Hoy (Arpías 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

Nao

Aparco mi moto donde siempre y subo a casa con el ánimo de alguien que acaba de descubrir que su próximo cliente puede joderle la vida.

Vivimos en un edificio raro. Desde fuera no llama la atención: ladrillo rojo, cinco plantas, bastante antiguo… Lo bueno está dentro.

Subo en el montacargas hasta la planta comunitaria, donde se respira un caos hogareño que fabrica cantidades industriales de nostalgia dentro de mí cada vez que salgo de casa.

No es nada especial. Parece un decorado de IKEA diseñado por alguien con problemas mentales, pero cuando llego, ver mi sofá junto al de las demás, siendo cada uno tan distinto, me hace sentir en casa.

El mío es blanco impoluto con un alto riesgo de mancharse y sin un solo cojín en el que acomodarse.

Esa es la idea. Que nadie se siente en él JAMÁS.

Veo que mis compañeras de piso y hermanas ya están en casa.

—¿Por qué llegas tan tarde? —cuestiona Row—. He empezado a beber sin ti.

—Ya lo veo —contesto, registrando la botella de vodka en la mesita baja.

Está tirada en su sitio donde el humo de tabaco ya se ha agarrado a los cojines. Le he dicho mil veces que fume en la escalera de incendios. Pero me ignora, cómo no.

—¿Mucho trabajo hoy? —pregunta.

—No. Es que he estado limpiando.

Eso hace que las tres detengan lo que están haciendo y me miren al mismo tiempo. Porque soy la persona más limpia de la Tierra, lo tengo todo impoluto siempre. Pero limpiar sobre limpio se llama ansiedad. Y yo con ansiedad soy peor que un minion con un hacha.

Me siento en mi sofá y me apoyo en el respaldo sin acomodarme demasiado.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Row mosqueada.

—Cuéntaselo tú —le digo a Day.

La aludida deja la taza que tenía entre las manos y se acerca.

—Esta tarde se ha presentado en el estudio de Nao el policía rubio que presenció la muerte de Terry.

Row se activa como si le hubieran disparado.

—¡¿Qué?!

—Ha entrado fingiendo que pasaba por allí y ha exclamado «¡oh, qué casualidad!» con la voz más falsa que he oído.

—¿Y qué habéis hecho?

—Nada —aclaro yo—. Le he dicho que lo tatuaría. Ocho sesiones. La primera es el martes.

Neva se acerca y se sienta en el brazo del sofá de Day.

—Espera, espera. Vamos por partes. ¿Por qué le has dicho que lo tatuarías?

—Porque, si me hubiera negado, habría sido sospechoso. Y porque Day me ha dicho que podría sernos útil.

—¿En qué sentido? —pregunta Row con interés renovado.

Day aprieta los labios.

—¡En el sentido de que todavía no sé qué le pasó a Terry!

Sé que Jesse no lo mató. Vale. ¡Pero cayó desde el tejado y nadie nos ha dado una explicación!

Y sé que ese policía no ha vuelto a nuestras vidas por casualidad.

Sabe algo. Algo que nosotras no sabemos.

Ha podido comprobar cámaras y tener acceso a información que nosotras no.

—Vale —digo—, pero ¿cómo pretendes sonsacárselo?

—Tengo una idea que no te va a gustar.

—No me jodas… —mascullo, mirándola seria.

Day me sostiene la mirada.

—Tienes que ligártelo, Nao. Enamorarlo de verdad, no solo follártelo como haces con todos los hombres que te interesan. Necesitamos que te elija por encima de su profesión.

Parpadeo dos veces antes de procesar lo que acaba de decir.

—¿Perdona?

—Ya me has oído.

—Pero…

—Pero nada —zanja rotunda—. Ese tipo está obsesionado contigo, pude notarlo en la tienda.

No es solo curiosidad profesional. Necesitamos que esa obsesión nos sirva para descubrir la verdad.

Tienes que ganarte su confianza hasta el punto de que te cuente lo que sabe.

Y si eso implica caricias y arrumacos tendrás que hacerlo.

Al terminar, Neva puede borrarle la memoria para que se olvide de ti.

—¡¿Has dicho acariciarlo?!

—Esto va a ser divertido… —murmura Row entre dientes.

—¡¿Me estás vacilando?! —me quejo—. Me niego a hacer eso.

—¿Por qué?

—¡¿Pretendes que me tire a un tío y luego le haga mimos?! ¡¿Tú estás loca?!

Neva suelta una risita por la nariz y la fulmino con la mirada.

—No es para tanto.

—Yo nunca hago eso. Como mucho les digo adiós. A veces ni eso. El último tío al que se le ocurrió decirme una tontería romántica lo lamentó.

—Tienes que hacerlo, Nao. Por Terry.

—Me la suda Terry. Ya está muerto —digo seca—. Lo siento —añado rápido, mirando a Day—, pero es la verdad.

—Entonces, hazlo por mí —insiste mi hermana, certera.

La miro y resoplo porque sabe que a ella no puedo negarle nada. Puedo protestar por todo, pero al final acabo haciéndolo igualmente.

—No me pidas eso, DayDay… —gimo—. Las sonrisitas, las miraditas, el «cuéntame más de ti…». ¡No me sale! Solo me sale gruñir. ¿Y si lo amenazamos? Eso lo domino más.

—No podemos amenazarle, es policía. Tiene que ser por las buenas.

—¡¿Por las buenas?! ¡¿Yo?! Imposible.

—¡Pues hazlo posible o nunca sabremos quién mató a Terry!¡Tú decides!

Me masajeo las sienes.

—Vamos a ver… ¿Y por qué no se lo liga otra? Row tiene muchas más tablas que yo para estas cosas.

—Porque yo podría matarlo sin querer —se excusa Row.

—Y yo queriendo. —Sonríe Neva.

—Muy graciosas. Pero hablo en serio.

—La cosa es que le gustas tú, Nao —señala Day—. Pude sentirlo. Y si voy yo, o Row o Neva no va a funcionar. Ese tío fue al estudio por ti. Sus emociones eran contigo.

Neva levanta la mano como lo haría una niña en clase.

—Si necesitas ayuda con la parte de la seducción, yo te puedo dar algunos consejos. Evan y yo tenemos una vida sexual muy activa.

—Por Dios, Neva…

—¡Solo me estoy ofreciendo!

Pongo los ojos en blanco y Row se ríe abiertamente mientras murmura un «esto promete».

Miro al techo, procesando dónde me estoy metiendo.

Recapitulemos… Tengo que tatuar a un policía durante ocho sesiones a la par que le saco información y finjo que me gusta para terminar en su cama mientras evito que se dé cuenta de que todo es mentira.

Y recordemos que yo no sé sonreír.

—Ese tío sabe algo, Nao —repite Day, tratando de convencerme.

—Claro que lo sabe, si no, no hubiera aparecido —discurre Row—. Descubriremos qué es y luego le borraremos hasta el nombre de su madre.

—Lo haré sin problema —afirma Neva.

—Y si se pone tonto, yo me ofrezco voluntaria para darle un besito —añade Row—. Total, una vida más, una menos.

—No vamos a matarlo —sentencio de pronto.

—Uuuh… ¿Ya te gusta? —me provoca Neva, sonriente.

—No, imbécil, pero los policías muertos generan más policías husmeando. Y, si desaparece, vendrán a buscarlo.

Row hace un mohín.

—Aguafiestas.

Day se queda pensativa.

—Me vio gritándole a Jesse. Seguro que por eso nos ha investigado. Debemos tenerlo de nuestro lado o puede darnos problemas.

—Vaaale —cedo cansada.

Day levanta las cejas.

—¿Vale qué?

—Intentaré «ligármelo». Pero quiero que conste en acta que esto va a ser un desastre y, cuando salga mal, no quiero ni una sola queja de ninguna de vosotras.

Day me mira con agradecimiento.

—Gracias, Nao.

—No me lo agradezcas todavía. Espera a que te llame el martes a las ocho y media para decirte que el plan se ha ido a la mierda en hora y media.

—Tendré el móvil cerca.

Neva abre el libro, dando por zanjada la conversación, Row vuelve a tumbarse con la botella de vodka y Day se queda mirándome con esa cara de hermana mayor que pone cuando sabe que me está pidiendo algo superior a mis fuerzas.

Aprovecho para bajar a mi piso y cambiarme de ropa.

Cuando abro la puerta y enciendo la luz, el blanco lo abarca todo: paredes, techo, muebles, sábanas, cortinas… y hace que mi mente colapse y se quede en blanco, nunca mejor dicho.

Esta monotonía cromática es lo mejor para relajarse. Porque no exige nada. No dice nada ni recuerda cosas que no quieres rememorar. Cuando cierro la puerta, mi cabeza se queda en silencio durante un buen rato. Solo existe eso. Mi silencio.

No oigo a un cliente pensando que su novia lo engaña.

Ni a una mujer aterrada porque ya no quiere a sus hijos.

Solo me escucho a mí.

Me tumbo en la cama y rezo para que esta sensación dure lo máximo posible, pero nunca lo hace, porque en cuanto bajo la guardia, aparecen otros pensamientos de los que llevo años huyendo.

No olvido que Day acaba de pedirme que sacrifique mi escaso equilibrio emocional para descubrir quién mató a Terry. Y tengo que hacerlo porque es la única que nunca me pide nada. La que me besa la sien cuando yo no quiero que me besen y la primera que fue mi amiga cuando más lo necesitaba…

Cierro los ojos y me obligo a pensar. ¿Cómo coño liga la gente? Porque yo suelo acosar a alguien a miradas y luego lo beso sin cruzar palabra. Un truco que me funciona el cien por ciento de las veces. Si abriera la boca, seguramente no tendría tanta suerte.

Pero con el poli no puedo hacer eso…, ¿o sí?

Repaso en mi mente las películas, series y escenas que he visto en bares a los que he asistido como mera observadora del comportamiento humano. ¿Qué hacen las mujeres cuando quieren ligarse a un hombre?

Sonreír. Y ahí tenemos el primer problema.

También los tocan; segundo problema. Coquetean y se ríen de las bromas del otro, aunque no tengan gracia. Eso va en contra de mi religión… Les hacen preguntas como si las respuestas les importaran mientras se muerden el labio y juegan con su pelo. Inimaginable en mí.

Además, ¡yo no tengo pelo con el que jugar!

A ver… Lo de tocar lo puedo hacer. Porque ya voy a tocarlo como parte del trabajo de tatuarle. Solo tengo que dejar que mis dedos rocen donde no haría falta y él entienda la señal.

Lo de hacer preguntas… Bueno, ya tenía pensado hacerle unas cuantas. Solo que ahora tienen que sonar a «me interesa tu vida», en lugar de a «me interesa saber qué información tienes sobre la muerte de Terry». Al final es la misma frase con una entonación distinta. Así que lo puedo intentar.

Lo de sonreír… lo veo más complicado.

Y lo de morderme el labio, por encima de mi cadáver.

¿Qué más pruebas necesitan para saber que esto va a salir mal?

Porque yo no sé fingir que alguien me importa cuando no lo hace. Fingir afecto es lo más difícil del mundo cuando nunca te enseñaron a recibirlo.

Y sé exactamente quién tiene la culpa de que no sepa.

«Haz otro». Se cuela en mi mente la voz de Madre, tan fría y cortante como siempre.

Esa mujer jamás tuvo un gramo de empatía conmigo. Ni siquiera el día que me obligó a dibujar sobre los brazos de Row durante horas porque no podía parar de llorar después de la muerte de Alyss.

Yo también había perdido a una buena amiga, pero a Madre solo le preocupaba que Row no se rompiera del todo. Porque Row tenía una habilidad que mataba sin testigos, y eso, para ella, valía oro.

Estuve dibujando hasta que me desmayé. Y cuando desperté, Madre estaba a mi lado, no para preguntarme cómo lo llevaba yo, sino para saber cuándo podría volver a empezar.

Abro los ojos de golpe.

Basta. Eso pasó hace años. Ya no soy esa niña. Ahora sé quién soy. Sé lo que hago y lo que significo para mis hermanas.

«Si no les fueras útil, ya te habrían echado de aquí», insiste la voz de Madre.

Tiro ese pensamiento lo más lejos posible para no oírlo. Ella lo puso ahí y no le voy a dar el gusto de torturarme.

Siempre me ha hecho sentir que era menos que las demás. Como si no fuera suficiente para pertenecer al grupo.

Pero hoy sé que, si yo desapareciera, Day empezaría a exhumar cadáveres para encontrarme. Neva se lanzaría debajo de un tren por mí sin pestañear. Y Row le arrancaría la cabeza a cualquiera que quisiera hacerme daño.

Eso es real. Y lo que Madre piense no importa.

Entonces…, ¿por qué sigo oyendo su horrible voz?

Me levanto y voy directa al baño para echarme agua fría en la cara. Me miro al espejo e intento pensar en otra cosa. Y durante un breve y absurdo segundo, Preston, el policía cañón, se cuela en mi cabeza.

Recuerdo que me gustó cómo se hizo cargo de todo aquel día, con Terry ensangrentado sobre el capó, Day rota y yo totalmente bloqueada.

Dijo lo que había que decir, como si llevara toda la vida apareciendo en los peores momentos de la gente y supiera muy bien qué hacer.

Pienso en cómo lo observaba todo, como si pudiera arreglarlo. Como si las cosas todavía tuvieran arreglo…

Me obligo a borrar esa sensación antes de que eche raíces. Porque los hombres nunca han solucionado nada en mi vida. Ni Terry ni Jesse ni ese maldito Thor me importan un pimiento, solo me importan mis chicas. Esas tres mujeres que me quieren a mí. No a mi habilidad. A mí.

Y haré lo necesario para que estén bien.

Y si el policía cree que lidiar conmigo va a ser un paseo, ya descubrirá que mi camilla no es un parque de atracciones.

Voy a hacer que se le quiten las ganas de jugar a los detectives…