Capítulo 9
Nao
Llevo tres días arrepintiéndome de haberle dado cita.
¡¿En qué coño estaría pensando?!
El problema no es que sea policía. Tampoco que nos esté investigando. Al fin y al cabo, la gente lleva intentando husmear en nuestras vidas desde que tengo memoria y la mayoría acaba aterrorizada y con ganas de mudarse a otra ciudad.
El verdadero problema es que tengo que ligármelo. Una habilidad que no figura en mi currículum.
Me puse una película romántica para tomar notas y a la media hora la apagué porque no podía con tanto pestañeo y sonrisa ladeada.
Busqué en internet «frases para ligar con un hombre» y encontré tal cantidad de estupideces que durante diez minutos consideré seriamente que prefería que Day dejara de hablarme antes que decir ninguna en voz alta.
Y, aun así, lo peor no es eso…
Lo peor es que llevo tres días sin dejar de pensar en él.
¡¿QUÉ DEMONIOS ME PASA?!
Ese pelo…, esos ojos… y las siniestras comisuras de su boca alzándose… Por eso el estudio lleva tres días reluciendo de una manera que asusta hasta a mi cliente habitual de los lunes, que normalmente viene borracho.
Row dice que he estado más callada de lo normal. ¡Yo! Que siempre hablo lo justo y necesario. Day me ha preguntado si estoy nerviosa, como si yo fuera el tipo de chica que se pone nerviosa por un hombre. Y Neva, la kamikaze de Neva, me ha preguntado si me he depilado…
Han tenido que agarrarme para que no le dé una paliza mientras se reía a carcajadas.
¡Todo esto es ridículo!
Pero, por algún motivo, se me corta la respiración cuando la campanilla suena justo a las siete en punto. Ni un minuto antes ni uno después.
Me gusta la gente puntual, pero este tipo tiene pinta de celebrar la Nochevieja cinco segundos antes por si acaso.
Levanto la vista despacio, para no darle importancia, y veo a mi Thor particular.
Camisa negra abotonada. Vaqueros rotos desgastados. Y sonrisa de chico que usa los intermitentes incluso estando solo en la carretera. ¡Pfff…!
—Has vuelto —digo casi decepcionada.
—Te dije que lo haría.
—La gente también dice que va a empezar el gimnasio en enero y es mentira.
Sonríe. Ya estamos…
«Concéntrate, Nao. Consejo número uno: sonríele de vuelta. ¡Tú puedes!».
Estiro las comisuras de mi boca hacia los lados. Lo intento con todas mis fuerzas, pero los músculos se rebelan contra mí, como si les estuviera pidiendo que aprendan ruso en quince segundos.
Preston se queda mirándome con cara rara.
—¿Estás bien? ¿Te ha dado un calambre?
—No, no.
—Hacías como… una mueca extraña.
—Era una sonrisa.
—¿Una qué? —Se burla.
—Olvídalo —zanjo adusta. Cuando sonrío parezco una persona poseída. Lo sé.
Mira alrededor, evaluando el espacio.
—¿Mucho trabajo hoy? —pregunta como si nada.
—El suficiente como para arrepentirme de haberte dado cita.
—Oh, y yo pensando que habías estado deseándolo en secreto.
Frunzo el ceño y le hago un gesto hacia la sala del fondo.
—Pasa. Y deja el ego fuera. Ocupa demasiado espacio.
—Vaya. Empezamos bien…
—Esto es lo más simpática que voy a estar hoy, así que acostúmbrate.
La sonrisa de cabrón que pone debería ser ilegal. Y que le quede tan bien me molesta aún más.
Cuando pasa por mi lado, intento —juro por Dios que lo intento— rozarle el brazo «casualmente». Pero como no soy de las que rozan a la gente, calculo mal la distancia y le doy un manotazo en el costado.
Él frena en seco.
—¿Eso ha sido a propósito?
—¿El qué?
—El golpe.
—No ha sido un golpe. Ha sido un toquecito.
—¿Con qué intención?
No contesto. Solo empeoraría las cosas. Lo hago pasar y, cuando obedece, cierro los ojos un segundo a su espalda.
¡A la mierda Day y sus peticiones imposibles!
Cuando vuelve a mirarme, le señalo la camilla como si nada.
—Quítate la camisa.
—Me gustan las chicas directas.
—¿Eres de los que le sacan el doble sentido a todo? Porque no lo soporto.
—Perdón. —Empieza a desabotonarse—. Era para quitarle hierro al asunto. Estoy algo nervioso.
—Tú no estás nervioso. Solo finges estarlo para resultar encantador.
—¿Funciona?
—Para nada. —Me cruzo de brazos sin mirarlo a la cara, pero me recreo observando su cuerpo.
En cuanto se quita la prenda, mi cerebro decide tomarse una pausa técnica para convertirse en una ameba. ¡Madre mía, qué cuerpo tiene!
¿Este tipo es consciente de que parece el maldito HeMan? Es como si a un ingeniero le hubieran pagado horas extras por diseñar sus hombros. Tiene una cicatriz pequeña y profunda junto a las costillas que no debería estar mirando tanto.
Consejo número dos: hazle cumplidos.
—Tienes una cicatriz muy interesante… —digo con voz neutral.
—¿Te lo parece?
—Las cicatrices siempre cuentan una buena historia.
—Esta cuenta que cuando tenía veintidós años, intenté impresionar a una chica saltando una verja de hierro… La verja ganó.
—Esa verja me pone.
Preston tarda justo dos segundos en procesar lo que acaba de oír. Y otros dos en empezar a reírse. Una risa silenciosa, contenida, que le sacude esos hombros perfectos.
—¿De qué te ríes? —pregunto indignada.
—De nada.
—Te estás riendo de algo.
—No me estoy riendo.
—¡Te tiemblan los hombros!
—Tengo frío.
—Vete a la mierda.
—Es que… —Inspira despacio para retener otra carcajada—. Me gustaría saber qué clase de día estás teniendo, Nao. Eso es todo.
Frunzo el ceño. Si él supiera… ¿Y por qué me llama por mi nombre? ¿Qué necesidad tiene?
—Túmbate bocabajo —ordeno seca.
—¿Nunca dices «por favor»?
—No.
—Es que suenas muy autoritaria. Y eso me pone a mí.
Lo miro con los ojos muy abiertos mientras él se acomoda en la camilla sonriendo.
Respiro hondo porque, a pesar de todo, parece que me lo estoy ligando. O él a mí. Ya no lo sé. ¿Ese es su plan? ¿Seducirme para que se lo cuente todo?
«A lo tuyo, Nao. Céntrate en esa espalda desnuda de Master del Universo».
Preparo las agujas, ajusto la luz y repaso el diseño a conciencia. Cuando le aplico el calco del dibujo en la espalda, decido que la conversación de la verja no ha existido. Y empiezo a pensar que quizá no haga falta ligármelo. Tal vez pueda sonsacarle información mientras lo tatúo y nada más.
La aguja perfora su piel y siento la tensión en su cuerpo.
—¿Te duele?
—No.
—Mientes fatal. ¿Te lo han dicho?
—Por suerte, no suelo necesitar mentir.
Esa frase me sube por la nuca como una caricia.
—Bueno. Háblame un poco de ti —suelto a bocajarro.
—¿De repente te interesa mi vida?
—Estoy intentando ser amable.
—¿Amable tú? ¿Tengo que preocuparme? —dice, girándose.
Encima se cree gracioso.
—¿Prefieres que sea una borde?
—Sí, por favor…
Se me escapa un bufido por la nariz. No es una risa, pero está peligrosamente cerca de serlo. Él lo nota y me mira, satisfecho de sí mismo.
—¿Eso ha sido una risita?
—Ha sido un fallo respiratorio. Nada más. Túmbate y déjame trabajar, por favor.
Obedece y yo empiezo a tatuar, pero algo se ha desplazado en la habitación. No sabría decir qué. La cosa es que la veo distinta. Voy a tener que limpiarla a fondo de nuevo.
—Cuéntame algo, anda —insisto—. Lo de la chica de la verja, por ejemplo.
Se queda en silencio, como pensándose si hablar o no. Y entonces pasa lo que siempre sucede cuando la gente baja la guardia mientras les tatúo. Que parte de su esencia entra en mi cabeza sin pedir permiso.
No son imágenes, es peor… Son sensaciones limpias, sin disfraces. Lo que la gente carga cuando cree que nadie está mirando.
De él me llega la ternura cansada que tienen los que han cuidado de los suyos sin que nadie les diera las gracias.
Me llega responsabilidad de la que se asume sin dramatismos.
Me llega un viejo desengaño amoroso que ya no duele, pero que pesa como una mochila crónica.
Y, debajo de todo eso, una frase dedicada a una persona que sigue clavada en su interior como una astilla: «si quieres irte, vete».
Joder… Lo que me faltaba… ¡Un buen tío!
Porque la gente que dice esa clase de cosas es la que ama al doscientos por ciento y luego te deja marchar cuando ve en tus ojos que quieres huir.
Aparto la información como aparto todo lo que me asusta y sigo tatuando, pero la sensación permanece.
—Ahora no me apetece hablar de esa verja —zanja abrupto.
—¿Tan mal acabó todo?
—Ni te lo imaginas.
—¿Está muerta? —me sale preguntar. Y su silencio me dice que es peor que eso—. No contestes. Déjalo —musito, tragándome un «lo siento» empático que jamás permitiría que saliera de mi boca.
Cambio de aguja y me concentro en interpretar la parte que llevo tres días ensayando.
—¿Y el trabajo? ¿Mucho lío en comisaría? —cuestiono con un deje de lo más antinatural.
Se tensa de nuevo bajo mis manos.
—¿Por qué no lo preguntas directamente? Quieres saber si estoy investigando lo de tu amigo Terry, ¿no?
—Pues… ya que lo mencionas, ¿es así?
—Oficialmente el caso está cerrado. Se supone que fue un suicidio.
—¿Y tú no crees que lo fuera? ¿Por eso estás aquí?
Él se toma su tiempo para contestar.
—Yo creo que hay cosas que no encajan.
—¿Como cuáles?
—Como que dos mujeres bajaran a la calle treinta segundos después y ninguna reaccionara como reacciona la gente que acaba de ver morir a un amigo. Y tú, encima, te pusiste a tatuar a la otra en plena escena…
Punto triple para él. Intento mantener mi rictus inmutable.
—Mi amiga era la novia de Terry. O algo así. Tonteaba con él y con su hermano a la vez. Por eso le gritó a Jesse cuando lo vio aparecer. Pensó que lo había matado por celos.
Lo digo todo de carrerilla porque recuerdo que salió corriendo tras él y quería darle contexto.
—¿Por qué me lo cuentas?
—Porque iba a salir a colación tarde o temprano. Prefiero adelantarme.
Y porque esa es la versión que se le dio a la poli en plan telenovela mala para que no nos hicieran mucho caso.
—Qué considerada.
—Soy un encanto. O eso dicen mis órdenes de alejamiento.
Suelta una risita. Y odio en lo más profundo de mi ser que me guste cómo suena.
Cambio de aguja, intentando parecer profesional y sexy a la vez. No consigo ninguna de las dos cosas.
—Túmbate bien y déjame trabajar —le pido, nerviosa.
Obedece tan despacio que me saca de quicio.
—¿Tienes novia? —pregunto sin pensar.
Que no levante la cabeza me demuestra que soy más bruta de lo que creía.
—¿Perdón?
«Joder… ¡Quiero morirme!».
—Olvídalo. Era por estadística.
—¿Estadística?
—Sí. Los hombres altos y rubios soléis tener pareja. O pertenecer a una secta. Una de dos.
Empieza a reírse más alto. El muy hijo de puta tiene una risa preciosa.
—No tengo novia —contesta. Y aunque no lo veo, sé que lo dice con una sonrisa.
—Ah, ¿no?
—¿Tanto te sorprende?
«No contestes raro. ¡No contestes raro!».
—Un poco.
—¿Por qué?
—Porque tienes buena estructura ósea… Ya sabes…, pareces bastante difícil de matar.
Se gira y me mira como si fuera un animal en peligro de extinción. Yo no sé ni dónde meterme.
—Nao, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Sí. Otra cosa es que me apetezca contestarte.
—¿Estás intentando seducirme o tienes algún problema neurológico?
Oír eso me hace perder cinco años de vida.
—No tengo ningún problema… —«Al menos diagnosticado».
—Entonces, ¿intentas seducirme?
—Si tienes que preguntarlo es que lo estoy haciendo realmente mal —digo sin mirarlo a la cara.
—No tanto… —contesta bajito.
Se me corta la respiración y me mira con una intensidad extraña, como si lo que acabara de admitir le pesara de algún modo.
—¿Hablas en serio? ¿Está funcionando? ¡Si lo estoy haciendo fatal!
—Funciona, sobre todo, porque lo estás haciendo fatal —dice con calidez—. Cuanto peor flirteas, más me gustas…
Suelto la pistola de tatuar por acto reflejo y me limpio las manos con una toallita.
—¿Por qué paras? —pregunta alarmado—. No pares ahora, por favor.
—¿Por?
—Sigue tatuándome, te lo suplico.
—¿Por qué?
—Porque, si no, no sé lo que podría pasar…
Yo sí lo sé, joder. ¡Y es justo lo que quiero! Esa es mi maldita misión.
No sé cómo hemos llegado a esto, pero debo rematar la jugada. Es lo que Day me ha pedido. Es lo que Madre me vería incapaz de hacer… Es lo que toca.
Me inclino sobre él lo suficiente como para que sienta mi aliento en la cara y noto que se queda muy quieto. Demasiado.
Mis labios están solo a quince centímetros de la meta. Luego a diez. A ocho…
A medida que me acerco soy más consciente de lo mucho que me atrae su olor corporal, de lo apetecible que me resulta su boca entreabierta y de lo ridículamente largas que son sus pestañas desde esta distancia.
Cuando quedan solo dos centímetros, él aparta la cara.
—No… —murmura.
Solo es una palabra dicha en voz baja. Sin enfado. Sin asco. Pero letal.
Me aparto tan rápido que casi tiro la bandeja metálica. La silla en la que estaba sentada rueda cinco centímetros hacia la pared. Y Preston cierra los ojos como si le costara haber dicho lo que ha dicho. Después me mira con una pena que me quema la piel.
—No es por ti, es que…
—Déjalo —digo, retrocediendo.
—Nao, escucha…
—No hace falta —mascullo sin mirarlo.
—Es complicado.
—¡He dicho que no hace falta que digas nada!
Lo grito más alto de lo que quería. Más de lo que jamás permito que suene mi voz en mi propio estudio. Y por la cara que pone, él lo nota.
—Voy… voy un segundo a por agua —farfullo antes de abandonar la habitación.
—¡Nao, por favor!
No puedo ni mirarlo. Porque solo la oigo a ella:
«No vales para nada, Nao. No eres como las demás».
Cierro la puerta al salir y me apoyo en ella como si acabara de sobrevivir a un accidente de tráfico.
Intento respirar hondo, pero no funciona.
Tengo que deshacer esto. Necesito otra oportunidad. No voy a ser la que fracasa en lo más básico.
Y solo hay una forma de arreglarlo…
Saco el móvil y tecleo cinco palabras:
«SOCORRO. VENID AL ESTUDIO. AHORA».