Capítulo 13
Nao
No he vuelto a saber nada del policía desde que hace tres días salió doblado de mi estudio sin pagarme.
Si no me conociera, diría que estoy preocupada. Porque cuando alguien se va de mi estudio de ese modo, generalmente significa que le he provocado un trauma, pero nunca me había planteado que fuera por provocarle… una erección. ¿Y si lo he dejado impotente?
Estoy en mi sofá blanco, con las piernas cruzadas, fingiendo que leo un libro al que llevo media hora sin pasarle ni una página, cuando suena el portero automático del edificio.
Day se asoma desde la cocina.
—Será Jesse.
Row levanta una ceja sin moverse de mi lado.
—Pensaba que el día de encargos era mañana —murmura.
—Así es. Ha venido un día antes.
—¿Por qué será? —dice con una sonrisa vacilona.
Subo la mirada y veo que Day se arregla un poco el pelo antes de abrirle.
Nadie sabe cómo están las cosas entre ellos. Se supone que su «no relación» se encuentra suspendida en el aire porque ella sigue de luto por Terry.
Y se supone que Jesse respeta ese luto, pero ninguno de los dos se cortó el otro día cuando tuvieron sexo ruidoso. Los oí desde el primero.
Yo creo que se mienten a sí mismos, pero, no es asunto mío.
Jesse entra en el apartamento con ese punto chulesco tan característico.
Nos saluda con un asentimiento de cabeza, y cuando ve a Day, se queda mirándola un segundo más del que sería estrictamente necesario.
Day enseguida aparta la mirada. Él la imita. Y los dos hacen como que el saludo ha sido lo más normal del mundo. ¡Idiotas!
Row me mira juguetona. Yo le devuelvo la mirada. Las dos pensamos lo mismo, solo que ninguna lo dice.
En ese momento, Neva hace su entrada triunfal en el salón bajando por el tobogán.
—¿Qué tenemos? —pregunta como si nada.
Jesse abre la carpeta que siempre lleva bajo el brazo.
—Hay una misión de alta prioridad —dice, sacando una foto de un hombre de mediana edad, bien afeitado, traje caro y sonrisa de catálogo. El típico cabronazo que se cree intocable porque conoce a quien hay que conocer.
—Se llama Marcus Hale; empresario, inversor, amigo personal de tres senadores y un fiscal.
Hace tres semanas estranguló a una chica en su yate.
Sus padres denunciaron su desaparición y todo apunta a que jamás estuvo allí.
Sus amigos influyentes han hecho lo que hacen los amigos influyentes y la investigación se ha enterrado.
Day coge la foto y, después de estudiarla, se la pasa a Row.
—¿Quién era la chica? —pregunta Neva, apoyada en mi sofá.
Jesse saca otra fotografía y la deja con cuidado encima de la primera, como si mereciera que la depositaran con cariño.
Cuando la vemos se hace el silencio.
Porque la cara que nos mira desde esa foto es la de una chica de unos diecisiete años, pelo claro, ojos verdes y una sonrisa casi tímida que nos recuerda demasiado a alguien.
«Es igual que Alyss».
La misma cara que llevamos casi diez años sin ver y que ninguna de las cuatro ha sido capaz de olvidar.
A mi lado, Neva no respira.
Row se incorpora despacio, con los ojos clavados en la fotografía y la mandíbula más tensa de lo que le he visto en años.
—Sé que es complicado —dice Jesse, bajando la voz—. Madre ha dudado en si pasaros este encargo. Pero piensa que quizá vosotras…
—Yo lo haré —corta Row sin pestañear.
Day la mira preocupada.
—Row…
—Quiero hacerlo yo.
—Es una pésima idea —opino.
—Es una idea genial —dice tozuda.
—Row… —protesta Neva.
—¡Que lo hago yo, joder!
El grito retumba contra las paredes del salón compartido y todas nos quedamos quietas. Hasta Jesse, que ha visto a Row hacer cosas peores, da medio paso atrás.
Row se pasa la mano por el pelo y se obliga a bajar el volumen.
—Yo lo hago —repite con voz casi normal—. Y prefiero hacerlo sola.
Echo un vistazo a Neva. Está mirando al suelo. Luego a Day. Ella está observando a Row con esa cara que pone cuando una conversación tiene capas que no debe tener delante de testigos.
Ninguna se atreve a contradecirla.
Nunca hablamos de esto abiertamente. De lo que pasó. De lo que supuso. Porque duele demasiado. Pero yo oigo altos y claros los pensamientos de Row cada vez que me pide que la tatúe como si la tinta fuera su Valium. Es tan adicta que apenas tiene un hueco libre en su piel.
—De acuerdo —cede Day por fin—. Tú mandas. Nosotras te apoyaremos en lo que necesites. Si es que necesitas algo.
—No voy a necesitar nada —responde Row, bajando la cabeza.
—Bien. —Asiente Jesse para zanjar el tema—. Os dejo el dosier completo por aquí. Madre quiere que esté hecho antes del lunes.
—Así será —musita Row sin mirar a nadie.
Jesse se dirige a la puerta, pero antes de salir, gira la cabeza.
—Day, ¿tienes un momento?
La aludida tarda varios segundos en contestar.
—Claro.
—¿Hablamos abajo?
—Sí, mejor.
En cuanto dejamos de escuchar el montacargas, las tres intercambiamos justo la misma mirada.
Row levanta una ceja. Neva suelta un «mmm» contenido.
Y yo no digo nada porque paso. Pero las tres pensamos que esos dos van a tardar en volver a subir más de lo que se tarda en hablar de mantener un duelo respetable por Terry.
Row vuelve a centrarse en la foto de la chica y la mira durante un rato largo. Finalmente, la gira bocabajo y, sin levantar la vista, anuncia que va a darse una ducha.
Desaparece sin esperar respuesta por nuestra parte.
Neva la sigue con la mirada hasta que se va del todo. Y cuando por fin estamos las dos solas, suelta un suspiro significativo.
—Esto la ha afectado mucho —musita Neva.
—Lo sé.
—¿Crees que está bien?
—Para nada. Pero tú tampoco y aquí estás.
Nos quedamos en silencio.
—Nao…
—¿Qué?
—¿Tú estás bien?
Levanto la vista del libro que llevo media hora sin leer.
—¿Yo? Fenomenal. Como siempre.
—Llevas tres días con cara de querer matar a alguien.
—Es mi cara por defecto.
—No. Es tu cara de que te pasa algo que no vas a contarnos.
—Pues, entonces, ¿para qué preguntas?
Neva sonríe.
—Es por el poli, ¿verdad?
Maldita sea…
—No es por el poli —niego rotunda.
—Ajá…
—No lo es.
—Lo que tú digas.
—Neva…
—De acuerdo. No es por el poli. ¿Y por casualidad, esa cosa que no te pasa, tiene que ver con que no sabes cuándo volverás a verlo?
La fulmino con la mirada, pero guardo silencio.
—Deberías llamarlo tú misma —opina—. Antes de que te hundas en el suelo por soportar tanto orgullo.
—No pienso llamarlo.
—¿Por qué no?
—Se fue de mi tienda con mucha prisa y no pude darle cita para la siguiente sesión. Debería llamar él.
—Si eso es lo que crees…
—No voy a llamarlo —zanjo.
—Está bien.
—¡Joder, Neva!
—Ale. Mi misión aquí ha concluido —dice sonriente—. Te dejo sola. Luego nos cuentas qué tal.
Pasan diez minutos en los que el teléfono me quema en la mano. Tengo la agenda del estudio compartida en la nube. Y, en teoría, podría hacerlo, tengo su número, pero…
Abro el libro de nuevo e intento concentrarme en la lectura.
Pasan otros cinco minutos y Row no vuelve, Day tampoco y Neva sigue desaparecida. Y yo sigo aquí, fingiendo leer una página que ya no recuerdo cómo empezaba.
Puto poli escurridizo.
Lo pienso fríamente: «Si no lo llamo, el plan se irá a la mierda».
Cojo el teléfono, busco su contacto y pulso llamar con mi habitual mala leche palpitando en las sienes.
Mi cabreo se incrementa con cada tono que pasa y no contesta. ¿Cuántas veces va a rechazarme?
«Cuelga ya, no lo coge. ¡CUELGA!».
—¿Diga?
Joder. Es él. Es su puta voz…, que no sé qué hizo en alguna vida pasada para sonar así por teléfono.
Cojo aire antes de decir:
—Hola, soy Nao, la tatuadora.
Se hace un silencio al otro lado. Muy breve, pero lo suficiente como para que yo sepa que él se acaba de quedar blanco.
—Ah, Nao… Hola.
—Hola.
Otro silencio denso.
«Joder. No te calles tú también. No le des ese gusto».
—Te llamo por la nueva cita.
—¿Qué cita?
—La del tatuaje. La próxima sesión. El otro día te fuiste tan rápido que no concretamos. Y tampoco me pagaste.
—Ah. Ya. Perdona…
—Faltan seis sesiones mínimo.
—Lo sé. Lo sé…
—Pues hay que cuadrar los días. ¿Cuándo te viene bien?
Hace una pausa más larga de lo que esperaba.
—¿Qué tal mañana? —dice de pronto.
—¿Mañana?
—¿Tienes hueco?
Tengo hueco de sobra, pero eso él no tiene por qué saberlo.
—Déjame mirar la agenda —mascullo, haciendo que miro una agenda imaginaria—. Em… Sí, mañana puedo. ¿A las siete?
—A las siete.
—Bien. Pues nos vemos mañana.
—Vale.
—Vale.
Hay otro silencio incómodo.
—¿Nao?
—¿Sí?
—¿Estás bien?
Noto que me sube por la nuca la misma horrible sensación que el otro día. La de su voz preguntándome si estoy bien con un tono que no es el de un cliente y los dos lo sabemos.
—Perfectamente.
—Tú también mientes fatal.
—Y tú haces preguntas raras.
Contra todo pronóstico, oigo una risa avergonzada.
—Nos vemos mañana a las siete —dice, recuperando el control.
—De acuerdo.
—Gracias por llamar.
«Gracias por llamar». Como si hubiera pasado tres días esperando que el teléfono sonara.
Cuelgo antes de soltar alguna burrada y me quedo mirando la pantalla apagada del móvil.
Me invade una sensación cálida que empieza en el cuello y se extiende por toda mi cara hasta llegar a la boca.
En ese momento, oigo que Day entra en el apartamento.
—¡¿Qué pasa?! —exclama alarmada.
Levanto la vista.
—Nada. ¿Por?
—¡Estabas sonriendo!
—¿Quién, yo? —digo indignada.
—¡Sí, joder! ¡Estabas sonriendo!
—Imposible…
—No sé en qué estabas pensando, pero sonreías, te lo juro.
Me aplasto los ojos con dos dedos.
No me jodas.
Mierda.