Capítulo 19 #2
—A los sentimientos sí —apunta Day—. Confiesa, Nao, ¿estás sintiendo algo por él? Nosotras te apoyaremos.
—No siento nada —respondo deprisa—. Es solo que ese pobre hombre ya ha tenido suficiente.
Hagamos balance: tiene una prometida muriéndose en otro estado.
Lleva dos años sin tocar a una mujer. Le hice pasar media noche empalmado contra su voluntad.
Y hoy, por si todo lo anterior fuera poco, le he tatuado una runa de diarrea y estoy segura de que no ha llegado a casa con los calzoncillos limpios.
Se hace un silencio mortal.
Y luego, una a una, las tres explotan en carcajadas.
Row se cae de la silla y termina riéndose en el suelo. A Neva se le sale el vino por la nariz, lo cual provoca que Day se ría tanto que tira su copa entera sobre la encimera.
Yo las miro a las tres con los brazos cruzados, esperando a que terminen.
—¿Le has…? —Row intenta hablar entre carcajadas desde el suelo—. ¿Le has hecho una runa de diarrea?
—Sí.
—¡¿Le has provocado diarrea?! —repite Day.
—Sí.
—¿Al poli que besa bien, huele bien y la tiene pequeña? —dice Neva alucinada.
—No es pequeña. ¡Es enorme, joder!
Las tres revientan en un brutal ataque de risa.
Day se seca las lágrimas con una servilleta. Neva vuelve a toser vino. Y Row rueda por el suelo, poniéndose roja de la risa.
—Necesito más detalles —dice Row entre jadeos—. ¿Dónde? ¿Dónde le ha pillado? ¿En el coche? ¿En su casa?
—Yo qué sé.
—¡Nao, esto es información esencial!
—Pues no la tengo.
—Joder. Joder, joder, joder. —Row se levanta del suelo y se sienta otra vez en el taburete, todavía riéndose—. Mañana lo investigamos. Quiero saber si ha cagado en un Uber o en un Starbucks. Necesito ese dato para sobrevivir.
—¿Y crees que no se va a dar cuenta de lo que le has hecho? —pregunta Neva, todavía limpiándose la nariz.
—No puede verlo. Lo hice entre dos líneas geométricas.
—Me refiero a que si no crees que puede conectar contigo el hecho de que le pasen cosas físicas tan extrañas.
—Que piense lo que quiera.
—Joder, Nao. —Day se incorpora, limpiándose las lágrimas—. Te rechazó por su prometida enferma, ¿y, aun así, te vengaste de él?
—No es ningún santo. Rompió su promesa y me hizo hacerme ilusiones.
—¡Fue una venganza fecal! —aclara Neva.
—¡VENGANZA FECAL! —chilla Row, volviendo a derrumbarse de risa.
Me sirvo más vino. Necesito todo el que haya en el mundo.
—No quiero volver a verlo —repito convencida—. Considero que ya ha tenido suficiente. De hecho, lo más humano sería matarlo.
—¿Desde cuándo tienes compasión por alguien? —me acusa Row, traviesa.
—Es verdad. Te he visto maltratar a unas dulces girls scouts —dice Day—. ¿Y si estás empezando a sentir algo por él?
—No siento nada.
—¿Ni siquiera mariposas? —cuestiona Neva, sonriendo.
—Lo suyo serían más bien murciélagos —acuña Row.
—O cuervos —tercia Day.
—Muy graciosas. Lo único que quiero es no volver a verlo —mascullo, apartando la mirada.
—Ay, Dios… ¡Que la borde se nos ha enamorado! —grita Row.
—No digas tonterías.
—¿Lo son? —insiste Day—. Dinos la verdad… ¿Estás limpiando sobre limpio?
—Espera, ¿llevas colonia? —pregunta Neva de repente, olisqueando a mi alrededor.
La miro horrorizada.
—¡Lleva colonia! —Me acusa formalmente con un dedo.
—¡Colonia! ¡Bingo! —exclama Row, dando una palmada, emocionada—. ¡Solo se la pone cuando quiere follar!
—¡Me la he puesto para la misión de seducirlo!
—Te la has puesto porque querías follártelo a lo bestia —resuelve Neva—. No te preocupes, te ayudaremos. ¡Qué divertido!
—No vais a ayudarme a nada. Se cancela la misión.
—Demasiado tarde —suelta Day, subiéndose a la encimera—. Ya somos un comité de rescate amoroso.
—Uno muy implicado con tu vida sexual. —Me guiña un ojo Neva.
Day deja la copa sobre la encimera y se queda mirándome con esa cara que pone cuando va a soltar algo que no me va a gustar. La conozco demasiado bien.
—¿Sabéis lo que pienso?
—Nunca lo sabemos. Por eso te queremos —responde Neva.
—Creo que al poli ya ni siquiera le importa si eres culpable de algo.
Esa apreciación me golpea de lleno.
Me quedo callada el tiempo suficiente para que las tres me miren con lástima.
—Oooh —susurra Row, llevándose una mano al pecho—. Miradla. Ya está pensando en ponerse su apellido.
—Antes me tatúo una corona encima del culo.
—Eso no es un no —se burla Neva.
—Y que ponga: «Aquí reiné yo hasta que llegó el poli» —suelta Row.
Neva vuelve a atragantarse con el vino. Todas nos reímos.
—¡Row, eso es lo más obsceno que has dicho en años! —exclama Day entre carcajadas.
—Estoy en racha. Otra opción: un pequeño Cupido apuntando con su flecha justo al centro del ano. Muy romántico.
—También podría tatuarme el escudo de su familia en el contorno —digo, porque ya he renunciado a ser una mujer respetable—. Con un águila bicéfala y un lema en latín.
Row me señala con el dedo.
—¡Ahora hablamos el mismo idioma!
—Hic culus meus.
—¿Qué cojones es eso?
—«Aquí está mi ano». Más o menos.
Las tres se caen de la risa. Pero, esta vez, yo también casi me río.
—¿Sabemos su apellido? —pregunta Day sibilina.
—Sí. Es Reed.
—¿Para qué lo buscaste?
—Para saber más de él… Para la investigación.
—¿Para la investigación? ¡Venga ya, admite que te gusta!
Las tres lloran de risa. Y yo me tapo los ojos con las manos.
Esto es el infierno. El séptimo círculo de Dante reservado solo para mujeres que no saben gestionar sus sentimientos delante de sus hermanas.
—Vale —musito—. Habéis ganado. Me voy a mi cuarto antes de que esta conversación derive en cosas que no se pueden borrar.
—¡No, Nao, espera! —grita Day—. ¿Qué vas a hacer con él?
Me paro en mitad del salón y resoplo cansada.
—No lo sé.
—Pues yo sí —dice Row, enseñando todos los dientes. Un gesto que precede a las verdades más sucias de su repertorio—. Te lo vas a follar tan fuerte que su prometida lo va a sentir desde su casa y va a brindar por él.
Acto seguido, vuelven a reírse muy alto y brindan entre ellas.
Me quedo mirando a esas tres mujeres que me conocen demasiado bien.
Tres mujeres que llevan años aguantando mis gruñidos, mis silencios y todos mis muros.
Tres mujeres que hace media hora me han abierto la puerta sabiendo que iba a entrar destrozada, han servido vino, han preparado cena y han decidido, sin pedirme permiso, que la mejor manera de devolverme a mí misma era no dejarme estar sola en mi cabeza.
Hoy han sido ellas las que me han rescatado a mí. A su manera. Que es ruidosa, obscena y completamente inadecuada para cualquier terapeuta del mundo. Pero funciona.
—Que os den por culo a todas —digo, cerrando la verja del montacargas de golpe.
Las oigo aplaudir desde la cocina y darme las gracias como si acabara de desearles lo mejor.
Y por primera vez desde ya ni me acuerdo, mis labios sonríen de forma consciente. Solo ellas son capaces de conseguirlo.