Hoy (Arpías 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

Nao

Cuando entro en el edificio, subo en el montacargas y me bajo en la planta común.

Las he llamado de camino y ya están las tres esperándome.

Day va descalza, con un pijama de pantalón corto y camiseta gris.

Row con un kimono lila a medio cerrar, agenciándose un bol de cereales porque es la única persona que conozco capaz de comer algo a estas horas y seguir durmiendo después.

Y Neva, con una camiseta enorme de un concierto de Pink y unos calcetines de animalitos, sentada en el sofá con la cara de alguien a quien acaban de despertar diciéndole «¡ES URGENTE!» .

Tres pares de ojos se clavan en mí en cuanto salgo del montacargas.

—¿Estás herida? —pregunta Row.

—No.

—¿Lo has matado?

—No.

—Entonces, ¿a qué viene tanta prisa por despertarnos?

Day se levanta del sofá y me escudriña la cara como si estuviera intentando descifrar un código.

—¿Qué es esa marca de tu cuello?

—¿Dónde? —Me llevo la mano al lugar. ¡Maldito poli!

—Es bastante grande. Como un… ¿mordisco?

—Ah, sí… Bueno, vamos a lo importante. ¿Está Evan arriba? —pregunto, mirando a Neva.

—Sí. Está durmiendo. ¿Por qué?

—¿Te ha oído salir?

Neva entorna los ojos sin entender a qué vienen esas preguntas.

—No. Lo he dejado como un tronco en la cama. ¿Qué está pasando, Nao?

Me acerco a la isla de la cocina y me sirvo agua del grifo. Estoy seca. Me la bebo entera de un trago y luego respiro hondo. Las tres me están mirando, expectantes. Y somnolientas.

Day se cruza de brazos y pone su voz de mando.

—A ver, empieza por el principio. ¿Qué ha pasado en la cita?

—Muchas cosas. Demasiadas. Pero no vienen a cuento. Lo importante es lo que he descubierto en casa de Preston.

—Espera… ¿Has estado en su casa? —pregunta Neva.

—Eso no es lo importante.

—¿Y qué es? —pregunta Row intrigada.

Saco el teléfono, lo desbloqueo y lo pongo sobre la encimera con la galería de fotos abierta.

—Mirad.

Day coge el móvil, Neva se acerca a ella y Row abandona su bol de cereales.

Se quedan en silencio, mirando las fotos. Day frunce el ceño y levanta la cara hacia mí.

—¿Qué coño es esto? ¿Quién es toda esta gente?

—Sigue mirando —ordeno—. Estaban en la pizarra de Preston. En su despacho. Cubierta con una sábana a propósito para que no la viera porque sabía que yo iba a subir a su piso.

—Hostia puta… —musita Row, mirando por encima del hombro de Day—. ¿Está investigando al jefe de policía McCain? Es un pez gordo.

—¿Qué tiene esto que ver con nosotras? —pregunta Neva.

—Seguid mirando.

Y, entonces, llega la foto que quería que vieran.

Las tres se quedan muy quietas al reconocer a Evan. Y a Neva se le va todo el color de la cara.

—¿Qué hace Evan aquí? —susurra.

—No tengo ni idea.

—¿Por qué cojones está mi Evan en la pizarra de un policía?

—Te juro que no lo sé, pero estaba unido con un hilo a Terry y a todas nosotras —digo, pasando las fotos para demostrárselo.

Neva coge aire y lo suelta otra vez mientras observa las instantáneas de nuestro lado.

—El cabrón lo sabe todo de nosotras… —murmura Row.

—¿Y Evan está conectado con McCain? ¿Cómo?

—No tengo ni puta idea —digo—. Pero Preston está investigando a McCain y el hilo rojo va de uno a otro. Preston nos relaciona con ellos. Vino a vernos no por que estuviera obsesionado conmigo, sino porque somos parte de su investigación.

—Joder —espeta Row alucinada.

—Tenemos que averiguar qué hace Evan en mitad de una investigación de corrupción policial —suelta Day.

Se hace un silencio horrible porque se nos está escapando algo.

Neva se pone en movimiento.

—Voy a despertarlo. Es Evan. Me contará lo que sea.

—Espera. —La detengo—. Si le preguntas sobre McCain, querrá saber de dónde has sacado ese nombre. Y si te quedas en blanco, sospechará.

—Entonces, ¿qué hago?

Mi mente va a mil por hora. Y se me ocurre algo.

—Lo despiertas, le dices que ha mencionado a McCain en sueños y le preguntas quién es.

Row se atraganta con sus cereales.

—¡Joder, eso es brillante! Y le empiezas a montar un pollo preguntándole si es alguna chica en modo celosa patológica.

—Seguro que confiesa rápido —señala Day— por la cuenta que le trae.

Neva esboza una sonrisa triste.

—Menuda forma de manipularlo… —comenta con pena.

—Neva, llevas borrándole la memoria sin permiso meses —replica Day.

—Eso es distinto.

—No, no lo es. Pero ahora no es momento de discutirlo. Tienes que decidir si quieres saber qué hace tu novio en la pizarra de un policía o no.

Neva traga saliva.

—Vale. Lo haré. Le montaré un pollo alucinante y a ver qué pasa.

Day asiente.

—Si necesitas refuerzos, avisa y subimos. ¿Vale?

—Vale.

Row, que lleva un rato muy callada para ser ella, coge el móvil y se pone a pasar las otras fotos.

—¿Y esta nota? —dice de pronto.

—¿Cuál?

—La de debajo de tu nombre. «¿Tinta? ¿Sustancia? Confirmar laboratorio».

Las tres se giran hacia mí al mismo tiempo.

—Sabe que le hago algo cuando lo tatúo —explico, encogiéndome de hombros—. No sabe qué. Cree que es química. Laxantes, tranquilizantes, estimulantes… Sospecha que las cuatro hemos montado un laboratorio en mi estudio y que le meto cosas a la gente mediante la tinta.

—Eso es lo más cuerdo a lo que puede llegar un poli racional —admite Day.

—Es un tipo listo —añade Row.

—Hay que borrarle la memoria cuanto antes —atajo. Y sueno más convencida de lo que lo estoy—. Que solo recuerde encontrarse a Terry sobre un coche y no nos recuerde a nosotras.

—Eso es difícil —dice Neva—. ¿Quién sabe dónde tiene anotadas cosas sobre nosotras? Por lo pronto, habría que quitarnos de su pizarra. O de su ordenador del trabajo… ¿Y si le ha hablado a alguien sobre nosotras? Ha pasado demasiado tiempo.

—Neva tiene razón —confirma Day.

—¡Hay que hacerlo! —insisto—. Preston no va a parar. Va a tirar del hilo hasta que le explote todo en la cara. Y, cuando lo sepa, vendrá a buscarnos. Y entonces tocará tomar decisiones que ahora mismo prefiero no pensar.

Row me mira, recelosa.

—Bueno —empieza, dejando el móvil sobre la encimera—, nos has contado la parte operativa… Ahora cuéntanos lo otro.

—¿Qué otro? —Me hago la tonta.

—Lo de la marca en tu cuello. Ya hemos pasado suficiente tiempo fingiendo que no la hemos visto. Habla ya.

—Vale. Hubo sexo —digo resignada.

—¿Y?

—Y nada.

—¡¿Cómo que nada?! ¡¿Cómo fue?!

Day se cruza de brazos, esperando una respuesta. Neva, a pesar de la incertidumbre con Evan, levanta una ceja, demostrando que el cotilleo siempre gana. Y Row esboza una sonrisa maliciosa que precede a las preguntas más deshonrosas.

—Fue mediocre —digo directa—. Muy vainilla…

Las tres pestañean al unísono.

—¿En serio? ¿Vainilla? ¿Con ese cuerpo? —cuestiona Day.

—Vainilla total. Me aburrí bastante. Fue muy soso.

—¿Soso? —repite Neva.

—Soso, sí. Muy soso —suelto indiferente.

—Pero… —musita Row.

—Pero nada. Cumplí mi parte de la operación y conseguí entrar en su casa. Luego hice las fotos. El sexo fue puro trámite.

Neva entrecierra los ojos sin querer creerme. Pero no parpadeo y mi expresión es inalterable. Años de práctica.

—Nao…

—¿Qué pasa?

—Capto algo extraño… ¿Estás diciendo la verdad?

—Del todo —replico, levantado un muro de serenidad.

—El otro día nos dijiste que besaba bien.

—Besa bien, pero folla regular. La gente es complicada.

Row se queda mirándome con dudas durante cinco segundos más. Yo le sostengo la mirada con el rostro más impasible que soy capaz. Y juraría que me cree.

Por dentro me estoy aplaudiendo. Porque acabo de doblegar a la observadora más letal de este edificio con cuatro frases y una cara de póker que llevo perfeccionando desde los catorce años.

Día redondo.

—Vaya… —murmura Day, decepcionada—, no lo parecía…

—¿No parecía qué?

—Que fuera vainilla por la cara que tenías al llegar.

—Tenía cara de cansada.

—Tenías cara de mujer bien follada.

—Pues será que se parecen.

Intento con todas mis fuerzas serenarme para que Day no pueda leer mis emociones. Ella me observa unos segundos en silencio y, al fin, cabecea decepcionada.

¡Me ha creído! Por primera vez, he conseguido burlar su habilidad.

—Menudo desperdicio —opina Row, volviendo a coger el bol de cereales—. Ese cuerpazo de dios griego para un polvo mediocre.

—Es una tragedia —añade Neva—. El chico prometía mucho.

—Ya, pero la realidad es otra. Una pena —digo despreocupada.

—Lástima…

—Mucha.

Por dentro suelto un gran suspiro de alivio. Porque acabo de ahorrarme semanas de comentarios obscenos, propuestas de orgías colectivas y emboscadas de Row preguntándome detalles anatómicos del poli mientras ceno.

Pago el precio encantada.

—Y hay otra cosa que tenéis que saber —intervengo—. Vi las grabaciones de las cámaras de la calle, y antes de que todo pasara, se ve a una mujer hablando con Terry.

—¿Qué mujer? —pregunta Day con avidez.

—Una desconocida. Bien vestida, de mediana edad. Preston la identificó. Se llama Cassandra Cole.

—¿Por qué habló con él? —pregunta Row.

—Dice que le preguntó a Terry si en este edificio había algún piso disponible, pero yo creo que fue enviada por Madre para obligarlo a tirarse. No encuentro otra explicación.

Todas nos miramos.

—En las cámaras no se ve a nadie entrar ni salir del edificio, más que a Terry y a nosotras. Las únicas personas que aparecen en la escena son esa mujer, Terry, dos peatones cruzando la calle y las putas girls scouts de las galletas.

—Eh, no te metas con ellas —dice Neva—. Son preciosas y muy educadas. Me gustan.

—¡Y a mí! —exclama Day—. ¡El otro día les compré! Las de limón están riquísimas, ¿verdad?

—Brutales.

—Las de chocolate negro tampoco están mal —añade Row, masticando cereales—. Aunque las de canela son obra de Dios. Yo les compré dos cajas la semana pasada.

Las miro a las tres con cara de psicópata.

—¿Habéis terminado ya de alabar las putas galletas?

—Perdona —responde Neva—. Es que están muy buenas.

—¿Sois conscientes de que tenemos a una sospechosa y vosotras estáis aquí debatiendo sobre el sabor de las galletas de unas niñas demoníacas?

—Que sean intensas vendiendo no quita que las galletas estén deliciosas.

—¿Intensas? Acosan a la gente. Son espeluznantes.

—Aun así, las adoramos.

Suspiro hondo y vuelvo al tema.

—Como decía, creo que mañana deberíamos ir a hacerle una visita a Cassandra Cole para preguntarle exactamente qué le dijo a Terry.

—Me apunto —dice Row con la boca llena—. Aunque ahora me apetecen galletas.

Day vuelve a coger mi teléfono para mirar las fotos de la pizarra por enésima vez y, de pronto, arquea una ceja en mi dirección.

—Nao…

—¿Qué?

—Tu poli mediocre acaba de escribirte un mensaje.

Se me corta la respiración.

—¿Cómo dices?

—Que te ha llegado un mensaje. —Sonríe divertida.

—Dame el móvil ahora mismo, Day.

Pero ya se ha metido en la conversación para leerlo en voz alta con un tono de notaria que me hace querer matarla.

—«Nao… Entiendo perfectamente por qué te has ido sin despedirte. Lo de esta noche se me ha ido de las manos. Llevaba dos años sin tocar a nadie y creo que he sido demasiado brusco contigo. Me he comportado como un animal y no me lo perdono. Tú no te merecías eso.

Si te he asustado o te he hecho daño, lo siento muchísimo. Dime que estás bien, por favor. Aunque sea con un emoticono. Lo necesito».

Tres pares de ojos se clavan en mí y en mi marca del cuello.

¡MIERDA!

Row deja muy despacio el bol de cereales sobre la encimera.

—Así que vainilla, ¿no? —cuestiona—. Ya veo…

—Soso ha dicho… —añade Neva, acusadora.

—¿Un trámite? —remata Day, tapándose la boca sibilina.

ME CAGO EN MI VIDA… ¡Me han pillado!

Y yo, en lugar de admitir nada, ataco como un caimán.

—Dame el puto móvil, Day.

—Toma, toma… Todo tuyo.

—A la próxima te arranco un dedo.

—Perdóname —se mofa.

—Lo digo en serio.

—Te creo. —Esconde los labios en una línea fina.

Cojo el móvil y lo estrello contra mi pecho para irme con toda la dignidad que me queda, que no es mucha.

—Me importa una mierda lo que diga. Ha sido horrible.

—Por supuesto… —replica Row—. Eres alérgica a lo divertido.

—Que os den por culo a las tres.

—Si lo hace Preston a lo bruto, encantadas —se mofa Neva.

—Que os jodan —digo, bajando la verja del montacargas.

—Te queremos —contesta Day con una sonrisa.

—Os odio —mascullo—. Mucho.

Bajo hasta mi piso mientras oigo a Row por encima del ruido del motor del montacargas decir: «Bueno. Vámonos a dormir, que Neva tiene que montar un numerito. Y yo necesito mis ocho horas para conspirar bien… O un polvo salvaje». Acto seguido, escucho la carcajada compartida.

¡Maldito poli! ¡¿Por qué me escribe?!

«¿Porque es un hombre decente?».

Empujo esa voz bien lejos y aprieto los dientes.

Al entrar en el piso, no enciendo la luz. Hoy no necesito blanco, solo meterme en la ducha con el agua lo más caliente posible.

Tardo veinte minutos y dos enjabonados en quitarme su olor. Y, aun así, no se va del todo.

Su esencia se queda pegada en mi piel como la tinta de un tatuaje. Cuando por fin me meto en la cama, desnuda, mojada y sola, el mensaje sigue ahí. Anclado en mi mente.

«Dime que estás bien, por favor. Lo necesito».

Y por un segundo me planteo contestar la verdad. «No te flageles, volvería mañana si pudiera». Sería tan fácil. Y tan corto.

Pero esa Nao no existe. Y no va a existir nunca.

Empiezo a teclear despacio, en plan adulta y serena:

«Qué dramático. Estoy perfectamente, no me has hecho nada. No sé de qué brusquedad hablas, la verdad. Para mí ha sido un encuentro bastante normal. Comprendo que, para ti, después de dos años, haya sido más intenso. Pero no te preocupes por mí.

Creo que la noche te ha afectado más de lo que debería y lo mejor es dejarlo aquí. No quiero crearte un problema con tu promesa. Cuídate».

Lo releo. Es perfecto.

Es justo el tipo de mensaje que devuelve al remitente dos años de luto autoimpuesto, una sensación residual de culpa y la certeza de que él lo ha vivido todo de un modo que yo no.

Le doy a enviar y bloqueo el teléfono.

Me quedo mirando al techo blanco y me descubro pensando en algo que llevo evitando desde que he salido de su casa.

Cuando me ha agarrado del brazo y ha dicho «no puedo dejarte ir», una parte de mí ha sentido que tampoco quería irse.

Y el mensaje que acabo de mandar es la mentira más grande que he contado en mi vida, y algo me dice que, cuando él lo lea, va a saberlo perfectamente.

Cierro los ojos con fuerza. Mañana será otro día…

Mañana estos pensamientos se irán derechitos al cajón con una triple vuelta de llave.

Y, por si acaso, no iré a trabajar en una semana. No creo que tenga el valor de plantarse aquí con un ramo de flores.

Abro los ojos, aterrada ante la idea.

¡No voy a poder dormir en toda la noche!