Capítulo 17
Nao
Preston se aleja de mí, cerrando los ojos como si estuviera sufriendo.
—No puedo. Lo siento —musita. Dos frases como dos balas.
—Joder —jadeo alucinada.
—Nao…
—No. De puta madre. Aplaudo tu autocontrol. ¿Quieres una medalla? ¡¿O te la tatúo en el culo?!
—Escúchame…
—Paso, de verdad.
—¡No es por ti!
Suelto una risa sin gracia.
—Dios… ¿De verdad acabas de decir eso?
—Es complicado.
—Qué original. ¿Lo has leído en una taza?
Se sienta en la camilla, aún sin camisa, con cara de culpa y el deseo rebosando por los poros. Un perfecto idiota emocional.
—Hice una promesa —dice solemne.
Miro al suelo. No quiero ni preguntar, pero lo hago.
—¿A quién?
Traga saliva.
—A mí mismo.
La explicación cae entre los dos como una puerta cerrándose.
«Qué suerte la mía. Me ha tocado un poli con principios».
Quiero arrancarle esa honorabilidad de la piel con mis propias manos.
—La chica de la verja… era mi prometida.
Mis ojos se abren como platos. ¡¿Es de los que se casan?!
«¡Huye, Nao! ¡Huye ahora y no mires atrás!».
Sin embargo, me quedo paralizada.
—Tiene cáncer. Terminal. Y yo… prometí que no estaría con nadie mientras ella…
No dice más. Pero no hace falta, la oigo igual: «Mientras ella siga respirando».
He aquí un hombre atado a una promesa, mirándome como si yo fuera una catástrofe con nombre propio.
Siento algo feo clavarse en el pecho.
No son celos. O sí. No lo sé.
Qué horror…
Intento respirar hondo y no perder la compostura. No quiero joderla más de lo que ya lo he hecho. Estos temas y yo no nos llevamos bien. Soy insensible con casi todo. Y en estos casos más.
Porque, déjame adivinar, ¿ella lo dejó porque no quería que malgastara tiempo de vida a su lado y él está haciendo justo eso? Son imbéciles los dos. La una y el otro.
—Lo entiendo —digo con una calma homicida—. Por favor, vuelve a tumbarte. Tengo que hacer una llamada importante.
—Pero…
—Tranquilo, de verdad —intento imitar la voz amable que pone Day cuando quiere ser correcta, pero fingir empatía siempre me ha dado arcadas—. Ahora mismo vuelvo.
Me escabullo de la sala con rapidez y saco mi teléfono móvil del bolsillo con mi mala leche habitual. Necesito a Neva.
—¿Sí?
—Ven al estudio cuanto antes.
—Hola a ti también, Nao.
—¡Tienes que venir AHORA MISMO!
—¿Ha pasado algo?
—Sí.
—¿Implica sangre, cadáveres o sentimientos?
Aprieto los dientes.
—Tienes que borrarle la memoria otra vez.
—¿A Preston?
—No, al Papa. ¡Claro que a Preston!
—¿Qué ha pasado?
—Nos hemos besado.
—¿Y?
—Y luego ha vuelto a apartarse. Ha sido humillante.
Oigo un sonido raro al otro lado. Como si Neva estuviera conteniendo una risa o sirviéndose palomitas.
—Entiendo.
—¡No entiendes una mierda! ¡Ven aquí y bórrale todo! La sesión. El beso. Mi cara. ¡Todo lo que puedas! Incluso a mí, o voy a tener pesadillas con esto.
—No pienso hacerlo.
Parpadeo perpleja.
—¿Cómo que no?
—Que no.
—Neva… Va en serio.
—No voy a borrarle la memoria cada vez que vuestro desastre emocional avance un centímetro.
—¡¿Avance?! ¡Solo hemos retrocedido! ¡Dos veces!
—El otro día no quiso ni besarte, hoy al menos lo ha hecho. Esto necesita material para que arda.
—¡A propósito de eso! El otro día no le borraste todo, ¿verdad?
Neva se queda callada. Y eso no pasa nunca.
—Le dejé lo justito.
—Eres… —mascullo furiosa—. Ven aquí ahora mismo o…
—¿O qué?
—Te recuerdo que sé dónde duermes.
—Y yo que ahora mismo no estás enfadada conmigo, sino asustada.
—Retira eso.
—No quiero.
—¡Retíralo o te tatuaré una polla triste en la nuca mientras duermes!
La oigo reírse. ¡Como si hubiera tiempo para eso!
—Nao, esto no es algo de vida o muerte. Tienes que aprender a lidiar con los humanos. Y con el hecho de que te gusta un montón ese chico.
Esa frase es una jodida bomba atómica. Cierro los ojos.
—Si te vas a poner a decir tonterías, te cuelgo —replico digna.
—Te gusta de verdad. Y me parece importante que…
—Voy a colgar.
—Te da miedo porque a él también le gustas mucho.
No puedo respirar durante un segundo, pero el oxígeno no me impide odiarla profundamente por tener que suplicar.
—Neva, joder…
—¿Qué?
—Ven a borrarle la memoria o me moriré de asco.
—No lo harás —dice sonriendo. Lo noto.
—Sabes que odio sentirme vulnerable. No lo puto soporto.
—Lo que tú llamas vulnerabilidad es una fortaleza para el grupo. Ese poli podría darnos problemas, pero está claro que no lo hará porque estáis empezando a sentir algo muy potente.
—¡¿Es que no me has oído?! ¡Ha vuelto a rechazarme!
—¿Te ha rechazado o solo se ha apartado?
—¡Es lo mismo!
—No, cariño, no lo es.
«Cariño». Me dan ganas de romper la pared.
—No me llames así.
—Nao… Si le borras esto, la relación no avanzará nunca.
—¡¿Qué relación?!
—La que vais a tener. Es lo que pasa cuando te implicas emocionalmente con alguien.
Grito contra un albornoz sin poder evitarlo. Y sin saber si está limpio. ¡Puaj!
—¡¿ES QUE TE HAS VUELTO LOCA?!
—Ay, no pongas esa voz. Haces que tener pareja suene a tener un tumor maligno.
—¡Es peor que eso!
—No es verdad. Tiene sus partes buenas, te lo aseguro.
Respiro hondo para no lanzar el teléfono contra la pared.
—¡Yo no tengo parejas, Neva! ¡Nunca!
—Lo sé, por eso me interesa muchísimo ver cómo te las apañas.
—Eres una traidora.
—Más bien romántica.
—Eso debería ser una enfermedad declarada.
—Puede ser.
—Te odio a muerte.
—No, no me odias. —Noto que vuelve a sonreír—. Solo quieres matarme por no borrarte lo que sientes. Pero abrázalo. Es bonito.
Cuelgo definitivamente.
Porque, si no, va a seguir diciendo verdades, y eso es intolerable.
Me quedo en mitad del estudio, con el móvil en la mano, la respiración desordenada y el orgullo hecho una masa deforme en alguna parte del suelo junto a mi dignidad.
Menuda traición… ¡Una traición absoluta!
Y lo siento, pero hay cosas que solo se arreglan con venganza.
Pienso en el diseño a medias que he dejado en su espalda y en los pequeños huecos donde todavía puedo esconder cualquier cosa.
—Bien, Preston —murmuro—. Tú lo has querido.
Tengo una idea…, una infantil, agresiva y totalmente desproporcionada. La clase de idea que Row aplaudiría de pie y Day fingiría reprobar mientras se ríe por dentro.
Hoy Preston tendrá una noche complicada de reflexión intestinal. El retrete será su rincón de pensar.
Y quizá, mientras esté encerrado en el baño preguntándose qué demonios le pasa, caiga en la cuenta de que es un castigo divino por apartarse de algo que claramente deseaba.
—Se va a cagar… —susurro. Literalmente.
Existen runas que no uso casi nunca porque son una falta de elegancia profesional. Son pequeñas y de efecto breve. Molestas más que peligrosas. Perfectas para lo que necesito.
Cuando estoy lista, me asomo a la sala. Preston sigue sentado en la camilla, con la espalda a medio limpiar y la cara de alguien que sabe que ha entrado en territorio minado sin mapa ni testamento.
—¿Todo bien? —pregunta con cautela al verme.
Pobre imbécil. No tiene ni idea de lo que acaba de activar.
—Túmbate —ordeno mientras me pongo unos guantes nuevos.
—¿Perdón?
—Que te tumbes.
—¿No crees que deberíamos hablar?
—Creo que deberías cerrar la boca antes de que la utilice como cenicero.
Él duda, pero al final se tumba.
Ya lo dijo Row, el pobre tiene un instinto de supervivencia defectuoso.
Antes de poner a zumbar la aguja, abro un cuaderno de runas y paso el dedo por los símbolos hasta encontrar el que busco.
Fabrico una sombra de sonrisa, no vaya a darme un calambre.
Preston permanece quieto, aunque me doy cuenta de que quiere hablar. Lo noto en su respiración, en sus puños cerrados y en cómo intenta no decir mi nombre.
La idea me parece graciosa durante medio segundo. Luego me enfurece. Así que empiezo a dibujar con precisión.
En una esquina del diseño, escondida entre dos líneas geométricas, justo donde estuvo la que hizo que ardiera en deseos por mí, dibujo una runa diminuta. No es mortal. No va a romperle el corazón ni a volverlo loco. Solo le recordará que no se juega con una mujer que no sabe gestionar el rechazo.
Preston gira apenas la cabeza.
—¿Qué haces?
—Lo llaman arte.
—Eso ha sonado amenazante.
—Todo el buen arte lo es.
Termino la runa y limpio la zona con una delicadeza que no siento.
Dentro de un momento, el detective perfecto de promesas nobles y besos interrumpidos va a descubrir que hay formas más humildes de perder la dignidad.
Porque si Preston cree que puede besarme, apartarse, hablarme de su prometida moribunda y salir de aquí con esa cara de mártir guapo, se equivoca.
—Ya puedes levantarte.
—¿Ya está?
—Por hoy, sí.
Me mira con desconfianza. Va aprendiendo.
—¿Cuándo quieres que vuelva?
—Si sobrevives, en una semana.
Frunce el ceño.
—¿Qué significa eso?
Recojo el material, ignorándolo con una calma impecable.
—Nada, Preston. Cuídate la espalda, bebe agua y no hagas esfuerzos innecesarios.
—Me estás asustando…
—¿Siempre eres tan cagón?
Intento no reírme de mi propio chiste. Odio que la gente haga eso. Pero me permito la satisfacción pequeña, miserable y bastante terapéutica de aplaudirme mentalmente.