Capítulo 16
Nao
«¡Respira, joder!», me ordeno seria.
Y lo hago. Ya está, estoy tranquila. Es solo que mi estómago ha hecho una cosa rara cuando el poli ha entrado.
Una cosa ridícula que no pienso describir porque, si empiezo a ponerle nombre, alguien me señalará desde el infierno.
—¿Otra vez por aquí? —saludo lo más hostil que puedo.
No sé qué me molesta más: que sea puntual, que vuelva o que mi cuerpo haya decidido reaccionar como si el sonido de la campanilla fuera una llamada ancestral de apareamiento.
—No quería romper la tradición.
Está guapo. Qué desgracia…
—¿Hoy vas a quedarte hasta el final o vas a irte en plan Superman?
—Si puedo soportarlo, me quedaré.
—No cantes victoria. Hoy te va a doler más.
—¿Eso es una amenaza o una promesa? —dice sonriente.
—Conmigo casi siempre es lo mismo.
Se queda un segundo mirándome. No como un poli observando a una sospechosa, sino de una forma que se cuela entre mis costillas y me obliga a recordar que la última vez que estuvo aquí se apartó de mis labios como si tocarme fuera peligroso y quisiera hacerlo de todas formas.
—¿Entramos? —pregunta.
—Qué impaciente.
—Sí. Creo que podría irme el sado.
—Sígueme —le digo, en vez de ofrecerle pasar.
—Vaya… ¿Hoy no me das un toque afectuoso?
—No digas gilipolleces.
—Pero yo quería mi toque disimulado.
—Calla, antes de que te tatúe la palabra imbécil en cursiva.
—¿En cursiva? Qué elegante.
—Soy una artista.
—Eso está claro.
Lo ha dicho en serio. Sin rastro de burla. Y hago lo que cualquier mujer adulta y emocionalmente madura haría en mi lugar: tropezarme con la papelera que hay en medio del pasillo.
«Genial… Soy igual de seductora que un contenedor ardiendo».
Preston no dice nada, pero noto cómo sonríe a mi espalda.
«Esto no ha pasado, joder».
En cuanto entramos en la sala, le señalo la camilla.
—Quítate la camisa —ordeno.
—Esa frase es mi parte favorita de nuestras citas.
—Esto no es una cita.
—Me refería a esta sesión clínica con agujas, tensión no resuelta y amenazas veladas.
«¿Tensión no resuelta? ¡¿Y de quién es la culpa, cabrón?!».
Pero después de analizarlo mucho, ese «No» que le borramos del cerebro no sonó a rechazo, sino a sacrificio. Como si hubiera hecho lo correcto.
Qué asco de gente… esa que siempre hace lo correcto.
—¿Me tumbo bocabajo? —pregunta.
—No. Si te parece, haciendo el pino.
—Me lo merecía.
—Sip.
Se tumba en la camilla y yo me coloco los guantes de látex.
Durante unos segundos solo se oye el silencio seguido del zumbido de la pistola al encenderse. Es un sonido familiar. Seguro. Mío.
La tinta es un idioma que entiendo. Los hombres no.
—¿Estás lista? —pregunta él desde el agujero.
—Esa frase debería decirla yo, no tú.
—Lo siento. Me pongo nervioso cuando una mujer con agujas se queda en silencio detrás de mí.
—Tranquilo. Si quisiera matarte, no usaría agujas. Sería poco eficiente.
—Qué alivio.
—De nada.
Observo mi creación con ojo clínico.
—¿Te has cuidado bien el tatuaje estos días? —pregunto.
—He seguido tus instrucciones como si fueran las de una bomba.
—Perfecto.
Retiro el plástico y observo el estado de la piel.
—Está curando bien.
—Gracias.
—No era un cumplido. Es una observación.
—Ya. Pero me lo quedo como si lo fuera.
Apoyo la mano en su espalda para tensar la piel y se queda muy quieto.
Me concentro en el diseño y el mundo se reduce a su piel y a mi pulso, pero hoy el estudio parece más pequeño. O él ocupa demasiado.
—¿Vas a preguntarme algo u hoy solo vas a torturarme en silencio? —dice al cabo de unos minutos.
—Puedo hacer ambas cosas. Soy polivalente.
—Me consta.
—¿Qué quieres que te pregunte?
—No sé. La última vez empezaste fuerte con lo de «¿tienes novia?». Igual hoy toca saber mi color favorito.
Levanto la aguja como acto reflejo.
—¿Cómo dices?
—Que igual hoy toca algo menos invasivo.
—No. Lo de que te pregunté si tenías novia.
—Sí. Me lo preguntaste, y también alabaste mi estructura ósea. —Lo oigo sonreír.
Me quedo mirándole la nuca con la aguja suspendida en el aire.
ESO. NO. PUEDE. SER.
Esa pregunta se la hice en la sesión que Neva le borró entera. La sesión que él, oficialmente, no recuerda. A no ser que…
Joder.
¡Joder, joder, joder! LA MATO. ¿Y si no se la borró entera?
—Dijiste que parecía difícil de matar. Nunca me habían hecho un cumplido así.
—No era un cumplido. Era información relevante.
—¿Para quién? ¿Para un forense?
—Sí. Nunca sabes cuándo vas a necesitar uno.
Se ríe. Y ahí está. La muy zorra de su risa… aflojándole los músculos de la espalda y haciéndolo menos agente de policía y más hombre encantador.
—Tienes razón —dice—. Eso explica todas mis relaciones fallidas. La falta de un análisis forense previo.
—¿Has tenido muchas relaciones? —La pregunta sale de mi boca antes de que pueda detenerla.
¡Mierda, mierda, mierda!
Preston tarda un poco contestar.
—No demasiadas.
—Qué respuesta más de hombre que sí ha tenido demasiadas.
—Qué lectura más injusta.
—Soy injusta por naturaleza —me defiendo.
—No. Eres defensiva por naturaleza.
Detengo la presión de la aguja medio segundo y él lo nota.
—Cuidado, poli…
Él se gira para sostenerme la mirada desde la camilla, medio desnudo y con la cara de alguien que debería tener miedo, pero en lugar de eso parece fascinado.
«Maldito imbécil».
—Voy a darte un consejo que no me has pedido.
—¿Cuál?
—No me psicoanalices mientras tengo una aguja en la mano.
—Oído.
Vuelve a acomodarse y sigo tatuándolo, pero mi pulso tarda un instante en volver a ser perfecto. Yo también sé jugar a esto.
—Háblame de esa verja, digo… de la chica —comienzo.
La broma no le hace gracia. Ni pizca. Bien.
—Ya te lo dije. No me gusta hablar de ella.
—A mí no me gusta hablar de nada y aquí estamos.
—No es lo mismo.
—No veo por qué.
Se queda quieto, sabiendo que tengo razón.
—No he vuelto a estar con nadie desde ella —revela de pronto.
No entiendo por qué me lo cuenta. Quizá porque es idiota y quiere que lo sepa.
—Qué romántico —murmuro—. O patético. Depende.
—Ahora mismo es bastante patético.
Su honestidad me golpea. ¿Acaba de insinuar que le gusto?
—¿Murió? —pregunto sin suavidad.
Preston se queda tan callado que casi me arrepiento de haberlo formulado. Casi.
—No. Sigue viva.
No indago más porque de pronto entiendo que hay personas que no mueren, pero te dejan igual de viudo.
—Tu turno —dice, cambiando el tono.
—De eso nada. No funciona así.
—Has preguntado por mi ex. Ahora yo puedo preguntar por algo incómodo.
—No puedes.
—¿Quién quería muerto a Terry Jones? —suelta a bocajarro.
Y la realidad se impone, recordándome que no estamos en una escena de esas películas horribles donde la gente se enamora entre tartas y malentendidos. Nos encontramos en mi estudio, con un cadáver a nuestras espaldas y demasiadas mentiras respirando alrededor.
No detengo la aguja, aunque sea una temeridad seguir tatuando con este tema sobre la mesa.
—Mucha gente, imagino —respondo neutral—. No era precisamente un osito de peluche.
—Y vosotras no creéis que se haya suicidado.
—No.
—¿Por qué estáis tan seguras?
Trago saliva.
Porque Day lo sintió. Porque Jesse lloró. Porque Madre no mueve una pieza sin esconder diez debajo. Y porque nosotras hemos visto demasiadas muertes limpias como para no reconocer una sucia. Sin embargo, no puedo decirle nada de eso.
—Porque Terry era muchas cosas —digo al final—, pero no alguien que se tiraría de una azotea cuando aún le quedaban cuentas pendientes.
Preston se queda callado. Y yo no paro de preguntarme por qué demonios estoy soltando todo tan fácilmente. Supongo que veo en Preston a alguien neutral que nos puede ayudar a saber la verdad y a quien Neva puede borrarle todo una vez la obtengamos.
—Eso suena a que lo conocías más de lo que dices —prosigue.
Si él supiera…
—¿Quién pudo querer hacerle daño? —insiste con suavidad—. Dame algo. Un nombre, un enemigo, una dirección. Algo que me ayude a entender por qué un hombre acaba atravesando el techo de un coche delante de una cafetería.
—¿Qué ganas tú esclareciendo esto?
—Poder dormir.
La respuesta es tan simple que no sé qué hacer con ella.
—¿Te quita el sueño este tema?
—Me lo quitas tú.
Lo pronuncia con esa voz que no debería acercarse a mí sin supervisión.
El aire se vuelve espeso. Mi mano sigue apoyada sobre su piel.
—Lo siento, no sé quién podría haberlo hecho.
—Mientes mejor cuando estás enfadada —dice.
Levanto la aguja.
—¿Perdona?
—Cuando intentas sonar tranquila se te nota más.
Lo miro con ojeriza y Preston no aparta la vista. No debería gustarme que lo haga. No debería gustarme su forma de buscarme por debajo de todas las capas que me pongo encima. Pero me gusta. Y eso me da ganas de quemar el edificio.
—¿Sabes cuál es tu problema? —comenta.
—¿Solo tengo uno? Qué generoso.
—Que cuando intentas espantar a alguien, das demasiadas pistas de dónde duele.
Me quedo helada.
—Por segunda vez: cuidado, poli.
—Con eso también intentas espantarme.
—Y, aun así, no paras.
—Exacto.
Otra vez esa obstinación. Como si hablar conmigo fuera sencillo. Como si no supiera que a la gente que lo hace siempre le pasa algo malo.
—Y cuando dejas de intentarlo, me gustas aún más.
Se me corta la respiración.
«Qué asco de frase. Qué bonita. Qué hija de puta».
Me quedo mirándolo y siento que algo dentro de mí se parte por la mitad: un trozo quiere apartarse, insultarlo, decirle que se vaya a la mierda y tatuarle una polla flácida en la nuca; y la otra quiere acercarse los centímetros que faltan hasta su boca y comprobar si sabe tan peligrosa como parece.
Pero no me muevo ni un milímetro. Esta vez no.
Si alguien va a perder, que sea él.
Preston levanta una mano despacio y sus dedos rozan el borde de mi muñeca. No me la agarra, solo me toca. Y eso es mucho peor.
—Nao…
—No digas mi nombre así.
—¿Cómo?
—Como si fuera una tortura para ti.
Sus ojos bajan a mi boca. Los míos también a la suya. Qué poca dignidad tenemos todos.
Se incorpora un poco y yo no retrocedo. Porque soy idiota. Y orgullosa. Y a una estúpida parte de mí le gusta saborear la victoria mezclada con pánico.
Recibo sus labios renqueantes de forma suave, como si me estuviera preguntando algo sin atreverse a decirlo en voz alta. Y yo, que solo sé responder con uñas, dientes o sarcasmo, le devuelvo el beso de la única forma que sé. A lo bestia.
Lo beso como si estuviera enfadada con su boca. Y pronto me doy cuenta de que ha sido un error fatal. Porque Preston se activa de una forma inesperada. Parece que acabara de abrir una caja sorpresa con muelle y todas sus emociones reprimidas hubieran salido disparadas.
Una mano torpe y desesperada se posa en mi nuca para presionarme contra su boca. La otra me atrae hacia su cuerpo caliente y firme, como si llevara demasiado tiempo sujetándose al borde de algo y acabara de soltarse.
«Mierda… Esto es mejor de lo que debería. ¡Mucho mejor!».
Me besa desaforado, como si estuviera pidiendo perdón y perdiendo la batalla al mismo tiempo. Como si quisiera ser bueno, pero su cuerpo hubiera presentado su dimisión formal.
Le muerdo el labio y él gruñe.
El sonido me baja por la columna como tinta negra.
Me empuja contra la mesa metálica y varias cosas caen al suelo. Un bote de vaselina. Una caja de guantes. Y mi poca estabilidad emocional.
Lo agarro del pelo con fuerza para atraerlo más contra mí.
Más. Más. ¡Más…!
Y, de pronto, se aparta asustado.
Ya ha dejado claro que le gustan las tradiciones.