Hoy (Arpías 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

Madre

El maître del reservado privado del restaurante Le Saint-Honoré nos recibe con la habitual inclinación de cabeza de quien sabe que hay ciertos clientes que no se anuncian con el nombre completo.

—Señora Walsh…, señor…, bienvenidos. Su acompañante les espera ya en la mesa.

Le entrego el abrigo a la chica de recepción y le doy un toque a mi pelo en el espejo del recibidor. Una mujer de mi edad no se puede permitir descuidar su apariencia, sobre todo cuando va a cenar con un hombre que paga millones de dólares al año por dejarme trabajar en lo que quiera sin molestar.

A mi lado, Henry me toma el brazo de forma automática.

Jamás pensé que acabaría saliendo con un senador.

Llevamos juntos desde que solo era gobernador y vino a ofrecerme financiación federal a cambio de mi silencio por hacer unos análisis del todo ilegales.

Lo nuestro empezó como un trato y el tiempo lo convirtió en algo parecido a la complicidad.

Que, en mi experiencia, es bastante más útil que el amor.

—¿Lista, querida?

—Yo siempre estoy lista, Henry.

—Lo sé muy bien.

—Al contrario de ti, que no lo estás nunca.

—Finjo no estarlo, pero lo estoy siempre. Para lo que sea.

Cruzamos la antesala y el maître nos abre la puerta del reservado.

Tom Hutcher ya está dentro. Y me gusta pensar que la reina de la fiesta siempre llega un poco tarde, aunque sea él quien la pague.

Tom es un hombre joven y atractivo, heredero de una cuantiosa fortuna de tres generaciones. Lleva un traje gris carbón que probablemente cueste más que el sueldo anual de uno de mis técnicos. Y en la muñeca derecha lleva un reloj de seis ceros que solo se vende por encargo en Ginebra.

Se levanta cuando nos ve llegar.

—Doctora Walsh.

—Señor Hutcher…

—Senador McCain.

—Buenas noches, Hutcher. Espero que no le hayamos hecho esperar mucho. Ya sabe, mujeres…

Me muerdo la lengua por lo mentiroso que es, pero el pobre lo lleva en la sangre, es un político.

Nos sentamos y el sumiller aparece con una botella de vino sin que nadie lo haya llamado. Lo sirve y después desaparece. Llevamos haciendo esto nueve años. Cuatro veces al año. Siempre en el mismo restaurante. Siempre con la misma coreografía.

Tom levanta la copa para brindar.

—Por los negocios.

—Por el progreso —subrayo subliminalmente.

—Por el triunfo —tercia Henry con una sonrisa.

Todas las encuestas están a su favor. Ya se ve vencedor de las elecciones.

Thomas me mira interrogante, sabiendo que vengo a pedirle algo. Conozco esa mirada. Es la misma que pone Henry cuando quiere comprar un cuadro carísimo y todavía no ha decidido si merece la pena.

—Doctora Walsh, dígame…, ¿cómo va todo? Llevo varias semanas sin un informe completo.

—Los ensayos clínicos en los que estamos trabajando llevan su tiempo.

—Le pago por resultados, no por silencio.

—Sigamos siendo educados, señor Hutcher.

Sonríe sin enseñar los dientes. Es de los que sonríen cuando reciben un golpe del que se sienten orgullosos. Por eso lo respeto. Es un hombre competente.

—Necesito algo que mantenga mis esperanzas. Mi familia lleva tres décadas invirtiendo en su laboratorio y mis consejeros financieros empiezan a hacer preguntas que no me apetece contestar improvisando.

—Sus consejeros pueden esperar.

—En realidad, les pago para esto. No quiero desperdiciar dinero.

—No lo está desperdiciando. Tengo buenas noticias.

Henry levanta la vista de su copa, extrañado, porque sabe que no las hay. Hace meses que no le doy buenas noticias a nadie.

—Cuénteme, doctora —dice, dejando la copa con cuidado.

—Estamos entrando en una fase muy delicada del proyecto. Pero los avances son sólidos. Ya estamos en fase de pruebas y pronto tendré resultados visibles.

—¿Cuándo es «pronto»?

—Seis meses. Ocho como mucho.

—No tengo tanto tiempo.

—Puedo agilizarlo, pero necesitaré más liquidez para no retrasar la próxima fase. Le prometo que le ofreceré resultados certificados antes de lo que espera.

Thomas me mira indeciso. Yo le sostengo mi mirada más científica. Henry, a mi lado, hace lo que mejor sabe hacer: beber vino y dejar que los demás hablen.

—¿Cuánto necesita?

—Dos millones adicionales. Y otros dos el trimestre siguiente.

—Eso son cuatro millones por encima de lo acordado.

—No hablemos de números delante del futuro presidente de la nación, es poco elegante.

Henry sonríe.

Thomas respira hondo. Siempre respira hondo antes de decir que sí. Lo sé porque llevo nueve años contando sus respiraciones. Desde que su padre murió y él tomó el mando de sus negocios.

—Está bien, doctora, le adelantaré los cuatro millones. En dos pagos. El primero la semana que viene.

—Excelente, señor Hutcher. Sabe tomar buenas decisiones.

—Y usted sabe usar pronombres posesivos para que los millones parezcan inversiones razonables.

—Es mi pequeño talento. —Sonrío encantada.

Brindamos de nuevo y Henry asiente, satisfecho.

Thomas suspira como un hombre que acaba de gastar dinero, pero se siente listo por haberlo gastado bien. Y yo, por dentro, calculo qué otras opciones puedo probar para darle resultados. Las justas.

—Si me disculpan, voy un momento al baño —dice Hutcher, dejando la servilleta sobre la mesa.

—Por supuesto.

—No empiecen los entrantes sin mí.

—No osaríamos.

La puerta del reservado se cierra detrás de él con un clic. Y por fin puedo dejar de sonreír.

—Joder… —murmuro.

Henry me mira por encima de su copa.

—¿Qué pasa, cielo? Lo has convencido enseguida.

—Sí, pero es cierto que estamos en una fase muy delicada. Y necesito dar con algo para garantizarle resultados, sin embargo, no estoy concentrada.

—¿Por qué?

—Por mis chicas.

—¿Qué pasa con ellas?

—Desde lo de Terry, las noto raras. Y no es paranoia mía, Henry, te lo juro. Solo una madre nota cuándo sus hijas están planeando algo a sus espaldas.

Henry se ríe por la nariz.

—Tú no eres su madre.

—Soy lo más parecido a una. Y en términos prácticos sirve.

—¿Y qué notas exactamente?

—No sabría decirte. Day está demasiado callada. Row no me coge ninguna llamada. Neva me ha cambiado dos veces de fecha los análisis de este mes. Y a Nao llevo sin verla desde febrero.

—Quizá estén ocupadas.

—No. Están tramando algo… No sé qué, pero algo. Y Jesse es el que más me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque desde que murió Terry no es el mismo. Finge estar bien, pero cuando me trae los informes de campo no me mira a los ojos. Y su historial de búsqueda de la semana sobre antiguos proyectos es extraño. Quizá haya encontrado algo entre las pertenencias de Terry… Me preocupa.

—Jesse es de fiar.

—Jesse es útil; no es lo mismo. Pero los útiles dejan de serlo cuando empiezan a hacer preguntas que no les corresponden.

Henry deja la copa y me coge la mano por encima del mantel con esa formalidad masculina que confunde con ternura.

—Tranquila, cielo.

—Es fácil decir eso.

—No lo digo por decir. Puedes estar tranquila.

—¿Por qué…?

—Porque tengo a mi hombre de confianza observándolas. Y me informaría si algo raro sucediera con las chicas.

—¿Y por qué yo no sabía nada?

—Ya sabes que me gusta tener todo controlado.

—Llámalo ahora mismo y pregúntale.

—¿Ahora?

—Sí, antes de que vuelva Hutcher.

—Pero, cielo, es tarde…

—Llámalo ya.

Henry suspira, saca el móvil y marca un contacto guardado como IT Support.