Capítulo 31
Preston
Llevo cuatro días sin abrir su chat para no releer el jodido mensaje.
No me hace falta. Lo he leído tantas veces que podría recitarlo al revés.
«Qué dramático. Estoy perfectamente. Para mí ha sido un encuentro bastante normal».
NORMAL.
Cuatro días con esa palabra taladrando mi cabeza mientras subía las escaleras del trabajo, me hacía el café o intentaba dormir sin oler a ella.
Cuatro días en los que casi le escribo a Rebecca por faltar a mi palabra.
Cuatro días en los que el salón de tatuajes ha estado sospechosamente cerrado. Lo sé porque he ido todos los días sin tener muy claro si iba a entrar.
Algo me dice que no, porque cuando encontraba la persiana bajada, mi pecho respiraba aliviado por no tener que verla todavía.
Durante estos días he aceptado lo que ya sabía desde el principio, que Nao subió a mi casa con un plan y yo con otro.
Ella consiguió la información que quería y yo tiré dos años de promesa por la borda por un encuentro NORMAL.
Camino rumbo al estudio de tatuajes sin esperar que esté abierto esta vez, pero, para mi sorpresa, la persiana está subida.
No me queda otra que reunir valor y hacer lo que cualquier hombre… ¡Mierda! ¿A quién quiero engañar? Quiero huir y llamar a mi madre.
Cuando entro en el local, la campanilla de la puerta se queja como si quisiera decirme que el que avisa no es traidor.
Nao está detrás del mostrador con un lápiz suspendido en el aire.
Cuando levanta la vista y registra que soy yo, duda un segundo sobre qué máscara ponerse.
En esa fracción de segundo la Nao real asoma por sus ojos, la misma que estuvo en mi cama, y es tan brutal reconocerla que se me olvida todo lo que iba a decirle.
—Hola…
—Hola —contesto de vuelta.
—Tenía mis dudas de si volvería a verte.
—Has de terminar el tatuaje por lo menos —digo rancio.
—Has tenido suerte, me iba a coger la semana entera de vacaciones, pero he tenido que terminar un encargo.
Deja el lápiz y me hace un gesto seco con la cabeza para que la siga.
—Pasa.
La sigo por el pasillo, y antes de que ella saque el tema, le aclaro las cosas sin rodeos. Como tenía planeado.
—Hoy no quiero hablar de nada. Yo no te pregunto y tú no me preguntas. Terminamos. Te pago. Y me voy.
Ella se queda mirándome unos cuantos segundos.
Y veo, de nuevo, esa emoción que no sabe camuflar. La sorpresa.
—Vale —responde cortada.
—Vale.
—Quítate la camisa.
Me la quito sin hacer comentarios por una vez. La pongo doblada sobre la silla y me tumbo bocabajo, apoyando la cara en el agujero acolchado.
Escucho cómo prepara la máquina y respiro hondo. Noto cómo orienta la luz sobre la zona y la oigo suspirar más hondo que yo.
Y cuando siento su mano apoyándose en mi omóplato, juro que aprieto los dientes para no reaccionar a ella. Porque, hace cuatro días, esa misma mano me arañaba la espalda mientras se corría y ahora vuelve a estar donde estaba antes del terremoto sexual del que fuimos víctimas.
Nos mantenemos en silencio durante diez minutos mientras me tatúa. Yo cuento las baldosas del suelo a través del agujero acolchado y pienso en cualquier cosa. En mi madre. Mi hermana. En McCain. En la maldita rana del cubo…
A los doce minutos exactos, ella cambia la aguja con más ruido del necesario. Y suelta:
—¿Todo bien?
No contesto.
—¿Preston?
—¿Qué?
—Te he preguntado si va todo bien.
—Todo perfecto.
—¿Seguro?
—Habíamos quedado en no hablar.
Guardo silencio porque no voy a caer en sus provocaciones.
Esta vez es ella la que se queda apretando los dientes. Lo noto en la presión de la aguja, en cómo se tensa su mano en mi espalda y se le acelera la respiración.
Y, de pronto, entiendo una cosa que no sabía: ella puede ser borde, pero si alguien lo es con ella le resulta insoportable.
—Mira, Preston, si tienes algo que decir, dilo.
—No tengo nada que decir.
—Sigues mintiendo igual de mal.
—Te he dicho que no quiero hablar.
—Bien, pues no hablamos.
Tatúa con más fuerza durante treinta segundos. Yo aprieto los dientes. Después afloja y aparta la aguja.
—¡Joder, Preston!
—¿Qué pasa ahora?
—¡Pasa que no tienes derecho a tener esta actitud! Además, sé que es solo una pose.
—¿El qué?
—El bonito juego de hacerme creer que vienes solo a tatuarte y luego callarte como un muerto cuando te pregunto.
—Creo que no hay mucho más que decir.
—Pues, si crees eso, no vengas a tatuarte conmigo. Vete a otro estudio. ¿Ya no crees que mi tinta tiene venenos extraños? —trata de picarme.
—Lo empezaste tú y lo terminas tú —le contesto, ignorando su pregunta.
—Puede hacértelo cualquiera.
—Quiero que seas tú. Punto.
Oigo cómo contiene una réplica antes de volver a apoyar la aguja sobre mi piel. Y, al final, revienta:
—Prefiero que estés enfadado a que actúes como si te debiera la vida.
Me giro para poder mirarla a la cara.
—¿Por qué iba a estar enfadado contigo?
—¡Por el mensaje que te mandé el otro día!
—Da igual… Cuando vi la sábana de la pizarra fuera de su sitio me quedó claro a qué fuiste, y no era por mí.
Me mira como a una niña que ha hecho una travesura.
—Preston, yo…
—Estamos en paz. Termina el puto tatuaje.
Pero ella no continúa. Deja la máquina sobre la bandeja con un golpe seco, se quita los guantes y se cruza de brazos con la cara de alguien que ha decidido pelear, aunque la pelea no le convenga.
—Levántate. Si vas a quedarte, quiero aclararte algo.
Me incorporo despacio y me siento en la camilla. Ella lo ha querido. Si vamos a hablar, voy a soltarle lo que llevo guardando cuatro días en algún lugar entre el estómago y la garganta.
—Si no te interesaba, podrías haberme dejado KO con un golpe en la nuca para ver la pizarra a tus anchas. No hacía falta que te acostaras conmigo… Sabías que esa promesa era importante para mí.
La cara que pone es fotografiable como prueba de culpabilidad.
—¿Perdona?
—Si tenías ganas de follar, haberte follado a un tío cualquiera.
—Yo no te obligué a nada.
—Tienes menos responsabilidad afectiva que una servilleta, Nao.
—Yo no…
—¿Vas a negarlo? —cuestiono incrédulo—. Con la prisa por salir de mi casa sin que te oyera, dejaste la sábana mal colocada.
—No te follé para entrar en tu despacho —responde adusta.
—Entonces, explícame por qué, mientras yo me duchaba intentando lavar la culpa, tú estabas en mi despacho haciendo fotos a una pizarra que yo había cubierto deliberadamente porque no quería que la vieras.
—¡Eso es lo que me cabreó! ¡Tapaste la pizarra porque ya tenías planeado follarme! ¡Ahora no te hagas la víctima!!
—Y mientras lo hacíamos, tú estabas pensando en cuántas fotos harías cuando me metiera a la ducha. Porque las hiciste, ¿verdad?
—Sí, pero no estaba pensando en ello mientras follábamos.
—Ah, ¿no? Entonces, ¿lo disfrutaste o fue de lo más «normal»?
Se queda en silencio. Y por primera vez desde que la conozco, no dispone de una contestación rápida. Pero la rabia enseguida la reconduce.
—Fuiste tú el que invitó a una cita a una persona a la que estás investigando. A mí y a mis hermanas. Y a Jesse, e incluso a Evan. Tú también estabas jugando conmigo. Y tampoco hacía falta que me follaras tan fuerte. Pero claro, las sequías estúpidas son lo que tienen…
—Me arrepiento de haberla roto con alguien como tú.
—Eres un hijo de puta.
—Y tú una mentirosa de manual que me ha drogado múltiples veces. Me encargaré personalmente de que te quiten la licencia para tatuar.
—Vete de mi estudio ahora mismo —gruñe furiosa.
—Primero tendré que pagarte lo que has hecho hoy.
—No hace falta. Invita la casa.
—No me vas a invitar a una mierda —rezongo, tomando la cartera y sacando trescientos dólares en billetes.
—No los quiero. Vete ya, Preston, antes de que tenga que sacarte yo a patadas.
Me quedo mirándola porque nunca la había visto así. Tan vulnerable. Luchando contra un sentimiento que no sabe gestionar. Y como soy idiota, solo quiero alargar la mano y pedirle que me explique por qué no fui suficiente para que se quedara hasta el desayuno.
Pero no lo hago.
Solo he venido a confirmar lo que ya sabía.
Me pongo la camisa despacio mientras ella me observa como si quisiera detenerme. Me la abrocho botón a botón y luego la aliso.
—Bueno…, me voy.
—No te vayas.
—Adiós, Nao —zanjo antes de hacer una estupidez, como arrinconarla contra una pared y besarla.
Comienzo a caminar, rezando para que no me detenga, y no paro hasta que escucho la campanilla de la puerta diciéndome «¡de la que te has librado!».
Una vez en la calle, doy tres pasos y me detengo en seco.
Le he dicho todo lo que tenía que decirle. Podría estar marchándome con la cabeza alta, pero siento que estoy alejando a la única mujer por la que he sentido algo en dos años.
La única que ha conseguido que sintiera algo.
«¡Joder, Preston!».
Doy media vuelta y camino hacia el estudio.
Como soy alto, agarro la campanilla para que no suene cuando entro de nuevo en el local. Quiero ver la cara que pone cuando me vea de nuevo allí. Esa cara que no miente. El alivio que espero que trasluzca.
Camino por el pasillo con cautela y oigo su voz.
Parece que está hablando por teléfono.
—¡Que sí, Neva! ¡Que esta vez no es como las otras! Ha dicho que va a hacer que me quiten la licencia.
Su interlocutora le contesta algo.
—¡Ya sé que estábamos esperando, pero tienes que volver a hacerlo esta misma noche! Cuando salga de comisaría, lo sigues y le borras la memoria. ¡Pero todo! No puede recordar quiénes somos. Bórrale a Terry de la mente.
¿Qué coño acaba de decir…?
—Sí, lo sé. Pero no hay otra forma. Hazlo esta noche, ¿vale?
¿Esta noche?
—¡Y yo qué sé! ¡Tú hazlo! Por favor…, hermana. Por mí.
No me muevo de inmediato porque, de pronto, algo encaja en mi cabeza. La vaga impresión que tenía de que ella sabía cosas de mí que yo no le había contado.
¡No es la primera vez que me hacen algo! No sé qué, pero me lo han hecho.
Saco el arma por puro reflejo, como saco la cartera cuando tengo que pagar un café.
Mi mano va por su cuenta, comprueba el cargador y el seguro. Aunque llevo cuatro años sin disparar, mi mano sabe con exactitud lo que tiene que hacer. Mi corazón no tanto.