Hoy (Arpías 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

Preston

Si alguien me hubiera dicho hace dos meses que iba a pasar un viernes por la noche siguiendo a una tatuadora borde por los peores locales de Chicago, me habría reído en su cara.

Si además hubiera sabido que iba a hacerlo voluntariamente, habría pedido pruebas.

Pero aquí estoy, camino de la perdición como un imbécil.

—¿Vas a quedarte ahí parado o piensas entrar? —pregunta Nao en la puerta de un restaurante con tan mal aspecto que parece la tapadera de una actividad ilegal.

—¿A dónde me has traído?

—A la felicidad.

—Esas palabras no me inspiran ninguna confianza viniendo de ti.

—Calla. Te va a encantar.

Me empuja dentro y veo que el sitio está abarrotado. No es muy difícil porque es más pequeño que el salón de mi casa.

El olor a grasa lo impregna todo. Y, aunque parezca extraño, hace que me relaje un poco.

Algunos clientes saludan a Nao con movimientos de cabeza, lo cual me desconcierta un poco porque da la impresión de que mi acompañante odia a toda la humanidad. Y eso no encaja con ella.

—¡Mirad quién ha venido! —grita alguien desde detrás de la barra.

Nao responde levantando el dedo corazón. No sé si es un saludo o una amenaza. Con ella es imposible adivinarlo.

—Pensaba que estabas muerta —bromea el hombre.

—Qué más quisieras…

—Yo también me alegro de verte.

Nao pone los ojos en blanco y el tipo sonríe.

Me quedo observándolos porque la dinámica no me cuadra. Parece que la aprecian. Y que no le importa. Aunque seguro que se niega a admitirlo.

Nos sentamos en una esquina que no parecía ni existir y me pasa la carta como si ella ya se la supiera de memoria.

—¿Vienes mucho por aquí? —pregunto cohibido.

—No.

—Parece que te conocen todos.

—Es que dejo huella por donde paso. Ya sabes… —bromea.

Pero ya lo creo que lo sé. Yo soy la prueba viviente de que es imposible olvidarla.

—¿Te pongo lo de siempre? —le pregunta el de la barra.

—¿Confías en mí? —me reta como si fuera algo muy íntimo.

—Claro… —balbuceo—. Si no, jamás hubiera entrado aquí.

—Ponnos dos de lo de siempre, Jimmy.

El hombre me mira con recelo. Después a Nao. Y luego vuelve a mí.

—Marchando.

Hasta este jodido instante creía que Nao era una loba solitaria, sin embargo, acabo de entender que no. Tiene una red, pequeña e invisible pero muy real, que la sostiene en este mundo incierto.

Una delicada y frugal tela de araña en la que te quedas atrapado sin darte cuenta.

Cinco minutos después aparece la comida. Y un postre.

—No hemos pedido postre —dice ella, frunciendo el ceño.

—Lo sé —repone el camarero—, pero estás demasiado delgada.

—Métete en tus asuntos, Jimmy.

—Yo también te quiero. Y prefiero que este chico tenga dónde agarrar cuando te quite la ropa.

Nao lo mira con auténticas ganas de cometer un delito. Y el hombre se marcha tan contento.

Y yo… Yo me quedo patidifuso, observándola. Porque acabo de descubrir algo. La hostilidad de Nao en realidad es una fachada. Una muy buena. Porque la gente que no soporta a los demás no tiene sitios así.

En su vida no hay camareros que le regalen postres. Ni dueños que se alegren de verla.

—¿Qué? —gruñe al mirarme.

«Mierda. Me ha pillado».

—Nada.

—No me mientas. No lo soporto.

—De acuerdo. Estaba pensando que empiezo a sospechar que no eres tan borde como aparentas.

—Pues deja de sospechar idioteces.

—Es tarde para eso. Ya he sacado una o dos conclusiones que sé que no te gustarán nada.

Nao me ignora, robando una cucharada del postre. Y yo sonrío. Porque ahora entiendo que no odia a la gente. Solo tarda lo suyo en permitirles quedarse. Y el hecho de que yo siga aquí empieza a parecerme muy importante.

Me quedo mirando cómo se mete la cuchara en la boca y la relame. Casi al instante, mi corazón empieza a galopar.

«¡Sooo, chico! ¡Cálmate!».

Respiro hondo. Estoy perfectamente…

—¿Por qué te mudaste a Chicago? —cuestiona ella con la boca llena.

La pregunta me pilla desprevenido. Así como lo entrañable del gesto.

—Porque mi jefe me odia —respondo directo.

—Eso me parece razonable.

—Gracias.

—De nada.

—En realidad, me ascendieron.

—Eso ya no me cuadra tanto.

Sonrío.

—A mí tampoco, pero alguien decidió que tenía demasiado talento para seguir siendo feliz.

—Qué tragedia.

—Terrible. Antes vivía cerca de mi madre y me llenaba la nevera tres veces por semana. Tenía amigos, un sofá cómodo y ahora…

—Ahora pasas el día patrullando la ciudad y las noches teniendo citas con una tatuadora encantadora.

—No patrullo la ciudad. Trabajo en Asuntos Internos.

Nao me mira pensativa unos segundos y deja su cerveza sobre la mesa.

—Vaya. Eso es… interesante.

—¿Te lo parece?

—Sí. La mayoría de policías persiguen delincuentes. Tú persigues policías. Me gusta.

Por primera vez desde que la conozco, su respuesta no es sarcástica.

—Eres una especie de justiciero —dice jocosa.

—Sí, bueno. Me gusta que los malos no se salgan con la suya.

—Eres el niño bueno de la clase. El que se chiva de los gamberros.

—No lo veo así… Siempre he pensado que, si los buenos miran hacia otro lado, los malos ganan.

Nao baja la vista al vaso y algo cambia en su expresión. Como si esa respuesta hubiera aterrizado en algún sitio importante.

—Das mucho asco. ¿Lo sabías?

Me río.

—¿Eso era un cumplido?

—No.

—Pues ha sonado muchísimo a cumplido.

Ella no lo niega y aparta la mirada de inmediato. Como si le molestara que me haya dado cuenta de que está impresionada.

—¿Y tú qué? ¿Creciste aquí? —intento sonsacarle algo.

La pregunta la descoloca.

—Sí, con mis hermanas.

—Las que no son de sangre —subrayo conveniente—. ¿Dónde las conociste? ¿Te criaste con ellas?

—Sí. En un centro. Ninguna tenemos familia biológica, y tampoco nos hace falta.

Lo dice con una convicción envidiable. Como si el resto del mundo fuera negociable y ellas no.

Me quedo mirándola y lo nota.

—¿Qué?

—Nada, pero empiezo a entender muchas cosas.

—¿Como cuáles, superdetective ascendido?

—Que llevas años esforzándote por ser borde, arisca y distante para que nadie te quiera demasiado.

—Qué análisis más barato.

—Y cuando no funciona, te enfadas —remato—. De ahí viene tu mal humor.

—No sigas.

—El problema es que eres mucho más fácil de querer de lo que te imaginas, Nao.

La forma en que me mira hace que durante un segundo me olvide totalmente de mi promesa, de Terry y de la investigación. Solo existe ella, la luz que se refleja en su pelo y esa absurda manía de tratar mal a la gente que quiere.

—Ya basta —gruñe molesta—. Se acabó la conversación.

—¿Por qué?

—Porque empiezas a sonar como un puto libro de autoayuda y me están entrando ganas de golpearte.

—Justo la reacción que esperaba. Voy por el buen camino.

—¿Quién te ha dado licencia para analizar a la gente sin permiso?

—Tengo una placa.

—No es lo mismo. Ahora te vas a callar y vas a darme lo que me debes.

—¿Qué te debo?

—Las grabaciones.

—Ah. Las grabaciones.

—Sí. Las putas grabaciones, Preston.

Saco el móvil porque noto que estoy a punto de perderla de nuevo. Si le doy largas, se levantará y se irá. Y no puedo permitirlo. Aunque los motivos no sean los adecuados.

—Dame un segundo —le pido, buscando la carpeta. Intento entrar, pero no puedo.

Frunzo el ceño.

—¿Qué pasa? —pregunta ella.

—No me deja entrar.

—Qué conveniente —masculla, cruzándose de brazos. Siento que está reconstruyendo muros que ya había derribado.

—Espera… Mira. —Le enseño cómo abro la aplicación del servidor y el programa se queda pensando. Vuelvo atrás y, al final, la pantalla decide dejar de colaborar con mi teléfono. Joder.

—Ahora me dirás que la rana ha borrado los vídeos —espeta cabreada.

—No. Están aquí, pero no me deja verlos desde el móvil.

—No tienes palabra —me acusa—. Menudo timo de cita.

Sigo intentándolo con más énfasis.

Negativo.

Al final dejo escapar un suspiro.

—Los tengo descargados en mi ordenador —digo renqueante.

—Seguro que sí…

—Te lo juro.

—Pues vamos a tu casa. ¿Dónde vives?

—A quince minutos de aquí, pero no sé si meterte en mi piso es lo más sensato dado nuestro historial.

Ella me mira mal.

—Vamos a dejar las cosas claras, poli. No va a pasar nada entre nosotros. Ese tren ya ha pasado.

—Ese tren iba por un tramo sin vías —replico—. Así que no hay forma de que vuelva a pasar. ¿Estamos de acuerdo?

—Totalmente.

Nos levantamos casi al mismo tiempo, como si tuviéramos prisa por comprobar quién rompe antes ese acuerdo.

Y mientras dejamos el bar atrás, tengo la extraña sensación de que me estoy metiendo en un lío monumental.