Hoy (Arpías 2) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—¿Y de dónde viene tanta hostilidad?

—Es mi forma de ser.

—¿Eres así con todo el mundo?

—¡Sí! El otro día asusté a unas niñas que entraron en el salón de tatuajes a venderme galletas. Soy un ogro. Supéralo.

—Me intriga saber por qué eres así. Por eso quiero conocerte. Adelante, cuéntame tu aburrida vida. ¿Dónde te criaste?

No puede ser…

—Antes tienes que enseñarme algo del caso.

—Y, en cuanto te lo dé, te irás. No soy tan tonto. Si tú cumples con tu parte, yo cumpliré con la mía. Tienes que hablarme de ti y enseñarme Chicago.

—Google es gratis, ¿sabes?

—No quiero la versión de Google. Quiero la tuya.

Lo miro con intensidad. Odio admitirlo, pero esa respuesta me gusta.

—Vale. Te lo enseñaré. Te enseñaré mi Chicago.

—No era tan difícil. Empieza por contarme cómo encontraste este bar.

—No lo encontré. Llegué aquí por accidente. Fue hace mucho.

—¿Ves? Ya suena interesante.

—No lo fue. Vine aquí porque perdí a alguien —suelto sin más.

La sonrisa de Preston desaparece.

—¿Era alguien importante para ti?

—Sí.

No añado nada más. No quiero decir que era una hermana. Pero Preston sigue esperando. Eso es lo peor de él. Que espera. La mayoría de la gente llena los silencios con frases estúpidas, él los deja crecer hasta que te ahogan.

—Aquella noche llovía muchísimo —continúo—. Caminé durante horas sin saber a dónde ir después de terminar un trabajo… escolar. De hecho, me cayó una buena bronca por no volver inmediatamente.

—¿Estabas sola?

—Sí.

—¿Cuántos años tenías?

—Dieciséis.

—Eso es peligroso.

—No si sabes defenderte.

Su boca se curva apenas.

—Continúa.

—No quería volver a casa.

La frase sale sola. Y me arrepiento de inmediato de decirla. Porque el laboratorio no era mi casa. Solo era donde vivía…

—¿Y terminaste aquí? —me tira de la lengua Preston. Es buen poli. Eso hay que concedérselo.

—Entré empapada —respondo—. Había un grupo tocando en aquella esquina. —Señalo un rincón junto al escenario improvisado—. El dueño me dio una toalla porque pensó que iba a morirme de hipotermia.

—¿Y te quedaste un rato?

—Hasta que cerraron.

—¿Por qué?

Me encojo de hombros.

—Porque nadie me preguntó nada. Nadie vino a molestarme.

—¿Y eso es bueno?

—Fue perfecto.

—No lo entiendo.

Me dan ganas de sonreír, pero no lo hago. Solo disfruto de cómo me observa, queriendo descubrir el puzle que soy.

—¿Y sigues viniendo desde entonces?

—A veces.

—¿Cuando estás triste?

—No.

—¿Cuando estás enfadada?

—Tampoco.

—Entonces, ¿cuándo?

Le doy un trago a mi cerveza.

—Cuando necesito recordar que el mundo sigue girando, aunque a mí me apetezca partirle las piernas.

Preston rompe a reír. Y durante un segundo me alegra habérselo contado. Luego vuelvo a odiar la conversación.

—¿Y tú qué? Tienes pinta de provenir de una familia de polis.

—Mi madre es enfermera.

—Pobre mujer.

—¿Por qué?

—Por tener que aguantarte.

—Ella dice lo mismo.

—Parece lista.

—Lo es. Mi hermana es peor.

—¿Peor cómo?

—Se parece más a mí.

—Entonces, tiene que ser insoportable.

—Muchísimo.

Cuando vuelve a sonreír, me doy cuenta de lo cerca que estamos. Se nos da fatal mantener las distancias.

Me alejo un poco de él. Lo nota, pero no dice nada.

No sé en qué momento dejamos de interrogarnos y empezamos a contar anécdotas graciosas, pero cuando llega la cuarta cerveza, Preston ya no parece un policía investigando nada, parece un tipo normal pasándolo bien. Y eso resulta mucho más peligroso.

Me cuenta que una vez persiguió a un sospechoso durante veinte minutos para descubrir que era un repartidor de comida que llegaba tarde al trabajo. Y cómo su hermana consiguió convencerlo durante dos años de que era alérgico a los melocotones solo para quedarse ella con su parte del postre

Y lo de su rana, Sir Croac.

—¿Le pusiste nombre a una rana?

—Era una gran rana. Lo merecía.

No entiendo cómo alguien puede ser tan ridículo y tan encantador a la vez. Es jodidamente agotador.

—Y ahí está otra vez… —murmura Preston para sí mismo.

—¿El qué?

—Tu sonrisa.

—No es verdad.

—Lo es. He visto varias en lo que va de noche.

—Habrá sido un espasmo muscular facial.

—Claro, claro…

—¡Tengo muchos!

—Qué enfermedad tan curiosa.

—¿Verdad? Le están buscando cura.

Preston vuelve a reírse. Y, por alguna razón, el sonido ya no me resulta molesto, sino familiar. Una noticia terrible donde las haya.

¡Pero es que cuando te mira parece que todo lo que dices importa!

Y cuando se ríe de ti, no parece que se esté riendo de ti, solo parece que se alegra de estar ahí.

Escuchándote. Y esa es justo la clase de persona de la que debería alejarme.

Especialmente si tiene unos brazos capaces de arrancar una puerta de sus bisagras y una sonrisa que debería estar regulada por la ley.

—Admite que lo estás pasando bien —dice sibilino.

—Jamás.

Vuelve a sonreír muy seguro de sí mismo.

—¿Te ha funcionado alguna vez esa mierda de sonrisa? —lo ataco sin pudor.

—Muchísimas veces.

—Me avergüenzo de mi género.

—Y ahora mismo también me está funcionando.

Se hace un silencio que no soy capaz de llenar con nada. ¡Dios!

Me merezco acostarme un poco con él. Como premio por tener tanta resiliencia psicológica.

Por suerte, su estómago hace un ruido que se oye incluso por encima de la música.

—¿Tienes hambre? —pregunto atenta.

—Desde hace mucho… —musita intenso. Y algo dentro de mí empieza a flojear por la doble lectura.

—Conozco el mejor sitio para comer de toda la ciudad.

Sus ojos brillan, captando mi turbación.

—¿Sale en la Guía Michelin?

—Ni de coña. Y probablemente incumpla varias normas sanitarias.

—Interesante…

—Una vez vi una rata saliendo de la cocina.

—¡Genial!

—Era pequeña.

—Podré soportarlo.

—Está bien, era enorme. ¡Pero está todo muy bueno!

Se echa a reír, meneando la cabeza. Y murmura:

—Estoy deseando ir.