Capítulo 7
Nao
Day lleva veinte minutos repitiéndome que está bien.
Lo cual significa que no lo está, pero prefiere no hablar de ello. Yo respeto ese sistema. Es el mismo que uso yo desde los doce años.
—En serio, Nao. Estoy aliviada, ¿sabes?
—Ajá.
—Aliviada, no «contenta», no me malinterpretes, y también algo confusa.
—Te he oído a la primera.
Está sentada en la silla de los clientes, con las piernas cruzadas, jugueteando con una de las agujas estériles que tengo sobre la bandeja.
Lo hace cada vez que viene. Le he dicho mil veces que no toque mis cosas, pero es como pedirle a un gato que no salte al mostrador.
Le quito la aguja de la mano sin mirarla.
—Lo que pasa —sigue, porque Day, cuando arranca, no para— es que sentir lo que siento por él es… raro. Después de… Después de estar un mes pensando que era un asesino, ¿sabes?
—Y ahora estás aliviada —subrayo—. Vale. Anotado. Solo nos queda analizar el asterisco que no te deja estar tranquila, y es… lo mucho que te gusta ese lameculos.
Day sonríe. Una de esas sonrisas pequeñas que parecen salir con esfuerzo. Pero mejor eso que los ojos rojos del último mes.
Anoche, durante la cena familiar que organizamos, pude notar que algo entre Day y Jesse ha cambiado. Sé que ella sigue confusa, pero hasta un tonto se daría cuenta de que esos dos idiotas están hechos el uno para el otro.
En ese momento, la campanilla de la puerta suena, haciendo que enfoquemos la vista hacia la entrada.
No me lo puedo creer…
Esperaba encontrarme a la cita de las cinco, una señora que quiere tatuarse el nombre de su perro muerto, pero lo que descubro es al puto policía rubio que nos ayudó cuando Terry murió.
¿Cómo olvidarlo?
Es la viva imagen de Thor. Greñas rubias, alto como un armario y lleno de músculos. Solo le falta el martillo y el taparrabos. Pero tampoco lo necesita. El cabrón lleva una camiseta blanca, vaqueros rotos y una sonrisa capaz de sacarle de cualquier conversación incómoda.
Lo primero que hago es intercambiar una mirada con Day, que se ha tensado al identificarlo. Cualquiera con dos ojos lo habría reconocido.
Day se levanta despacio y yo me incorporo detrás del mostrador cuando él se acerca, afable, como si no acabara de invadir territorio enemigo.
—Anda, hola… —saluda, fingiendo sorpresa—. ¿Qué hacéis vosotras aquí? —Actúa tan mal que me da vergüenza ajena—. Qué casualidad.
—Sí. Mucha casualidad —repito sin parpadear.
—Estaba buscando un sitio donde tatuarme y este tiene buenas reseñas. ¡Y resulta que sois vosotras! El mundo es un pañuelo.
—Eso parece —mascullo.
La sonrisa de su cara apenas varía. Punto para él.
—Entonces…, ¿puedes atenderme o estoy vetado aquí?
Miro a Day. Ella lo observa y sus ojos giran apenas un grado. No dice nada en voz alta, pero cuando vuelve a mirarme, su expresión me responde por sí misma: «Ten cuidado».
—Aquí se atiende a todo el mundo —respondo—. Si apareciera una rata con una tarjeta de crédito, la tatuaría.
El policía esboza una sonrisa incómoda que me hace muy feliz.
—Yo me largo —anuncia Day. Pero antes cruza el mostrador, se planta a mi lado para, muy a mi pesar, besarme la sien, lo cual es, directamente, una agresión para mí, y me dice algo al oído que no quiere que él entienda—: No lo espantes. Puede sernos útil.
La frase me abofetea mientras la veo dirigirse hacia la salida. No obstante, antes de irse, nos mira por última vez.
—Pórtate bien, Nao —dice con retintín.
—Siempre lo hago.
—Sí, ya…
Sale del local, haciendo sonar la campanilla, dejándonos solos.
El poli se queda de pie en medio del estudio, con las manos en los bolsillos, mirando las paredes como si estuviera en un museo de los horrores.
Hay algo raro en cómo lo observa todo. La mayoría de la gente que entra aquí o mira los diseños o me mira a mí. Él se dedica a revisar las esquinas, comprobar las salidas y localizar cámaras de vigilancia que no tengo.
«Mala suerte, colega».
Cuando vuelve a mirarme, sonríe de nuevo. Una sonrisa perfecta que odio de inmediato.
—Me llamo Preston —se presenta, tendiéndome la mano.
No se la cojo. No por borde —bueno, también—, pero prefiero no tocar a nadie si no es estrictamente necesario.
—Yo soy Nao —digo, colocándome frente al ordenador—. ¿Qué quieres hacerte?
—La verdad es que no lo sé.
—Pues adiós. No me gustan los indecisos.
—¡Espera! —Se ríe—. Sé que quiero algo grande y en la espalda, pero no sé exactamente qué.
Levanto una ceja.
—¿Vienes a un estudio de tatuajes sin saber qué quieres tatuarte y pretendes que te haga algo grande en la espalda?
—Más o menos…
—¿Tú te caíste muchas veces de pequeño?
—Alguna que otra —admite, siguiéndome la broma—. Pensaba que igual tú, al ser una experta, tendrías alguna idea buena.
—Las tengo. Y cobro por ellas.
—Me parece justo.
«No lo espantes, Nao», recuerdo las palabras de Day y me cuadro.
Cojo el cuaderno de bocetos de mala gana y le señalo la silla del fondo con la cabeza.
—Siéntate. Y cuéntame algo de ti para ver qué puede encajarte.
Él obedece y se acomoda como si llevara años sentándose en esa silla. Es de esos tipos que ocupan el espacio sin dejar sitio para nadie más.
—¿Qué quieres saber de mí? —pregunta.
—Lo mínimo. No hace falta que me cuentes tu vida. Dime una palabra que te defina y si crees en algo. Lo típico. Para no dibujarte un Capitán América si eres team DC.
Se ríe. Esta vez de verdad. Una risa más corta e inesperada.
—Soy de Marvel, así que respira tranquila.
—Lo anoto.
—¿Una palabra que me defina? —murmura—. Curioso, supongo.
—Eso es lo típico que dice todo el mundo.
—Ah, ¿sí? ¿Qué dirías tú?
—Nada que te interese.
—A lo mejor sí me interesa…
Levanto la vista del cuaderno para sostenerle la mirada más de dos segundos.
Necesito saber de qué va, qué busca, pero no capto nada.
Para eso tendría que tocarlo con una aguja y que estuviera relajado.
Y no lo parece. Más bien tiene pinta de estar acostumbrado a ganar conversaciones a base de mirar fijamente.
Sin embargo, conmigo eso no funciona.
—¿Algún miedo? —pregunto para provocar una reacción en él.
Se lo piensa. Y por primera vez desde que ha entrado, lo veo dudar.
—La falta de información —responde al final—. Tener una pregunta sin respuesta. Eso me come por dentro.
Y no sé por qué, pero esa frase tonta, «me come por dentro», me toca un cable que no sabía que tenía suelto.
Una voz que no es mía cruza por mi cabeza. Una de las que cargo desde hace meses. Un tipo al que tatué un reloj parado en el antebrazo y mientras le pinchaba no dejaba de pensar «no saber qué le pasó es lo único que no me deja dormir». Esa frase exacta. Con todo su peso.
Me quedo medio segundo en blanco, y cuando vuelvo, veo que él me está mirando.
Y no como hace un minuto. Ahora es distinto. Como quien acaba de ver algo extraño y lo ha archivado.
Joder…
—¿Estás bien? —pregunta con suavidad, como si le importara.
—Perfectamente. Tatuaje grande, en la espalda, no sabes qué. Creo que tengo algo perfecto para ti.
—Soy todo ojos.
Paso las páginas hasta llegar a un dibujo que hice hace años y que siempre me ha gustado. Es una figura geométrica, de líneas finas, mucho detalle y un sombreado denso.
—Guau… —dice alucinado—. Es muy potente.
—Te va a doler como un parto y nos llevará entre seis u ocho sesiones, pero te quedará brutal.
Levanta las cejas.
—¿Has dicho seis u ocho sesiones de dolor de parto?
—Como mínimo. Si quieres algo grande y bien hecho, los atajos no valen.
—Joder.
—Podríamos hacerlo en menos, pero sería una mierda. Y tengo un nombre que cuidar. —Me encojo de hombros, poniéndoselo fácil para abandonar.
Él sonríe otra vez. De una forma más calculadora.
—Seis u ocho sesiones… —repite—. Vale. Apuntado.
—¿Quieres ver otras opciones?
—No. Creo que has dado en el clavo con este. Eres buena calando a la gente.
Lo miro. Me mira. Y… mierda.
Admito que está bueno. Es un cabrón mentiroso, pero está MUY bueno.
Y por supuesto que lo he calado. Este no ha querido hacerse un tatuaje en su vida, solo ha venido porque algo en la muerte de Terry no le encaja y es un maldito cotilla. Él mismo lo ha admitido.
Me encantaría espetarle que no engaña a nadie, pero Day ha dicho que podría sernos útil. Lo último que quiero es cabrearla más.
—Quiero que sepas una cosa —suelto de pronto.
—Tú dirás.
—Un tatuaje así supone muchas horas de trabajo y me han dicho que me porte bien contigo. Así que lo único que te pido es que no me trates de idiota fingiendo que esto es una casualidad. No quiero ponerme más borde de lo normal.
—¿Insinúas que hay otro nivel aún peor?
—Jódeme y verás.
Nos mantenemos la mirada y… Vale, analizando la frase, quizá tenga demasiadas acepciones, porque de pronto todo está teñido de un trasfondo sexual que me ahoga. Podríamos ponernos a «joder» ahora mismo encima del mostrador. Pero luego tendría que echarle. No tatúo a quien me follo. Es una norma.
—No he venido a joderte —musita algo pícaro—. No estoy investigando nada ni quiero molestaros.
—Entonces, ¿qué haces aquí? —pregunto directa.
—Te lo he dicho, quiero un tatuaje.
—Acabo de pedirte que no me mientas.
—No lo hago. Soy bastante obsesivo. Y desde que lo he visto no se me va de la cabeza. —Volvemos a leernos con la mirada y tengo la sensación de que, si Day estuviera aquí, me diría que no miente. Mi duda es si su frase se refiere al tatuaje o a mí…
Mientras lo miro, sus labios vuelven a curvarse divertidos.
Empiezo a sospechar que duerme colgado del techo como un murciélago y se alimenta exclusivamente de sonrisas irritantes.
—De acuerdo —resuelvo. Y suena igual de vengativo que en mi mente. Porque ha elegido el dibujo perfecto para esconder microrrunas en su patrón, y puedo meterle pequeños detalles que él no ha pedido donde me plazca. Para cuando los descubra, ya será demasiado tarde.
Llámalo firma de autora, capricho o cobrarme sus mentiras.
—Ven el martes a las siete —digo, anotando la cita en mi agenda—. Trae camisa que se abroche con botones y no comas mucho antes.
—¿Por qué?
—Porque la gente tiende a vomitar la primera vez.
Me mira espantado.
Si fuese capaz de hacerlo, soltaría una sonora carcajada.
—Tomo nota.
Se levanta para sacarse la cartera que lleva pegada a ese culo de dios nórdico y dice:
—¿Cuánto es?
—Cincuenta.
—¿Solo? —pregunta extrañado.
—No. Esos son por la consulta de hoy. Si vuelves, te los descontaré del precio final. Y si no vuelves, como hace la mitad de la gente que entra por esa puerta, al menos no habré perdido mi tiempo contigo.
—¿La mitad no vuelve?
—Sí. Vienen muy valientes, se sientan, oyen lo de los ocho partos y lo del vómito y se les pasa la épica.
—Bueno, a mí no se me va a pasar.
—Eso dicen todos.
Saca un billete y lo deja despacio sobre el mostrador, mirándome a los ojos, como si el gesto fuera una declaración de guerra.
—El martes a las siete —repite intenso.
—Correcto.
—Voy a volver, Nao.
—Eso espero…
Sonríe y sale por la puerta, haciendo que la campanilla dé una voltereta. Es Thor. Confirmado.
Me quedo quieta, observando cómo se va unos segundos más de los necesarios. ¿Por qué coño me quedo mirando?
Joder… Qué asco me doy a veces.