Capítulo 10
Nao
Las chicas tardan once minutos exactos en llegar al estudio.
Lo sé porque los paso encerrada en el baño con la espalda contra la pared, contando las baldosas del suelo y haciendo lo único que sé hacer cuando algo me sobrepasa: «limpieza». Literal y metafóricamente.
Quiero borrar esa sensación de calor que me ha subido por la nuca y el hecho de haberme quedado a pocos centímetros de besarlo con cara de imbécil… Pero, sobre todo, quiero borrar la cara de pena que ha puesto cuando me ha rechazado.
«¡Mierda, Nao, no pienses en nada!», me ordeno.
Por primera vez en mi vida necesito ruido. Gente entrando, gritando y amenazando de forma casi ridícula. Necesito volver a mi zona de confort. Es decir: la violencia, la presión y el miedo en los ojos del enemigo. Ese es un terreno en el que sé moverme. Por eso las he llamado.
Cuando oigo la campanilla, suspiro de alivio.
—¡Ya estamos aquí! —anuncia Neva.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Row extrañada, viéndome salir del baño.
—Mejor no preguntéis…
Me siguen hasta el estudio y abro la puerta de golpe para que empiece la función.
Preston gira la cabeza desde la camilla para ver entrar a un desfile de chicas. Unas chicas que sabe a la perfección quiénes son y le transmiten que algo va muy mal.
Intenta incorporarse, pero Row se lo impide en el último momento presionando una pistola contra su nuca.
—Vale… —Carraspea Preston, inmóvil con la cara encajada en el agujero—. Esto acaba de ponerse bastante menos íntimo.
Day se cruza de brazos delante de él.
—Nao nos ha llamado. Y no es porque le caigas bien precisamente.
—Vaya… Pues a mí ella sí.
—Ahórrate las gracias —lo corta Neva—. Sabemos que sospechas de nosotras.
—Suena feísimo dicho así.
—¿Qué sabes exactamente del asesinato de Terry? —pregunto directa.
Row deja que levante un poco la cara para mirarnos. Y cuando sus ojos se cruzan con los míos, siento que mi fortaleza mental se debilita un poco. Y eso es muy raro en mí.
—Sé lo suficiente para pensar que ninguna de vosotras debería acercarse a esos objetos punzantes de ahí encima.
Row sonríe.
—Me gusta este tipo. Tiene un pésimo instinto de supervivencia.
Day da un paso al frente, nerviosa.
—¿Has encontrado algo relevante sobre el caso?
La mandíbula de Preston se tensa apenas un segundo.
—No puedo hablar de una investigación abierta.
—Has dicho que el caso estaba cerrado —lo acuso.
—Y es cierto, pero para mí no. Puedo reabrirlo si descubro algo raro. Como esta encerrona, por ejemplo…
—Queremos saber por qué nos estás investigando —dice Day adusta—. ¿Tienes alguna pista? ¡Dinos qué sabes exactamente!
Preston guarda silencio y Row lo empuja con el arma para que vuelva a encajar la cabeza en el agujero de la camilla.
—Habla o será peor… —amenaza acompañando el gesto.
—Sé que no se suicidó —contesta el poli, tajante—. Y sé que ocultáis algo. Porque tú te pusiste a hacerle un tatuaje con el cuerpo todavía presente. —dice sacando la cabeza del hoyo para mirarme acusador—. Y también sé que, si me pasa algo, os pondréis una diana en la frente aún mayor.
Otro punto para el poli. ¡Y ya van demasiados!
Nos miramos entre todas para tomar una decisión.
—Sabe lo del tatuaje —masculla Neva.
—No sabe una mierda —replico a la defensiva.
—Gracias por aclararlo tan sospechosamente —murmura él.
Le lanzo una mirada asesina. Él me la devuelve. Y Row le obliga de nuevo a encajar la cara en la camilla, como si supiera lo mucho que me afecta.
—No vamos a dejarte ir sin que nos des algo de información —salta Neva—. ¿Has revisado las cámaras de la calle? ¿Qué has visto en ellas?
—No pienso contaros nada —responde cabezón.
—Empiezas a caerme mal —masculla Row presionando más el arma contra él.
Day se pone a caminar de un lado a otro, desesperada. Creo que está a dos segundos de agarrarle la cabeza y estampársela contra la pared.
—Está claro que por las malas no va a decirnos nada —deduce—. Y tiene razón en una cosa, no podemos tocarlo.
—Chica lista —musita él.
—Eres muy gracioso para ser alguien con una pistola en la nuca —replica Row desdeñosa.
Day da un paso hacia él y lo observa fijamente. Está leyéndolo. Lo noto en la concentración de su gesto y en cómo entrecierra ligeramente los ojos y respira un poco más despacio.
—Miente —revela Day—. No tiene nada que contarnos. Está aquí por algo personal…
—¿Personal? —pregunto perdida.
Preston levanta la mano desde la camilla.
—¿Puedo decir algo?
—¡No! —respondemos las cuatro a la vez.
—Ya te lo dije, Nao, está aquí por ti —aclara Day, como si estuviera explicándole a una niña pequeña que la nieve es fría—. Le gustas a un nivel que él mismo no quiere reconocer. El caso es solo una excusa para verte.
Se hace un silencio horrible y, por una vez, Preston se queda quieto y no intenta incorporar la cabeza del agujero en el que la tiene metida.
Row se tapa la boca para no soltar una carcajada.
Neva mira al techo conteniendo una sonrisa.
Y yo ardo de vergüenza. Como si todas las decisiones que me han llevado a este momento de mi vida hubieran sido equivocadas. ¿Por qué demonios le gusto? Si no soy…
—¿Alguien oye al chico negándolo? —dice Day, sabionda—. Tenemos que volver al plan inicial. Tienes que ligártelo, Nao.
Preston levanta la cabeza y me mira, como si quisiera recordarme cómo se ha apartado de mí.
¡Mierda!
Podemos borrarle la memoria, pero este instante de vergüenza suprema es muy real.
—Es la opción más lógica —continúa Day—. Está demasiado tranquilo. Estoy casi segura de que no sabe nada importante. Solo tiene curiosidad por ti.
—¿De dónde sacas eso? —protesta Preston, acorralado.
—Por favor… —se burla Row—. La miras como si quisieras lamer su personalidad.
—Si consigues entrar en su casa, podrás registrarla —me dice Day, haciendo caso omiso de los comentarios—. Quizá tenga información que él no sepa interpretar, pero nosotras sí.
—Chicas, no creo que pueda.
—No te quejes del trabajo, Nao, ¡el chico es un pastelito! —opina Neva, sonriente—. Te lo vas a pasar muy bien con él. Mira qué manos tiene…, ¡y su altura! Le debe de medir por lo menos…
—¡Callaos de una vez! —gruño, a punto de morirme. Odio el chisme. Y más si yo estoy involucrada—. Que se lo ligue Row. Yo paso.
«Ya he agotado mi cuota de humillación del año». Y no quiero arriesgarme a que me diga que no por segunda vez.
—Nao, joder… —Bufa Neva—. Day no puede, yo tengo novio y Row lo mataría con su habilidad.
Preston la mira extrañado.
—¿Su habilidad? ¿Qué habilidad?
—La de matar con un beso —contesta Row—. ¿Quieres probarlo, poli?
—Row… —la amonesta Day.
—¿Qué más da? Vamos a borrarle la memoria, ¿no?
—¡¿Cómo que vais a borrarme la memoria?! –exclama Preston.
—Será sencillo, Nao —remata Day—. Ahora ya sabes que, con un poco de tonteo, caerá a tus pies con facilidad.
—¡¿Podéis dejar de hablar de mí como si no estuviera presente?! —grita Preston indignado.
—Esto está siendo humillante… —gorgoteo.
—Ni que lo digas —opina el policía—. Deberíais mejorar la puesta en escena de matonas. Sois demasiado intensas.
A Day se le escapa la risa y pone los ojos en blanco.
—¿Este tío de qué va?
—A mí cada vez me gusta más —admite Row, sonriente.
Me pinzo el puente de la nariz. Necesito alcohol. O sangre. O ambas cosas juntas.
—Está bien. Se acabó el show —gruño seria—. Neva. Hazlo ya. Bórraselo todo. Ahora.
Preston se alarma al oírme y mi amiga se acerca a él divertida, dando saltitos de duende, como si no estuviera a punto de atentar contra su cerebro causando un daño irreversible.
—Ni se te ocurra tocarme, psicópata.
—Lo de «psicópata» me ofende menos de lo que crees, guapo.
—¡Espera! —clama él asustado—. ¿Qué demonios vas a hacerme?
—¿Estás segura de esto, Nao? —me pregunta entonces Neva.
Segurísima, joder. Quiero que se vaya sin recordar lo que ha pasado, lo que ha visto y lo que ha tenido la decencia de no aprovechar. No quiero que recuerde lo que yo necesito olvidar.
—Muy segura. Bórrale desde que se ha tumbado en la camilla.
—¡Espera un momento! Vamos a hablarlo —dice Preston, atenazado.
—Ya está todo hablado. Hazlo ya, Neva.
—¡Pero…!
Mi amiga le toca el brazo, haciendo que sus ojos pierdan el foco al instante y se quede como en blanco justo antes de caer contra la camilla desmayado.
Row silba impresionada.
—No me acostumbro a esta mierda.
—Es de los que pierden el conocimiento. Hace mucho que no me tocaba uno de esos —dice Neva—. Despertará en unos minutos sin recordar nada.
—Perfecto —zanja Day—. Vámonos de aquí.
Mientras desfilan hacia la salida, oigo sus risitas. Row está imitando a Preston con voz ridícula, Neva riéndose y Day diciendo que sería un milagro que esto saliera bien.
Espero, por el bien de Neva, que no les cuente que se ha apartado cuando he ido a besarle.
Me quedo sola con Preston, desmayado bocabajo en mi camilla. Parece tan tranquilo. Tan convencido de que tiene el control… y completamente ajeno a que hace quince minutos me ha rechazado.
Apoyo la aguja sobre el inicio del diseño geométrico y continúo trabajando.
«Lo tienes muy fácil, Nao», oigo a Day en mi cabeza.
Ya… Tan fácil que voy a tener que usar mi habilidad para conseguir lo que cualquiera con dos sonrisas y un escote habría logrado en diez minutos.
Comienzo a diseñar una pequeña runa discreta entre las líneas. Invisible para cualquiera que no sepa lo que busca. La runa del deseo.
Voy a hacer que se vaya a casa hecho un manojo de hormonas y que vuelva el próximo martes con la cabeza hecha un lío. Cuanto más obsesionado esté conmigo, más dispuesto va a estar a hablar.
O eso me digo.
Estoy convencida a un sesenta por ciento… El otro cuarenta es porque el muy cabrón me ha mirado con pena al rechazarme. Como si yo fuera un cachorro al que hay que decir que no con buenas maneras. Y eso se lo voy a cobrar.
No obstante, también hay otro veinte que ni siquiera me atrevo a contar. Y ese dice que, si yo voy a pasar la noche con su «No» rondándome la cabeza, lo justo es que él se pase la suya pensando en mí.
Sé que las cifras no cuadran, pero me da igual.
Termino el dibujo, limpio la zona y reviso el patrón.
Visto desde fuera no hay nada raro, pero la runa está ahí. Como tantas otras frases no escritas en el aire hoy…
Cuando comienzo otra zona del dibujo, Preston abre los ojos, desorientado.
—Joder… —murmura—. Creo que me he quedado dormido.
Levanto la vista del diseño como si nada.
—Eso explica por qué estabas babeando en mi camilla.
Él se frota la nuca.
—Mierda, qué vergüenza.
—Tranquilo. La gente que se duerme suele dejarme propinas.
Preston vuelve a mirarme y abre la boca para decir algo. Sin embargo, al momento cambia de opinión. En lugar de eso, sus ojos bajan hasta mis labios y empieza a respirar por la boca, como si su torrente sanguíneo se lo implorara.
Vale… La runa acaba de arrancar.
Sus pupilas se dilatan y se lame los labios sin poder evitarlo.
Mierda, esto funciona demasiado rápido.
Solo espero no haberme pasado.