Capítulo 12
PRESTON
Busco el contacto de mi madre y espero tres malditos tonos hasta que lo coge.
—Hola, hijo, ¿qué tal estás?
—Hola, mamá —digo apenas sin voz.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Suena a mentira. ¿Qué te pasa?
—Nada. Llamaba para saber cómo estás.
—Llevas cinco años sin llamar solo para saber cómo estoy. ¿Te has metido en algún lío?
Miro hacia abajo, y sí, yo diría que estoy en uno XL…
—No.
—¿Has matado a alguien?
—Mamá…
—Era broma. Más o menos. ¿Has matado a alguien o no?
—No, mamá.
—Vale. ¿Estás enfermo?
—Tampoco.
—¿Es por una chica?
Que me quede callado un segundo de más es lo que le da la pista. ¡¿Por qué soy tan tonto?!
—Ya sabes que no estoy con nadie ahora.
—Lo sé. Hace dos años que no me traes a nadie. Desde Rebecca.
Cuando escucho ese nombre, algo cae al suelo desde mi estómago, haciendo un sonido sordo, como una moneda que rueda.
Llevo dos años oyendo esa sensación, pero mi cuerpo no se acostumbra. A lo mejor no lo hará nunca.
—Mamá…
—¿Qué?
—No saques a Rebecca.
—Solo la he nombrado. Ya es hora de que retomes tu vida, hijo.
—Mi vida está retomada. Trabajo, como, duermo… Llamo a mi madre cuando me apetece. ¿Qué más quieres?
—Quiero que un día me cuentes algo que no sea de trabajo, comida o sueño.
—Eso son las tres cosas básicas de la existencia.
—Eso es lo mínimo para no morirte. No es vida.
Cierro los ojos. Mi madre tiene la peculiaridad de soltar verdades con la misma voz con la que pregunta si has comido bien.
—No empieces otra vez con eso…
—Bueno, vale. Pero algo te pasa. Suéltalo ya o se me quemará lo que estoy cocinando.
—Solo necesito… dejar de pensar en algo. Cuéntame tu día, cómo ha sido, qué has hecho…
Se hace un extraño silencio al otro lado de la línea.
—¿Quién es ella, Pres?
—Joder. ¡Nadie!
—¿Y «nadie» tiene nombre?
—No, no lo tiene. Eso es lo que significa «nadie».
—¿Y por qué «nadie» te tiene así? Cuéntamelo. Acabo de apagar el fuego y voy a servirme una copa de vino. Me has intrigado.
Miro hacia arriba y resoplo, cansado. No puedo luchar contra lo inevitable. Mi madre es mejor policía que yo.
Se lo cuento todo, menos mi actual y embarazoso estado.
Le narro que estoy investigando a una mujer complicada, que me trata fatal y que no puedo dejar de pensar en ella. Le digo que la he visto hoy y que he tenido que salir corriendo porque me atrae demasiado y no quiero mezclar trabajo con placer.
Mi madre me escucha con atención. Es la mejor oyente del mundo, lo cual es injusto porque también es la peor dando consejos amorosos.
—Hijo…
—¿Qué?
—Dime que no es igualita a Rebecca…
—¡Qué va! Es lo opuesto a Rebecca. En todos los sentidos. De verdad.
—Entonces es una Rebecca. Mierda.
Frunzo el ceño.
—No te entiendo.
—Rebecca te enganchó porque era distinta a todas las chicas que habías conocido. Todas te parecían superficiales y engreídas y ella era un rayito de sol. Dices que esta es distinta a todo lo que has conocido antes, por eso presiento que es el mismo enganche sobrenatural con otra fachada.
Cómo odio que sea tan lista.
—Te lo voy a decir como si tuvieses catorce años, Pres.
—No, por favor…
—Dúchate con agua fría, cena algo ligero y tómate una pastilla para dormir si hace falta, pero aléjate de ese tipo de chicas. Mañana será otro día.
—Ya me he duchado con agua helada antes de llamarte.
—¿Y no ha funcionado?
—No.
—Ahora sí que me estás preocupando.
—Nunca dejaré de preocuparte.
—¿Quieres que vaya?
—¡Claro que no! Por Dios, mamá… No.
—Vale. Pero llámame mañana para saber si sigues vivo.
—Eso está hecho. —Medio sonrío.
—Y, Preston…
—¿Qué?
—Ten cuidado con ella, por favor.
—¿Por qué lo dices?
—Porque te conozco y no llamas a tu madre por una cualquiera. Cuando algo te importa, lo persigues hasta la saciedad. Y, a veces, la gente no quiere ser perseguida, ya lo sabes.
—No la estoy persiguiendo.
—Soy tu madre y te he visto perseguir a una rana durante dos veranos enteros cuando tenías nueve años y conservarla hasta que se te murió de vieja en un cubo. Sé reconocer las señales de tus obsesiones.
Me río. Porque tiene razón.
—Te quiero, mamá.
—Yo también, cabezón. Llámame mañana. Y relájate. No quiero leer tu nombre en las noticias.
—Oído.
Colgamos, y cuando miro hacia abajo, alucino de que siga sin pasárseme.
«¿Qué coño me ha hecho esa mujer?».
Me siento en el sofá con el teléfono todavía en la mano, mirando un punto fijo en la pared. La conversación con mi madre me ha afectado más de lo que esperaba. Llevaba meses sin hablar de Rebecca con nadie. Ni siquiera conmigo mismo.
La metí en un cajón hace dos años, le puse encima cuatro carpetas de casos, una rutina de gimnasio y un traslado a Chicago, y conseguí, durante un tiempo, que no hiciera ruido.
Fueron tres años de relación intensa. Íbamos a casarnos en junio. Teníamos reservada una sala con vistas al mar porque a ella le gustaban los muelles al amanecer. Un menú con dos opciones de postre porque no nos poníamos de acuerdo…
Nuestras madres llorando en la prueba del vestido, mi hermana riéndose y Rebecca sosteniendo mi mano por debajo de la mesa como si me estuviera salvando de algo que no sabía que necesitara salvación.
Tres semanas antes de la boda, le dieron un diagnóstico que lo cambió todo y le pusieron fecha de caducidad a su vida. «Cinco años con suerte», dijeron. Sin garantías.
Yo estaba dispuesto a todo. A afrontarlo juntos, a casarnos igual. No tenía pensado irme a ninguna parte. Hubiera renunciado a cualquier cosa para que tuviera más años de los que le habían prometido.
Pero ella se lo tomó como un veredicto. Y el veredicto, en su cabeza, era que yo no merecía atarme a una mujer que se iba a morir.
Adujo que no quería robarme cinco años de mi vida entrando y saliendo de hospitales. Yo le respondí que la quería y que prefería cinco años con ella que cincuenta sin ella. Le expuse todo lo que se le dice a alguien que se está yendo, que luche por quedarse.
Sin embargo, ella estaba convencida de que era lo mejor para mí. Y esa es la peor versión del autocastigo que existe: la que se disfraza de generosidad.
Aguantamos juntos dos meses más. Peleé, insistí, me presenté en casa de sus padres sin avisar. Me comporté como un hombre desesperado que cree que el amor se mide en gestos. Hasta que una tarde, en el porche de su casa, me senté frente a ella y me di cuenta de la flagrante verdad.
Que cada día que yo aparecía allí, ella sufría más. Que mi «no te voy a dejar ir» la estaba matando antes que la enfermedad. Que mi heroicidad romántica de manual era, en realidad, un acto egoísta.
No pensaba en que ella estuviera bien. Quería estar bien yo.
Y ahí comprendí que el amor más grande no es el que se aferra con uñas y dientes, sino el que se quita del medio cuando entiende que se ha convertido en una carga.
La cogí de la mano y me costó la vida misma verbalizar aquellas palabras, pero las dije:
—No te voy a perseguir más. Si quieres irte, vete.
Lloramos mucho, pero el hecho de que no quisiera que la abrazara me demostró que ya estábamos muy alejados el uno del otro.
Me fui sin mirar atrás, porque sabía que, si miraba, no podría hacerlo.
Hace dos años de eso.
Ella sigue viva. Lo sé por sus redes sociales. Suele subir fotos de cosas curiosas que le gustan, aunque ella nunca aparece. Y creo que lo hace solo por mí. Para mantenerme informado y no hacerme sufrir.
Le quedan, según las crueles matemáticas, tres años.
Y yo llevo dos viviendo en una especie de limbo voluntario. Sin salir con nadie. Sin abrirme con nadie. Sin tocar a nadie. Como si fuera el viudo de alguien que sigue respirando.
«Hasta que la muerte nos separe del todo».
Esa promesa no se la hice a ella. Me la hice a mí mismo. La hizo la parte de mí que no llegó a ese altar cuando la fecha pasó de largo.
Por eso, esta tarde, cuando mi cuerpo ha respondido a lo bestia a una tatuadora insufrible de ojos azules, he hecho lo único que podía hacer: huir.
Ha debido de pensar que estaba loco.
Miro hacia abajo y la tienda de campaña sigue ahí. Genial…
Antes de plantearme cualquier apaño físico, decido que la química es la única salida.
Voy al armario del baño y saco una caja de pastillas que me recetaron para dormir cuando tuve una temporada de turnos imposibles. La etiqueta es agresiva. Las advertencias todavía más. Pero, aun así, me tomo una. O puede que dos.
Sé que no es la mejor decisión, no obstante, estoy más allá de eso.
Me meto en la cama bocabajo, porque es la única posición en la que el problema no es evidente y, además, es la mejor para mi espalda recién tatuada.
Me arde todo. La espalda, la cabeza, la entrepierna… y hasta el puto orgullo.
Cierro los ojos y pienso en Nao. Muy a mi pesar.
Y por un momento, en el rato raro que separa la cabeza despierta del sueño, me dejo imaginar otra versión de mi vida. Una donde yo no soy policía, ella no es sospechosa y nos hemos conocido en una cafetería como dos personas normales.
Pero no es más que eso, una fantasía. Porque sé, en el fondo de mi ser, que lo nuestro no funcionaría. Lo sé como si ya lo hubiera vivido.
Como dice mi hermana, yo soy de los que se enamoran hasta de las macetas, y Nao es de las que no se enamora ni de la luz cuando entra por la ventana.
Acabaríamos mal.
Terminaríamos como Rebecca y yo, pero sin la parte buena de creerme que el amor existe.
Y lo peor es que no me importa.
Estoy aquí, con un dolor de pelotas tremendo y la espalda destrozada por una aguja que ella me ha clavado, pensando en cuándo volveré a verla.
Mi madre tiene razón. Ya está metida en el jodido cubo.