Capítulo 20
Day
Al llegar a GenoLabs, me pongo la máscara que llevo usando desde que descubrí la verdad. Por nada del mundo, y menos ahora, puedo dar otra imagen que no sea la de científica aplicada.
—Dayane.
Me obligo a que mi cuerpo no se tense y me giro para quedar frente a la hija de perra que juega con nuestras vidas.
—¡Madre!
Ella me analiza en silencio, observando cada uno de mis gestos. No encontrará nada. Me he mentalizado a conciencia y me esfuerzo cada puñetero día para que así sea.
—Te veo mejor.
«Estaré mucho mejor cuando te rajemos la garganta y te cortemos las manos con las que nos creaste», pienso.
Sin embargo, encojo un hombro en un gesto indiferente.
—Lo estaré cuando supere no haber sido yo quien acabó con Terry.
Siento fuego en la garganta solo por decir esa frase.
Ella cabecea y suspira. Su rictus se relaja, como si escucharme fuese música para sus oídos.
—No te fustigues. Al final, el destino hizo su trabajo.
Se acerca. Lo único que me apetece es agarrarla de su impoluto recogido y estamparle la rodilla en la cara. O quizá clavarle mi tacón en el ojo. Eso sí que sería satisfactorio.
—Supongo que es cuestión de tiempo que se apacigüe mi rabia.
Asiente.
—Kendall me ha avisado de que este mes no habéis pasado aún por hematología —cambia de tema—. No podéis retrasar vuestros controles.
«Claro, porque así te resultaría difícil seguir experimentando con nuestra sangre, ¿verdad?».
—Esta noche hablaré con las chicas para que ajusten sus horarios.
—No lo dejéis más. Para mí es importante vuestra salud.
«Demasiado… diría yo».
—¿Sigues trabajando en experimentos de catálisis? —pregunta.
—Sí. Me he centrado en la cinética enzimática. —Me ajusto las gafas—. Sigo haciendo variaciones en el modelo matemático de la ecuación de Michaelis-Menten.
—Si necesitas ayuda, avísame —se ofrece.
Jamás me ha resultado tan complicado mostrar una sonrisa.
—Sabes que ese será mi último recurso. Porque es sinónimo de que he fallado.
—Siempre tan aplicada.
Aunque no estuviese intentando inutilizar mi habilidad con su calma ensayada —como siempre hace—, soy capaz de distinguir el sentimiento de orgullo que lleva grabado en el rostro.
Se despide y me dirijo a mi despacho.
No me da tiempo abrir la puerta cuando siento un leve empujón detrás de mí.
Miro por encima del hombro, frunciendo el ceño.
—¿Me acabas de empujar?
Jesse entra apresurado y cierra la puerta tras él.
—Estoy evitando a Madre.
Arqueo una ceja. Me cruzo de brazos, esperando que añada algo más.
—Me huelo que quiere que vaya a Seattle, ahora que Richard Coleman es inversor de GenoLabs, para que haga negocios con su farmacéutica.
Esta vez son mis dos cejas las que se levantan.
—¿Y?
—No pienso marcharme y dejaros solas con la que está cayendo —gruñe—. No son los documentos de esa farmacéutica los que nos interesan, sino la que estuvo implicada hace treinta años.
Me tengo que esforzar mucho para que mis labios no se curven.
—Si no estuviese tan segura de nosotras mismas, me ofendería por que no nos veas capaz de defendernos solas. Ni de buscar esa información.
—No he querido decir eso, y lo sabes. Ahora somos un equipo.
«Equipo». Qué bien suena esa palabra.
Se pasa una mano por el pelo y me humedezco los labios. De repente se me ha quedado la boca seca y parece que él sea el único que pueda saciar mi sed.
No es un secreto que nunca he podido resistirme a Jesse. Pero ahora que veo todas sus aristas… Me resulta muy complicado fingir.
—Day…
Suelta mi nombre como si fuera una advertencia.
—¿Qué?
—Ya tienes de nuevo esa mirada.
—¿Qué mirada?
—La que pones cuando estás cachonda.
¡Joder!
Lo peor es que no puedo negarlo.
Quizá bambolee mis caderas más de la cuenta cuando me acerco hasta él.
Sus ojos no pierden detalle de mis movimientos. Ese único ojo azul se ha convertido en un fino aro por su pupila dilatada. El otro, el oscuro, ya es un pozo negro.
—Day —repite.
—Shhh… —lo silencio—. Aquí no —murmuro.
Y, con un dedo, señalo el techo, donde se ocultan las cámaras de seguridad.
Lo agarro por el hueco que siempre lleva abierto de su camisa. Le da un aire desenfadado a su elegante atuendo que me vuelve loca. Y tiro de él hacia el pequeño cuartucho donde guardo algo de material.
Es tan diminuto que aquí no hay necesidad de cámaras de vigilancia.
—¿Tienes alguna fijación, que no sepa, por los espacios reducidos? —cuestiona cuando cierro la puerta detrás de nosotros.
Lo miro a conciencia. Quién me iba a decir que me gustaría tanto su sonrisa socarrona.
—El único fetiche que tengo eres tú.
Tras mi declaración, estrello mi boca contra la suya.
—Joder, Listilla… Te he echado de menos —jadea cuando separa nuestros labios para tomar una bocanada de aire.
Jesse tarda un segundo en tomar el control de la situación. Con una mano me sostiene del culo y con la otra la parte trasera de mi cabeza para pegarme a él.
Yo también lo he añorado.
Hemos tenido algún que otro encuentro íntimo tras la muerte de Terry y que se sincerase. Pero no han sido suficientes.
Cada vez necesito más a Jesse, y no hablo en el plano sexual.
Necesito sus miradas, su contacto, hasta sus silencios. Me he vuelto adicta a su presencia, y eso me aterra.
Soy consciente que debería decirle las mismas palabras de vuelta. De hecho, las noto en la punta de la lengua. Pero hay algo que aún me retiene.
Echo la cabeza hacia atrás, abandonándome a sus caricias. Y se me escapa un gemido cuando ataca mi cuello.
—Hazme olvidar el mundo por un instante —susurro.
Noto que se para de repente. Se queda tan quieto que porque aún me tiene bien agarrada, sino pensaría que ha sufrido una apoplejía.
—¿Eso es lo que soy para ti? ¿Una distracción?
«Espera, ¿qué…?».
Me cuesta salir de la neblina a causa del deseo que aún arrastro.
Pero cuando sus manos se apartan de mi cuerpo como si quemase, bajo de golpe a la realidad.
—¿Q-qué…? No —le digo.
Y lo miro a los ojos para que lea la verdad en ellos.
—Sé que me prometí ser paciente. Que te daría tu espacio —comienza con voz tensa—. Pero me estaría traicionando a mí mismo si me conformase con lo que hemos tenido hasta ahora.
Y, sin añadir nada más, se da la vuelta y sale del pequeño almacén.
Durante un rato no reacciono. Me han impactado tanto sus palabras que estoy paralizada.
¿Eso es lo que he estado haciendo? ¿He retomado lo que había entre nosotros en el mismo punto en el que lo dejé cuando apareció Terry? Y, lo más importante, ¿quiero seguir en ese punto?
«¡No!», gritan mi mente y mi corazón al unísono.
Para nada Jesse es un pasatiempo. Y mucho menos una distracción. Jesse es…
«Vamos, Day. Sabes perfectamente lo que es Jesse para ti. Deja de comportarte como una maldita cobarde», me reprende mi voz interior. Esta vez con un severo a la par que directo tono muy parecido al de Nao.
Sin pensármelo dos veces, salgo con urgencia del cuarto y cruzo mi despacho.
Al primer lugar al que me dirijo es al suyo. Nada, vacío. Le siguen el laboratorio de cultivos y la sala de esterilización. Tampoco está ahí.
¿Dónde se habrá metido? No se ha podido evaporar. Salió solo unos instantes antes que yo…
Me detengo frente a un técnico de microbiología.
—¿Has visto a Jesse Jones?
El hombre me mira un tanto asustado, aferrado a la caja repleta de placas Petri. Como si de su respuesta dependiese que las tirase al suelo de un manotazo.
—Me lo he cruzado en dirección a los archivos del sótano.
De puta madre. El único lugar al que sabe que no tengo acceso.
—Gracias —me despido de mi compañero.
Recorro los pasillos de GenoLabs con el corazón martilleándome las costillas.
Una vez que llego a hematología, sonrío.
—Parece mentira que trabajes aquí y no acudas a tus revisiones.
Ni me inmuto ante la regañina de Kendall.
—Creo que tendrás que esperar. Necesito un favor. —Y pongo mi mejor cara de niña buena—. ¿Me prestarías de nuevo tu tarjeta de acceso a los archivos?
—¿Otra enzima?
—La misma.
—Eres infatigable.
Resopla resignada y se quita la acreditación.
—Te debo la vida, Kendall —suelto, dándole un pequeño abrazo—. Si quieres que te haga las guardias de todo un año, cuenta con ellas.
—Anda, anda… Con que vengáis tú y las chicas lo antes posible me basta. Tengo una receta nueva de pasteles que os vais a quedar sin probar.
Muevo la cabeza en un gesto afirmativo para que lo dé por hecho.
Una vez que consigo dominar el miedo por lo que me pasó la última vez, bajo las escaleras, abro la zona de archivos y camino entre las estanterías hasta que lo veo.
Está de espaldas a mí, pasando hojas con rapidez de una carpeta polvorienta. Ni siquiera se ha dado cuenta de que he entrado.
Me limito a observarlo como si fuera la primera vez, viendo al hombre que renunció a ocho años de su vida para protegernos. Al hermano que cargó con una culpa que nunca le perteneció. Pero, por encima de todo, veo al hombre que me quiso incluso cuando yo no era capaz de verlo.
—Te escondes aquí sabiendo que no podría bajar, ¿eh?
Jesse deja de pasar páginas y permanece inmóvil antes de darse la vuelta.
Cuando nuestros ojos se encuentran, descubro la misma decepción que en mi cuartucho.
Eso me duele. Porque yo soy la culpable.
—¿Cómo has conseguido entrar?
Me guardo la acreditación de Kendall para no meterla en un lío.
—No preguntes.
—Day.
—No. No me interrumpas, por favor —le pido—. Llevo mucho tiempo haciendo todo mal, y si no digo esto ahora, probablemente pase el resto de mi vida arrepintiéndome.
Jesse cierra la carpeta que tiene entre las manos, la coloca en la estantería y espera.
«Allá vamos», respiro hondo.
Nunca he sentido miedo al enfrentarme a un objetivo, pero lo de desnudar el alma delante de la única persona que soy incapaz de leer es distinto.
Pero Jesse se merece que me arrastre a los confines de la tierra por él.
—Cuando Terry apareció, creí que la vida me estaba dando una segunda oportunidad para recuperar todo aquello que me habían arrebatado hace ocho años —comienzo con un nudo en la garganta—. Pensé que era más sencillo mirar al pasado que aceptar lo que estaba ocurriendo delante de mis narices.
Noto cómo la voz empieza a temblarme, a pesar de ello, continúo.
—Mientras intentaba averiguar quién era realmente Terry, dejé de preguntarme quién eras tú. Y eso fue lo más injusto que pude hacer.
Él aparta la vista como si le costara escucharme.
»Tú siempre estuviste ahí. Discutiendo conmigo por cualquier tontería, haciéndome rabiar hasta rozar el límite, apareciendo cuando peor estaba, aunque no te hubiese llamado… Yo pensaba que éramos rivales y ahora entiendo que, mientras yo intentaba ganarte, tú llevabas años luchando por salvarme.
Noto cómo los ojos se me humedecen, pero no hago el menor esfuerzo por ocultarlo.
Por primera vez en mi vida voy a ser sincera. No con Jesse, sino conmigo misma.
—¿Sabes cuál ha sido mi mayor error?
Él niega despacio. Tiene la mandíbula apretada y me odio por eso.
—Creer que solo se puede amar una vez en la vida.
—Comienzo a caminar hasta detenerme justo delante de él—.
Terry fue una parte muy importante de mí y siempre lo será.
Sería absurdo negarlo. Él me enseñó lo que era ilusionarse por primera vez…
, aunque fuese a través de artimañas, pero tú me has enseñado algo muchísimo más difícil —Le sostengo la mirada, rezando por que vea la verdad—.
Me has enseñado lo que significa quedarse.
Elegir a alguien cuando todo a tu alrededor se derrumba.
A amar sin esperar nada a cambio y lo que es sacrificarse por personas que jamás sabrán lo que has hecho por ellas.
—Day…
Veo cómo su nuez sube y baja, parece que le costase tragar.
—Durante mucho tiempo pensé que eras el hombre que más me desesperaba. Hoy sé que eres el hombre sin el que ya no imagino mi vida.
—Joder —exhala sin poder contener la respiración.
Continúo, porque ya no hay quien me pare.
—No eres un refugio cuando todo va mal. No eres una distracción. Ni el sustituto de nadie. Terry fue mi ayer, tú eres mi hoy y, si me quieres todavía, espero que seas mi mañana.
Sonrío acongojada.
—Maldita sea, Listilla…
Atrapa mi rostro entre sus manos y apoya su frente junto a la mía.
—Si salimos vivos de todo esto… —Trago—.
Quiero seguir discutiendo contigo cuando tengamos ochenta años.
Escuchar cómo criticas las dotes culinarias de Row, aunque ambos sabemos que te encanta su comida.
Que sigas poniéndote las pulseras de macarrones que te regala Neva, a pesar de que no combinan en absoluto con tus trajes hechos a medida.
—Sonrío. Porque nunca se me han escapado esos detalles de Jesse—.
Que aguantes el humor de perros de Nao porque sabes que necesita volcar su hostilidad contra alguien.
Quiero celebrar nuestras victorias y sostenerte cuando pierdas fuerzas.
Pero lo que más deseo es recordarte, todas las veces que haga falta, que nunca más volverás a cargar tú solo con el peso del mundo.
Me agarro de su cintura porque temo desmayarme antes de terminar mi declaración.
—He perdido demasiado tiempo pensando en fantasmas cuando el hombre al que esperaba estaba delante de mí.
Trago saliva y dejo que las últimas palabras salgan sin miedo.
—Te quiero, Jesse Jones. No por todo lo que has hecho por nosotras.
Te quiero por quien eres. Con tus defectos, con tus silencios, con tu orgullo insoportable y con esa manía de proteger a todo el mundo antes que a ti mismo.
Y pienso pasar el resto de mi vida demostrándote que mereces que alguien te elija a ti.
—Joder, Day… —repite con la voz ronca a causa de la emoción—. Si pensabas declararte por todo lo alto, deberías haber previsto hacerlo en un sitio que no huela a moho. Porque ni eso me va a impedir hacerte el amor como te mereces.
Se me escapa una risita, y tras cambiar mis manos a sus hombros, pego un salto y rodeo su cintura con mis piernas.
Me da igual dónde estemos. Como si hubiese una alfombra en brasas bajo nuestros pies. Cualquier lugar es perfecto si Jesse y yo estamos juntos.
Ya que, por primera vez desde que nos conocemos, no queda nada entre nosotros que no haya sido dicho.