Capítulo 31 #2
No quiero hacer daño a Nao, pero tampoco puedo dejar que su hermana me borre la memoria. Además, ¡¿cómo cojones piensa hacerlo?! ¿Drogas? ¿Hipnosis?
La curiosidad me mata. Necesito explicaciones. Y las necesito ya. La única forma de obtenerlas es plantarme delante de Nao y…
Entro en la sala donde está, todavía con el teléfono en la oreja, y, al verme, la sorpresa cruza su cara. No con miedo, sino como si llevara toda la vida esperando ver a un hombre empuñándola así y por fin acabara de hacerse realidad.
—Cuelga —mascullo enfadado.
—Neva, te dejo. Esto se ha puesto interesante… Me está apuntando con su pistola. Sí. Hasta ahora. —Corta la llamada y levanta las manos como si le pareciera de lo más emocionante estar acorralada.
Yo pongo la voz más baja y firme que he usado en mi vida:
—Cuéntamelo todo, Nao. ¿Quiénes sois? ¿Y cómo se supone que vais a borrarme la memoria?
Ella sonríe, todavía con las manos abiertas a la altura del pecho, como si fuera una ciudadana ejemplar que he confundido con una sospechosa.
—Baja el arma, Preston, y te lo contaré todo.
—No pienso hacerlo.
—Si quisiera hacerte daño, ya lo habría hecho.
—Ya me lo has hecho, aunque igual no te has dado cuenta.
Tuerce la cabeza como si acabara de hacer una broma. Eso son mis sentimientos para ella, un puto chiste.
—Preston… Baja el arma. No vas a dispararme.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy yo.
—¡Ya no sé quién coño eres!
—Sí que lo sabes. Soy la misma chica en la que te metiste hace cuatro noches. Y esa parte no fue mentira.
Aprieto el arma un milímetro más.
—No hables de eso. Ahora no.
—Lo que pasó en tu cama fue real. Lo sentiste mientras pasaba tanto como yo. Por eso estás aquí.
—No sigas.
—Yo tampoco he podido olvidarlo, si te sirve de consuelo.
—Cállate ya. No me creo ni una puta palabra.
—No me voy a callar. La de tu cama era la auténtica yo. Nunca he sido más yo, joder…
Trago saliva.
—Me fui porque me asusté de lo que habíamos compartido.
—¿Por qué mientes?
—¡Te juro que no miento! Te lo confieso porque van a borrarte la memoria en menos de cinco minutos —expone, mirando su reloj—. Y quería que lo supieras.
—Basta, Nao. ¡Deja de decir esas cosas!
—Preston, mírame…
Lo hago, aunque no quiera. Debo de ser idiota. Un idiota loco y, casi con toda probabilidad, enamorado también.
Tiene los ojos brillantes y un temblor mínimo en las manos que solo captas si llevas semanas estudiando a una persona.
—No soy mala… —declara—. De verdad que no. Solo tengo secretos. Muchos. Demasiados. Y algunos no te los puedo contar, aunque amenaces con matarme.
—¿Por qué no?
—Porque no lo entenderías.
—Eso no me sirve.
—Lo sé.
—Entonces, dame algo más.
Cierra los ojos un segundo y vuelve a abrirlos.
—Algunos de los secretos más vergonzosos te conciernen a ti.
Pestañeo ante su sinceridad. ¿A mí? ¿Habla de… emociones?
—Explícate.
—Antes prefiero que me mates.
—¡Nao, joder…!
—¡No puedo, Preston! Porque, si te lo cuento, te haré más daño todavía. Y bastante mal duermo ya por las noches con todo lo que te he hecho.
Me quedo mirándola sin saber qué hacer con esa frase. No sé si es verdad o si se trata de otra estrategia. Pero la gente que dice esas cosas en voz alta, delante de un hombre que le apunta con un arma, no suele mentir.
—Estoy harto, Nao. Llevo semanas con tu cara en mi cabeza, intentando apartarte de mi vida. Y ahora me dices que los secretos más vergonzosos que guardas me conciernen a mí. ¡¿Qué cojones quieres que haga con eso?!
De pronto, hace algo que no espero. Da medio paso hacia mí. Hacia el arma, como si quince centímetros de cañón apuntándole al pecho fueran un detalle que pudiera ignorar.
—¡No te muevas, joder!
—Preston…
—¡He dicho quieta!
—Baja el arma y bésame. Es lo que estás deseando.
—Deja de jugar conmigo, Nao…
—No es un juego, es lo que veo. Tu curiosidad y tu atracción le pueden a tus principios.
Lo dejaste muy claro la otra noche en tu cama.
Y por mucho que te cabree, sigue siendo verdad ahora mismo, con un arma de por medio.
Si no sintieras nada por mí, ya me habrías puesto las esposas.
Pero no lo has hecho porque no es lo que quieres. Solo deseas besarme.
Algo se remueve dentro de mí. Algo que no debería removerse cuando estoy apuntando a una sospechosa. Algo más abajo del estómago, si he de ser sincero.
Aprieto fuerte la culata porque me niego a darle la razón.
Me niego a sentir nada por una mujer que me ha hecho pasar los peores y mejores momentos de mi vida y planea hacer que lo olvide.
Sin embargo, la sigo mirando. Y ella lo entiende. Lo veo en la pequeña sonrisa de medio lado que se le escapa durante una décima de segundo antes de borrarla de nuevo.
—Te estás relamiendo, Preston.
—No me estoy relamiendo.
—Acabas de hacerlo.
—Cállate ya. —Me relamo de nuevo.
—Esta versión de ti me encanta.
—Deja de hablar.
—Lo digo en serio. El Preston que es capaz de apuntarme con un arma sin que le tiemble la mano me pone mucho más que el chico bueno que me pidió una cita.
—Estás loca.
—Pero sigues queriendo besarme. No te resistas. Hazlo ya.
—Eso no va a pasar.
—Pues, al menos, baja el arma. Los dos sabemos que no vas a usarla. Y pareceremos imbéciles cuando lleguen los refuerzos y nos vean.
Poco a poco, mi cerebro intenta asimilar que la mujer que tengo delante es la misma que estuvo en mi cama. Son la misma puta persona porque me sigue gustando incluso cuando es mi enemiga.
Hubiera preferido descubrir que era una psicópata fría que ha estado fingiendo conmigo. Eso habría podido procesarlo. La hubiera detenido y me hubiese ido a casa. Pero esto… Estos sentimientos no sé manejarlos.
—Maldita sea…, ¿qué voy a hacer contigo? —pienso en voz alta.
—Lo siento.
—¡No quiero que lo sientas! ¡Quiero respuestas!
—No puedo dártelas.
—Sí que puedes.
—Podría si esto me concerniera solo a mí, pero no es así.
Y eso… Joder, eso lo entiendo. Está protegiendo a sus hermanas. Y a sus novios.
En ese momento, la campanilla de la puerta del estudio suena con violencia y se oyen unos pasos apresurados.
—¡NAO, YA ESTAMOS AQUÍ! ¡¿SIGUES VIVA?!
Pongo los ojos en blanco porque la burla con la que han preguntado si sigue viva promete un escenario de circo.