Capítulo 35
NAO
Row lleva veinte minutos torturando un cordero como si tuviera algo personal contra él.
—Ten cuidado o vas a destrozarle la fibra —le advierto desde la encimera.
—Es mi cordero y me lo follo como quiero.
—Es nuestra cena.
—Pues no me toques los ovarios mientras cocino y disfrútalo.
Day, sentada en uno de los taburetes con una copa de vino, levanta las cejas hacia mí como diciendo: «no merece la pena discutir».
Hago caso y me alejo de la cocina. Voy a la zona del salón, donde Jesse intenta abrir una botella de vino con el sacacorchos eléctrico que Row se compró el año pasado por capricho.
—¿A qué hora viene Preston? —me pregunta Jesse.
—A las siete.
—¿Y Evan?
—A la misma.
—Joder… Si Preston llega antes va a parecer una emboscada.
—Es que es una emboscada, Jesse.
—Ya, pero hay emboscadas y emboscadas.
Neva baja en el montacargas, va demasiado arreglada para usar el tobogán.
Lleva un jersey beige enorme y unas botas altas.
Necesita estar extra sexy porque Evan no sabe que esto es una cena estratégica.
Le ha dicho que vamos a celebrar un ascenso.
Todas querían fingir que iban a presentarle a mi nuevo novio, pero me negué en rotundo. Por encima de mi puto cadáver, joder.
Preston no es mi… eso. Solo es… un follamigo indefinido.
—¿Estás nerviosa? —le pregunto a Neva al verle la cara.
—Un poco. Solo espero que Evan no se enfade.
—Una pregunta…, ¿lo quieres más a él o a nosotras?
—No tiene gracia, Nao.
—No lo decía en broma.
Me mira como si no supiera si llorar o pegarme. Al final se encoge de hombros.
—Por supuesto que más a vosotras, aunque últimamente estoy sintiendo algo muy…
—Me conformo —la corto, antes de que empiece a hablarme de sus sentimientos. Ya tengo bastante con tener que lidiar con los míos.
—¿Y tú a Preston? —se mofa.
—Zorra. Yo no le quiero… —mascullo.
—Todavía. —Sonríe.
Le enseño el dedo corazón en respuesta.
A las siete menos cinco suena el portero del edificio y Day pulsa el botón sin preguntar quién es.
Sabemos que es Preston. La puntualidad no es el fuerte de Evan.
Y solo Preston Reed llegaría cinco minutos antes.
De hecho, probablemente lleve veinte minutos en la acera de enfrente, comprobando la entrada del edificio como si estuviera infiltrándose en una organización terrorista.
Cuando sale del montacargas, se me pone la piel de gallina.
Lleva camisa blanca, pantalón oscuro y la cara más seria que le he visto en dos meses. ¿Dónde está esa estúpida sonrisa que me saca de quicio? Porque esa cara de matón me pone demasiado.
Trae una botella de vino en una mano y un ramo pequeño de flores en la otra.
Joder, Preston… ¡Gracias por cagarla!
—Tranquila, son para la cocinera —me dice, ofreciéndole las flores a Row, que está de espaldas con el delantal puesto.
Row se gira despacio y mira las flores. Luego a Preston y vuelve a mirar las flores.
—Dios santo… Un poli con modales. Si te cansas de mi hermana, avisa y puede que te deje darme un revolcón.
—Buenas noches, Row —saluda él sonriente.
Le lanzo una mirada de advertencia a Row que, por supuesto, ella ignora. Sé que no dice en serio lo del revolcón. Solo intenta provocarme, como siempre.
—Bienvenido, poli.
—¿Te puedo ayudar en algo?
—Sí. Aléjate de la cocina y bebe vino. Eres un invitado.
Preston asiente y deja la botella en la encimera. Day, Jesse y Neva lo miran con expectación y se presenta él mismo formalmente. Supongo que no contaba con que yo lo hiciera. ¡Puaj!
Al fin se gira hacia mí y me mira. Su cara se transforma para ofrecerme una mirada honesta. Solo a mí.
—Hola, Nao.
—Hola, poli…
—Estás muy guapa.
—Y tú estás aquí. Gracias por venir.
—Ya me las darás luego.
Le sostengo la mirada traviesa, recordando lo bien que lo pasamos anoche.
Primero alucinó con el montacargas. Es muy original con ese aire vintage e industrial. Y cuando entró en mi apartamento se quedó con la boca abierta.
—¡Joder…! ¡Pensaba que era una broma!
—Yo nunca bromeo.
—Lo anoto. ¿Y encuentras algo con todo tan blanco?
—Sí, soy extremadamente ordenada. Podría encontrar cualquier cosa con los ojos cerrados.
Él me tapó los ojos y me instó a encontrar su boca. Lo que pasó después fue una escena no apta para menores de edad.
Me deshago del flashback porno y de reojo veo que Day lo está captando, intentando no sonreír. Aparto los ojos y me sirvo más vino porque hoy lo necesito.
A las siete y diez suena el portero otra vez. Es Evan…
Neva se levanta de un salto, se alisa el jersey y respira hondo.
—Voy…
—¿Estás bien? —le pregunto.
—He metido a mi novio en una emboscada. No, no estoy bien.
Y se va hacia el montacargas.
Cuando vuelve, sale con Evan a su lado. El pobre hombre viene a celebrar un ascenso inexistente y se está dando cuenta, segundo a segundo, de que algo no cuadra. Demasiada gente.
Su reacción es apretar una botella de vino contra su pecho como si fuera un escudo.
—Hola a todos —dice Evan—. Gracias por la invitación.
—Bienvenido —responde Day—. Pasa y siéntate. ¿Te sirvo?
—Sí, por favor.
Le servimos vino en una copa y le señalamos un sitio en la mesa larga, deliberadamente al lado de Preston. Evan se da cuenta de que no estamos sentados como siempre.
Nos acomodamos todos y Row trae el cordero.
Hay diez minutos de cortesía con menciones a que el cordero está perfecto, que si la receta la sacó de internet, que si el tiempo está cambiando…
Hasta que Day deja la copa sobre la mesa con una intención muy clara.
—Evan…
—¿Sí?
—Sabes que no hemos venido a celebrar un ascenso, ¿no?
—Lo he supuesto al verlos a ellos. ¿Qué es? ¿Un ritual satánico de novios? ¿Vais a fabricarle uno a Row con partes de nosotros?
—¡Oye…! —exclama Row—. ¡Esa es muy buena idea!
—No se trata de eso…, sino de… McCain.
Evan mira a Neva. Y ella baja los ojos. Evan carraspea.
—¿Qué pasa con McCain?
—¿Cuándo empezaste a trabajar para él? —pregunta Preston.
Evan gira la cara hacia él.
—¿Quién eres tú? —le increpa—. Aparte de la nueva víctima de Nao.
—¡Eh! —exclamo—. Eso me ha gustado.
—Soy policía, trabajo en Asuntos Internos y llevo meses investigando a McCain. Cuando Nao estuvo en mi casa, vio tu cara en mi pizarra de investigación. Por eso estamos aquí. Neva te preguntó, y cuando le contaste lo del chantaje, elegí darte el beneficio de la duda. Aprovéchalo bien.
—¡Wow! —exclama Row—. ¡Un poli duro! Creo que he mojado las bragas.
Capta mi mirada heladora, a la que ella contesta lanzando un beso en mi dirección.
Evan vuelve a mirar a Neva algo cabreado, pero ella no está operativa. Él entiende que se encuentra solo. Y se queda pensativo.
Esto ya no es una cena entre amigos. Esto es un policía interrogando a un informante. Solo que el policía no lleva uniforme y el informante está cenando cordero.
—¿Cómo conociste a McCain?
Evan respira hondo, acorralado. Bebe de su copa y la deja.
—Hace diez años. Tenía veintidós años y demasiado talento en lo mío para no caer en algo turbio.
—¿Qué es lo tuyo?
—Soy informático. Hacker en mis ratos libres. Entré en un sistema federal por hacer la gracia y me cogieron, pero antes de que el caso llegara a la fiscalía, McCain apareció en el calabozo y me ofreció un trato.
Todas nos miramos sorprendidas. Sabíamos que Evan era bueno con los ordenadores, pero… ¿entrar en un sistema federal? Él mismo nos dijo que sus capacidades no llegaban tan lejos, aunque no lo recuerda porque justo después Neva le borró la memoria.
—¿Qué trato?
—Mi caso desaparecería de la base de datos si trabajaba para él. Cuando él dijera, lo que fuera y sin hacer preguntas.
—¿Y aceptaste?
—Tenía veintidós años. Claro que acepté.
—Desde entonces…, ¿qué te ha pedido?
Evan hace una pausa y vuelve a mirar a Neva. Ella le sostiene la mirada esta vez. Se dicen tantas cosas en un solo vistazo que me abruma. Vuelve a mirar su copa y se traga lo que sea que estuviera pensando.
—No puedo contestar a eso.
—Tienes que contestar, Evan —ordena Day.
—¿Por qué? —responde irritado.
—Porque, si colaboras, cuando McCain caiga, tú saldrás limpio —ofrece Preston.
—¿Limpio?
—Del todo.
—Eso es imposible.
—Puedo garantizártelo por escrito si hace falta. Como agente de Asuntos Internos puedo protegerte.
Evan mira a Preston durante varios segundos y algo en su cara me hace pensar que le cree.
—¿Qué es lo último que te ha pedido? —insiste Preston.
Evan suspira pesaroso.
—Borrar el rastro de una transferencia de dinero para una campaña política.
—Joder… —suelta Jesse.
—¿Y por qué te pidió algo así? —cuestiona Preston.
—No me lo dijo. Solo lo hice y cobré.
—¿Cuánto?
—Diez mil.
—¿Por borrar una transferencia?
—Sí.
La mesa está llena de ojos saltones.
—Como para preguntar algo… —musita Day.
—¿Eres rico, Evan? —pregunta Row directa.
—¡Row…!
—Si lleva diez años cobrando esas primas…
—¿Cuánto cobras tú por incinerar cadáveres? —inquiere Preston.
—Una miseria. Y es mucho más complicado que borrar transferencias, crear identidades falsas o interceptar llamadas. Eso sin mencionar lo que hago en mi otro trabajo…
—Cállate, Row —mascullo. Aún no le he contado a Preston que, aparte de tener habilidades especiales, también somos asesinas. Por suerte, parece centrado en que Evan no salga corriendo de un momento a otro.
—¿Qué campaña política era?
Y aquí Evan mira a Preston con la cara de un hombre que va a tirar la bomba que llevaba encima.
—La del senador McCain, claro. Es su hermano.
—¿Su hermano? —pregunta Day, alucinada.
—Sí.
—Joder —repite Jesse.
Eso tiene sentido. Con la cantidad de apellidos iguales y parecidos que hay en la ciudad, nunca nos habíamos planteado que el jefe de la policía de Chicago y el candidato a la presidencia estuviesen emparentados.
Pero seguro que es algo que se sabe y que, además, juega en su favor para las elecciones.
—Por eso he callado durante diez años. Los McCain tienen comprada a media ciudad.
La Fiscalía General. Dos jueces federales.
Comisarías enteras… Incluso dos miembros del Comité Judicial del Estado.
Ese hombre no puede caer. Por mucha investigación que hagas, no caerá. Te matarán antes de que salga a la luz.
Me tenso al escuchar eso. Y miro a Preston. Lo veo dejar la copa de vino sobre la mesa muy despacio sin mirar a nadie. Tiene esa pose de poli cuando registra información peligrosa. Calmado por fuera. Calculador por dentro.
—Y yo también estoy muerto por darte esta información —se lamenta Evan, mirando a Neva con una acusación velada—. Esos tipos juegan en otra liga.
—Y entonces, ¿qué hacemos? —pregunta Row, que lleva un rato callada por primera vez en su vida.
—No lo sé —dice Evan—, pero conmigo no vais a conseguir nada.
—Y sin ti tampoco —alude Preston—. ¿Estás dispuesto a colaborar?
Evan mira a Neva. Ella le sostiene la mirada. Evan vuelve a mirar a Preston.
—Solo si me garantizas que a Neva no va a pasarle nada.
Se hace un silencio en el que el romanticismo nos provoca un aneurisma a todos. O quizá sea solo a mí. Porque Neva deja escapar un pequeño suspiro tembloroso que solo oigo yo.
—Hecho —dice Preston.
—Lo quiero por escrito.
—Lo tendrás.
—Bien.
—Bien.
Evan suelta el aire como si llevara años aguantándolo.
—¿Podemos hablar? —musita Neva hacia Evan.
—Vale.
Cuando se levantan de la mesa, Row protesta.
—¡Otros que van a echar un polvo! ¡Es injusto! Échame más vino, joder.
Day descorcha otra botella con una risita y nos sirve a todos de nuevo. Tras beberse la copa de un trago, Row se va a la cocina a sacar el postre de la nevera, gruñendo algo sobre senadores, polis e informáticos folladores.
Preston aprovecha para inclinarse hacia mi oído y decir:
—Esto se ha complicado.
—Lo sé. Pero… ¿sigues estando de nuestro lado?
—Siempre. ¿Y tú?
—Claro.
—¿Aunque esté implicado un senador que va a amañar las elecciones?
—Con eso más todavía.
—Eres muy idiota, Nao.
—Desde que llegaste a mi vida mucho más.
—Creo que me pasa lo mismo —replica, apoyando la mano en mi muslo por debajo de la mesa con un gesto posesivo. Y por primera vez en mi puta vida no le aparto la mano a alguien que me toca. O no quiero apartársela. No sé. Da igual.
Mañana ya pensaré en qué significa eso. Hoy no es el momento.
Hoy hay senadores tramposos, hackers en deuda y un cordero en la mesa que se está enfriando.
Y, sorprendentemente, me siento optimista si Preston está a mi lado.