Capítulo 34
Preston
Me besa de una forma que empieza a serme familiar. Muy Nao.
La manera de cogerme la cara, la lengua entrando sin pedir permiso y esa firmeza con la que se aprieta contra mí, exigiendo lo que quiere.
Y yo, por fin, me dejo llevar.
Le devuelvo el beso despacio porque llevo dos minutos diciéndome a mí mismo que hoy voy a ser un caballero, que voy a dejarle el espacio que necesita después de lo que acaba de contarme. Pero ella me besa así. Y no tengo más remedio que quedarme y follármela con todo mi ser.
Le subo la camiseta lo justo para notar el calor de su cuerpo contra el mío.
Un cuerpo que se está entregando a mí después de abrirse en canal, destrozándome algo por dentro que no sabía que se podía romper otra vez.
—Nao… —murmuro contra su boca.
—¿Qué?
—¿Estás segura de esto?
—Si vuelves a dudarlo, te juro que cojo la pistola y te disparo yo a ti.
Me río contra su cuello.
—Oído…
Y ella, sintiendo la risa sobre su piel, se aprieta un poco más contra mí, haciendo que todo mi cuerpo responda a la vez.
Los cuatro días soportando el recuerdo de cómo se siente tener a esta mujer entre los brazos me caen encima de golpe, sin avisar.
—Vamos a la camilla —sugiero.
—¿En serio?
—Llevo varias semanas tumbado bocabajo en esa cosa. Hoy te toca a ti.
—Eres un rencoroso.
La elevo sin esfuerzo.
Pesa menos de lo que debería pesar una mujer que va por la vida con esa actitud. La deposito sobre la camilla con cuidado, como si fuera una pieza frágil cuando los dos sabemos que es justo lo contrario.
Ella arrima el trasero al borde y yo me coloco entre sus rodillas, de pie. Me mira con esa cara que pone cuando está esperando a ver qué hago y levanta una ceja juguetona antes de que yo abra la boca.
—¿Cuál es el plan, poli?
—El plan es torturarte lentamente. Como tú hiciste conmigo.
—No te atreverás…
—Prepárate para sufrir.
—¡Estoy lista! —dice casi feliz.
—Hoy quiero disfrutarlo sin sentirme culpable —confieso.
Algo se le mueve en la cara cuando lo digo. Es una pequeña grieta, pero enseguida se recompone.
—¿Tenías que estropearlo? ¡Tortúrame ya!
Sin dejar que conteste, me agarra del cuello de la camiseta y me atrae sobre ella de nuevo.
Y ahí se va al carajo el plan de ser un caballero, de mantener las distancias y de pensar antes de actuar.
Porque Nao besa sin dejarte opciones de nada.
Le beso el cuello y encuentro la marca que le dejé hace unos días. Sigue ahí. Casi borrada. Y, por alguna razón, eso me sacude con fuerza. Porque significa que eso pasó de verdad. Que Nao existe y no la he imaginado durante una crisis nerviosa provocada por una tatuadora psicópata.
Tuve otras relaciones antes de Rebecca, pero solo he conocido a dos personas a quienes me apeteciera ponerles la palma de la mano abierta sobre el vientre solo para aprenderme su curvatura.
Ella baja la vista a mi gesto, como si entendiera que es algo especial y no quisiera interrumpirme. Luego nos miramos con intensidad.
—No hagas eso —musita.
—¿El qué?
—Mirarme como si fueras a escribir una biografía sobre mí.
—Demasiado tarde. Ya voy por el capítulo seis.
—Pues quémalo.
—No puedo. Una tatuadora borde vende mucho.
—Te odio.
—No es cierto.
—Un poco sí.
—Más bien creo que me quieres.
—Eso no lo digas ni en broma.
Y entonces se endereza y me besa con una fuerza desmedida. Quizá porque discutir conmigo es agotador. O porque los dos sabemos que llevo razón y le jode.
Sea como sea, el gesto hace que ya no me sienta culpable. Y eso es mucho para mí.
Dejo de besarla porque tengo algo urgente que decirle muy bajito:
—Voy a comerte entera… Y no dejaré que te corras hasta que yo quiera.
Siento la impresión que causan mis palabras en todo su cuerpo. En cómo le sube y le baja el pecho de pura expectación.
—Sí… Hazlo… Por favor…
Me deshago del resto de su ropa despacio, poniéndola más nerviosa si cabe. Me acerco a ella, apoyando las manos sobre la camilla a los lados, y la beso donde he querido hacerlo desde que la vi. Profundamente. Sin urgencia. Noto cómo su cuerpo pide más sin tener que decirlo.
—Vas a recibir lo que mereces….
—No me hagas ilusiones, Preston.
Me la como con la calma de quien sabe que tiene toda la tarde por delante y no necesita demostrar nada. La oigo gemir en respuesta.
Pero no es el gemido de la otra noche. Es otro. Más bajo y callado. Como si ella misma se sorprendiera de oírlo.
Estamos en un sitio en el que ninguno de los dos había estado antes con otra persona. Y lo estamos construyendo a la vez, gemido a gemido, beso a beso.
Cuando la dejo correrse, lo hace con los dedos enredados en mi pelo con fuerza, emitiendo un sollozo casi animal. Después le beso el muslo derecho y le doy un segundo para volver al plano terrenal.
—Joder, Preston…
—¿Ha sido lo bastante «normal»?
—Ha sido… Jodidamente increíble.
De pronto se endereza y va directa a hacer lo mismo. Como si me lo debiera.
—¿A dónde vas?
—A devolverte el favor.
—De eso nada.
—¿Cómo que no?
—Ahora no.
—No quiero estar en deuda contigo.
Levanto una ceja.
—¿Tú nunca haces nada sin pedir nada a cambio?
Me mira como si hablase otro idioma.
La vuelvo a tumbar y me acomodo encima suyo, pero antes de meterme dentro de ella, antes de cualquier otra cosa, le digo, mirándola a los ojos a un palmo de distancia:
—No me debes nada, Nao. Me basta con tenerte entre mis brazos.
Aprovecho su estupefacción para entrar en ella como si fuera algo sagrado y ambos gemimos con sorpresa. Como si estuviéramos seguros de haber idealizado el encuentro anterior. Pero no. Está resbaladiza y yo muy duro. Mejor combinación imposible para morir de placer.
La miro mientras me muevo dentro de ella para memorizar cada gesto, cada respiración, cada arqueo de cejas. Y en un momento dado, me clava la mirada como nunca nadie lo había hecho en mi vida.
Dirá lo que quiera, pero esto es imparable. Siempre lo ha sido.
Me corro en su interior, con mi frente apoyada en la suya, y nos quedamos un minuto así, sin decir nada.
No porque no tengamos nada que decir, sino por lo contrario. Hay demasiadas para una sola vida.
Joder… Si le cuento a Danny la mitad de esto, me expulsa del cuerpo. Si le cuento la otra mitad, me ingresa él mismo en un psiquiátrico.
Y si me oye decirle, además, que me estoy enamorando de una tatuadora que dibuja runas mágicas en la espalda de la gente, me deshereda como hijo no oficial.
—Bueno… —murmura ella por fin.
—Bueno… —repito.
—Follar aquí ha sido una idea horrible. ¿Cómo voy a concentrarme mañana?
—Gracias por el cumplido. —Sonrío halagado.
—¡No lo era! —Me da un codazo en las costillas. Gimo de dolor, pero sigo sonriendo.
—Eres igual de agradable después del sexo. O sea, nada.
—Sin embargo, tú eres mucho más pesado. ¡Quítate de encima!
Me muerdo otra sonrisa, Nao suspira y me aparto un poco.
«¿Y ahora qué?», parecen significar sus mejillas sonrojadas. Y me doy cuenta de que no tiene ni idea de cómo proceder porque nunca había llegado tan lejos con alguien. Es decir, a no desear que se marche deprisa. Esto es nuevo para ella, porque… ¿no quiere que me vaya?
—Oye —me animo a decir.
—¿Qué? —contesta mientras busca sus bragas.
—¿Puedo preguntarte algo?
Nao me mira con sospecha.
—Mejor no.
—¡Ni siquiera sabes qué es! —me mofo.
—La experiencia me dice que esa sonrisa nunca trae nada bueno.
Dudo un segundo porque no quiero asustarla. Y sé que, depende de lo que diga ahora, querrá salir corriendo.
—¿Me invitas a dormir a tu casa? —me arriesgo.
Nao me mira sin parpadear. Se queda congelada, pensando.
—¿Por qué?
—Porque el otro día no dormiste conmigo y me quedé con las ganas. Además, quiero ver dónde vives.
—¿Por qué? —vuelve a preguntar extrañada.
—Porque así puedo imaginarte cuando no estamos juntos.
—¡Puaj! —Hace el gesto de vomitar.
«Error, Preston».
—Ya estabas tardando en decir alguna tontería… Mi casa es muy aburrida.
—Eso no me lo creo.
—Es completamente blanca —suelta de pronto.
—¿Qué? ¿Lo dices en serio?
—Muy en serio. No hay ni una mota de color.
—Ahora necesito verla sí o sí.
—Da miedo. De verdad…
—Cada vez tengo más ganas de ir.
Nao se pasa una mano por la cara. Como si estuviera agotada.
—No tendrás una anaconda, ¿no? Porque eso te pegaría mucho.
—No.
—¿Un cocodrilo?
—Tampoco.
—¿Un laboratorio ilegal?
—Ojalá…
—Entonces, vamos.
Ella se queda mirando un punto fijo y sé con exactitud qué está pasando por su cabeza.
No le da miedo enseñarme su casa, le da miedo enseñarme otra parte de ella. Una que no sabe esconderse detrás de su actitud negativa y frases cortantes.
—Desde luego, sería una prueba de fuego —admite al final.
—¿Para quién?
—Para los dos.
—Suena divertido.
—Eres un jodido pirómano, ¿lo sabías?
—Me has descubierto. Soy un bombero frustrado.
Nao resopla divertida. Y luego me mira con esa expresión que suele aparecer justo antes de tomar una mala decisión.
—Vale. Vamos…
—¿En serio?
—Sí.
—¿Me estás invitando oficialmente?
—No empieces a emocionarte.
—Imposible.
—Si te pones romántico, te echo.
—Anotado.
—Y si haces comentarios sobre la decoración…
—Eso no puedo prometértelo. Es más fuerte que yo.
Nao cierra los ojos, derrotada y encantada.
Y mientras la sigo hacia la puerta del estudio, me doy cuenta de una cosa terrible:
He sobrevivido a asesinos, a policías corruptos e incluso a una diarrea provocada mágicamente, pero tengo la sensación de que lo realmente peligroso empieza ahora.