Hoy (Arpías 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Preston

No soy una de esas personas que jamás hablan consigo mismas.

Yo me hago preguntas a diario, como si sospechara de mí.

«¿Estás siendo honesto contigo, Preston?».

«¿No estarás pensando en mezclar trabajo y placer?».

«¿Hasta qué punto puede una mujer peligrosa arruinarme la vida antes de que yo admita que me gusta?».

Y la más urgente: «¿Dónde coño hay un baño?».

—¿Preston?

La voz de Nao me llega desde algún lugar lejano. Probablemente desde la superficie de la Tierra, donde la gente normal respira, camina y no siente cómo sus intestinos intentan convocar al demonio.

—¿Qué?

—Has dicho que te ibas y te has quedado paralizado.

«Estoy intentando no cagarme encima. Gracias».

—Estoy bien —miento.

—¿Seguro?

—Sí, sí…

Llevaba los últimos veinte minutos pensando en cómo sacar el tema del beso para explicarle que no ha sido un rechazo, sino una promesa oxidándose dentro de mí.

Había preparado frases buenas de adulto con responsabilidad afectiva, aunque por dentro esté sujetando con cinta aislante todos mis traumas.

Sin embargo, ahora mismo solo puedo pensar en una cosa muy concreta y urgente.

Porque el culo manda en el cuerpo, no el cerebro o el corazón. Lo sabe todo el mundo.

—¿Seguro que estás bien? —insiste ella casi cómica.

Si no fuera imposible, pensaría que está disfrutando de mi agonía.

Porque Nao nunca sonríe abiertamente, pero he aprendido a leer sus microgestos: el ángulo de su ceja, una comisura traviesa que a veces vibra o ese brillo criminal en sus ojos cuando algo le divierte, aunque prefiera tragarse la risa antes que regalarla.

Y ahora está demasiado tranquila para ser una mujer que me ha besado como si quisiera arrancarme el alma y, tras apartarme, no me ha soltado ni una sola puñalada verbal decente.

Está como esperando a que me hunda solo en la mierda. Nunca mejor dicho.

—Solo necesito un segundo —digo, tomando aire.

—¿Para qué?

«Para no morirme».

—Para irme —respondo.

—¿Te duele la espalda?

—No.

—Entonces, ¿qué te pasa?

Y ahí es cuando cometo el terrible error de mirarla a la cara.

Es tan letalmente atractiva, con el pelo lila cayéndole hacia un lado, una camiseta de camuflaje militar de tirantes anchos y esa expresión de «si te desmayas, no pienso recogerte del suelo».

Es preciosa de una forma jodidamente hostil. Como si la hubieran diseñado para sobrevivir a un apocalipsis y juzgarte por no haber traído el calzado adecuado.

Y encima la he besado. O me ha besado. Más bien nos hemos estrellado el uno contra el otro y luego yo he tenido la brillante idea de parar.

«Idiota».

Debería callarme y dejarlo pasar. Porque sé que nada de lo que diga va a mejorar las cosas. Estoy aquí para investigar un asesinato, pero el hecho de haberla tenido en la boca ahora parece que pesa más. Y eso es muy preocupante.

—No me he apartado porque no me gustes —digo en voz baja.

Su mandíbula se endurece.

—Aaah… Ya me sé lo de «no eres tú, soy yo». Ahórratelo.

—No iba a decir eso.

—Qué pena. Es un clásico.

—Me aparté porque quería besarte y no parar en semanas.

Sus ojos chocan con los míos y durante un segundo se me corta la diarrea, pero mi intestino me la recuerda cuando un retortijón brutal me parte por dentro, decidiendo que la conversación ha llegado a su fin.

No es una simple molestia, es un puto aviso del universo. Un trueno intestinal. Una señal bíblica.

—Me voy a morir… —susurro vencido.

Nao inclina la cabeza.

—¿Has dicho algo?

Otro retortijón no me deja contestar.

—Que me tengo que ir —musito.

—Eso ya lo has dicho. ¿A qué esperas?

Hay algo en la expresión de su cara que me resulta familiar. Es una mueca que tienen algunos psicópatas. Para qué adornarlo.

De pronto, su frase cae en mi cerebro como una prueba judicial.

«¿Siempre eres tan “cagón”?».

Me ha llamado cagón…

Y mi cerebro, que puede estar humillado pero sigue siendo el de un funcionario público, empieza a unir piezas con una rapidez desagradable.

Primero: la erección absurda de la sesión anterior. Que terminó con la polución nocturna más indigna de mi vida adulta.

Segundo: la laguna extraña cuando me quedé dormido.

Tercero: Nao y sus dibujos en la escena del crimen.

Cuarto: Nao, ahora mismo, demasiado relajada cuando hace quince minutos parecía querer arrancarme la tráquea por haberme apartado de sus labios.

Quinto: mi colon intentando independizarse.

—¿Qué me has hecho? —deduzco.

La veo parpadear.

—¿Yo?

—Sí. Tú.

—¿Aparte de un tatuaje carísimo dices?

Otro retortijón me dobla por la mitad.

Se acabó. Mi dignidad está a punto de palmarla.

—¿Estás sudando? Pareces enfermo.

—Gracias. Solo me duele el estómago.

—¿Quieres usar mi baño?

Me quedo quieto. Hay un baño aquí, claro. Por supuesto que lo hay.

La miro con desconfianza y en sus ojos hay algo que confirma lo que mi instinto ya ha empezado a gritarme. Que si uso su baño habrá ganado algo. No sé qué. Pero algo.

—No, gracias.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Prefieres morir en la calle?

—Tengo mis principios.

—Tus principios parecen muy incómodos ahora mismo.

—No tienes ni puta idea…

Salgo del estudio con la espalda ardiendo y la sensación física de que Dios, si existe, acaba de señalarme con un dedo y decir: «Este hoy va a aprender una lección de humildad».

Me marcho sin mirar atrás y camino una manzana antes de que mi cuerpo emita una alerta roja. Miro alrededor, apurado, y veo un callejón con un contenedor de basura que ofrece una cobertura relativa.

—No —gimo, pero mi intestino responde: «¡Sííí!»—. Soy policía… —le recuerdo a mi cuerpo, como si eso importara. Y mi colon, que claramente ha perdido todo respeto por la autoridad, aprieta un poco más.

Durante los siguientes minutos, mi vida se reduce a la peor decisión higiénica de mi existencia y a una idea que no deja de rondarme la cabeza: «Esto es magia negra o una intoxicación alimentaria».

Cuando termino, me quedo apoyado en la pared, respirando como si hubiera corrido una maratón y reconsiderando todo lo que me ha traído hasta aquí.

Cuando pasas los treinta, uno espera haber alcanzado ciertos logros.

Estabilidad laboral, que una planta no se te muera y quizá una relación sana.

Yo tengo una investigación corrupta, una tatuadora punk que podría estar embrujándome y una experiencia intestinal detrás de un contenedor.

«Qué vida más perra».

Y, aun así, pienso en la rabia con la que me ha agarrado cuando nos hemos besado. Y en cómo, durante unos segundos, me he olvidado de Rebecca, de McCain, de Terry y hasta de mi propio código postal.

Eso me asusta. Porque una cosa es que una mujer pueda hacerle cosas raras a mi cuerpo y otra muy distinta que pueda hacerle cosas raras a mi vida.

Y Nao está empezando a hacer ambas.

Camino hasta encontrar un taxi porque en mi estado no puedo ni andar. Cuando me subo, apoyo la cabeza en la ventanilla y saco el móvil.

Tengo una hipótesis ridícula rondándome la mente.

Porque la magia negra no existe, pero tampoco las mujeres que calman a otra persona tatuando algo en su piel mientras hay un cadáver incrustado en un Honda Civic.

Y tampoco existe una diarrea enviada como castigo divino por rechazar a una chica. Ni una erección de caballo que dure horas.

Y sé que la respuesta está en ellas. En esas cuatro chicas.

∞∞∞

A la mañana siguiente llego a comisaría deshidratado y con la firme decisión de no volver a fiarme jamás de ninguna mujer armada, aunque solo sea con tinta.

Me siento en mi mesa antes de que nadie pueda preguntarme por qué camino con la cautela de un anciano recién operado de cadera.

Abro el portátil y me meto en la carpeta del caso de Terry para repasar lo que tengo.

Cuatro mujeres con el mismo apellido. Viviendo en el mismo edificio. Y una ausencia sospechosa de datos personales en el sistema.

La gente normal deja rastro: facturas de luz, multas, contratos, fotos de cumpleaños, un médico de cabecera, una matrícula escolar… Algo. Pero de ellas solo hay registros limpios y demasiado bien colocados. Como si su vida fuera una casa de exposición donde nadie vive. Sin detalles personales.

Me inclino hacia la pantalla. La burocracia, cuando se usa bien, puede esconder a una persona mucho mejor que a un cadáver.

—¿Quién coño sois? —susurro para mí mismo.

Solo tengo un denominador común entre Jesse Jones y Dayane Smith: GenoLabs.

Ambos trabajan allí, en departamentos clasificados como confidenciales de investigación biomédica avanzada. Pero no puedo plantarme en ese lugar y empezar a hacer preguntas.

Cualquier persona normal, llegado a este punto, pediría refuerzos. Cualquier persona normal no tendría la espalda en carne viva por culpa de una tatuadora sexy. Ni habría sido víctima de una polución nocturna no autorizada, ni habría dejado restos orgánicos en un callejón.

Y, sobre todo, cualquier persona normal no habría besado a la sospechosa de una investigación en curso.

Por eso no llamo a nadie. Ni siquiera a mi exjefe, que cada viernes por la noche me pregunta: «¿Qué tal vas, hijo?»

. Y aún no he tenido el valor de contestarle: «Mal, capitán. Se me ha cruzado una tatuadora que no me deja dormir ni trabajar, y posiblemente esté implicada en un homicidio que no se cierra por ningún sitio. Si tuviera dos dedos de frente saldría corriendo.

Pero llevo tres semanas pidiendo cita semanal con ella para que me torture. Saque sus propias conclusiones».

En vez de eso, esta noche le contestaré lo mismo de siempre:

«Bien, capitán. Tirando del hilo. Sin novedad».

Porque hay cosas que ni a Danny le quiero contar todavía.

—¿Todo bien, Reed?

La voz que menos esperaba oír me sobresalta y cierro la ventana del ordenador como acto reflejo.

Al levantar la vista, el superintendente McCain está de pie junto a mi mesa, con su traje impecable y su sonrisa amable.

No ha hecho ruido al entrar, y eso nunca me gusta en un policía. Los buenos polis hacen ruido a propósito para que la gente sepa que están ahí. Los corruptos disfrutan apareciendo a tu espalda.

—Superintendente, hola —saludo.

—Te veo muy concentrado.

—Estoy trabajando.

—Eso espero. —Su sonrisa se ensancha un milímetro—. ¿Con qué estás?

—Sigo husmeando sobre el suicida del Honda.

—¿Todavía? —dice, frunciendo el ceño—. Si eso ya está más que cerrado.

—Fue una escena peculiar.

—Chicago está llena de escenas peculiares.

—Ya me he dado cuenta, pero mi trabajo es sospechar de ellas.

McCain apoya una mano en el respaldo de la silla delante de mi mesa, no para sentarse, solo está marcando territorio.

—No dejes que un caso cerrado te distraiga de lo importante.

—¿Y qué es lo importante?

—La corrupción interna —suelta sin pestañear—. Para eso has venido, ¿no?

Sostengo su mirada. Si cree que puede intimidarme, se equivoca.

Mi trabajo es bajar del pedestal a policías que se creen intocables, y McCain es uno de ellos.

—Sí. Para eso estoy aquí.

—Bien.

Hace la típica pausa que los hombres poderosos usan para fingir que no están amenazando.

—A veces, Reed, cuando uno mira demasiado tiempo donde no debe, acaba viendo cosas que no entiende.

—Me pasa a menudo.

—Ten cuidado con eso.

—¿Con qué?

—Con obsesionarte con las cosas.

El tatuaje de mi espalda arde bajo mi camisa. Mi intestino emite un recuerdo traumático. Y la sensación de la lengua de Nao cruza mi cabeza como una provocación.

—Lo tendré en cuenta —digo.

McCain me observa un segundo más y luego se va.

—Buen chico.

Yo permanezco quieto hasta que lo veo desaparecer.

¿Buen chico? Qué ganas de estamparle el café en la cara.

Vuelvo a abrir la ventana oculta y la imagen de Nao aparece en primer plano. Mi cuerpo reacciona como si ella pudiera pulsar botones de mí que no estaban a la vista.

No sé qué esconden ni quiénes son, sin embargo, sé que mienten. Y, aun así, si ahora mismo sonara mi móvil con un mensaje suyo, lo abriría en menos de medio segundo.

Me paso una mano por la cara.

—Estupendo, Preston, muy profesional.

Cierro la carpeta cifrada y borro el título provisional de «NO TOCAR».

Es hora de ponerle otro nombre: «NAO».

Muchísimo peor, pero bastante más honesto.