Capítulo 36
Neva
Cierro la puerta del apartamento con un suave chasquido y apoyo la espalda contra ella durante un segundo. El silencio nos envuelve de inmediato.
Evan deja la cartera sobre la encimera de la cocina y se gira hacia mí con esa media sonrisa que utiliza cuando cree que estoy pensando demasiado. La conozco bien. Es la misma con la que intenta convencerme de que no pasa nada cuando ha pasado de todo.
—¿Qué? —pregunta al ver que no dejo de mirarlo.
Niego con la cabeza.
—Nada.
Levanta una ceja.
—Llevas cinco minutos diciendo «nada» con la cara.
Resoplo por la nariz, incapaz de sostener la mentira ni diez segundos más.
—Has aceptado ayudar a Preston.
Él se encoge ligeramente de hombros, como si acabara de decirle que mañana va a comprar pan.
—Sí.
—Así, sin más.
—Así, sin más.
Me aparto de la puerta y camino hasta el salón, intentando ordenar el caos que tengo dentro. Él me sigue sin hacer ruido.
—¿Sabes lo peligroso que puede llegar a ser eso?
—Más o menos.
Me giro de golpe.
—No, Evan. No lo sabes.
Yo sí lo sé.
He visto demasiados cadáveres por acercarse a las personas equivocadas. Sé perfectamente lo que significa enfrentarse a alguien que cree estar por encima de la ley.
Y justo por eso me aterra.
Él se queda frente a mí, con las manos en los bolsillos del pantalón.
—Preston necesita ayuda —comenta Evan.
—Eso no significa que tengas que ser tú.
—Soy la única persona que puede hacerlo.
—También eres la única persona que puede terminar pagando el precio. Además, me dijiste que no sabías entrar en un servidor como el de la policía federal, y era mentira.
—¿Cuándo dije eso?
¡Mierda! Había olvidado que le borré ese recuerdo.
—Da igual. ¿Por qué no me dijiste que eres un hacker de ese tipo?
—Porque no quería que me miraras como lo estás haciendo ahora mismo, Chispa.
—No sé a qué te refieres.
—Crees que soy una mala persona.
—Eso no es cierto. Solo… —Bufo con fuerza—. Estoy conociendo una parte nueva de ti.
—¿Tú no tienes nada que ocultar? ¿Siempre me dices la verdad?
Este es el momento exacto en el que debería armarme de valor y contarle toda la verdad, pero no lo hago.
Sé que esta noche se acabará enterando, aun así, prefiero guardar silencio porque de esa manera podré disfrutar de al menos unos minutos más siendo para él solo la chica de la purpurina.
No la asesina despiadada ni la que le ha borrado los recuerdos más veces de las que soy capaz de contar.
Mi silencio responde por mí.
Durante unos segundos ninguno dice nada. Él da un paso hacia mí. Después otro. Hasta quedar tan cerca que casi puedo notar el calor que desprende.
—¿Estás enfadada conmigo?
Bajo la mirada.
—No.
—Entonces…
Sus dedos buscan los míos despacio.
—¿Qué pasa?
Qué pregunta tan sencilla. Qué respuesta tan complicada.
Aprieto los labios.
—Me preocupas.
Él sonríe con dulzura.
—Siempre te preocupo.
—No así.
Silencio. Levanto la vista.
—Antes, cuando hacías alguna locura informática, pensaba que acabarías con una multa o con el ordenador confiscado.
Él suelta una pequeña risa.
—¿Y ahora…?
Mi voz se rompe apenas un instante.
—Ahora tengo miedo de que un día alguien llame a esta puerta para decirme que no vas a volver.
Su sonrisa desaparece por completo. Me observa como si acabara de descubrir una parte de mí que ni yo sabía que existía.
—Chispa…
Niego lentamente.
—No sé qué me está pasando contigo.
Es la primera vez que lo admito en voz alta.
Ni siquiera delante de mí misma había sido capaz de ponerle palabras.
—No debería sentir esto.
Porque nunca lo he sentido. Porque el cariño siempre ha sido un lujo incompatible con mi trabajo. Porque querer a alguien significa regalarle el mapa exacto de todas tus debilidades. Y yo llevo demasiados años sobreviviendo gracias a no tener ninguna.
O eso creía.
Él levanta una mano y me aparta un mechón de pelo de la cara con una lentitud casi reverencial. Como si tuviera miedo de romper algo.
—Ven aquí.
No me lo pide dos veces. Me dejo abrazar. Apoyo la frente sobre su cuello mientras sus brazos rodean mi espalda. No dice nada. Ni falta que hace. Su respiración es pausada. Mi corazón, en cambio, parece incapaz de encontrar el mismo ritmo.
Cierro los ojos.
Nunca había entendido eso de que una persona pudiera convertirse en un refugio. Ahora sí. Porque entre sus brazos el mundo sigue siendo peligroso, solo que deja de parecer invencible.
Él acaricia lentamente mi espalda, subiendo y bajando la mano con una delicadeza que consigue deshacer cada uno de los nudos que llevo acumulando durante el día.
—¿Sabes qué pienso? —murmura.
Niego contra su cuello.
—Que llevas intentando cargar tú sola con todo demasiado tiempo.
Una sonrisa triste tira apenas de una comisura de mis labios.
Si supiera hasta qué punto. Levanto ligeramente la cabeza.
Nuestros rostros quedan a escasos centímetros.
Él me mira igual que siempre. Sin exigencias.
Sin esperar nada. Como si la simple posibilidad de estar aquí ya fuera suficiente.
Mis dedos ascienden despacio hasta su mandíbula.
La acaricio. Él cierra un instante los ojos, disfrutando del contacto.
Después vuelve a abrirlos. Hay algo diferente en su mirada. Algo más profundo. Más sereno.
Me inclino muy despacio y nuestros labios se encuentran.
No hay prisa. No hay hambre. Solo un beso lento, construido a base de pequeñas pausas, respiraciones compartidas y caricias que hablan mucho mejor que cualquiera de nosotros.
Cuando nos separamos apenas unos centímetros, ninguno rompe el contacto.
Su frente permanece apoyada contra la mía. Nuestras narices casi se rozan. Mis manos descansan sobre su pecho y puedo sentir el latido firme de su corazón bajo la tela de la camiseta. Él toma aire lentamente.
—Me gusta cuando te quedas callada.
Suelto una risa bajita.
—Eso no lo dice nadie.
—Yo sí.
Sonríe.
—Porque normalmente vas tan deprisa que parece que tu cabeza tenga diez conversaciones al mismo tiempo.
—Doce.
—Me lo creo.
Vuelvo a reír. Y me doy cuenta de que necesitaba hacerlo. Necesitaba dejar de pensar durante unos segundos.
Él besa mi frente. Después una sien. Después la punta de la nariz. Pequeños gestos. Pequeñas promesas que todavía ninguno se atreve a pronunciar.
Nos dejamos caer sobre el sofá sin separarnos demasiado. Mi cabeza termina apoyada sobre su hombro mientras él entrelaza nuestros dedos. No hablamos. Escuchamos nuestras respiraciones. Levanto la mano libre y dibujo distraídamente pequeños círculos sobre el dorso de la suya.
Pienso en Preston, en el senador, en todo lo que está por venir.
Y, entonces, tomo una decisión.
—Pase lo que pase…
Él responde a mi mirada sin apartarla.
—… voy a protegerte.
Lo digo con una serenidad que me sorprende incluso a mí. No es una promesa impulsiva. Es un juramento. Aunque él jamás llegue a entender hasta dónde soy capaz de llegar para cumplirlo.
Él sonríe con esa ternura que solo aparece cuando cree que estoy exagerando. Niega despacio con la cabeza.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—No, Chispa.
Su pulgar acaricia mis nudillos.
—No quiero que vivas pendiente de salvarme.
Hace una pequeña pausa antes de continuar.
—Si alguna vez llega el momento de plantarse delante de algo feo…, prefiero ser yo quien dé el paso primero.
Frunzo ligeramente el ceño.
—¿Y dejar que te pase por encima?
—No.
Sonríe apenas.
—Porque mientras yo siga en pie, nadie va a conseguir apagar esa luz que llevas dentro. Y si alguna vez el mundo intenta hacerlo…, tendrá que pasar por encima de mí.
Me acerco de nuevo. Lo beso despacio, con los ojos cerrados, dejando que todo aquello que todavía no sabemos decir encuentre otra forma de existir entre nosotros.
Y mientras su mano se desliza hasta mi cintura y nuestras frentes vuelven a unirse en la intimidad tranquila de este apartamento, comprendo que hay sentimientos que no necesitan una declaración para cambiarte la vida.
Solo necesitan a la persona adecuada para hacerte desear un futuro que, hasta hace muy poco, jamás te habías permitido imaginar.
—Por cierto —murmura, rompiendo el momento porque sabe que no nos podemos quedar aquí y debemos volver a bajar—, prepárate porque te voy a llevar a una cita.
—¿Dónde?
—Al barrio más feo del mundo.