Capítulo 24
Preston
Subir a mi casa con ella es algo que mi yo de hace solo unas semanas denunciaría a Asuntos Internos.
Nao entra en mi piso sin esperar invitación. Se quita la chaqueta y la deja sobre el respaldo del sofá con un gesto que pretende parecer indiferente, pero es justo lo contrario. Está registrando cada rincón.
La veo barrer mi salón con los ojos en cinco segundos y quedarse con todos los detalles. Los libros de la estantería, la marca del televisor, la taza que dejé en el fregadero esta mañana sin lavar… Ahora mismo parece salida de la mismísima CIA.
—Eres ordenado —comenta.
—¿Eso qué quiere decir?
—Esperaba cartones de pizza y latas vacías por todas partes.
—Tengo treinta años, no quince.
—La edad no tiene nada que ver con los hábitos de higiene y limpieza, si no, que se lo pregunten a mi hermana Row —murmura, creo que para sí misma.
No hago ningún comentario al respecto. Solo la observo en silencio.
Camina hacia la ventana y da un golpecito en el marco, como si comprobara la madera. Luego se gira hacia mí.
—¿Y bien?
—Y bien, ¿qué?
—Las grabaciones, poli. Para eso hemos venido.
Por supuesto. Solo para eso. Es el trato.
La llevo hasta mi despacho, donde tengo el portátil, y lo abro. Ella se acerca por la espalda y se queda detrás de mí, a una distancia peligrosa. No la veo, pero la siento como si llevara puesto un sensor de proximidad exclusivo para ella que dispara todas las alarmas de mi cuerpo.
Joder…
Busco la carpeta de los vídeos y le doy a reproducir el primero.
—Acércate más a la pantalla o no verás nada —digo, apartándome un poco.
Nao obedece sin decir nada, está expectante, porque normalmente convierte cada orden en una pequeña pelea.
Se coloca a mi lado, rozándome la pierna, y aspiro su esencia. Huele a acero, cuero y a algo dulce que no sé identificar. Y debajo de todo eso, a ella. Un olor que llevo intentando borrar de mi sistema desde que entré en su estudio de tatuajes.
—Es la cámara de la joyería de enfrente —explico—. Tiene un ángulo abierto. Ofrece un plano de todo el edificio, la calle y el Honda Civic.
El vídeo empieza con Terry cayendo del cielo a toda velocidad. Sin avisos. Un segundo antes era un día normal en una calle normal y al siguiente un cuerpo se incrustó contra el techo de un coche con un sonido sordo que la grabación, por suerte, no recoge.
Nao observa cada detalle como si le fuera la vida en ello.
Entonces, aparezco yo junto al coche, mirando hacia arriba. Compruebo el pulso de Terry y me alejo de él.
—Retrocede —interrumpe Nao—. Quiero ver todo lo que hizo antes de caer. ¿Habló con alguien?
Me sorprendo pensando que habría sido buena policía.
—Sí, pero en el vídeo no se ve entrar o salir a nadie del edificio —aclaro con rapidez—. Por eso el caso se cerró como suicidio.
—Enséñamelo —insiste.
Rebobino y se ve llegar a Terry al lugar y hacer tiempo para entrar mientras se fuma un cigarrillo.
—Algunos transeúntes pasan por su lado, pero no notan nada raro. Está tranquilo. Nadie le dice nada —expongo—, excepto esas niñas vendiendo galletas que abordan a todo el mundo.
—Son muy pesadas —masculla Nao—. ¿Algo más?
—Sí. Cuando se dispone a entrar en el portal, una mujer de mediana edad se para a hablar un momento con él. Se dicen un par de frases y luego la mujer se aleja por la calle como si nada.
En pantalla sucede tal como lo narro.
—¿La habéis identificado? —pregunta Nao implacable.
—Sí. La interrogamos hace tres semanas. Se llama Cassandra Cole.
Registro cómo anota el nombre mentalmente.
—¿Y qué os dijo? ¿Qué le dijo a Terry?
—Según ella, solo le preguntó si sabía si había algún piso a la venta en el edificio.
—¡¿Y la creísteis?!
—Sí. Porque lo comprobé y trabaja en una inmobiliaria. Fue una conversación muy corta. Ni siquiera lo tocó. Solo hablaron. Nada sospechoso.
—Estaba a punto de entrar por el portal, y tras hablar con la mujer, cambia de opinión y se dirige a la escalera de incendios —musita Nao pensativa.
—Sí, va directo a la azotea. Ese detalle es el que os exculpó a vosotras como sospechosas. Terry nunca entró en el edificio.
Nao se queda en silencio y aumento la velocidad hasta que llega la parte donde aparecen ella y Dayane corriendo.
A esta última se le doblan las rodillas nada más ver el cuerpo sobre el capó y luego se lleva las manos a la cara. Nao la sostiene y la guía hacia el bordillo mientras le habla al oído. Detengo aquí el vídeo.
—Tu amiga acaba de ver morir a su novio. ¿Y qué hace?
—Llorar.
—Exacto. Llora. Como cualquier persona normal cuando se le muere un novio en mitad de la calle. Sin embargo, tú no dudas en sacarte una pistola de tinta del bolsillo y empezar a tatuarla allí mismo. En plena calle. Junto a un cadáver.
Nao se queda mirando la pantalla y no dice nada.
—Explícamelo, por favor. Quiero entenderlo —pido en voz baja—. Este es el motivo de que no diera el caso por cerrado.
—No es lo que parece.
—¿Y qué es?
—Es… lo único que podía hacer para calmarla.
—¿Clavarle una aguja en el hombro mientras su pareja está muerta a tres metros?
—Sí.
—¡No me jodas, Nao!
Ella guarda silencio y me obligo a soltar todas mis sospechas.
—¿Qué lleva la tinta? ¿Alguna droga?
Gira la cara hacia mí, sorprendida, y por primera vez en toda la noche se queda sin palabras.
—No lleva nada.
—No me lo creo. Dime qué es. ¿Algún tranquilizante? ¿Un sedante? Porque, después de eso, pudo declarar con la voz firme, como si no hubiera pasado nada. Y eso no es normal, Nao. Sé que la tinta lleva algo.
—¡Te digo que no lleva nada!
—¡Y una mierda! ¡Desde que me clavas agujas en la espalda, mi cuerpo ha hecho cosas que jamás había hecho!
Primero me quedé dormido en mitad de una conversación, luego tuve una erección eterna y después casi me cago encima.
No soy un crío, joder. Conozco mi cuerpo.
Y sé que no hace esas cosas sin ayuda de sedantes, estimulantes o laxantes.
—Preston, yo no…
—¡¿Vas a seguir negándolo?!
Se hace un silencio largo y acusador.
Nao no me mira. Observa la imagen congelada de ella misma en la calle, tatuando a su hermana junto al cadáver de Terry. Como si la respuesta estuviera ahí mismo y yo no pudiera verla.
La veo tensar la mandíbula y elegir no contestar, dándome a entender que prefiere irse antes que mentirme o confesar.
—Esto ha sido un error… —musita, saliendo de la habitación.
—¡¿A dónde vas?!
—Me marcho. Ya tengo la información que quería. Nadie entra y sale del edificio, pero Terry no se arrojó. Lo obligaron a hacerlo.
—¡Nao, espera! —La sigo deprisa hasta la puerta para bloquearle la huida—. ¿Cómo que lo obligaron? ¡¿Quién?!
—Tengo que irme, Preston.
—¡Nao, por favor!
—¡QUE ME DEJES SALIR!
Y entonces no sé qué me posee. No sé si es el policía que lleva un mes sin dormir, el hombre que lleva dos años sin tocar a nadie o el imbécil que se está obsesionado con una mujer que con casi toda probabilidad lo está envenenando, pero la agarro del brazo y la atraigo hacia mí con fuerza.
La dejo a quince centímetros de mi cara, con la mandíbula apretada y la respiración descontrolada por una rabia que no sé si va dirigida a ella o a mí mismo.
—¡No pienso dejarte ir sin que contestes!
—Suéltame… —sisea ella entre dientes.
—No puedo, Nao.
—No quiero hacerte daño, Preston. ¡Suéltame ahora mismo!
—No puedo dejarte ir —digo, perdiendo la vista en su boca.
—¿Y qué vas a hacer, detenerme?
Lo dice tan cerca que su aliento me golpea los labios. Su pecho roza el mío y sus ojos me miran con rabia, pero también con el miedo y el deseo peleándose por ocupar el mismo espacio.
Y yo…, joder…, yo elijo el deseo.
Mi autodeterminación se derrumba como un edificio que cede, harto de aguantar grietas, y la empujo contra la pared del pasillo para besarla con rabia.
Rabia por perder dos años de la promesa que le hice a Rebecca y rabia por luchar dos semanas contra cada centímetro de mi cuerpo cada vez que la veía.
El cabreo de llevar dos años fingiendo que no quería besar a nadie más y por descubrir que la promesa que me mantenía vivo era, en realidad, lo que me estaba matando.
Nao me devuelve el beso igual de furiosa, hambrienta y destruida que yo. Como si los dos hubiéramos venido aquí esta noche justo para esto y todo lo demás hubieran sido excusas para llegar a estos besos.
Le cojo la cara con las dos manos, le muerdo el labio inferior y ella gruñe algo que no es una palabra, sino un sonido animal que me baja por la espalda como una corriente eléctrica.
—Joder… —jadeo, perdido.
—Cállate —gime ella—. No digas ni una puta palabra.
—Pero…
—¡Que te calles!
Me besa con más fuerza, colocando las manos en mi nuca, agarrándome el pelo de una forma que denota su desesperación.
Mis manos se cuelan por su camiseta para acariciar la piel del costado y noto cómo su cuerpo tiembla.
Una chica que no tiembla nunca con nada lo está haciendo bajo mi mano y mi raciocinio se apaga, olvidando la promesa, el luto y cualquier rastro de responsabilidad afectiva que no me permitirá mirarme mañana al espejo.
La separo de la pared y cargo con ella para no follármela en el mismo pasillo. Nos merecemos una cama.
La llevo hasta mi dormitorio y la dejo caer sobre el colchón. Me quito la camisa con dos tirones que rompen todos los botones. No hay tiempo para más.
Ella me mira con los labios hinchados y los ojos azules clavados en mí como dos cuchillos.
—Última oportunidad para echarte atrás, poli…
—Demasiado tarde.
Me lanzo sobre ella y mi raciocinio se apaga.