Hoy (Arpías 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

Nao

Camino hacia casa preguntándome en qué momento exacto he perdido el control de la situación.

¡Yo no quedo con policías! Ni con nadie. Y muchísimo menos con un tío que me gusta.

Bueno, que me atrae.

La atracción es una jodida reacción química que no se puede evitar, solo sucede. Inconvenientes de ser humana.

Resoplo y acelero el paso.

Cada vez que Preston se acerca demasiado a mí, me olvido de cosas importantes. Como que me está investigando y podría descubrir algo. O que mis habilidades no pueden salir a la luz.

Y, aun así, lo torturo con ellas y luego acepto salir con él.

¡Soy imbécil!

Pero ha dicho que tiene información sobre Terry y necesitamos respuestas.

Si existe una mínima posibilidad de averiguar algo más, tengo que aprovecharla.

Eso es lo que importa. No ese poli y la forma en que me mira.

Ni la sensación de que, cuando estoy con él, mi cerebro deja de funcionar como debería.

Esto es una misión, no una serendipia romántica.

Y el mayor peligro no es que Preston descubra quiénes somos, sino que yo empiece a olvidar quién se supone que debo ser cuando estoy con él.

Entro en la planta común tan rápido que casi le arranco la verja al montacargas.

—Tengo una puta cita con el poli —anuncio con cara de póker.

Se hace un silencio absoluto. Y luego el infierno.

—¡¡¡¿QUÉ?!!! —gritan las tres a la vez.

Row se cae literalmente del sofá. Neva deja caer la cuchara dentro del bol de sus cereales. Y Day se levanta tan deprisa que tira una manta al suelo.

—Que no cunda el pánico —implora Day.

—Ya es tarde para eso —dice Row—. Parece una rehén leyendo un comunicado.

Neva se acerca, precavida, con los ojos muy abiertos.

—¿Te la ha pedido él?

—Sí. Dice que quiere conocerme mejor.

—¿Y has aceptado? —inquiere, extrañada.

—Sí.

Row empieza a aplaudir como una foca drogada.

—¡MI NIÑA VA A FOLLAR!

—No voy a follar.

—Eso decís todas antes de acabar desnudas y gimiendo como perras.

Me quito la chaqueta con más ímpetu del que debería y la lanzo sobre una silla.

—No es una cita de verdad.

—Sí, claro —replica Neva—. Las falsas citas suelen empezar con un hombre diciéndote que quiere conocerte mejor.

—He aceptado a cambio de que me enseñe información valiosa sobre el caso de Terry —expongo.

Se hace un leve silencio.

—Eso se llama chantaje —dice Day.

Me dejo caer en el sofá como si acabara de sobrevivir a un atentado terrorista.

—Es lo que querías, ¿no? Tiene grabaciones de las cámaras de seguridad de la calle y me dejará ver el informe.

Las tres se quedan quietas un segundo.

—Entonces, tienes que ir sí o sí —dictamina Row—. Y, de paso, podrías aprovechar y sentarte en su cara.

—Row… —masculla Day.

—¿Qué? ¡Nao es multitarea!

Neva se sienta a mi lado.

—Vale, centrémonos. ¿Dónde habéis quedado?

—En el Nudo.

—¿Y qué te vas a poner?

—Ropa —huelo lo que llevo puesto—, creo que esta misma me vale.

—Nao, tienes que ponerte algo especial.

—¡Ni hablar! ¡No pienso ponerme un vestido ni nada parecido! Sería como ir desnuda.

—Nadie ha dicho vestido —interviene Neva—. Pero quizá algo que no haga pensar que vienes de un allanamiento de morada.

—Toda mi ropa hace pensar eso.

Row asiente orgullosa. Aún recuerdo la cara que puso hace un par de cumpleaños cuando Neva le regaló un vestido rosa. Ella al menos me entiende. Day se deja caer a mi otro lado del sofá.

—Escúchame bien. Esto es importante.

La miro desconfiada.

—El poli ya está pilladísimo por ti.

—No está pilladísimo.

—Ha vuelto después de cagarse encima. Está loco por ti.

—Eso no demuestra amor, solo mala gestión intestinal.

—Nao… —pronuncia Neva con paciencia—, estáis siguiendo el guion más predecible de la historia y sois los únicos que todavía no sabéis cómo acaba.

Odio que todas las terminaciones de mi cuerpo le den la razón.

—Además —añade Row—, dijiste que besa de puta madre.

Mi cerebro vuelve al recuerdo de inmediato. Mala idea.

Se me seca la boca solo de pensarlo.

—Estás poniendo cara de que vas a comértelo vivo —reacciona Row divertida.

—No estoy poniendo cara de nada.

Me levanto del sofá antes de estrangular a alguien.

—No voy a acostarme con él —zanjo—. Solo quiero la información.

—Ajá —contesta Day.

—Perfectamente razonable —asiente Neva.

—Y si de pronto te tropiezas y te caes sobre su polla con la boca abierta, nadie te lo reprochará —añade Row.

Todas se ríen y me voy a mi piso, intentando mantener algo de dignidad mientras las oigo comentar las posibles variantes como si fueran una secta.

Pero cuando abro el armario me topo con el problema.

¿Cómo coño se viste alguien para una «no-cita»?

No hace falta que mis hermanas estén aquí, es como si las oyese. Row diría «¿con menos ropa?» y Neva: «algo que no lleve calaveras». ¡Pero eso reduce mi armario a un calcetín!

De pronto, la ventana de la escalera de incendios se abre y aparece Day con una sonrisa que no me gusta un pelo.

—Hola, ¿necesitas una estilista?

Huele a burla. No obstante, sé que viene a ayudarme.

—Lo que necesito es un arma.

—Te noto nerviosa.

—Solo estoy irritada.

—No, Nao, irritada estás siempre. Esto es otra cosa.

Mierda. Es verdad. La idea de pasar horas con Preston me pone peligrosamente en alerta. Y no por la misión, sino por él.

Por su insistencia por estar conmigo, aunque yo sea una amenaza con piercings. Nada que ver con mis atroces ganas de acostarme con él.

Tardo tres minutos en decidir que toda mi ropa me hace parecer sospechosa. Y acabo poniéndome unos pantalones negros ajustados, botas militares y una camiseta blanca de tirantes. Con esto ya no parezco una amenaza terrorista, pero sigo inspirando prudencia.

El montacargas se detiene en mi piso y Row suelta un silbido cuando entra por la puerta.

—Pareces una chica que va a romperle el corazón a alguien.

—Gracias. Es exactamente la imagen que quería proyectar.

Neva aparece detrás de ella con expresión emocionada.

—A ver… ¡Gírate!

—No me da la gana.

—¡Venga! ¡Quiero ver el culo que te hace!

—¿Qué sois? ¿Las hadas madrinas del infierno?

Day levanta la vista de su móvil y sonríe.

—Estás preciosa. Intenta pasarlo bien esta noche. Te lo mereces. Los dos os lo merecéis. Pero intenta sacarle información, además de otros fluidos corporales.

Todas se mofan.

—Qué asco dais… —murmuro al final.

—Pero tenemos razón.

La tienen, sin embargo, no pienso darles el gusto de seguirles el juego. Esta es la horrible diferencia entre tirarte a un tío sin haber cruzado palabra, o irte a cenar con él y lidiar con la desesperación del rechazo.

Cojo la chaqueta y las hago salir a todas de mi habitación.

∞∞∞

Me desplazo hasta el bar sin pensar mucho en las posibles consecuencias. Está escondido en una calle tan estrecha que parece que lo puso ahí alguien con mala leche.

Me encanta. Es justo mi tipo de sitio. Uno que parece haber perdido varias peleas contra el paso del tiempo a la vista de sus neones medio muertos.

Empujo la puerta y el sonido grave de una canción de rock legendaria me golpea directamente en las costillas.

Oh, sí… Esto es otro nivel.

Mesas arañadas. Un billar al fondo. Y el suelo está un poco pegajoso en algunas zonas. Eso siempre es buena señal.

Pronto localizo al poli sentado en la barra.

Mierda.

Durante un segundo me planteo darme la vuelta y marcharme. Porque Preston parece salido de una fantasía sexual escrita por una mujer borracha a la que acaban de dejar.

Va totalmente de negro. Punto para él.

Camisa ajustada que le marca unos antebrazos sobrehumanos. Dos puntos.

Despeinado, mirada felina y sonrisa diabólica. ¡Mil puntos!

Mi cuerpo entero reacciona como si acabara de recordar algo importante relacionado con su lengua.

Me acerco, intentando disimular que mis bragas han sufrido un pequeño percance.

—Tengo que admitirlo —dice Preston, mirando alrededor—. Has elegido bien el sitio.

Sigo la dirección de su mirada hacia unos viejos carteles de conciertos.

—Ya ves… Sin espuma de zanahoria.

Primera sonrisa. Primer cuchillo.

—Me gusta. Es muy auténtico. No intenta impresionar a nadie.

Lo miro con sospecha. No me gusta estar de acuerdo con él.

—Es un bar, Preston.

—¡Anda! Pensaba que no sabías mi nombre.

—Lo he mirado en la ficha antes de venir.

Vuelve a sonreír, como si supiera a la perfección que miento. Me aparta el taburete a un lado para que me siente.

«Qué horror… También tiene modales».

Ocupo mi asiento, fingiendo que no capto lo bien que huele. A algo limpio y peligrosamente masculino.

—¿Qué bebes? —pregunta.

—Una cerveza.

El camarero se acerca y Preston la pide por mí. Odio lo natural que parece todo con él. ¿Se cree que suelo dejar que alguien pida mi bebida? Lo peor es que me resulta atractivo que lo haga.

Miro sus grandes y fuertes manos apoyadas en la barra y fantaseo con cómo se verían agarrándome de las caderas…

«¡Basta!».

Lo descubro mirándome como si pudiera leerme la mente.

—¿Y ahora qué? —digo a la defensiva—. ¿Me cuentas tu aburrida vida y yo la mía?

Su boca se curva como si todo lo que dijera le hiciese gracia. No sé qué me cabrea más, que me mire como a un animal de circo o el hecho de que se vea absurdamente guapo mientras lo hace.

—Estoy abierto a escuchar cualquier cosa que quieras contarme de ti. Seguro que merece la pena.

Casi me atraganto.

—Ten cuidado, poli. No te enamores de mí. No te conviene.

Preston sonríe más ampliamente. Dios, ¡qué sonrisa!

—¿Eso te preocupa?

—A mí no mucho, pero sería un problema para tu promesa.

—Qué considerada.

Traen la copa de cerveza y me ofrece chocarla con su vaso. Lo hago porque parece un importante ritual para él. Otra estupidez…

Durante unos segundos ninguno habla, y eso me hace sentir extrañamente cómoda con él.

—¿Saber cosas de mí es tu forma de buscar un hilo del que tirar para la investigación de Terry? —pregunto de pronto.

Porque sigo sin entender qué busca, qué quiere, qué intenta con esta cita si no puede follarme. Seguro que ya tiene muchas amigas.

Preston da un sorbo largo a su copa.

—La culpa es tuya —declara—. Te dije que era un tío curioso, y me parece muy sospechoso que intentes caerme mal todo el tiempo. Es como si escondieses algo.

¡LA MADRE QUE LO PARIÓ!

—Yo no escondo nada.