Hoy (Arpías 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

ROW

Le doy una última calada a mi cigarrillo antes de lanzar la colilla a varios metros de distancia.

Siento el peso de la pistola en la parte baja de mi espalda.

Me encantaría usarla con el tal Marcus Hale, pero que un tipo como él aparezca muerto por un balazo es demasiado sospechoso.

No obstante, prefiero llevarla conmigo como plan B.

No puedo dejar de mover el pie de forma nerviosa mientras sigo esperando al otro lado de la acera, donde está ubicado el restaurante en el que desayuna cada día mi objetivo.

Al rememorar el rostro de esa chica a la que asesinó, una oleada de furia me invade.

¡Estoy cabreada, joder! Quiero arrancarle las pelotas y hacerle unos pendientes a Neva con ellas, como un cazador que se queda con parte de su presa para presentar su respeto a alguien a quien ha agravado.

Lo peor es que estoy segura de que la loca de mi hermana los usaría con orgullo.

«¿Qué has hecho, Row?». La voz de Madre se cuela en mi mente junto a imágenes de la noche en la que todo cambió. Solo fue un beso. Alyss no se merecía morir y yo tuve la culpa.

Le robé a Neva la posibilidad de vivir una larga vida junto a su gemela. Lo mínimo que podría hacer es entregarle las pelotas de ese hijo de puta.

La llegada de un coche de lujo a la puerta del restaurante logra sacarme de mis recuerdos. Sacudo la cabeza de un lado a otro y me preparo para actuar cuando reconozco al hombre que sale de la parte trasera del vehículo.

Normalmente disfruto de la caza. Los momentos de seducción son una especie de preliminares: envuelvo a mi presa con miradas cargadas de deseo, con sonrisas poco disimuladas y toqueteos hasta llegar al clímax, que no es otro que el momento en el que mis labios hacen contacto con los suyos.

Si es lo bastante habilidosa con la boca, cabe la posibilidad de que me permita a mí misma llegar más lejos.

Lo bueno de que veinticuatro horas después su corazón deje de latir es que no tengo que llamarlas después del sexo ni actuar como si nada hubiese pasado.

Inspiro hondo por la nariz y miro a un lado y a otro para comprobar que no viene ningún coche antes de cruzar la carretera.

Esta vez es distinto, el cabrón ha matado a la chica equivocada, una que se parece demasiado a Alyss.

No pretendo seducirlo ni coquetear con él, aunque sí que lo voy a disfrutar.

Me acerco más, lo bastante como para oler su perfume asquerosamente caro. Él se gira para acceder al restaurante justo cuando choco contra su hombro.

—Lo siento —digo de manera atropellada.

Se da la vuelta y, al verme, sonríe.

—Tranquila, preciosa. ¿Tú estás bien?

Asiento e intento sonreír, pero en lo único que puedo pensar es en una melena clara y unos ojos verdes carentes de vida.

«¿Qué has hecho, Row?».

Sacudo la cabeza y clavo mi mirada en la suya.

—Esto es por Alyss —susurro.

El cabrón frunce el ceño, confuso, pero antes de que pueda decir nada, me acerco más a él, enrosco los brazos alrededor de su cuello y tiro de su cabeza para besarlo.

Aprieto mi boca contra la suya, pero no cierro los ojos. Por si acaso no es suficiente, deslizo la lengua entre sus labios y el muy imbécil los separa para darme acceso al interior de su boca.

No sabe que acabo de firmar su sentencia de muerte.

Enseguida retrocedo y el muy hijo de puta vuelve a sonreír con arrogancia.

—No sé quién es Alyss, pero dale las gracias de mi parte —dice mientras se relame.

Pestañeo rápido y sigo retrocediendo de espaldas.

Por supuesto que no sabe quién es Alyss porque él no la mató. Fui yo quien lo hizo.

«¿Qué has hecho, Row?».

La voz de Madre vuelve a resonar en mi mente como una jodida campana.

—Hasta nunca, hijo de puta —mascullo antes de dar media vuelta y salir corriendo.

Tardo apenas unos minutos en llegar al aparcamiento donde he dejado la moto de Nao.

Me alegra no haber venido en transporte público. No estoy en condiciones de subirme al metro o a un autobús.

Me tiemblan las manos, casi no siento las piernas y, por más que intento evitarlo, sé que voy a empezar a llorar de un momento a otro.

Salto sobre la moto, la arranco y, antes de acelerar, tomo una respiración profunda.

«¿Qué has hecho, Row?».

Grito por dentro. ¿Por qué no puedo sacarla de mi cabeza? ¡Han pasado diez malditos años, joder!

No lo hice a propósito. Se supone que yo no tenía ninguna habilidad. Neva, Day, Nao, Alyss… Las cuatro habían descubierto ya las suyas hacía mucho tiempo, pero yo no.

Llegué a pensar que era igual que los chicos, letal en la lucha cuerpo a cuerpo y con el manejo de armas, pero normal, sin habilidades.

Recuerdo que sentía envidia de ellas porque Madre pasaba mucho más tiempo con sus chicas especiales y a mí ni siquiera me miraba.

Todo cambió cuando descubrió lo que soy capaz de hacer.

Recorro la ciudad a lomos de la motocicleta de alta cilindrada.

No sigo ningún rumbo concreto, solo circulo por las calles abarrotadas perdida en mis propios pensamientos, en recuerdos de esa maldita noche que lo cambió todo, la noche en la que descubrí que sí era especial y Alyss fue la que pagó el precio.

Si tan solo no se hubiese metido en mi cama…

Irremediablemente, mi mente regresa a ese lugar, a cuando solo éramos unas niñas de dieciséis años que estaban descubriendo sus sentimientos.

—¿Qué haces aquí? —pregunté al abrir los ojos y verla tumbada junto a mí.

—Madre me está buscando. Quieren hacerme otro análisis.

Coloqué la mano en su cadera al notar cómo se estremecía.

—Solo es un pinchazo, Alyss. Todo va a estar bien.

—Lo sé, pero no me gustan las agujas. Son afiladas y puntiagudas. —Se estremeció de nuevo y yo sonreí.

—Se supone que deben serlo para poder atravesar la piel.

Escuchamos unos pasos fuera de la habitación. El pánico empañó su mirada de ojos verdes e hizo una mueca con los labios.

—No dejes que me encuentren, Row —suplicó mientras rodeaba mi cuerpo con los brazos.

La puerta se abrió en el justo instante en el que tiré de la manta para cubrirla por completo. Me incorporé a medias y miré al vigilante que estaba en la entrada.

—¿Qué ocurre?

—Estoy buscando a Alyss. ¿Ha pasado por aquí? —Negué con la cabeza. Él chasqueó la lengua, contrariado, antes de estrechar la mirada sobre mí—. ¿Qué haces aún en la cama? Ya deberías estar en el laboratorio. La doctora Walsh ha ordenado que os hagan una analítica rutinaria.

—Me he quedado dormida. Iré enseguida.

—Si ves a Alyss, dile que tarde o temprano la encontraré.

—No puede andar muy lejos —dije, esbozando una sonrisa ladeada—. Por si no te has dado cuenta, vivimos encerradas en este lugar.

El muy cabrón volvió a chasquear la lengua y ni siquiera se molestó en despedirse antes de abandonar la habitación, cerrando la puerta a su espalda.

En cuanto nos volvimos a quedar solas, aparté la manta y descubrí que Alyss estaba sonriendo de oreja a oreja.

—Gracias por mentir por mí —susurró, volviendo a abrazarme por la cintura.

Me tumbé bocarriba sobre el colchón y dejé que ella se acomodara sobre mí.

Inspiré hondo cuando sus dedos rozaron mi antebrazo. Siempre hacía eso y no sabía por qué me gustaba tanto.

—Vas a tener que ir en algún momento. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, pero prefiero disfrutar de este ratito contigo antes de que salgamos ahí fuera y, como cada día, nos toque fingir que no estamos deseando regresar a esta cama las dos solas.

Alzó la cabeza para mirarme y contuve el aliento.

—Alyss, no deberías decir eso —susurré con un hilo de voz.

—¿Es mentira? —Exhalé con fuerza y negué con la cabeza.

No servía de nada negarlo. Ambas sabíamos que entre nosotras había mucho más que una relación de amistad o fraternidad.

Neva, Nao, Day… Ellas siempre habían sido como hermanas para mí, sin embargo, a pesar de haber crecido con Alyss, nunca había podido verla de la misma manera.

Porque tú no piensas en tu hermana en todo momento, no te ríes de sus chistes malos, la miras dormir durante horas o sientes el irrefrenable deseo de besarla cada vez que la tienes cerca.

No, ella era mucho más que eso para mí.

—Debo irme. Madre nos está esperando —susurré, intentando apartarla de mí.

—¿Quién está huyendo ahora? Tú lo has dicho, Row. Vivimos encerradas en este lugar. Puede que no sea en este momento, pero tarde o temprano vamos a tener que enfrentarnos a lo que pasa entre nosotras.

Me quedé mirando sus ojos verdes y, por un instante, casi logró convencerme.

«¡Es una locura! Madre jamás permitiría algo así».

—Entre nosotras no pasa nada —dije con una exhalación e intenté levantarme, pero Alyss se subió a horcajadas sobre mí y me sujetó las manos por encima de la cabeza.

—Retira eso —siseó contra mi rostro.

Fruncí el ceño.

«¿A qué está jugando?».

Cualquiera podría haber entrado en la habitación. Si nos hubiesen visto en esa postura, podrían pensar que… ¡Mierda!

—Alyss, ¿qué estás haciendo? Van a pillarnos. Déjame.

Intenté forcejear, pero me sujetó con más fuerza.

Ambas sabíamos que podría sacármela de encima. Era más corpulenta y dominaba mucho mejor la lucha cuerpo a cuerpo, sin embargo, jamás correría el riesgo de lastimarla.

—Acepto que huyas de mí para no admitir lo que sientes, pero no que lo niegues. Eso nunca.

—¿Y qué se supone que siento? Somos hermanas.

—No digas eso. Mi única hermana es Neva. A las demás las quiero y las trato como si lo fueran, pero tú eres distinta.

—No debería serlo. —Busqué su mirada e intenté transmitirle con ella todo lo que era incapaz de pronunciar—. Madre jamás lo permitirá. Deja de buscarnos problemas y apártate.

Durante unos segundos no dijo nada, pero su mirada se endureció.

Era una jodida cabezota.

—Adelante, si quieres irte, solo tienes que quitarme de encima. Vamos, hazlo —me retó.

—No quiero hacerte daño.

Pegó su rostro al mío y sonrió.

—¿Qué es lo que quieres entonces, Row? —Intenté apartar la mirada, pero me sujetó por la barbilla con fuerza—. Dilo sin miedo. Aquí nadie nos escucha. Solo estamos tú y yo.

—Quiero besarte —confesé sin poder dejar de mirar sus labios.

Volvió a sonreír y deslizó la mano con suavidad hacia mi mejilla.

—¿Por qué has tardado tanto en decirlo?

Fui incapaz de contenerme más. Con un giro brusco, la tumbé sobre el colchón y me abalancé sobre ella.

Pegué mis labios a los suyos y…

El claxon de un coche me saca de golpe de mis recuerdos. Freno de manera fortuita, la rueda trasera derrapa sobre el asfalto y estoy a punto de estamparme contra otro automóvil que está parado frente a un semáforo, pero consigo recuperar el control a tiempo.

Con la respiración acelerada y un guante invisible apretándome la garganta, levanto la visera del casco y trato de coger aire.

La culpa es una maldita hija de perra que no me da descanso.

Sabía que lo que estaba haciendo no era correcto, sin embargo, jamás imaginé que ese beso llevaría a Alyss a la muerte.

Nadie me avisó. Solo ocurrió sin más. A la mañana siguiente, ella no despertó. Fui a buscarla y estaba inmóvil y fría.

Madre entró en cólera. Nos interrogó a todas.

Solo era un día más, otro igual que el anterior, a excepción de que veinticuatro horas antes yo la había besado.

Cuando lo confesé, enseguida vi en la mirada de Madre que ese había sido el motivo por el que Alyss jamás volvería a meterse en mi cama para huir de los análisis, o que Neva ya no podría crecer junto a su hermana gemela.

Yo la había matado y jamás me perdonaré por ello.