Hoy (Arpías 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

Preston

Hay besos que te gustan y luego están los que te cambian la química cerebral. Como el que Nao me dio ayer.

Llevo todo el puto día distraído.

Cada vez que cierro los ojos, vuelvo a notar su mano agarrándome la camiseta, el golpe de su cuerpo contra el mío y esa forma de besar, agresiva y desesperada a la vez. Porque esa chica besa como si estuviera enfadada contigo por necesitarlo tanto.

Y yo… Joder. Yo respondí como un hombre que lleva demasiado tiempo sintiéndose muerto.

Vuelvo a leer el letrero luminoso, Nothing´s Forever, del estudio de tatuajes y me doy cuenta de que llevo aquí diez minutos inmóvil, como un puto psicópata.

Sé que debería alejarme de ella. Porque es peligrosa. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

Cada vez que me acerco a Nao, mi cuerpo reacciona como si estuviera bordeando la muerte, sin embargo, no puedo dejar de volver.

Y no tiene que ver con el brutal beso que nos dimos. Bueno, un poco sí. Muchísimo, de hecho. No obstante, hay algo más. Algo raro.

Cómo me mira cuando cree que nadie la está viendo.

Cómo intenta parecer fría, incluso cuando se preocupa por mí.

Nao tiene algo roto. El problema es que a mí eso no me frena.

Resoplo porque noto la promesa que le hice a Rebecca abrasándome la piel cada vez que pienso en cruzar ciertas líneas con Nao, como una cuerda tensándose alrededor de mi pecho.

Llevo dos años enteros evitando sentir cosas demasiado fuertes por nadie. Hasta que una tatuadora borde con pinta de asesina empezó a joderme la vida. Y si cruzo según qué línea con ella, no voy a saber volver atrás.

Miro otra vez el estudio.

Debería irme. En serio. Pero, en vez de eso, avanzo hacia la puerta y la empujo, haciendo que la campanilla suene sobre mi cabeza.

Y ahí está ella.

Apoyada sobre el mostrador, repasando dibujos en una libreta negra mientras mastica chicle como si estuviera enfadada con él.

Lleva una vieja camiseta de los Ramones que debería ser completamente inocente, pero no lo es en absoluto. Porque se ciñe a su piel llena de tinta con una avaricia que hace que se me llene la boca de saliva.

El pelo lila le cae lacio sobre un ojo y sus anillos plateados brillan cada vez que dibuja algo.

Tiene la misma expresión de siempre en el rostro, la de alguien que preferiría apuñalarte antes que admitir que se alegra de verte.

Cuando levanta la vista, mis rodillas reaccionan igual que un ciervo viendo unas luces largas en mitad de la carretera.

Joder... Definitivamente no estoy preparado para esto.

Mi aparato digestivo aguanta sin hacer de las suyas. Lo cual ya considero una victoria personal después de lo de ayer.

Nao me mira muy quieta, sin fruncir el ceño. Y eso, tratándose de ella, equivale prácticamente a decir que soy bienvenido.

—Oh, no… Ha vuelto el paciente cero —murmura.

Cierro la puerta tras de mí y no dejo que mi boca se curve.

—Vengo en son de paz.

—Eso dijiste la última vez y volviste a salir corriendo.

—Es que creo que intentas matarme —suelto sincero.

Ella me mira como si mi deducción no le extrañase lo más mínimo. Vale, así es imposible perder el interés por ella.

—No exageres, poli. Solo es una aguja y un poco de tinta.

La observo unos segundos más. Esta chica es una puñetera amenaza pública emocionalmente inaccesible. Por eso es preocupante que me guste tanto.

—¿Tienes ahora un hueco para continuar con el diseño?

—Espero que no.

—Qué acogedora eres.

Nao mira el reloj de pared. Y, por un instante, parece debatirse entre echarme del estudio o cometer un delito.

—Tengo media hora antes del siguiente cliente.

—¿La aprovechamos?

—Solo si no hablas demasiado.

Intento no parecer absurdamente feliz por algo tan triste como que una mujer me conceda treinta minutos de clavarme agujas.

La sigo hasta la sala del fondo.

—Desnúdate.

—Cada día más romántica.

—Y tú cada día más predecible.

Me quito la camiseta y me siento en la camilla mientras ella prepara las cosas.

La observo moverse por el estudio con esa seguridad que me aturde. Porque Nao nunca duda. Puede equivocarse, enfadarse y amenazarte con objetos punzantes, pero nunca duda. Excepto conmigo.

Y, por algún motivo, eso me vuelve loco.

—Túmbate —ordena sin mirarme.

Obedezco antes de que me eche. Y cuando apoya la mano en mi espalda para continuar el diseño, mi cuerpo entero recuerda de inmediato por qué ligar con las chicas nunca ha sido mi fuerte.

La máquina empieza a zumbar y el dolor me relaja un poco.

—¿Por qué has venido? —cuestiona—. Podrías haber llamado.

Buena observación. La verdad es que llevo veinte minutos en la calle, dándole vueltas a esa misma pregunta.

Cojo aire y lo suelto sin más.

—He venido porque quería invitarte a cenar en persona.

Se hace un silencio extraño en el que Nao trata de procesar la frase. Después rompe a reír de una forma tan siniestra que tengo que esperar a que termine para recuperar algo de amor propio.

—Muy buena broma… —consigue decir al final.

—Ya sé que dicho en voz alta suena raro.

—Suena hasta ilegal.

—Solo es una cena.

—Eso es exactamente lo que diría un asesino en serie antes de sacar una cuerda del maletero.

—Sabes que no lo soy.

—Entonces, ¿qué eres? ¿Masoquista? Se supone que tu promesa te impide «intimar» con nadie.

—Lo sé, pero la situación entre nosotros es rara.

—Te quedas corto. Yo me atrevería a usar la palabra «traumática».

—Sí, pero te sigo queriendo conocer.

Noto cómo se asusta al oír eso y me giro para ver su cara. Es peor que si acabara de decirle que solo busco acostarme con ella.

—No puedo romper ciertos límites físicos ahora mismo, pero…

—Qué alivio —replica.

—¿Alivio?

—Sí. Imagínate que me gustaras de verdad. Sería…

—Eso sería terrible —le sigo la broma.

—Una tragedia.

—Como la del Titanic.

—No, peor. Al menos ahí el chico no sobrevivía.

Sonrío ante su humor negro y ella intenta disimular que le gusta cómo le sigo el juego.

—No puedo intimar, pero me sigues pareciendo la persona más interesante que he conocido en muchísimo tiempo —confieso.

Nao me mira como si acabara de decirle que colecciono órganos.

—Eso es aún más de asesino en serie.

—Estoy intentando ser sincero.

—Pues no practiques conmigo. Yo solo quería conocerte en sentido bíblico. Nada más.

—¿Nunca has quedado con alguien sin intención de acostarte con él?

—¿Para qué? —cuestiona, frunciendo el ceño.

Me río solo. Porque lo pregunta completamente en serio.

—No sé… Para conocerlo. Ser amigos.

—Yo no tengo amigos.

—Se nota, pero soy nuevo en Chicago y necesito que alguien me enseñe sitios interesantes.

—Pues paga a una guía turística. No es mi problema.

—Sí lo es, porque tú me debes una.

Levanta una ceja sorprendida.

—¡¿Perdón?!

—Ayer me provocaste una diarrea que me hizo replantearme mi relación con los contenedores de basura.

Nao se atraganta con su propia risa. Una de verdad que corta enseguida, como si no supiera de dónde demonios ha salido eso. Y me choca pensar que es lo más bonito que he visto en mi vida.

—No sé de qué hablas —dice, recomponiendo su rictus serio.

—Claro. Es casualidad que siempre me pasen cosas rarísimas justo después de que pase algo entre nosotros, ¿verdad?

El ambiente cambia de golpe y una tensión horrible se instala entre nosotros. Ella aparta la mirada, cohibida.

—No deberías haber vuelto por aquí —murmura seria. Y suena tan real esta vez.

—Probablemente no —admito—, pero eres mucho más difícil de olvidar de lo que esperaba.

Nao me sostiene la mirada y luego resopla, derrotada.

—No hables así, por favor.

—Una cena sin agujas. Solo pido eso.

—No voy a cenar contigo, poli.

—¿Por qué no?

—Porque no sacaría nada bueno a cambio.

—Bueno, quizá podría enseñarte todo lo que se recopiló sobre la investigación de Terry.

Eso sí llama su atención.

—¿Tienes algo que pueda interesarme?

Me saco el móvil del bolsillo y desbloqueo una carpeta de fotos de la investigación. Son capturas de informes. Fotografías forenses de Terry, de la calle, del edificio, declaraciones…

Los ojos de Nao escudriñan la pantalla con una avidez desconocida. Y ahí está la diferencia entre ella y el resto del planeta: cuando algo le importa, deja de fingir desinterés y su atención se convierte en algo especial.

—También tengo las grabaciones de las cámaras de los comercios cercanos instantes antes del suceso —explico.

Ella alza la vista muy despacio y su mirada es muy distinta a la de antes. Más dócil. Menos combativa.

—¿Y me las enseñarías?

—Si prometes no apuñalarme durante la cena, sí.

—Nunca hago promesas que no sé si podré cumplir.

Sonrío contra mi voluntad. No puedo con su sentido del humor.

Nao vuelve a mirar la pantalla y veo perfectamente el momento exacto en el que empieza a plantearse aceptar. Porque ya no es una cita, ahora es una posibilidad de acercarse a la verdad sobre Terry.

Y eso parece vencer su instinto natural de evitar cualquier interacción emocional humana.

—¿Tienes algo que pueda servirnos o es una trampa? —pregunta, intentando sonar despreocupada.

—Hay cosas raras que para mí no significan nada. Pero todo lo relacionado con vosotras es raro.

—¿Significa eso que sospechas de mí?

La observo unos segundos.

—No sé qué pensar de ti todavía.

—¿Y, aun así, quieres quedar conmigo? —pregunta incrédula.

Sonrío un poco.

—Nao, un hombre normal habría dejado de acercarse a ti hace mucho. Pero yo no soy un tipo normal. Y ahora tienes la oportunidad de descubrirlo.

—Vale —accede—. Cenaré contigo.

«¡Victoria!».

—Pero tengo condiciones.

—Tú dirás.

—Nada de restaurantes donde sirvan espuma de zanahoria en platos gigantes y te expliquen el origen emocional de una aceituna.

Me río.

—Vale. Prometo que no habrá nada de eso.

—Ni velitas.

—Hecho. Y tú prométeme que no correré ningún riesgo físico.

—¿Qué? —pregunta casi divertida.

—No me fío ni un pelo ti.

Esta vez aparta la cara para que no vea que está a punto de reírse. Dios… Me gusta incluso más cuando intenta no hacerlo.

—Por favor, gírate y déjame seguir trabajando —dice para cortar el momento.

Obedezco y el zumbido de la máquina llena el silencio.

Por algún motivo, el ambiente ya no resulta incómodo. Sigue siendo raro y tenso, pero de una forma deliciosamente distinta. Como si ambos hubiéramos aceptado que la no-cita es una mala idea y, aun así, pensáramos seguir adelante.

—Conozco un bar —suelta de pronto ella.

Intento que no se me note la satisfacción.

—¿Es de los que piden contraseña para entrar?

—No te emociones tanto.

—Demasiado tarde. ¿Te recojo a las nueve?

—Nos encontraremos allí, esto no es una cita.

—De acuerdo. ¿Dónde está?

—En Franklin Street. Se llama Nudo.

—Uh, la zona conflictiva. Pues voy a necesitar tu número.

—¿Para qué?

—Para avisarte si me asesinan antes de que llegues.

Resopla y me dicta el número como si estuviera confesando un crimen. Yo lo memorizo. Y no sé por qué, pero el hecho de que piense que no lo olvidaré me provoca una sensación absurda en el pecho. Como si acabara de conseguir algo importante.

Empiezo a vestirme sin preguntar.

—¿Qué haces? —pregunta.

—Irme antes de que cambies de opinión. Además, ya es casi la hora.

—Buena idea.

Antes de abandonar la habitación, la miro con intensidad.

—¿En serio vas a aparecer?

Ella me mira con una expresión completamente neutra.

—Lárgate ya.

Sonrío y salgo del estudio intentando no parecer un imbécil al que acaban de conceder un deseo.

El plan es una mala idea. Yo lo sé, ella lo sabe y cualquiera que nos vea lo sospechará.

Toda la situación grita «desastre a la vista», pero llevo semanas acercándome justo por eso. Y cuanto más descubro, más difícil me resulta marcharme.

No obstante, quiero entenderla, aunque no pueda tenerla. Y si al acabar la noche sigo teniendo todos los órganos en su sitio, consideraré que la no-cita ha sido un éxito rotundo.