Capítulo 33
NAO
—Bueno. Nuestro trabajo aquí ha finalizado —dice Row, dando una palmada sonora, sabiendo que me está dejando en una situación ultraincómoda—. Os dejamos solos.
—Hasta nunca —mascullo entre dientes.
—Hala. Que no falte de nada, ¿eh?
—Adiós, Row.
—Vale, vale. Qué prisas…
—Espera, no podemos irnos sin que Neva le borre mis tetas de la mente a Preston.
Row la coge del brazo y la arrastra hacia la puerta del estudio.
—No te preocupes, tampoco son tan bonitas.
Las escuchamos discutir mientras Neva nos echa una última mirada por encima del hombro con esa cara de niña curiosa que pone cuando quiere decir algo y se contiene a duras penas.
—Portaos bien, chicos.
—Vete. Ahora.
—Solo era un consejo. No sé si el seguro te cubre desperfectos por sexo duro.
—VETE, NEVA.
Las oigo riéndose en la entrada y no respiro tranquila hasta que la campanilla vibra, anunciando que han salido a la calle.
Después se hace un silencio largo y pesado. Jamás pensé que diría eso de un silencio. ¡Con lo que me gustan!
Preston se apoya contra la pared, con los brazos cruzados y la cara de quien acaba de tener la peor y mejor tarde de su vida. Me mira como si yo fuera una ecuación que ya ha resuelto, pero todavía no se cree del todo.
Yo también me cruzo de brazos. Luego los descruzo. Y vuelvo a cruzarlos. ¡Malditos brazos traidores!
—Bueno… —digo renqueante. Y odio sonar así. ¡Yo no soy renqueante! Pero está claro que toda esta situación me está superando—, pues ya lo sabes todo…
—Casi todo —señala Preston.
—¿Qué te falta?
—Una cosa.
—¿Cuál?
—Lo de tus secretos vergonzosos que me conciernen a mí…
¡MALDICIÓN!
—Tus hermanas me han aclarado la parte operativa. Y ahora quiero que tú me aclares esta otra.
Joder. Joder… ¡JODER!
Me tendría que haber callado eso. Es lo único que no quería contarle. Es lo único que me delata como ser humano.
—Eso…, eso es algo privado.
—Lo sé. Por eso te pregunto.
—¿De verdad lo quieres saber? —digo con la esperanza de que no.
—Sí.
Suspiro. Bajo la vista y trago saliva.
—La diarrea que tuviste fue una venganza personal.
—Ya lo sabía. Lo que quiero saber es por qué.
—Porque me caías mal.
—Prueba otra vez —dice, acercándose a mí como una pantera que bordea a su presa.
—Vale, fue porque me hacías sentir cosas raras y me daba rabia. Y necesitaba que tú también lo pasaras mal.
Preston asiente.
—¿Me cagué encima porque te empecé a gustar?
—Más o menos… Me daba mucha rabia que me gustaras y no quisieras besarme.
—Ya veo —musita.
—Así que decidí que sufrieras lo que yo estaba sufriendo.
—¿Y lo de la erección?
—Más de lo mismo. Quería que me desearas… como yo a ti.
—¿Sabes que tuve una polución nocturna? ¡A mis treinta!
—Lo siento —digo con una sonrisa siniestra. Esas me salen solas—. Quería que no dejaras de pensar en mí en toda la noche.
Preston me mira durante exactamente cinco segundos enteros, en silencio, y juro que veo cómo le pasan por la cara cuatro emociones distintas seguidas: incredulidad, indignación, una sospecha de risa y, al final, un suspiro largo que termina con la mano por la cara.
—Joder, Nao…, estás muy mal de la cabeza.
—Lo sé.
—Pero muy mal.
—Soy consciente. Pero tú también porque, aun así, te gusto.
Preston pestañea. Y luego suelta una risita contra su voluntad. Una risa corta y ronca que me pone a mil.
—Supongo que esto es lo más parecido a una disculpa que voy a recibir, ¿no?
—Un eco de disculpa.
—Me lo guardo como una joya.
—Cállate…
Preston se acomoda en la encimera como un hombre que ha decidido quedarse un rato más porque no ha tenido suficiente.
—Cuéntame lo de tu habilidad —me pide de pronto—. ¿Cómo la descubriste?
—No tengo por qué contártelo.
—No, pero me interesa. Toda tú me interesas.
Y lo dice así, en voz baja, sin presionar, sin chantaje. Como si pudiera responderle que no y él aceptaría sin protestar. Y eso me obliga a contárselo.
Cojo aire antes de empezar.
—Tatúo emociones —digo—. Eso es lo básico. Si te dibujo una runa con la aguja y tinta sobre tu piel, puedo provocarte algo; calma, ansiedad, sueño, diarrea… lo que sea. Funciona durante unas horas, a veces unos días. Depende del tamaño de la runa, de la cantidad de tinta utilizada y de la presión.
—Vale…
—Cuando tatúo a alguien también recibo emociones suyas: sensaciones, frases, recuerdos no muy claros… Lo que la persona lleva dentro y no dice.
—¿En serio?
—Sí.
—Eso es bastante peor que un beso mortal.
—Es lo que hay.
—¿Qué has percibido en mis emociones?
Me planteo si decirle la verdad o no. A nadie le gusta que se metan en su cabeza. Sin embargo, decido que, si estoy siendo sincera por una vez, voy a hacerlo bien.
—«Si quieres irte, vete». Es lo que escuché.
Preston cierra los ojos, vuelve a suspirar y asiente.
—¿Y cuándo descubriste que podías hacerlo?
Me callo durante varios segundos. Porque esa es la pregunta que alguien te haría si quisiera empezar de cero contigo.
—Tenía diez años…
Trago saliva otra vez.
—Estaba en el centro genético con las demás. En mi tiempo libre, me pasaba el día dibujando.
—¿Con qué?
—Con lo que pillara: bolis, lápices, rotuladores, ceras… Lo que encontrara. Dibujaba en cuadernos, en servilletas, en las paredes… No me limitaba solo al papel.
—¿Y qué pasó?
—Un día empecé a dibujar sobre la piel de alguien.
—¿La de quién?
—La de Row. Le pinté un pájaro pequeño en la muñeca con un boli azul.
Y mientras se lo hacía, Row se durmió. Yo sentí que estaba muy cansada y solo quería que desconectara.
Otro día, Day suspendió un examen y empezó a llorar.
Para distraerla, le dibujé unos corazones.
Y su ansiedad me entró por la mano, me subió por el brazo y se me quedó dentro tres días.
—Joder… Y con diez años, ¿qué pensaste?
—Me asusté.
—Tiene sentido.
—Estuve tres días llorando sin saber por qué. Mis hermanas no sabían qué me pasaba. Y yo no tenía cómo explicarlo. Hasta que un día Neva me preguntó: «Nao, ¿lloras por ti o por otra persona?». Neva siempre ha sido lista. Y entonces caí. A mí no me pasaba nada, pero me costaba diferenciarlo.
—¿Y qué hiciste?
—Probé otra vez. Le dibujé a Neva un sol pequeño en el brazo. Estuvo toda la tarde riéndose como si estuviera colocada. Sin motivo. Y yo pasé tres horas de muy buen humor sin haber dormido bien la noche anterior. Entonces supe que no era una coincidencia. Se lo contamos a Madre.
Preston me mira con la cara de quien empieza a entender que esto no termina en una anécdota tierna.
—¿Y qué hizo Madre?
—En ese momento dejó de ignorarme y me llevó a su laboratorio. Me hizo dibujar cosas durante semanas en la piel de gente que no conocía. Me pedía que dibujara símbolos que no entendía. Y la gente me transmitía emociones que no me gustaban. La mayoría de las veces eran para hacer daño.
—¿Daño?
—Madre quería ver hasta dónde podía llegar. Y para verlo había que experimentar con gente inocente.
—Joder…, ¿torturaste a personas?
—Solo era una niña. Una niña que quería que su madre le prestara atención. Y por primera vez en mi vida la tenía. Así que dibujaba lo que me pedía. Hasta que un día, no recuerdo bien la fecha, dejé de poder hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque me saturé. Cargué con demasiadas emociones traumáticas durante demasiadas horas y tuve una crisis epiléptica que no era mía, sino de una persona a la que estaba tatuando. En ese momento descubrimos que los tatuajes eran más eficaces que los bolígrafos.
—Joder, Nao…
—Ahí Madre me dejó la autoestima por los suelos. Y me obligó a entrenar para ser más dura. Así soy de simpática ahora… Tuve que aprender a protegerme. A poner muros. A procurar que no se me acerquen demasiado. Por eso soy como soy. Misterio resuelto.
Preston me mira durante varios segundos sin hablar. Yo le sostengo la mirada porque, después de contar lo que acabo de contarle, ya no puedo bajar los ojos sin sentirme una cobarde.
Entonces, él hace algo que me destroza. Se aparta de la pared y camina hasta mí.
Sin decir nada, me coge la mano. La mano con la que tatúo.
La que llevo viendo como una herramienta de Madre desde los diez años.
Me la coge despacio y se la lleva a la boca para besarme los nudillos uno a uno.
Solo cinco besos cortos en cinco nudillos.
Y luego me la deja apoyada en su mejilla.
—Preston, no…
—Solo quiero sentirte un momento.
—No me gustan estas cosas.
—Ya casi está.
—Preston, por favor…
—Aguanta unos segundos más. Por mí.
Y lo hago. Aunque el cuerpo entero me esté gritando que la aparte, me ría de él y rompa el momento tierno con un chiste. Aguanto los segundos completos hasta que él me suelta.
Y, cuando lo hace, se queda delante de mí.
—Gracias por contármelo.
—No es nada.
—Lo es todo, Nao. Es absolutamente todo.
No sé qué decir a eso. Porque tiene razón. Acabo de darle una parte muy íntima de mí. Y eso me da más miedo que cualquier arma del mundo.
Cierro los ojos un segundo.
—Preston…
—¿Qué?
—Esto que está pasando entre nosotros.
—¿Sí…?
—No sé qué hacer con ello. No he tenido una relación normal en mi vida. Solo he estado con tipos a los que podía echar de mi apartamento en un par de horas.
—O huir del suyo…
—Sí. Esto nos ha unido, pero yo no sé estar con alguien normal.
—¿Normal?
—Sin la esperanza de que alguno de los dos muera en la misión.
Él suelta una risotada.
—No estoy de coña, Preston. ¿Qué haremos después?
—¿Te refieres a si los dos hemos sobrevivido? —dice burlón.
—Sí. Justo a eso.
—No lo sé. Cuando lleguemos a ese puente ya lo cruzaremos.
—¿Y luego?
Me mira como si el futuro le importara una mierda. Y eso hace que me guste más todavía.
—Luego, no lo sé. Pero me muero por llegar al sitio en el que tengamos que aprender a estar juntos sin que ninguno de los dos esté en peligro de muerte.
—Eso puede ser demasiado para mí, Preston. Quiero que lo sepas.
—Cuento con ello.
—Ah, ¿sí?
—Nao, tú conviertes las emociones en armas. Yo llevo dos años prometiéndole fidelidad a una mujer que ya no está en mi vida. No somos precisamente material para una comedia romántica.
Resoplo.
—Entonces, ¿qué será de nosotros?
—Supongo que la iremos fastidiando poco a poco hasta descubrir si somos capaces de superarlo.
—Suena muy optimista.
—Bueno, confío en nosotros. No todos los días apunto con un arma a una persona a la que también quiero besar.
Todos los poros de mi piel responden a esa frase. Y él lo nota, por lo que se inclina hacia mí y me besa despacio. Como si fuera una promesa.
—Ahora me voy —dice de pronto, apartándose de mí.
—¡¿Te vas?!
—Sí. No creo que puedas soportar más emociones por hoy.
—Para ser un policía semicorrupto eres muy considerado.
—No soy… —empieza a decir, pero se calla, seguramente al darse cuenta de que ahora que ha aceptado ayudarnos, esas normas tan estrictas por las que siempre se rige empiezan a desdibujarse.
Lo agarro y lo acerco mucho a mí para besarlo como beso yo a los hombres que elijo. Con la nueva y rara sensación de que alguien me ha visto de verdad y no ha salido corriendo.
Joder…
¿Y qué hago yo ahora con todo lo que siento?
¿Qué hago con un hombre que sabe exactamente qué soy, qué he hecho, qué le he hecho y, aun así, me besa la mano?
¿Qué haré con esto cuando todo termine?
Porque algún día terminará. Nada es para siempre. Y a Madre siempre hay que rendirle cuentas.