Capítulo 11
PRESTON
Aguanto quince minutos haciéndome el duro antes de que mi cuerpo decida que ya está bien de fingir y empiece a sudar.
Una gota me resbala por la sien. Otra por el cuello. ¿Qué coño me pasa?
No entiendo cómo he podido dormirme. Llevo tres días obsesionado con venir a esta sesión.
«Y llevas un mes durmiendo fatal desde que la conociste. Es normal que el cerebro haga cosas raras».
De pronto, la mano izquierda de Nao se apoya en mi omóplato mientras la aguja sigue zumbando y mi cuerpo entra en un nuevo estado de emergencia.
Dios… Necesito conversación antes de que me dé un infarto.
Notar sus cinco dedos calientes y firmes sobre mi piel me está poniendo enfermo. Mi sistema nervioso se reorganiza alrededor de ellos como si fueran mis nuevos puntos cardinales.
«Joder… Cálmate. Solo es una mano. La gente tiene manos».
Pero es que, además, huele genial. No a perfume ni a flores raras. Huele a jabón y a algo cálido que no sé identificar. El tipo de olor que se te queda en la cabeza como una canción pegadiza.
—¿Te encuentras bien? —pregunta ella, leyéndome la mente.
—Perfectamente.
—Estás muy tenso.
—No me gustan demasiado las agujas.
Vuelve a rozarme la piel con esa mano culpable de desarmarme y empiezo a pensar cosas que no debería estar pensando con la cara metida en un agujero acolchado a cincuenta centímetros del suelo.
Como… ¿Qué pasaría si esa mano bajara unos centímetros?
¿Cómo sería darme la vuelta, agarrarla por las muñecas y atraerla hacia mí para follarla en esta misma camilla?
¡JODER!
«No, no, no… Deja de pensar eso».
Esta mujer es sospechosa de algo que todavía no sé qué es y estoy aquí para sacarle información. Soy un poli serio, con una misión seria y una espalda que arde como el infierno. Solo espero que no note todo lo que yo estoy empezando a sentir contra la camilla.
Cierro los ojos y pienso en mi abuela. En el puto código penal. En un documental de tiburones… Pero no funciona. Porque enseguida se me cruza por la cabeza una imagen de ella tatuándome a horcajadas.
Empiezo a rezar a un dios en el que no creo.
—¿De dónde eres? —pregunto desesperado.
—De aquí.
—¿De Chicago?
—Sí.
—¿Cuánto llevas tatuando?
—Bastante.
Joder, esto es como interrogar a una piedra. Una que sabe que la estás interrogando y se está divirtiendo viéndote fracasar.
—¿Te formaste en algún sitio?
—Esto empieza a parecer una entrevista de trabajo.
—Es para no aburrirme.
—Dicen que aburrirse es muy sano.
La aguja vuelve a abusar de su poder en una zona especialmente sensible, justo debajo del omóplato. Aprieto los dientes.
—Es raro que no te guste hablar de ti misma.
—¿Por qué?
—Porque la gente que se gana la vida con las manos suele tener historias buenas que contar.
—Y la gente que se gana la vida con preguntas indiscretas suele tener problemas.
¡Joder!
Levanto la cabeza unos centímetros para mirarla por encima del hombro. Sigue concentrada tatuando, como si la frase la hubiera dicho otra persona.
Y ahí está otra vez esa sensación. La de que cada cosa que sale de su boca tiene algo escondido debajo. Como esas cajas fuertes de las películas que necesitan tres códigos distintos y una huella dactilar.
Vale. Lo admito. Me gustan las personas difíciles.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto interesado.
—Justo lo que he dicho. Que hacer preguntas trae problemas.
Vuelvo a apoyar todo mi peso en la camilla.
Sabía que era lista, pero aún no lo había comprobado de primera mano. Es distinto saber que alguien es listo a tener su cerebro funcionando dos pasos por delante del tuyo mientras tu cuerpo se descontrola por culpa de su mano izquierda.
—Soy curioso por naturaleza —digo, recuperando la sonrisa que me suele salvar en estas situaciones.
—Eso ya me lo dijiste el otro día.
—Y hoy sigue siendo verdad.
—Yo no soy curiosa, así que estoy en desventaja.
—Podría enseñarte a serlo…
De pronto, me mira y la expresión «saltan chispas» cobra un nuevo sentido para mí. Porque ha sido eso…, un chispazo terrible que no ayuda nada a relajarme.
—¿Tienes familia? —pregunto directo.
—Depende de cómo definas la palabra «familia».
—¿Cómo la defines tú?
—Yo no la defino.
Por fin una buena respuesta. Ambigua pero reveladora. Aunque siento que no es el momento de tirar de ese hilo porque lo que necesito ahora mismo es bajar mi temperatura corporal antes de que empiece a arder por combustión espontánea.
—Yo tengo a mi madre y una hermana pequeña. ¿Y tú?
—Yo no conocí a mis padres.
La aguja no se detiene, pero por primera vez en todo el tiempo que llevo aquí se hace un silencio más íntimo.
—Lo siento —digo poco después.
—No pasa nada. Tengo tres hermanas que valen por seis. No son de sangre. Y eso es aún mejor.
Giro la cabeza y, por cómo me mira, juraría que eso se le ha escapado.
Ella aparta la vista deprisa, pero yo soy incapaz porque me ha dado medio segundo de realidad.
Medio segundo sin la borde, ni la lista ni la tatuadora profesional.
Era una persona cerrada diciendo algo importante por puro descuido.
«Y eso es aún mejor».
Cuatro palabras sencillas cargadas de significado.
Llevo media vida entrenando para detectar este tipo de deslices, y no sé qué le habrá pasado en la vida, pero este error me dice que su familia biológica no la ha querido bien o carece de ella.
La información es mínima, aunque lo suficiente como para que deje de verla como a una sospechosa y empiece a parecerme humana.
—No me mires —masculla molesta—. Me distrae.
—Perdona.
Vuelvo a tumbarme y la situación de mi entrepierna se torna insostenible. Porque ahora, además de la atracción descontrolada, hay una capa de misterio con la que mi cerebro no puede lidiar.
Cinco minutos después, ella deja escapar un suspiro pequeño, casi inaudible. Como si llevara un rato aguantándolo. Y yo, que no tengo ningún derecho a mirarla, vuelvo a girarme para observarla por encima del hombro.
Está concentrada, con el labio inferior atrapado entre los dientes y los ojos fijos en el milímetro de piel que está dibujando.
«Solo es una mujer trabajando, Preston. Solo eso».
«Entonces…, ¿por qué no puedo dejar de mirarla?».
Porque no está solo tatuando. Cada movimiento de su muñeca tiene la precisión de alguien que respeta lo que hace.
Ladea ligeramente la cabeza para comprobar el ángulo de la luz.
Sopla con cuidado donde acaba de pinchar, no por costumbre, sino por mimo, como si la piel ajena le importara más que la suya propia.
No está haciendo un dibujo, está haciendo una promesa.
Vuelvo a meter la cara en el agujero y aprieto la mandíbula.
«Joder, Preston, no empieces. No puede ser y lo sabes».
—¿Te falta mucho? —pregunto, intentando no parecer impaciente.
—Lo que falte. La piel manda.
—¿Y manda mucho?
—Más que tú y yo juntos. —Toma aire—. Llevo años discutiendo con ella y siempre gana.
Esa frase, dicha con la voz baja de quien no espera respuesta, se me queda colgada del pecho como un cuadro torcido.
«Llevo años discutiendo con ella». ¿Qué coño quiere decir?
Tomo nota mental y la guardo en el cajón de cosas que le preguntaré otro día.
Aguanto veinte minutos más porque soy un puto profesional.
Y porque aún tengo algo de dignidad. Pero empiezo a pensar que en cualquier momento se me va a caer la polla al suelo.
Jamás había tenido una erección así, sin motivo aparente.
Es como si mis hormonas se hubieran vuelto locas y pensaran que me la está chupando, como poco.
De repente, ella se levanta con la excusa de ir a por agua y aprovecho para incorporarme de golpe sobre la camilla.
Digo lo único que se me ocurre.
—Tengo que irme ya.
Ella se gira sorprendida.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Me ha escrito mi hermana —digo, alzando el móvil—. Es una emergencia.
—Solo llevamos hora y media. Te había reservado dos.
—Seguimos otro día, ¿vale?
Me mira con esos ojos glaciares que parecen tener su propia temperatura y la veo captar mi angustia.
—Bien… —cede—. Te limpio y te vas.
—No hace falta —digo, agarrando la camisa con prisa. «Porque si vuelve a tocarme, me correré en los pantalones como un puto adolescente».
—Pero tengo que tapártelo o se emborronará.
Me cago en mi vida.
—Bueno, pero rápido… —digo, girándome para ocultar el desastre que tengo en los pantalones.
La oigo acercarse otra vez, con esa camiseta negra enorme que se mueve alrededor de ella como si su cuerpo estuviera intentando escaparse de debajo de la tela y esos anillos que noto bajo sus guantes cada vez que mueve la mano.
Y, por algún motivo, eso me parece absurdamente sexy.
—¿Estás bien? —pregunta ella como una presa indefensa.
—Sí, sí…, es que…
Me callo por no cagarla más mientras noto cómo me limpia la espalda con algo frío, pero cada roce es una nueva tortura.
Por último, me coloca un plástico por encima y empieza a soltarme instrucciones sobre cuidados a toda velocidad cuando estoy prácticamente huyendo de la sala mientras me coloco la camisa.
Asiento a todo sin escuchar ni media palabra y salgo del estudio doblado, como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Camino tres calles enteras antes de lograr pedir un Uber. Y cuando por fin llego a casa, cierro la puerta de una patada y me apoyo contra ella, soltando un gemido de sufrimiento masculino.
Dios mío… ¿Esto le habrá pasado a más gente o soy el único puto caso clínico capaz de mantener una erección durante una hora mientras una mujer preciosa le clava agujas en la espalda?
Porque si es así, merezco salir en una revista científica.
Voy directo al baño y abro la ducha con el agua muy fría.
Me meto vestido porque no tengo paciencia para desnudarme.
La camisa se me pega al cuerpo, el pantalón pesa el doble y, aun así, el problema persiste.
¡¿QUÉ COJONES ES ESTO?! ¡¿brUJERÍA?!
Me desnudo y me planto delante del espejo. ¿Cómo es posible?
Pienso en ir a urgencias, lo pienso en serio, pero imagino la conversación con los médicos y se me quitan las ganas.
Me planteo llamar a un colega, pero todos mis amigos son policías y los polis se enteran de todo. Si llamo a uno, mañana lo sabrá toda la comisaría y pasado mañana saldrá en el Boletín Oficial de la Agencia Estatal.
Solo me queda una opción: llamar a mi madre.
Su voz, al otro lado del teléfono, me convierte automáticamente en un niño de ocho años escuchando que la cena está lista. Es bioquímica. Es Pavlov. No puede fallar.
Si no funciona, me plantearé contratar a un exorcista.