Hoy (Arpías 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

Nao

A diario espero con ansia la hora de volver a casa y dejar de socializar con el mundo, pero hoy no quiero ni entrar en el complejo porque sé a la perfección lo que me espera arriba.

Neva no habrá podido callarse boca y a Row le entusiasma convertir cualquier tragedia en un festival de humillación pública. Day, con toda probabilidad, habrá intentado defenderme cinco minutos antes de unirse a las risas sobre mí.

Porque son unas ARPÍAS. Literalmente hablando.

Me quedo un momento parada, sin subir la reja del montacargas que da acceso a la planta comunitaria, respirando hondo, como si estuviera a punto de entrar en combate.

Porque ya noto cosas al otro lado. Una especie de conexión no oficial que tenemos las cuatro después de tantos años viviendo y matando juntas.

Cuando una está alterada, las demás lo olemos en el aire.

Y yo, ahora mismo, apesto a desastre emocional.

Me arrepiento en cuanto subo la reja y entro.

—¡¡LA FOLLAPOLICÍAS HA VUELTO!! —grita Row desde la cocina con auténtica felicidad.

Cierro los ojos. Joder… Debería haberme quedado en la calle.

—Falso. No me he follado a nadie —digo a modo de saludo.

—Todavía. —Sonríe Day, sentada en un taburete.

Me quito las botas de una patada y me acerco a ellas como si no acabara de vivir el momento más sexualmente frustrante de mi vida.

Las tres están en la barra, esperándome con una botella de vino abierta, como si fueran captadoras de una secta para alcohólicos.

Cojo la copa y dejo que Neva me eche vino. Es lo menos que puede hacer después de dejarme en la estacada.

—¿Y bien? —empieza Row, levantando las cejas animada—. Cuéntanoslo TODO.

—Paso. —Me bebo la copa de un trago.

—Entonces, elucubraremos nosotras y será peor —amenaza—. Veamos… El poli volvió a mirarte como si quisiera comerte viva, tú entraste en pánico, hiciste algo socialmente inaceptable y ahora estás aquí con cara de haber atropellado a Bambi.

La miro con cara de asco.

—Te odio.

—¡TOMA! ¡He acertado! —celebra.

Day empieza a reírse y yo me sirvo más vino. Neva me mira con cara de no haber roto un plato en su vida.

—No me mires así. Eres una traidora —la acuso.

—Te estoy ayudando, aunque no lo parezca —responde socarrona.

—Sí, a caer más bajo que en toda mi vida. ¿Dónde está el vodka?

—Te lo hemos escondido —dice Day juguetona.

—¿Por qué?

—Porque cuando bebes vino te pones emocional.

—Y luego me arrepiento.

—O terminas abrazada a una lámpara —me pica Row.

—Lo hice porque parecía muy triste.

Neva se atraganta de risa. Son unas malnacidas.

Sigo bebiendo porque siento que el Diablo no está de mi parte.

—Entonces… —empieza Day inclinándose hacia delante—, ¿qué ha pasado exactamente con el poli buenorro?

Me dejo caer en uno de los taburetes de la isla de la cocina, donde Row parece estar cocinando algo delicioso. La cabrona es multitarea.

—Nos besamos.

—¿Y cómo fue? —pregunta Neva ansiosa—. ¿Para todos los públicos o un beso con lengua más dieciocho?

—Fue un más veintiuno.

—¡UUUH! —gritan las tres a la vez, emocionadas.

—¡Sabía que lo conseguirías! —chilla Row, señalándome como si acabara de ganar una apuesta.

—No lo he conseguido. Se ha apartado a los cinco segundos.

—¿Cinco? ¡Eso son varios lengüetazos! —exclama Neva—. ¡¿Estuvo bien?!

—Fue bochornoso —mascullo irritada.

—No te he preguntado eso. ¡¿Te gustó o no?!

—No.

—¡MIENTE! —Me señala Row, pletórica—. ¿Verdad, Day?

La aludida me mira fijamente, pero no la dejo entrar. Soy una jodida especialista en contener lo que siento.

—Ahora mismo la furia lo tapa todo, pero yo quiero saber otra cosa… —comenta interesada—. ¿Él te devolvió el beso?

Odio el pequeño calor que siento en el vientre.

—Más que eso —declaro—. Me agarró del culo, me incrustó contra él y me besó a conciencia, clavándome su erección.

Las tres se quedan muy quietas y estallan en opiniones.

—¡Buf! ¡Está jodidísimo! —dictamina Row.

—¡Muchísimo! —asiente Neva.

—¡Nivel clínico! —remata Day.

—Vale, vale, vale, espera. Para. —Row levanta las manos como si dirigiera el tráfico—. No puedes soltar una bomba y marcharte tan tranquila. Necesito contexto.

—No voy a darte contexto.

—¡Habla o te juro que esta noche te pongo purpurina en el champú!

Suspiro. La única forma de terminar con esto es contestar.

—¿Qué quieres saber exactamente?

—Lo básico. ¿Besa bien?

No respondo.

—¿Nao?

Sigo sin contestar.

—¡NAO!

—¡Sí, joder! ¡Besa bien!

Las tres gritan a la vez, como si acabaran de meter un gol.

—¡El poli besa bien! —celebra Neva, golpeando la encimera con la palma—. ¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Los rubios de mandíbula cuadrada o besan de vicio o besan de culo, no hay término medio.

—Eso es lo que yo llamo estadística sentimental. —Se ríe Day.

Dejo la copa en la encimera y Day me sostiene la mirada un segundo de más. Lo justo para que yo sepa que detrás del cachondeo hay algo importante. Que no van a permitir que me cierre como una ostra con este tema. Porque les importo. Un segundo después, vuelve a tomarme el pelo como las demás.

—Callaos ya —protesto.

—¿Lengua proporcionada o lengua intrusa? —pregunta Neva como quien evalúa un vino.

—Os juro por Dios que voy a salir corriendo… —gimo.

—Eh, eh, eh, ni lo sueñes. Yo el otro día os conté lo del fontanero con detalle —dice Row—. Me lo debes.

—Lo del fontanero todavía me da pesadillas —comenta Day.

—Por eso ahora no voy a perdonar más detalles que los que solté yo —responde Row.

—Hubo la proporción perfecta de lengua.

—¡Otro punto para el poli! —Aplaude Row.

—Y ahora la pregunta importante… —comienza Day seria, como una entrevistadora profesional.

—¿Cuál?

—¿Huele bien?

Las tres se inclinan hacia delante al mismo tiempo. Como si fueran un tribunal del Santo Oficio del olfato.

Maldigo el momento en que Madre nos creó a todas.

—No huele a nada.

—Todo el mundo huele a algo —dice Neva.

—Pues él no.

—Mentirooosaaa —canturrea Row—. ¡Cuéntanoslo, joder!

Vuelvo a beber y me pienso si vale la pena seguir resistiéndome. Decido que no.

—Huele a… algo cálido. Como esos ambientadores que no sabes lo que llevan, pero los quieres permanentemente cerca. Es una mezcla de jabón y hombría que hace que te deje de funcionar el cerebro.

Tres pares de ojos me miran con el brillo de seis faros.

—¡Ay, Dios mío! —chilla Neva, tapándose la boca—. ¡Ha sido casi una descripción literaria! ¡ESTÁ MUERTITA POR ÉL!

—Enamorada perdida —confirma Row.

—¡Es este puto vino barato! —gruño, mirándolo a contraluz.

—¡Si solo llevas dos copas! —Ríe Day.

—¡Me estáis agobiando a preguntas!

Day se baja del taburete y se acerca con la pose de una inspectora de policía.

—Una última pregunta y luego te dejaremos en paz.

—Aprovéchala bien. Es la última.

—Vale. ¿La tiene grande?

Cojo un trapo y se lo tiro a la cara.

—¡¡PERRA!! —se queja divertida.

—¡¿Para qué quieres ese dato?!

—¡Es información operativa! ¡Has dicho que te la ha clavado!¡Así que tienes medidas!

—¡¿Qué más da cómo sea?!

—¡Solo responde con sí o no! ¿Es grande?

—Me niego a cuchichear sobre eso como una quinceañera.

—¡ESO ES QUE NO! —chillan las tres a la vez, muertas de risa.

Apoyo la frente contra la encimera tan fuerte que casi me hago daño. Una de ellas, no sé cuál, me da palmaditas en la cabeza como a un perro que ha hecho una proeza.

—Tranquila, mientras sea ancha y sepa usarla… —dice Day.

—Os odio a las tres con todo mi corazón —rezongo.

—Y nosotras a ti, cielo —contesta Neva—. Sigue contando. ¿Qué te ha dicho cuando se ha apartado? ¿Tenía las pupilas dilatadas?

—Me ha dicho que tenía un motivo de peso para parar.

Esa frase enfría el ambiente y se callan al momento.

—¿Qué motivo? —pregunta Row, frunciendo el ceño.

Vuelvo a beber. El vino me sabe a frustración.

—Al parecer, hizo una promesa.

—¿Qué clase de promesa? —inquiere Neva, ladeando la cabeza.

—A su prometida.

Ahora sí hay silencio de verdad. Hasta Row deja de hacer el idiota.

—¿Está prometido? —pregunta Day alucinada.

—Lo estaba. Hasta que a ella le diagnosticaron un cáncer y quiso romper con él. Mientras siga viva, prometió que no estaría con nadie.

Odio las miradas compasivas que invaden la cocina.

Neva hace una mueca. Day baja la cabeza. Y Row… Row parece profundamente ofendida.

—¡Pero ¿quién promete algo así?!

—Row… —la reprende Day.

—¡¿Qué?! ¡Lo digo en serio! ¿Qué clase de masoquista se tortura de esa forma? Si yo me muero, quiero que mis seres queridos lloren dos semanas y luego borrón y cuenta nueva.

—El corazón no funciona así —explica Neva.

—Pues debería. Tres semanas máximo —insiste Row—. Llanto, mucho vodka y después todo el mundo a follar como si no hubiera un mañana. Puede incluso que en mi funeral exija una orgía respetuosa.

—Me apunto —salta Neva—. Sea lo que sea lo de «respetuosa».

—Es que se acuerden de mí entre orgasmo y orgasmo.

—Eso es muy considerado.

Day no se ríe. Solo me mira.

—Nao —me habla en serio—, ¿tú estás bien con esto?

Levanto la vista y tres pares de ojos, esta vez sin rastro de burla, esperan mi respuesta.

—De maravilla… ¿No se nota?

Y Row, que no soporta los silencios sinceros más de cinco segundos, retoma el tema:

—No entiendo por qué el poli ha decidido entregar un tiempo de vida precioso a una mujer que ni siquiera quiere estar con él. Imaginaos estar años sin follar. Suena a violación silenciosa de los derechos humanos.

—Eres lo peor —replica Day, ocultando una sonrisa.

—Soy realista. Y si el poli la tiene pequeña es aún más triste.

Me sujeto la cabeza con la mano.

—¿Podemos dejar de hablar de la polla de Preston?

—No —niegan las tres al unísono.

Genial…

Day me observa como si fuera un animal herido. No lo soporto.

—Deberíamos borrarle la memoria para que no se acuerde de nosotras nunca más —zanjo—. He intentado ligármelo y no he podido. Además, creo que no sabe nada de interés, y si sigue investigando, podría buscarnos un problema serio.

Veo que se miran entre sí, extrañadas.

—¿No os parece rara la insistencia de Nao con borrarle la memoria todo el tiempo? —pregunta Row enigmática.

—Sí, es como si tuviera miedo de algo —añade Neva.

—Yo no tengo miedo a nada —digo tajante.