Epílogo 2
ROW
Me gustaría poder decir que no me siento cómoda rodeada por una multitud de personas sudorosas, borrachas y probablemente drogadas, pero no es así. Si mi hermana Day estuviese aquí, se estaría subiendo por las paredes, aunque la muy perra sabe muy bien cómo ocultar sus emociones.
A diferencia de mí, ella siempre ha sabido contenerse.
Todas están de acuerdo en que yo soy mi mayor enemiga y que mi forma de ser no es más que una coraza autoimpuesta.
Según ellas, la culpa es la que me hace actuar como una jodida desquiciada sin ningún tipo de autocontrol, y, bueno…
, tampoco es que anden muy desencaminadas.
Pero, en el fondo, disfruto de ser como soy.
No me gustan las normas; solo las he cumplido cuando me han obligado. En lo único que tengo que enfocarme es en hacer bien mi trabajo. Sin responsabilidades ni consecuencias.
Alzo la vista y ladeo un poco la cabeza para ver mejor a mi objetivo: Thomas Hutcher, el jodido dueño de Hutcher Technology, mecenas del proyecto A.R.P.I.A.S. y lameculos oficial de Madre, después de Jesse, por su supuesto. Aunque ahora el cabronazo ha decidido cambiar de bando.
Le doy un pequeño trago a mi vaso y sigo observándolo desde la pista de baile.
Una multitud de cuerpos sudorosos se rozan a mi lado como putos animales en celo, pero no me distraigo de mi objetivo. Tengo que encontrar la forma de acercarme a Thomas Hutcher y besarlo para cumplir con mi encargo. Mañana no será más que un cadáver.
El gran impedimento es apartarlo del harén de rubias con tetas falsas que se concentra a su alrededor.
Si no hubiese leído el informe sobre él, podría llegar a pensar que el tipo es una especie de estrella del cine o deportista famoso por cómo todas las chicas revolotean a su alrededor intentando llamar su atención.
Lo sigo vigilando un rato más. El hijo de perra se mueve por el interior del reservado de la discoteca, obligándome a hacer lo mismo para no perderlo de vista.
Me desplazo hacia una de las barras de bebidas, y tras darle un último trago a mi copa, me aseguro de limpiar el borde del vaso a conciencia antes de dejarlo sobre la barra. No quiero que nadie más muera mañana, aparte de Hutcher.
Pasan unos minutos hasta que encuentro la oportunidad que estaba esperando.
—Allá vamos… —murmuro.
Hutcher sale del reservado y se dirige a uno de los baños de la zona vip. Enseguida me pongo en marcha.
Aún con el sabor amargo del vodka subiendo por mi garganta como una llamarada de fuego, atravieso la pista de baile y lo sigo a una distancia prudencial.
Hutcher entra en el baño y yo me quedo fuera. Espero unos segundos antes de abrir la puerta con cuidado y lanzo una mirada al interior. Un tipo alto me mira frunciendo el ceño antes de salir del lugar, dejándome a solas con mi objetivo.
Me acerco más, paso a paso, y lo veo al fondo del baño pegado a uno de los urinarios.
Aprovecho que aún no se ha dado cuenta de que estoy detrás de él para observarlo con detenimiento.
El traje a medida que lleva puesto le marca una espalda ancha con hombros abultados, más abajo, un culo redondo y prieto que no me importaría en absoluto morder. Quién sabe… La noche es joven.
Además, que sea un jodido cabrón no significa que no merezca un buen revolcón antes de morir.
Me cruzo de brazos y esbozo una sonrisa ladeada.
«Oh, sí… Puede que haya algo más que un beso esta noche. Porque aquí folla todo el mundo menos yo, y eso no puede ser».
Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que me tiré a un hombre. Nuestras vidas se han convertido en un caos desde que Terry irrumpió en ellas y apenas he tenido tiempo para divertirme.
Escucho el sonido de una cremallera y Hutcher se gira en mi dirección.
Si por detrás ya me había tentado a follármelo, la parte delantera ha logrado convencerme del todo.
Pelo oscuro bien peinado, barba salpicada de pequeños mechones canosos que le cubre un mentón anguloso y prominente y unos ojos oscuros como la noche misma.
Se queda quieto, con su mirada clavada en la mía.
—Creo que se ha equivocado, señorita. El servicio de mujeres es en la puerta de al lado. —Su tono es firme y autoritario. La voz de un hombre que está acostumbrado a dirigir un jodido imperio. Bueno, eso está a punto de cambiar.
Esbozo una nueva sonrisa, dejando que mi melena rizada me caiga sobre un hombro.
—Estoy justo donde quiero estar, señor Hutcher —susurro.
Frunce el ceño y, sin mediar palabra, empieza a caminar en dirección al lavabo. Tras abrir el grifo, coloca las manos bajo el chorro de agua y me mira a través del espejo.
—¿Nos conocemos? —Niego con la cabeza mientras él coge un trozo de papel para secarse las manos—. Entonces, ¿por qué sabe mi apellido y yo no sé ni su nombre?
—Porque no lo creo necesario —respondo con un encogimiento de hombros.
Lanza el papel en el interior de un cubo y se gira muy despacio. No dice nada mientras se ajusta el nudo de la corbata sin dejar de mirarme con atención.
—No me gustan los acertijos. Si quieres algo de mí, dilo ya o márchate.
—¿Ahora nos tuteamos? Bien, es más íntimo. —Doy un par de pasos en su dirección—. Te he estado observando, Thomas. Eres como una estrella de rock, rodeado por tantas mujeres guapas.
Estrecha la mirada sobre mí mientras yo me acerco más.
Cuando llego a su lado, estiro la mano y la coloco sobre su pecho. Como ya esperaba, se siente duro al tacto.
—Disfruto de la belleza femenina. No creo que eso sea asunto de nadie, y menos de alguien a quien ni siquiera conozco.
—No lo es, pero me pregunto… —desciendo con la punta del dedo índice por encima de su corbata hasta el primer botón de la chaqueta—, ¿por qué todas son rubias?
Su mirada se oscurece más aún si es posible, y esta vez es él quien cierra el único paso que separa su cuerpo del mío, obligándome a alzar la cabeza para no romper el contacto visual.
Yo soy alta para ser mujer, pero, aun así, me saca media cabeza.
Su aroma invade mi nariz. Nunca me ha interesado saber nada sobre marcas de perfumes ni nada de esas mierdas, sin embargo, su olor es muy agradable.
—Nombre —dice, aunque por su tono suena más a una orden que a una pregunta.
Desabrocho el primero de los tres botones de su chaqueta y niego con la cabeza.
—Para lo que quiero hacer contigo no necesitas saberlo.
Su mandíbula se tensa, mostrando irritación. Está claro que no está acostumbrado a que le lleven la contraria.
—Insisto. Me gusta saber el nombre de las mujeres a las que me follo —sisea entre dientes.
Arqueo una ceja de manera interrogante. El cabrón es atractivo, pero hace falta mucho más que una mirada dura y un tono de voz firme para intimidarme. Soy la jodida reina de la seducción. En el sexo yo soy la que domina y no al revés.
—¿Crees que es eso lo que está a punto de pasar entre nosotros, Thomas? —pregunto mientras desabrocho el segundo botón.
—Una mujer no te asalta en un baño público si no busca ser follada.
—Tal vez solo quiera un beso —susurro muy cerca de sus labios, pero sin llegar a tocarlos, mientras desabrocho el último botón.
No soy capaz de prever su siguiente movimiento. En solo un pestañeo, rodea mi cintura con el brazo y usa su otra mano para sujetar mi nuca. Se me borra la sonrisa de golpe cuando tira de mi pelo hacia atrás.
—Sé que voy a follarte porque me lo estás suplicando con la mirada. —Acerca la nariz a mi mejilla e inspira hondo—. Casi puedo oler lo cachonda que estás. Ahora dime tu jodido nombre.
Durante un instante no soy capaz de responder, y eso es algo que nunca antes me había pasado con un hombre. Siempre soy yo la que manda, la que tiene el control en todo momento, y ahora…
¿Por qué mierda huele tan bien este hombre?
Y ¿por qué me está excitando tanto que me sujete del pelo de esa manera tan agresiva?
Inspiro hondo por la nariz y trato de recomponerme, sin embargo, no soy capaz de detener el leve temblor de mis rodillas.
—No —susurro, intentando que mi tono suene seguro.
El muy hijo de puta no reacciona durante unos segundos, y cuando creo que va a cabrearse y soltarme, hace algo que me deja aún más confusa: sonríe. Una sonrisa de dientes blancos y perfectamente alineados que me roba todo el aire de los pulmones.
—¿Quién eres, desconocida? —exige en un tono casi inaudible.
Quiero responder algo ingenioso y directo, pero las palabras se quedan atascadas en mi garganta. El sonido del incesante latido del corazón retumba con fuerza en el interior de mi pecho.
«Esto no me gusta».
—Suéltame —logro decir con un hilo de voz.
Hutcher niega con la cabeza y tira de mi pelo con más fuerza.
Me contengo para no gemir cuando noto el dolor en mi nuca y sus dedos clavándose en mi cintura.
—¿No querías un beso?
Oh, cierto. El beso. Tengo que matar al hijo de puta. Ese es mi objetivo y yo nunca fallo. Intento pegar mi boca a la suya, pero lo impide tirando de nuevo de mi pelo. Esta vez soy incapaz de retener el vergonzoso gemido que sube por mi garganta.
—Thomas… —siseo al darme cuenta de que sigue sonriendo.
—¿Ves? Estoy en inferioridad de condiciones. Yo también quiero gemir tu nombre.
—No he gemido tu nom… —Antes de que pueda terminar de replicar, sus labios cubren los míos y cierro los ojos con fuerza.
Ya está hecho. En veinticuatro horas, Thomas Hutcher estará muerto.
Coloco mis manos en su pecho para apartarlo, pero antes de que pueda empezar a ejercer fuerza, su lengua se cuela en mi boca y me estrecha más contra su cuerpo.
Gimo de nuevo al notar su sabor y la dureza de su polla contra mi muslo.
Hutcher mueve mi cabeza de un lado a otro, colocándome a su gusto para seguir asaltando mi boca. No es cariñoso ni dulce, y, para mi sorpresa, me encanta que no lo sea.
Durante un instante me planteo la posibilidad de llevar a cabo mi plan inicial y tirármelo aquí mismo.
Quizás por una vez no esté tan mal dejar que alguien más tome el control.
Sin embargo, antes de poder tomar la decisión en firme, escucho cómo la puerta del baño se abre a mi espalda y Hutcher se aparta con un gruñido profundo.
Me giro despacio, con la respiración acelerada y la mente nublada por el deseo y la excitación.
Un chico joven se detiene tras entrar en el baño y se nos queda mirando con una sonrisa de alguien que entiende exactamente lo que estaba pasando.
—Fuera —ordena Hutcher.
El chico aparta la mirada de mí y su sonrisa se esfuma.
—Necesito usar el baño —murmura.
Escucho un resoplido a mi espalda y el chico sigue su camino en dirección a los urinarios.
Inspiro hondo por la nariz una vez, y después otra y otra más antes de girarme.
Thomas Hutcher me mira sin decir una sola palabra mientras escuchamos cómo el chico se baja la cremallera del pantalón.
—Salgamos de aquí —sugiere sin apartar sus ojos de los míos.
Niego con la cabeza y él frunce el ceño. Esta es mi oportunidad para irme sin que me retenga y no pienso desperdiciarla. Ya he cumplido con mi encargo. Toca retirarse.
—Buenas noches, señor Hutcher —susurro antes de dar media vuelta y abandonar el baño a toda prisa.