Hoy (Arpías 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Nao

Yo conduzco y Row va de copiloto, como siempre. Ninguna de las dos suele hablar en los primeros veinte minutos de trayecto.

Nosotras no tenemos silencios incómodos. Es más, nuestra dinámica está basada en ellos. Ninguna invade el cerebro de la otra hasta que nos damos permiso con alguna señal.

Pero hoy voy a tardar en darla porque he dormido cuatro horas y la cabeza me da vueltas como una lavadora industrial.

Anda centrifugando el mensaje de Preston, las fotos de su pizarra y el olor de su casa, que todavía no se me ha ido del pelo. Por no hablar de la cara de Neva cuando ha bajado a la planta común esta mañana y nos ha contado, en tres frases, que el plan del sueño con Evan le había salido muy bien.

—¿Qué te ha dicho? —le ha preguntado Day.

—En resumen, que McCain lo tiene cogido por los huevos desde hace años por algo gordo. Y teniendo en cuenta que Evan es informático, habrá hackeado cualquier cosa para encubrir algo.

—¿Como qué?

—No sé. Ha preferido no concretar. Pero McCain, como jefe de policía, lo obliga a hacer trabajos por los que podría ir a la cárcel.

—Entonces, tu poli salvaje es bueno en lo suyo, Nao…, además de en la cama —se ha mofado Row.

—¿Puedes dejar el tema? —mascullo.

—Me ha dado bastante pena —comenta Neva—. Llevo toda la noche pensando en matar a ese tipo por mi cuenta.

—Suena romántico —responde Day—. Pero no te ensucies las manos. Al parecer, Preston ya va tras él y pronto caerá.

Neva ha vuelto a su apartamento, Day se ha ido a GenoLabs y nosotras hemos cogido el coche para hacerle una visita a Cassandra Cole.

El GPS me indica que gire a la derecha y obedezco. Ha bastado con poner su nombre en Google, seguido de la palabra «inmobiliaria», para que sepamos dónde encontrarla.

Nos detenemos en un semáforo.

—¿Cuál es el plan? —pregunta Row. Siempre tan previsora.

—Entrar como clientas y preguntar por un inmueble. Cuando estemos a solas con ella, le mostramos la foto.

—¿Y si se cierra en banda?

—La haremos abrirse a la fuerza.

—Como debe ser —asiente Row.

Aparcamos a dos calles de distancia y caminamos hasta el local. No vamos vestidas como dos mujeres que pueden permitirse un piso de tres habitaciones en Lincoln Park, más bien resultamos intimidantes. Eso es más efectivo todavía.

La inmobiliaria es de las que tienen ventanal de cristal de suelo a techo. Dentro, cuatro escritorios con agentes hablando por teléfono. Solo uno de ellos vacío con una mujer detrás de él con el pelo claro recogido en un moño bajo. Es Cassaandra. ¡Bingo!

Cruzo una mirada con Row durante medio segundo y empezamos el espectáculo.

La mujer levanta la vista y nos ofrece una sonrisa profesional y bien calibrada para no mostrar lo que opina de nuestro aspecto. Minipunto para ella.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudaros?

—Buenos días —contesto—. Mi hermana y yo estamos buscando un piso de tres habitaciones en esta zona. Para compra, no alquiler. Y nos han comentado que vosotras tenéis las mejores opciones.

—¿Quién os ha referenciado? —pregunta curiosa.

—Un amigo. ¿Hay algún hueco hoy para enseñarnos lo que tengáis disponible?

Cassandra mira la pantalla del ordenador y nos sonríe otra vez.

—Por supuesto… Tengo una hora libre ahora mismo si os parece bien. ¿Pasáis a mi despacho?

—Encantadas.

Nos guía hasta una sala pequeña donde hay tres sillas y una mesa con un dosier de propiedades. Ella se sienta detrás. Nosotras enfrente. Y empieza a hablarnos de pisos como si no los tuviera ya aburridos.

Row y yo la dejamos explayarse cinco minutos sobre las ventajas de vivir en una zona tan privilegiada. Cassandra Cole es una mujer de cincuenta años con una manicura impecable y un anillo de boda que parece llevar puesto desde antes de que yo naciera.

No tiene aspecto de criminal ni de cómplice, sino de mujer que hace su trabajo bien y se va a casa con su familia.

Unos minutos después, considero que ya hemos sostenido la fachada lo necesario y saco el teléfono para enseñarle la foto de Terry. Se lo pongo delante, sobre la mesa.

—Antes de seguir con los inmuebles, quiero preguntarte por este hombre. ¿Lo has visto alguna vez?

Ella mira la foto, sorprendida por la pregunta. Luego nos mira algo asustada, pero intenta responder mirando la foto de nuevo.

—No, no lo conozco.

—¿Estás segura?

—No lo he visto en mi vida. ¿Quién es?

Row se inclina hacia delante.

—Este chico cayó de la azotea de un edificio hace mes y medio. La policía cerró el caso como suicidio. Tú declaraste a los agentes que aquella tarde lo viste en la calle y le habías preguntado por unas viviendas en venta.

La mujer se queda paralizada.

—¿Cómo…?

—Tu nombre figura en el informe policial. Cassandra Cole.

Ella nos mira desconcertada.

—No recuerdo nada de eso.

—¿No recuerdas haber declarado o no recuerdas haber hablado con este chico?

—¡Las dos cosas! ¡Yo no he hecho ninguna declaración!

Row y yo intercambiamos una mirada cargada de recelo.

—Cassandra, ¿recuerdas qué hiciste el día seis de marzo por la tarde?

Cassandra se acciona para coger su agenda.

—Tengo toda mi vida apuntada aquí —dice, volviendo las hojas—. Si no, me volvería loca.

Busca con el dedo el día en la página.

—Trabajé hasta las dos. Comí en el bar de enfrente y volví a la oficina —frunce el ceño—, pero esa tarde tocaba… búsqueda de nuevas viviendas para la venta en Portland Street. Una de las zonas más cotizadas últimamente.

—¿Recuerdas haber estado paseando por allí? —pregunta Row—. Es donde cayó el chico.

—No… No lo recuerdo… Tengo un agujero. A veces se me borran cosas de la mente. Mi médico dice que es estrés.

—¿Y no recuerdas haber hablado con la policía aquella semana?

—No. Os juro que no. Si yo hubiera hablado con la policía sobre un suicidio, me acordaría. No es algo que ocurra todos los días en mi vida.

Row se reclina contra el respaldo y yo me quedo muy quieta mirando a Cassandra a los ojos, intentando captar si miente o no, sin embargo, está más confusa que otra cosa.

Echo un vistazo en dirección a mi hermana y mis sospechas se confirman. La expresión de Cassandra, la forma en la que ha reaccionado… «Tengo un agujero». Es un patrón que ambas reconocemos.

Así es como se comporta la gente que ha sido borrada por Neva, por lo tanto, eso solo puede significar una cosa. Alguien se ha tomado las molestias de borrarle la memoria.

—Cassandra —pronuncio despacio—. Tu nombre, dirección y firma están en el informe policial. La declaración fue de dos páginas. Le contaste al agente que mantuviste una conversación con este chico sobre unas casas en venta. Te interrogaron durante una hora.

—Eso es imposible —dice asustada—. Tiene que ser un error.

—No es un error, Cassandra.

—¡Pues no me acuerdo! —espeta, cada vez más nerviosa.

Se hace un silencio profundo y tenso ante lo inexplicable.

Row me mira y nos entendemos sin necesidad de usar palabras.

Es imposible que Neva le haya borrado la memoria a esta pobre mujer. Y eso plantea un nuevo problema, porque hay alguien ahí fuera, con una habilidad similar a la de nuestra hermana, intentando evitar que encontremos pistas sobre el asesino de Terry.

¡Joder…!

—Cassandra —dice Row despacio—, ¿puedes hacernos un favor?

—¿Cuál?

—Borra también de tu memoria que hemos estado aquí si no quieres que te pase nada.

La cara de la mujer se desencaja por completo. La sonrisa profesional cae al suelo y en su lugar aparece el miedo.

—¿Estoy en peligro?

—Menos del que estarás si alguna vez nos mencionas —amenazo.

—¡Si ni siquiera sé quiénes sois!

—Nadie importante.

—Eso es mentira —me contradice Row mientras se levanta.

Yo hago lo mismo y recojo mi teléfono de la mesa. Salimos del despacho y cruzamos la inmobiliaria sin prisa para salir a la calle.

Caminamos hasta el coche sin hablar.

A los tres minutos de circular, Row suelta lo que llevamos las dos rumiando desde hace media hora.

—Nao…

—Dime.

—Si alguien más tiene la habilidad de borrar la memoria, también es posible que puedan haber manipulado su voluntad y lo obligaran a suicidarse.

—Es lo primero que pensé al ver las imágenes.

—Pero si Cassandra no fue…, ¿entonces?

—Podrían haberlo obligado momentos antes, fuera del alcance de la cámara —deduzco.

—¿Y por qué tomarse la molestia de borrarle la memoria a Cassandra? —Row se hace preguntas en voz alta.

—No tengo ni puta idea.

—Joder, Nao… ¿Crees que ha sido Madre? ¿Crees que hay más gente como nosotras por ahí?

No contesto porque no lo sé, y Row lo entiende.

De vuelta en casa, ascendemos en el montacargas hasta el piso común, y cuando subimos la verja, me quedo congelada.

Porque mi sofá blanco, mi puto sofá blanco que jamás ha aguantado más de dos cuerpos vestidos al mismo tiempo, está siendo mancillado por Day y Jesse… apenas sin ropa.

Day está encima de Jesse a horcajadas. Las manos de él guían las caderas de ella en un movimiento ondulante. Lo que indica que el culo desnudo de Jesse está en contacto con la tapicería.

Al oírnos, Day sube la cabeza, que tenía echada hacia atrás, y abre los ojos como platos.

Row, detrás de mí, empieza a aplaudir despacio.

—¡Bravo!

Day grita. Y Jesse suelta un taco mientras intentan cubrirse como pueden, pero es inútil.

—¡¿QUÉ ESTÁIS HACIENDO AQUÍ?! —chilla Day—. ¡Habéis tardado muy poco!

—Somos muy eficientes —digo glacial.

—¡Pues no lo parecíais!

—Day, estás en mi sofá —mascullo.

—Lo… lo siento.

—En mi puto sofá blanco.

—Perdón, es que…

—El que te he dicho mil veces que no quería que nadie tocara jamás, ni siquiera vosotras, porque es mi sofá blanco. Y habéis follado encima.

—Nao, te lo puedo explicar.

—No quiero explicaciones. Quiero la tintorería más cara de Chicago. Y que se aseguren de no dejar rastro del culo de Jesse.

Row se dobla de risa contra la encimera de la cocina.

El aludido, con un cojín todavía en la entrepierna, me mira sin pizca de arrepentimiento, incluso me parece ver un brillo de diversión en su mirada.

—Te advertí que profanaría este sofá con mi glorioso culo —susurra, encogiéndose de hombros.

¡Voy a matar a este cabrón!

Doy un paso amenazante en su dirección, pero Row me detiene sujetándome por el brazo.

—Piensa en Day. No quieres cargarte a su novio, ¿verdad? —Le lanzo una mirada heladora y ella me suelta—. O sí… Tú misma.

Tomo una respiración profunda. Tengo que controlarme para no manchar a Bésame con la sangre del puto Lameculos.

—Llama hoy a la puta tintorería —digo, tapándome los ojos con las dos manos—. ¡Y vestíos, joder!

Day intenta ponerse algo de ropa con la dignidad de una mujer que sabe que ha perdido toda credibilidad doméstica para los próximos diez años.

Y mientras Jesse busca su camisa debajo del sofá, intento procesar lo mucho que se está desmadrando mi vida últimamente.

—Id a lavaros las manos. Tenemos que hablar —informo.

—Vale —contesta Day.

—Y Row… ¿Row? ¡Deja de mirarlos!

—Es que soy la única que no folla —protesta—. No es justo.

—Olvida eso y llama a Neva. Dile que baje ya.

—Es muy fácil dar órdenes desde tu estado poscoital.

—¡HAZLO YA!