Hoy (Arpías 2) Epílogo 1
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Epílogo 1

EVAN

La puerta del apartamento se cierra detrás de nosotros.

Neva se queda de espaldas a mí durante unos segundos, con una mano todavía apoyada en el pomo, como si estuviera reuniendo el valor necesario para girarse.

Yo hago lo mismo, aunque por razones muy distintas.

Necesito componer la expresión adecuada.

No demasiado serena, porque cualquier hombre normal estaría intentando decidir si la cena ha sido real o si le han echado algo en la bebida.

Tampoco demasiado alterada, porque entonces ella intentará consolarme, se acercará, buscará mis ojos y quizá vea algo que no debería.

—Bueno —dice al fin.

Se gira despacio. La seguridad que suele envolverla se ha quedado abajo, sentada en aquella mesa, entre confesiones sobre asesinatos, experimentos genéticos, hombres creados en laboratorios y recuerdos borrados.

Aquí arriba vuelve a ser Neva. La mujer que me mira como si mi respuesta pudiera partirla por la mitad.

—Bueno —repito.

Ella cruza los brazos, pero no es un gesto defensivo. Es una forma de sujetarse.

—¿Cómo te sientes?

—No lo sé.

Neva baja la mirada.

—Es una respuesta bastante justa.

—Estoy intentando asimilarlo.

—Claro.

La palabra sale demasiado deprisa, seguida de un asentimiento nervioso.

Me acerco un par de pasos, pero me detengo antes de llegar hasta ella.

Mi teléfono pesa en el bolsillo.

La llamada perdida lleva allí desde la cena, incrustada en mi cabeza como una alarma.

—Son muchas cosas —digo—. Lo de vuestras habilidades. Lo de los asesinatos. Lo de que os crearon. Lo de…

Hago una pausa y la miro.

—Lo de mi memoria.

Neva se estremece.

—Evan…

—No estoy enfadado.

No del modo en que ella cree al menos. No con ella. Nunca con ella.

—Deberías estarlo.

—Quizá mañana.

La broma no llega a serlo del todo, pero le arranca una respiración que se parece al comienzo de una risa. Apenas dura un segundo.

—Puedes necesitar tiempo —dice—. Lo entendería. Si quieres irte a tu apartamento, o pasar unos días sin verme, o…

—No.

La contundencia de mi respuesta la hace callar.

Su expresión cambia. Hay miedo en sus ojos, aunque no es miedo a mí. Es miedo a que la mire y solo vea el arma, el experimento, la asesina. A que todo lo que es quede enterrado bajo lo que le hicieron.

Neva descruza los brazos.

—Por favor, no me mires de forma diferente.

—No voy a hacerlo.

—Ahora lo dices porque estás en shock.

—Lo digo porque es verdad.

—No sabes cómo vas a sentirte mañana.

—Tampoco sabía cómo iba a sentirme la primera vez que me borraste la memoria y aquí estoy.

Su rostro pierde color.

Mierda.

—No pretendía…

—Ya lo sé —la interrumpo—. Es una forma horrible de expresarlo, pero lo que intento decir es que sigues siendo tú.

Se queda quieta, estudiándome.

—¿Incluso después de saber todo lo que he hecho?

Pienso en el laboratorio. En los hombres muertos. En las órdenes que ellas cumplen y en las vidas que destrozan para llegar hasta la mujer que las creó. Podría importarme. Quizá debería. Una persona mejor se preguntaría dónde termina la víctima y dónde empieza el monstruo. Yo no tengo ese problema.

La doctora a la que llaman Madre me da igual.

No me importa si merece morir, si es culpable, si está loca o si toda esta historia tiene una justificación más compleja.

Tampoco me importa Preston Reed. Si mañana aparece muerto en una cuneta, dormiré exactamente igual que esta noche.

No es crueldad. Es economía. No gasto emociones en personas que no significan nada para mí.

Neva sí.

Ella es la única grieta en una vida construida para no tenerlas.

—Incluso después de saberlo —respondo.

Sus labios se separan, pero no dice nada. Durante un instante creo que va a acercarse. Yo también quiero hacerlo, aunque el teléfono vuelve a tirar de mi atención.

Necesito sacar a Neva del apartamento sin que parezca que quiero librarme de ella. La observo un momento, fingiendo agotamiento, y dejo caer el cuerpo sobre el sofá.

—¿Sabes qué es lo peor?

Ella frunce el ceño.

—¿Qué?

—Que tengo la impresión de que todo esto sería más fácil de digerir con azúcar.

—¿Azúcar?

—Galletas. Chocolate. Algún producto procesado con una cantidad irresponsable de grasa.

Neva ladea la cabeza.

—¿Acabas de descubrir que soy una asesina creada genéticamente y quieres galletas?

—Es mi mecanismo de defensa.

Por fin sonríe. Es una sonrisa pequeña, todavía frágil, pero suficiente.

—Creo que abajo quedan unas galletas.

—Las de chocolate.

—Eran de Row.

—Entonces estaban condenadas desde el principio.

Neva niega con la cabeza y se acerca hasta mí. Se inclina, apoya una mano en mi mejilla y me besa con suavidad. El gesto es tan confiado que por un momento olvido respirar.

—Vuelvo enseguida.

—Tómate tu tiempo. Tengo que reorganizar toda mi comprensión del universo.

—Idiota.

La sigo con la mirada hacia el tobogán y luego el ruido de la trampilla al abrirse. Espero unos segundos más. Los suficientes para que llegue a la tercera planta.

Entonces, saco el teléfono.

La pantalla se ilumina y muestra la llamada perdida. No aparece el nombre real. Nunca lo haría. Deslizo el dedo por la lista hasta encontrar Dojo enterrado entre contactos que no significan nada. Una tienda de juegos, miniaturas y cómics. Un nombre inofensivo para un hombre que no lo es.

Pulso llamar.

Responde al segundo tono.

—Has tardado.

No hay saludo.

—No podía hablar.

—¿Estabas con ellas?

—Sí.

Se hace un silencio breve.

—¿Alguna novedad?

Miro hacia la puerta, aunque sé que Neva todavía no puede haber regresado.

—Hay un problema. Un poli de Asuntos Internos. Preston Reed.

—¿Qué ocurre con él?

—Está investigando al superintendente. Tiene información sobre su hermano y está reuniendo más.

La respiración del senador no cambia.

—¿Qué clase de información?

—Todavía no lo sé todo. Pero se está acercando demasiado. Puede relacionar al intendente conmigo.

—¿Y cómo has llegado a esa conclusión?

—Porque casualmente está intentado ligar con una de los monstruitos, la que hace tatuajes con aspecto raro, y tengo la sensación de que es para llegar a mí.

—¿Has descubierto algo más? —pregunta.

Sí.

He descubierto que Neva y sus hermanas no son solo asesinas.

Que son el resultado de un experimento. Que existen habilidades que nadie admitiría en voz alta sin parecer un lunático.

Que la tal Madre sigue siendo el centro de todo.

Que las cuatro van a por ella. Que hubo otros hombres creados como el que ahora vive entre ellas y que todos los demás han desaparecido.

Podría contarle cada detalle.

Los McCain pagarían más por una información así. Mucho más. Llevan años pagándome por infiltrarme, mentir y convertir secretos ajenos en dinero. Nunca he tenido problemas con eso. Las lealtades son un lujo y yo siempre he preferido cobrar.

Pero la imagen de Neva pidiéndome que no la mire de otra manera sigue clavada detrás de mis ojos.

—No —digo—. Nada relevante.

La mentira no me produce culpa. Solo una certeza incómoda: acabo de elegirla.

—Entonces Reed es el único cabo suelto.

—Sí. Si lo eliminamos, se acaba el problema.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Otro silencio.

—Ocúpate de él.

No dice cómo. No hace falta. Preston Reed debe dejar de investigar y de respirar. Elegir el método me corresponde a mí.

—Lo haré.

—Y Evan.

—¿Sí?

—No vuelvas a tardar tanto en responder.

La llamada termina.

Bajo el teléfono y observo la pantalla negra. Preston Reed va a morir y no siento nada. Madre puede vivir, morir o reducir todo Chicago a cenizas. Tampoco me importa.

Lo único que importa es que Neva siga creyendo que estoy aquí por ella.

Lo preocupante es que ya no estoy seguro de que sea mentira.