Hoy (Arpías 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

Neva

El montacargas se detiene con un golpe. Tengo un nombre en mi cabeza: McCain. Un hilo rojo uniéndolos en aquel tablón improvisado. No tiene sentido. No existe ningún punto de contacto entre ellos. Ninguno.

Y, sin embargo, allí estaban.

El apartamento está en penumbra. Encuentro a Evan exactamente donde esperaba: atravesado en la cama y con un brazo por encima de la almohada que debería estar ocupando yo. Respira profundo, completamente ajeno al terremoto que acaba de provocar sin siquiera saberlo.

Durante unos segundos me limito a observarlo.

Es tan fácil creer que este hombre solo arregla ordenadores y pierde noches enteras programando. Que el mayor delito de su vida consiste en colarse en la dark web por pura curiosidad informática. Comparado con las personas que conozco…, comparado conmigo…, Evan es casi normal.

Y, sin embargo… McCain.

Necesito respuestas. Aunque tenga que arrancárselas.

Me siento sobre el colchón con un movimiento brusco que hace que rebote ligeramente. Él gruñe.

—Cinco minutos.

Le doy un pequeño empujón.

—¿Quién es McCain?

Abre un ojo.

—¿Qué?

—He dicho que quién es McCain.

Parpadea un par de veces. Aún sigue medio dormido.

—¿Qué McCain?

—La que acabas de nombrar.

El sueño desaparece de golpe de su expresión. Frunce el ceño.

—¿He nombrado a McCain?

Cruzo los brazos.

—Sí.

Silencio.

Lo veo intentar recordar.

—No me acuerdo.

—Claro que no te acuerdas.

Me levanto de la cama y empiezo a pasearme por la habitación como una auténtica actriz de telenovela. Si mis hermanas estuvieran viendo esto me darían un premio.

—¿Quién es?

—Neva.

—No, dime cómo se llama. ¿McCain de qué? ¿Es rubia? ¿Morena? ¿Pelirroja? Porque pronunciar su nombre mientras duermes tiene que significar que la conoces bastante bien.

Él me observa como si hubiera aterrizado una nave espacial en el salón.

—Espera…, ¿tú crees que McCain es una mujer?

Me giro de golpe.

—Pues con ese nombre tampoco sería tan raro.

—Es un apellido.

—Deduzco que será de origen irlandés, o puede que de Escocia. ¿Conoces a su familia?

—Neva, lo que dices no tiene sentido.

—Y tú sigues sin responder a mi pregunta.

Suspira, pasándose una mano por la cara.

—No es una mujer.

Levanto una ceja.

—Ajá…

—Es un hombre.

Permanezco completamente inmóvil unos segundos.

—¿Ahora resulta que encima sueñas con hombres?

Suelta una carcajada tan espontánea que durante un instante me entran ganas de reírme también. Se tapa la cara con ambas manos.

—Madre mía…

—No cambies de tema.

Su sonrisa desaparece poco a poco. Lo noto. Hay algo y necesito saber el qué.

Se incorpora despacio hasta quedar sentado en la cama.

—¿Por qué preguntas por él?

Mantengo la mentira.

—Porque has dicho su nombre como si estuvieras reviviendo algo.

Baja la vista. Durante varios segundos solo escucho el zumbido lejano del frigorífico. Después habla.

—Cometí una estupidez hace unos diez años.

No interrumpo.

—Una muy grande.

Se frota la nuca.

—Era un crío. Bueno…, ya no era un crío, pero sí un idiota.

Sonrío apenas. Eso sí me lo creo.

—Me metía donde no debía. Sistemas privados. Empresas. Bases de datos. Era el típico hacker que se creía invencible porque nunca dejaba rastro.

Su mandíbula se tensa.

—Hasta que un día sí dejé uno. McCain me encontró antes de que el caso llegara a juicio.

Levanto ligeramente las cejas.

—¿Es policía?

Asiente.

—Lo era. Bueno…, sigue siéndolo, pero con más poder.

Hace una pausa.

—Solo que también es un corrupto de mierda.

Mi respiración permanece tranquila, aunque por dentro cada palabra va colocándose en su sitio como piezas de un puzle.

—Me ofreció un trato.

Su sonrisa carece de cualquier rastro de humor.

—O aceptaba trabajar para él cuando me necesitara o mi vida se iba directamente al infierno.

—¿Qué tipo de trabajos?

Aprieta la mandíbula.

—Entrar donde él no podía entrar. Borrar registros. Encontrar información. Romper sistemas. Cosas así.

Lo dice con una mezcla de vergüenza y resignación.

—Nunca he hecho daño directamente a nadie.

Después baja todavía más la voz.

—Pero seguramente alguien haya salido perjudicado por mi culpa.

Me acerco despacio.

—¿Todavía trabajas para él?

Asiente muy despacio.

—Cada vez menos.

Suspira.

—Aparece cuando le da la gana. Puedo pasar un año sin saber nada de él y luego llamarme tres veces en una semana.

Se ríe sin alegría.

—Es como vivir esperando una tormenta.

Me siento otra vez junto a él.

—¿Y por qué nunca me lo habías contado?

Me mira directamente. Sus ojos siempre parecen sinceros cuando habla de cosas importantes.

—Porque me avergüenza. Porque cada vez que aparecía intentaba convencerme de que sería la última vez.

Traga saliva.

—Y porque tú…

Me acaricia el dorso de la mano con el pulgar.

—… eres la única parte limpia de mi vida.

Noto una punzada incómoda atravesándome el pecho. Si supieras… Si supieras quién soy de verdad… no pensarías eso. No pensarías que soy limpia. Soy muchas cosas. Pero limpia nunca ha estado en la lista. Aun así, dejo que mis dedos se entrelacen con los suyos.

—Podrías haber confiado en mí.

—Lo sé.

—No tienes que cargar solo con esas cosas.

—Lo sé.

Suspira otra vez.

—Solo quería que no te salpicaran mis errores.

Qué ironía. El hombre que intenta protegerme de un policía corrupto sin saber que llevo años matando por encargo.

Tengo que hacer un esfuerzo enorme para mantener la expresión preocupada de novia y no la de asesina profesional que acaba de encontrar la pieza que faltaba en una investigación.

McCain no tiene nada contra Evan. Tiene algo sobre Evan. Y lleva una década utilizándolo. En cuanto baje al piso común, tendré que contárselo a mis hermanas. Pero ahora… Ahora soy Neva. Solo Neva. Su novia.

Me acerco un poco más hasta apoyar la cabeza sobre su hombro.

Él rodea mi cintura casi por instinto. Permanecemos así un rato, sin hablar.

Escuchando nuestras respiraciones. No esperaba que eso me afectara.

Pensaba que Evan era un refugio agradable, un sitio donde descansar cuando todo se volvía demasiado oscuro, pero cada día empieza a convertirse en algo más peligroso.

Porque ya no solo disfruto estando con él.

Empiezo a preocuparme. Y eso siempre termina mal en mi profesión.

—¿Sabes una cosa?

Levanto la cabeza.

—¿Qué?

Me aparta un mechón de pelo detrás de la oreja.

—A partir de hoy voy a llamarte Chispa.

Parpadeo.

—¿Chispa?

Asiente con total naturalidad.

—Sí.

Me echo a reír.

—¿Porque salto enseguida cuando discutimos?

Niega despacio.

—No.

—Entonces, ¿por qué?

Me observa unos segundos. Como si estuviera buscando las palabras exactas.

—Porque cuando todo alrededor está oscuro y alguien intenta encender un fuego…

Acaricia mi mejilla.

—… lo primero que aparece es una chispa. Y siempre es lo que más ilusión hace ver. Porque significa que todavía hay luz. Que todavía hay esperanza.

Noto que algo se rompe muy despacio dentro de mí. Él inclina la cabeza apenas unos centímetros.

—Y tú eres exactamente eso para mí, Chispa.

No encuentro ninguna respuesta ingeniosa. Solo acorto la distancia que queda entre nosotros y lo beso despacio.

Él responde enseguida, rodeándome con ambos brazos hasta atraerme completamente contra su pecho.

Y mientras el beso se hace más profundo y dejamos que el resto del mundo desaparezca detrás de la puerta cerrada del apartamento, comprendo algo que llevo demasiado tiempo intentando ignorar.

No solo me gusta.

No solo lo deseo.

Lo que siento por Evan empieza a convertirse en algo mucho más difícil de controlar.

Y eso me da bastante más miedo que cualquier misión.