Capítulo 6 #2
—Gracias de todos modos —susurro.
—Lamento no poder ayudar más. Deja que borre toda mi huella digital. No quiero tener a la policía en mi casa dentro de una hora.
Le pongo una mano en el hombro.
—Borra también tus datos del ordenador.
Él alza la vista. Los cascos naranjas siguen sobre sus orejas.
—¿Mis datos?
—Todo lo que hayas usado. Todo lo que pueda señalarte. Todo.
Durante un instante, sus ojos se quedan fijos en los míos. Después asiente.
—Claro.
Lo veo hacerlo. O creo verlo. Limpia accesos, historiales, rutas, credenciales temporales. Hace desaparecer ventanas. Borra cosas que ni siquiera sé nombrar. Cuando termina, gira el portátil hacia mí.
—Limpio.
Evan se quita los cascos y los deja junto al portátil.
—Ahora explícame por qué acabo de colarme en archivos policiales durante una cena familiar.
Day murmura:
—Con platos que ya no están perfectamente colocados.
Yo apoyo las manos en el borde de la mesa y me inclino hacia él.
—Te lo explicaré.
—Bien.
—Pero antes tengo que decirte algo.
Su expresión se suaviza.
—¿Qué?
—Me has puesto a mil viéndote teclear así.
Jesse hace un sonido de protesta.
—Estoy comiendo.
—Técnicamente estás saqueando aceitunas —dice Row.
Evan se queda inmóvil. Luego parpadea.
—¿Eso era la explicación?
—Era el prólogo.
Me subo a horcajadas sobre él, cara a cara, sin importarme que mis hermanas estén ahí, que Jesse casi se atragante otra vez o que Nao parezca estar calculando si puede borrarnos de su vida.
Evan me sujeta por la cintura por puro reflejo.
—Neva…
—Luego te lo explico.
—Eso dijiste antes.
—Soy consciente.
Sus manos bajan a mis muslos. Cierra el portátil con una mano, recoge el walkman con la otra y se levanta conmigo en brazos. Me agarra del culo sin pedir permiso, como si de pronto también supiera hacer eso con la misma seguridad con la que acaba de romper una puerta invisible.
Me río contra su boca.
—Mira qué multifunción.
—Tengo actualizaciones pendientes.
—Instálamelas arriba.
Nao hace un ruido seco.
—Me niego a escuchar más, esto es porno friki.
—Pues haber nacido en una familia normal —le digo mientras Evan me lleva hacia el montacargas.
Row nos grita desde la cocina:
—¡La comida no espera!
Jesse añade:
—¡Pero nosotros cotilleamos!
Day, por supuesto, solo dice:
—No toquéis las paredes.
El montacargas sube con un zumbido bajo. Evan no me baja. Yo le rodeo el cuello con los brazos y apoyo la frente en la suya.
—Has estado increíble —susurro.
Él sonríe, pero hay algo cansado en su gesto.
—Me gusta cuando dices cosas bonitas. Me confunde mucho.
—Puedo volver a amenazarte si te sientes más cómodo.
—Gracias. Sí. Por favor.
Lo beso.
Y durante un rato no pienso en Madre, ni en GenoLabs ni en archivos ni en mentiras antiguas. Durante un rato solo existe Evan, sus manos, su risa contra mi piel y esa versión nueva de él que se ha abierto como una puerta que no sabía que estaba cerrada.
Después, en mi cama, con la respiración todavía desordenada, Evan juega con un mechón de mi pelo entre los dedos.
—Cuando era pequeño desmontaba juguetes —dice de pronto.
Yo giro la cabeza hacia él.
—Claro que sí. Qué sorpresa. El niño hacker destripando ositos.
—Ositos no. Tenía límites morales.
—Qué alivio.
—Coches, robots, una radio de mi abuelo una vez. Quería saber cómo funcionaban. Luego intentaba montarlos otra vez, pero siempre me sobraba un tornillo.
Sonríe, mirando al techo.
—Mi abuelo decía que, si seguían funcionando con un tornillo menos, era que ese tornillo nunca había sido importante.
No sé por qué esa frase me toca.
Quizá porque es pequeña o porque no intenta impresionarme.
Y, de pronto, veo a un Evan niño sentado en el suelo, rodeado de piezas diminutas, convencido de que entender algo era la única forma de quererlo bien.
—¿Y seguían funcionando? —pregunto.
—A veces.
—¿Y cuando no?
—Decía que estaban expresando su individualidad.
Me río y él se gira hacia mí.
—¿Qué?
—Nada.
Pero no es nada. Es una cosa enorme. Una criatura con dientes dentro del pecho.
¿Cuántas historias como esa tiene? ¿Cuántos tornillos le sobraron? ¿Cuántas radios rompió? ¿Qué canción suena en ese walkman feísimo? ¿Por qué no le he preguntado antes?
Porque no debía.
Porque Evan era sencillo. Evan era mi zona segura. Evan era el chico que no podía quedarse para siempre porque mi vida está llena de sangre, secretos y puertas cerradas.
Y ahora quiero abrirlo. Quiero saber qué hay dentro. Eso sí que da miedo.
Él me roza la mejilla con los nudillos.
—Ahora sí. Explícame lo de abajo.
El mundo regresa de golpe. La cena. La policía. Madre. Sus ojos esperando una verdad que no puedo darle.
Me incorporo despacio.
—Evan…
—Confío en ti —dice.
Y eso es peor que una acusación. Me inclino hacia él y le acaricio el brazo. Su piel está caliente bajo mis dedos. Busco el recuerdo. Ahí está: el tobogán, la conversación, la pregunta, el walkman, las teclas, los archivos, Madre.
Tiro del hilo.
Él inspira.
El recuerdo se deshace.
No duele. Nunca duele. Eso no lo hace mejor.
Evan parpadea, tranquilo, vacío de esos minutos que acabo de robarle.
Lo beso en la frente.
—Perdóname —susurro.
Bajo antes que él. En la tercera planta ya han servido la cena. Los platos están llenos, las copas colocadas, las sillas ocupadas. Todos levantan la vista cuando aparezco.
Nao no pregunta.
Day aparta una servilleta para corregir una arruga invisible.
Row me mira solo un segundo.
Jesse levanta ambas manos.
—No diré nada, pero eso ha sido demasiado rápido.
Me siento. Poco después, el tobogán vuelve a sonar. Mira la mesa.
—Anda. Qué rápidas habéis sido. Si solo he tardado nada en bajar y cuando subí todavía estabais empezando la cena.
Se hace un silencio mínimo. Yo cojo mi tenedor.
—Row ha amenazado a la olla y la olla ha cooperado.
Row asiente, seria.
—Funciona con casi todo el mundo.
Jesse señala su plato.
—Ha sido llegar y descongelar. Cocina moderna.
Day añade:
—Y organización.
Nao bebe agua.
—Mucha organización.
Evan nos mira a todos entre divertido y confundido.
—Sois rarísimos.
Yo sonrío.
—Y tú bajas muy lento por el tobogán, cariño —le digo—. Con lo que corres en el patinete, no sé cómo no has llegado antes.
Él se sienta a mi lado, me besa la mejilla y roba un trozo de pan de mi plato.
—La próxima vez cronométrame.
Noto cómo se me tensa todo, ese cosquilleo eléctrico que me sube por los brazos y que termina siempre con mis dedos buscándome el cuello. Antes de que lo hagan, meto la mano en el bolsillo y saco la peonza.
La dejo sobre la mesa y la hago girar. No me importa que estén todos delante.
Es vieja. De madera, con la punta de metal ya gastada de tantas vueltas y toda ella pintarrajeada con rotuladores que perdieron el color hace años: rayas que quisieron ser estrellas, un sol torcido, unos garabatos que solo una niña muy pequeña sabría descifrar.
Yo era esa niña. No recuerdo pintarla, pero sé que fui yo.
El zumbido de la madera al girar me ordena por dentro, como si alguien bajara el volumen del mundo. Los hombros se me sueltan. La respiración se me acompasa al giro. No sé cuánto tiempo llevo mirándola cuando la voz de Evan me devuelve al momento.
—¿Adónde te vas cuando haces eso?
Parpadeo. La peonza empieza a tambalearse y la atrapo antes de que caiga.
—A ningún sitio.
—Mentira. —No lo dice con reproche, sino con curiosidad, apoyando la barbilla en la mano—. Te vas. Se te queda esa cara. ¿Qué es?
Todos en la mesa nos observan.
—Una peonza. La tengo desde que era pequeña.
—¿La pintaste tú?
—Sip.
—¿Y qué tiene de especial?
Podría contárselo. Me sorprende cuánto me tienta contárselo. Pero abrir esa puerta es abrirlas todas, y hay habitaciones dentro de mí que no pienso enseñarle a nadie, ni siquiera a él.
—Me calma —digo, y hago que suene ligero.
Evan me mira un segundo más de la cuenta, de esa forma suya que da la sensación de que ve más de lo que le enseñas. Pero no insiste. Coge la peonza con un cuidado que no le pega nada, como si entendiera que es vieja y que se puede romper, y la hace girar él mismo sobre la mesa, hacia mí.
—Vale, cuando lo necesites, avisa y yo mismo la giro por ti.
Y lo dice como si fuera una tontería. No sabe que acaba de aprender a manejarme mejor de lo que me manejo yo.
Lo miro.
Y por primera vez desde que empezó esto, no sé si quiero mantenerlo lejos para protegerlo, o acercarme más para descubrir qué pieza me falta a mí.
Sea como sea, cambio de tema y proseguimos con esta cena rara en la que tengo en la misma mesa a toda la gente que me importa.