Capítulo 25
Nao
Cuando Preston se lanza sobre mí, dejo de existir como entidad racional.
Llevo toda mi vida construyendo muros para que nadie entre más allá del primer pasillo. Y este hombre ha cruzado todas las puertas a patadas, como si llevara una orden judicial.
Su cuerpo me aplasta contra la cama con una urgencia que reconozco, porque también la siento. La rabia, el deseo y el miedo mezclados en el mismo cóctel. Me muerde el cuello y a mí se me escapa un gemido que no he emitido en mi puta vida.
¡JO-DER!
Sus manos me suben la camiseta sin molestarse en quitármela del todo y me desliza el sujetador de un tirón, dejándome expuesta y lista para devorarme entera.
—¡Oh, Dios…! —aúllo cuando su boca se cierra sobre uno de mis pezones mientras amasa mi otro pecho con vehemencia.
No estaba preparada para esto.
Yo esperaba un gilipollas delicado, y lo que tengo encima es un animal sin nada que perder, queriendo aprovechar el momento como si fuera la última vez de su vida.
Le agarro la nuca con las dos manos mientras se da un banquete de lujo con mis tetas.
Sus manos están por todas partes, calientes, grandes, ásperas en las puntas de los dedos, como las de un hombre que trabaja con armas.
Me toca los pechos con una mezcla de respeto y avaricia que no sabía que existía.
Como si supiera que tiene una sola oportunidad y no quisiera desperdiciarla.
Tiro de él hacia mi boca porque necesito sentir esa brutalidad más de cerca y porque no quiero que vea cómo me tiemblan las piernas de deseo.
No dejo de hacerlo cuando me baja la cremallera del pantalón y me lo arranca por las piernas. Se pone de rodillas sobre la cama para terminar de quitarse la ropa y atisbo por primera vez su torso entero.
Es como uno de esos bomberos de los calendarios.
Me quedo embobada, observando esos hombros torneados que llevo dos semanas tatuando y la cicatriz pequeña junto a las costillas que tanta gracia me hizo el primer día en el estudio. Y cuando miro el bulto debajo de su ombligo, veo que esto va muy en serio.
—Madre mía… —se me escapa.
—¿Algún problema?
Niego con la cabeza y él sonríe como si llevara años esperando ver esa cara en una mujer. Cuando se baja los calzoncillos del todo, me trago un grito.
Su escultural cuerpo se cierne sobre mí para arrastrar mis bragas con una lentitud insultante.
Noto cómo mi coño se dilata a la velocidad de la luz.
Antes de que pueda parpadear, su boca se posa en mi cuello para morderme la clavícula y yo me agarro a las sábanas porque ya se me están arqueando los pies, y ni siquiera me la ha metido todavía.
—Preston…
—¿Mmm?
—No me hagas esperar.
—¿Tienes prisa? —pregunta en tono burlón.
—Mucha prisa.
—Pues yo no.
Y, joder, baja por mi vientre hasta la cara interna del muslo para lamerme y repartir besos como si estuviera plantando un campo de minas. Cuando llega a mi entrepierna, se queda mirándola como si fuera justo lo que necesitaba.
—Joder, Nao.
—Si no empiezas ya, me voy a correr yo sola del estrés.
—Eso quiero verlo…
—Eres un cabrón.
Su respuesta es empezar a comerme con una pericia que no debería tener un hombre que lleva dos años sin tocar a nadie.
Me devora como si lo recordara a la perfección.
Con la lengua, con los labios, alternando ritmos y presión, escuchando mi cuerpo y cada gemido que emano, ajustándolo y repitiéndolo una y otra vez.
¡Es de los que escuchan al follar, joder! ¡Quién lo iba a decir!
Y yo, con los ojos en blanco, oigo a Madre intentando entrar en mi cabeza.
«No te lo mereces, Nao. Esto se va a romper como todo lo que tocas. Y va a doler».
Y por primera vez en mi vida le doy un portazo.
«Hoy no vas a joderme, Madre. Hoy no».
Cuando me corro no es un orgasmo. Es una catástrofe.
Me arqueo entera mientras él me sostiene las caderas y de mi boca sale un sonido que no había emitido nunca. Luego va bajando el ritmo despacio, dejándome aterrizar sin caerme del todo.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, es para ver cómo vuelve a echarse encima de mí sin perder el tiempo.
Sentir cómo se abre paso en mi cuerpo hace que todo el aire de la habitación se escape por las ventanas.
Cierro los ojos y me agarro a sus hombros con las uñas porque necesito anclar mi cuerpo a algo. El grito que me arranca cuando su enorme miembro se sumerge dentro de mí no es de este mundo.
—Mírame, Nao…
Abro los ojos a duras penas y lo veo.
Tiene los ojos en llamas, la mandíbula tensa y la frente sudada. Me observa como si no pudiera creer lo que está haciendo. O que yo esté dejando que lo haga.
Entonces, empieza a moverse más rápido. Más fuerte.
Como si le importara una mierda que las paredes se cayeran.
Y, de repente, me dejo llevar… Mando lejos todo lo que no sea un hombre que me folla como si llevara toda su vida ensayando para esto y me entrego a su ansia de mí. A su codicia. A su verdad.
Lo miro a la cara mientras se mueve dentro de mí con un gesto desencajado de placer y una idea me atraviesa el cerebro como un cuchillo: «No quiero que esto termine. Quiero más».
Ese pensamiento cambia en mi estructura molecular porque Preston abre los ojos y los clava en mí como si lo hubiera notado. Reduce el ritmo y me sostiene la cara con una ternura horrible que no le he pedido.
—¿Estás bien?
—Sí. Calla y sigue.
—Nao…
—¡Sigue, por favor!
Y obedece, pero veo en su cara que se guarda mi reacción. La de una mujer que se da cuenta, a mitad de un polvo, de que esto no va a ser solo sexo.
Lo sé porque hace dos años que no le pido a un hombre nada «por favor». Y Preston lo ha adivinado. No es propio de mí. Por eso el cabrón me está mirando con una intensidad que me obliga a apartar la vista.
Joder. ¡Que acabe ya! No puedo seguir sintiendo esto. Es demasiado… maravilloso. Y la vida te castiga cuando sientes cosas así. Es karma. Y con ese cabrón no se juega.
Me agarra una pierna por debajo de la rodilla y me la sube hasta su hombro para hundirse más en mí. ¡Es un jodido martillo percutor! Me taladra sin tregua ni compasión. Como si llevara dos años acumulando ganas en el cuerpo y ahora me lo estuviera vaciando todo encima de una vez.
¡Joder con el luto autoimpuesto!
Si esto es lo que ofrece tras dos años de parón, no quiero ni pensar cómo será en plena forma.
Cuando me corro por segunda vez, grito su nombre, alborozada. Él lo registra como ha hecho con todo lo demás, como un halago que hace que se corra un segundo después.
Al terminar, cae sobre mí como un muerto, respirando de forma atropellada por el esfuerzo. Nos quedamos inmóviles y en silencio durante unos segundos. Solo recuperándonos.
Hasta que él, sin decir nada, se levanta y se mete en el baño.
Oigo el agua de la ducha y también lo mucho que se odia en este momento. Me quedo sola en la cama, mirando el techo y haciendo lo único que sé hacer cuando algo me supera: racionalizarlo.
Sin embargo, ahora soy incapaz. Porque solo puedo pensar en que ha sido el mejor polvo de mi vida.
El maldito poli me ha hecho sentirme una mujer deseable en lugar de una herramienta amargada de Madre.
Si me descuido, Preston puede meterse tan dentro de mi cabeza como lo ha hecho entre mis piernas, y no voy a permitirlo.
Lo de esta noche se guarda en un cajón cerrado. Como si no hubiera pasado.
Me digo que tengo que ponerme en marcha. He venido a trabajar, no a pasarlo bien.
Me visto deprisa antes de salir de la habitación.
Camino descalza por el pasillo, sabiendo con exactitud a dónde ir: a su despacho.
Un policía tan meticuloso como Preston no investiga sin un mapa físico; es de los que necesitan ver las cosas escritas.
Antes, cuando hemos estado viendo las grabaciones en el ordenador, me he fijado en que había un tablero grande al fondo, cubierto por una sábana.
«¿Una sábana? ¿En serio, Preston? Por favor…».
Cuando llego al despacho me doy cuenta de que el ordenador sigue tal y como lo dejamos: con la imagen congelada del vídeo en la que aparezco consolando a Day.
Saco mi móvil del bolsillo, retrocedo hasta el principio, lo grabo con mi cámara hasta llegar al punto exacto donde estaba y lo dejo como lo he encontrado.
Me guardo el teléfono en la chaqueta y me dirijo hacia el tablero.
Cuando levanto la jodida sábana, se me corta la respiración.
Es la típica pizarra de las películas, con hilos rojos uniendo fotografías por todas partes, pero pronto me doy cuenta de que son de otro caso porque no conozco a nadie. No obstante, hay un hilo unido a otra isleta de fotos, y cuando descubro qué imágenes unen, mi boca se abre sola.
Una de ellas es la de Terry, que a su vez se une con fotos de mis hermanas y mías. Cada una con nuestro nombre completo escrito con rotulador negro, nuestros trabajos, vehículos y la palabra «HERMANAS» entre signos de interrogación. ¡Joder!
Pero la otra es de… ¡¿EVAN?! ¡¿Qué coño pinta el pobre Evan aquí?! Ser el novio de Neva ya es suficientemente peligroso para él. Supongo que nos ha fichado a todos porque a la derecha reconozco a Jesse con una flecha señalando GenoLabs.
En el lado desconocido hay un nombre gigante subrayado en rojo: McCain. ¿Es el senador ese que me cae mal? Pero no, porque al lado hay una anotación que reza: «Jefe de la Policía de Chicago».
De pronto me fijo en que debajo de mi nombre hay una nota a bolígrafo escrita deprisa: «¿Tinta? ¿Sustancias? Coger muestra y confirmar en el laboratorio».
¡Joder, Preston!
Me quedo quieta delante de la pizarra durante diez segundos, intentando ordenar la información en mi cabeza. Lo primero que decido es que estoy cabreada.
¿Me ha follado con todo esto en la cabeza? Qué bonito.
Pero el hecho de que haya colocado una puta sábana por encima es lo que más me enfurece de todo. Porque significa que Preston planeó que íbamos a subir a su casa y la cubrió para que no la viera.
Y mientras lo hacía, sabía que estaba mintiendo por partida doble: a mí, por esconderme todo lo que sabía, y a sí mismo porque ya había decidido que iba a follarme.
—Hijo de puta —musito iracunda.
Lo de que los vídeos no se abrían en su teléfono era estrategia.
¿Cuál de los dos ha estado manipulando al otro durante toda la noche?
Y la pregunta que más me jode… ¿Por qué me importa la respuesta?
Saco mi teléfono del bolsillo de la chaqueta y tomo fotos de la pizarra. De cada esquina, de cada nota, de cada puto hilo.
Y mientras lo hago, compruebo que el agua de la ducha sigue corriendo. Y entiendo, sin necesidad de imaginármelo, que no se está duchando solo por higiene, sino porque se siente sucio.
Vuelvo a poner la sábana justo como estaba. Le echo un último vistazo a la habitación para asegurarme de que no se note nada raro y salgo del despacho. Tengo que largarme de aquí YA.
Cierro la puerta de su casa detrás de mí y bajo las escaleras del bloque sin mirar atrás.
Una vez en la calle, camino sin rumbo durante tres manzanas, hasta que saco el teléfono del bolsillo y repaso las veintidós fotografías que he tomado de la pizarra.
Veintidós pruebas que debo enseñarles a Day, Row y Neva lo antes posible porque pueden cambiarlo todo.
Aun así, mientras camino bajo las farolas con su olor todavía en mi pelo y la marca de su boca en el cuello, una pequeña parte de mí querría dar media vuelta, subir las escaleras y dejar que ese hijo de puta cargado de mentiras me destrozara otra vez en su cama.
Pero esa Nao ha desaparecido. Está en un cajón con dos vueltas de llave. Ahora solo queda la Nao asesina.