Capítulo 29
JESSE
Aún sigo con una sonrisa de comemierda en los labios cuando me acerco hasta la encimera abotonándome la camisa.
—¡Te he dicho que te laves las manos, joder! —ladra Nao con una mirada asesina.
Me acerco hasta el fregadero, y tras echarme un poco de jabón, me aclaro.
—¿Así le parece bien a la inspectora de sanidad?
Le salpico el exceso de agua, mojándola, y me doy la vuelta, partiéndome de la risa.
Me encojo cuando me suelta un golpe en la parte posterior de la cabeza.
—¡Te podría denunciar por agresión!
—Poco te he hecho para lo que mereces. Mi sofá, Jesse…, ¡es sagrado!
Sé que debería mantener la boca cerrada. Pero, joder… Llevo esperando esto demasiado tiempo.
—Llevas razón. Unas cuantas plegarias sí que nos ha arrancado.
—¡SERÁS HIJO DE PUTA!
Esta vez estoy preparado. La esquivo y me escondo detrás de Row, huyendo de la energúmena con piercings.
—¡Quita, bicho! ¿Qué te hace pensar que yo te defenderé, Lameculos?
«Pues es verdad». Row, antes de echarme un cable, iría tallando mi epitafio.
Rodeo la encimera.
—Para estar recién follada tienes muy mala leche, Nao.
—¡Jesse! —se queja Day, saliendo del baño.
—¿Se lo has contado? —pregunta Nao, quedándose estática. Qué mal rollo. ¡Parece un Playmobil! Y esos no son de fiar.
—Es muy bueno sacando secretos —se excusa Day.
—¡No sabía que la polla de Jesse contuviese el suero de la verdad!
—Te la ofrecería para que lo comprobaras, pero no quiero que me la arranques de un mordisco.
Se lanza a por mí y esquivo una patada voladora por los pelos.
La muy cabrona hay ido a meter talón. Para que duela más.
—Se lo conté porque necesita estar al tanto de la investigación de Preston.
—Pudiste omitir que el poli se la folló como una estrella del porno.
—Eso. Tú echa más leña al fuego —se queja mi Listilla—. Lo estas disfrutando, ¿verdad?
Row se mete una galleta y con la boca llena responde:
—No te haces una idea. Sobre todo, si involucra que Jesse sangre.
—Zorra… —mascullo.
—Lameculos.
—¿Queréis que os mande al rincón de pensar? Porque hay cuatro esquinas y yo veo a cuatro idiotas.
Todos miramos a Neva, que aparece por el tobogán y saca a la educadora que lleva dentro.
—No somos críos.
Se molesta Row.
—Pues demostradlo u os daré un folio a cada uno para que coloreéis. —Tiene gracia la cosa, que la que más apariencia de inofensiva de todos nos tenga que regañar como a niños de infantil—. ¿Qué ha pasado con Cassandra Cole?
Me froto la nuca, donde Nao me ha soltado el golpe, mientras intento conservar la poca dignidad que me queda. No es fácil hacerlo cuando cuatro mujeres te observan con esa mezcla entre diversión y ganas de asesinarte que tan bien conocen.
Neva, que es la única capaz de imponer cierto orden cuando el resto decidimos comportarnos como auténticos idiotas, consigue reconducir la conversación antes de que Nao encuentre un objeto contundente con el que rematar el trabajo.
—¿Y bien?
El cambio de tema consigue que el ambiente se vuelva gélido.
Ya no hay risas, gruñidos ni cachondeo.
—Como ya sabéis, hemos ido a verla —empieza diciendo Nao, e intercambia una mirada con Row—. Resulta que no recuerda absolutamente nada.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo que nada? —Me acerco hasta ella. Mientras se hable de trabajo, es seguro acercarse sin recibir una puñalada.
—Nada de nada —interviene Row a la vez que hace girar una galleta entre los dedos—. No recuerda hablar con Terry. Y lo que aún es más raro, haber prestado declaración a la policía.
«¿Me están jodiendo?».
Sin necesidad de decir una sola palabra, todos giramos la cabeza hacia la misma persona.
Neva.
Ella tarda medio segundo en comprender por qué cuatro pares de ojos acaban de clavarse sobre su cara.
Levanta ambas manos en un gesto defensivo.
—¡A mí no me miréis! Yo no he sido.
Day no aparta la vista de ella y pregunta:
—¿Estás segura?
—Espera que lo piense… —Neva hace un gesto, como si se esforzase en recordar. A mí me parece que tiene pinta de estreñida.
—Piénsalo bien, Neva.
Neva resopla con una paciencia que yo jamás tendría.
—¡Sois idiotas o qué! No fui yo —reitera—. Borrar recuerdos no es como cambiar el canal con el mando a distancia. Te aseguro que recordaría si hubiese manipulado la memoria de alguien. Es imposible que se me olvide algo así.
Asiento despacio. Tiene sentido.
Después de todo, su habilidad no consiste simplemente en hacer desaparecer recuerdos; implica introducirse en la mente de otra persona y alterar algo tan delicado como su identidad. No parece una experiencia fácil de olvidar.
—Si tú no has sido, que te creo —le guiño un ojo. Neva me sonríe—, entonces hay alguien más que hace lo mismo que tú.
—Y yo pensando que era única e inimitable…
Day permanece inmóvil unos instantes antes de hablar.
—¿Y si esto tiene relación con lo que me pasó cuando bajé por primera vez a los archivos? —Todas las miradas regresan hacia ella—. Entré perfectamente consciente… y salí sin recordar absolutamente nada de lo que ocurrió allí dentro. Ni siquiera hay rastro de que lo hiciese. ¡Y pasó!
Siento cómo se me contrae el estómago.
Aquello sigue sin tener explicación.
En aquel momento todos pensamos que había sufrido algún tipo de desorientación, un golpe o incluso un episodio de estrés extremo.
Pero, tras lo de Terry, sabemos que no fue el caso. Es algo que a mi chica le preocupa. A mí más.
Aprieto con fuerza la mandíbula.
—Demasiadas coincidencias —se queja Nao.
—Cuando se trata de Madre —añado—, las casualidades tienen la fea costumbre de no existir.
El salón vuelve a quedarse en silencio.
Cada uno parece inmerso en sus propios pensamientos, intentando encontrar una pieza que encaje con las demás.
Es Row quien lo rompe:
—Necesitamos ver esos vídeos.
—Yo tengo el que me enseñó Preston de la joyería —comenta Nao, sacando su teléfono—. No se ve nada, pero lo grabé con mi móvil antes de descubrir el tablero con las fotos de Evan.
—Toma —dice Neva, extendiéndole una galleta—, te la has ganado.
Nao gruñe y todas se ríen.
—Vamos a conectarlo con la tele para verlo mejor —sugiero, y mientras Day la enciende, Nao se pone a ello.
Durante los primeros minutos no sucede nada especialmente relevante. Gente caminando de un lado para otro. Vehículos circulando… Hasta que aparece Terry.
Escucho a mi alrededor cómo alguien contiene el aliento y no me cabe duda de que se trata de Day. No la miro. A mí también me está afectando ver a mi hermano minutos antes de acabar con su vida.
Vemos cómo una mujer, que Nao enseguida confirma que es Cassandra Cole, lo aborda y hablan durante unos segundos. Ella le sonríe al despedirse. Después Terry continúa y desaparece en el callejón.
—Nunca entró al portal. Debió subir por la escalera de incendios hasta la azotea… —murmura Day.
Sin pensarlo, apoyo la mano sobre su espalda y la acaricio suavemente. Ella ni siquiera aparta la vista del televisor.
—¿Veis? —protesta Nao—. Es justo lo que os conté. No hay nada diferente. La única sospechosa sigue siendo Cassandra, pero ella ni siquiera recuerda ese momento. Es más, tampoco se acuerda de las niñas diabólicas y sus galletas.
Giro la cabeza en su dirección.
—¿Qué niñas?
Nao se acerca hasta donde está el portátil.
—¿Cómo se rebobina esta cosa? —Echo hacia atrás la grabación—. ¡Esas!
Sigo la dirección de su dedo y lo detengo.
Hasta ahora ni siquiera les había prestado atención.
Un pequeño grupo de niñas uniformadas pasa por la acera cargando varias cajas de galletas.
Parecen girls scouts. Sin embargo, a mí se me hiela la sangre.
—Yo he visto a esas niñas antes.
«Me cago en la puta… No puede ser».
Row bufa.
—Claro, Lameculos. Igual que medio vecindario. Se pasan los días merodeando por la ciudad para vender galletas.
Niego con la cabeza.
—No. —Mi voz sale mucho más grave de lo que esperaba—. Las he visto en GenoLabs.
Las cuatro se quedan como estatuas.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Neva despacio.
Maldita sea… Yo nunca olvido una cara. Tengo memoria fotográfica.
Sigo observando cómo se alejan con tranquilidad. Como si fueran niñas normales.
—Que no estaban en GenoLabs vendiendo galletas, sino como pacientes. No le di importancia, pero… Joder, ¿cuántos años pueden tener? ¿Ocho? ¿Nueve? —Me paso una mano por la cara, frustrado—. Mierda. Lo he tenido delante y…
—Jesse…
Day llama mi atención y nuestros ojos se encuentran. No hace falta que sea yo quien termine la frase. Ella lo comprende.
—¿Crees…? ¿Piensas que esas niñas son los bebés que encontró Terry?
Una blasfemia escapa de los labios de Row. O puede que haya sido Nao. Las dos son igual de malhabladas.
Pero esta vez no las culpo.
Llevo demasiado tiempo infiltrado en GenoLabs para saber que, cuando Agatha Walsh está de por medio, las casualidades no existen.
—Siempre han estado delante de nuestras putas narices —suelto cabreado.