto. Los ojos que tengo clavados en mí son de ese azul que solo he visto en los pósters de los océanos terrestres que mi padre me ha enseñado alguna vez. Su profundidad me provoca un escalofrío.
Mi padre ya me advirtió de que los océanos son tan peligrosos como los caminantes oscuros. Y es que, aunque en la superficie parecen calmados y bonitos, en el fondo sus monstruos siempre están al acecho.
Un mechón de color marrón arena le cae sobre el ojo derecho. Parece joven, calculo que de mi edad más o menos. Sin duda, demasiado joven para estar aquí ahora delante de mí. Normalmente, los humanos de su edad permanecen en un lugar intermedio hasta que se ganan su ascenso o su descenso.
Pero si lo tengo ante mí es porque ha tenido que hacer algo horrible.
—Tú no tienes pinta de ser Ethel Tofflemeyer —le espeto al tiempo que leo el nombre que aparece mecanografiado justo debajo de la foto de la mujer.
—Me lo dicen mucho. —Se ríe por lo bajo.
Entrecierro los ojos.
—Apuesto a que has averiguado dónde estás, ¿no?
—A ver, a ver… Fuego…, azufre…, demonios espeluznantes… Voy a arriesgarme y a decir que esto no es Disneylandia —suelta—. Digamos que por aquí no voy a toparme con ningún cartel que me diga: bienvenido al lugar más bonito de la tierra .
Su sonrisa de medio lado me desmonta. Y no solo porque ni tan siquiera recuerde la última vez que un caminante oscuro me sonrió, sino porque, por algún extraño motivo, mi corazón se acelera al ver cómo la comisura de sus labios se arquea hasta casi llegarle a los ojos.
Trago saliva.
Este tío es idiota. Por algo está aquí.
—Confieso que yo nunca he pisado Disneylandia —le suelto, y mi mirada se cruza con la suya—. Pero, efectivamente, ese no es nuestro lema.
Hasta donde estamos llega el grito agónico de uno de los caminantes oscuros que van en el barco que avanza a nuestra derecha. En ese momento, a mi interlocutor le desaparece cualquier mínimo atisbo de humor del rostro.
—Ya lo voy comprendiendo todo.
—¿Qué has hecho con Ethel Tofflemeyer?
—¿Con quién?
Le muestro la foto de la anciana, y sus ojos se abren de forma exagerada al reconocerla.