Capítulo 6
Neva
La primera cena familiar de verdad con Jesse empieza con Row amenazando a una olla. No a alguien con una olla. A la olla.
—Si te pegas, te juro que te uso para guardar restos humanos —le dice, removiendo con una cuchara de madera.
Yo, sentada sobre la encimera con las piernas colgando, la miro con interés profesional, esperando que se despiste para echarle sal.
Se toma tan en serio sus dotes culinarias que no se permite fallar, y a mí me encanta arruinárselo.
—¿Cuánto tarda en disolverse un cuerpo ahí dentro? —pregunto curiosa.
Nao levanta los ojos de la bandeja de vasos.
—Neva…
—¿Qué?
—No.
Day, que está alineando servilletas, ni siquiera pestañea.
—Depende del tamaño del cuerpo, del ácido y de si quieres conservar los dientes —contesta Jesse, y se queda con una aceituna a medio camino de la boca—. Me encanta esta familia.
Row lo señala con la cuchara.
—Tú no cantes victoria. Esta es la primera cena en la que no te consideramos un idiota integral. Todavía estás en periodo de prueba.
Jesse se lleva la aceituna a la boca, sonríe y mira a Day.
—¿Ves? Progreso emocional.
Day acomoda un cuchillo medio milímetro hacia la derecha.
—No te emociones. Hemos bajado de idiota integral a idiota funcional.
—Es casi una pedida de mano.
Yo aplaudo despacito, soy team Jesday total.
Sé que para mi hermana no está siendo fácil. Hace solo unos días estaba muy segura de que Jesse había matado al que ella estaba convencida de que era el amor de su vida.
Es curioso, porque todas sabíamos que no era así. Terry fue solo ese amor de juventud que deja huella, y ahora estoy segura de que está a punto de descubrir a quien sí la ama de verdad, sin motivos ocultos ni egoísmo.
—Qué bonito. El amor moderno. Menos flores, más insultos con estructura.
La tercera planta está más viva de lo habitual. La cocina abierta huele a especias y a pan caliente. La mesa está puesta, aunque aún no hay comida de verdad, solo platos, cubiertos y algo de picoteo que Jesse está exterminando con la eficacia de una plaga bíblica.
—Volviendo al tema —dice Nao, apoyando las manos en el respaldo de una silla—. GenoLabs.
La palabra cae sobre la cocina como un jarro de agua fría.
Day deja quieta una servilleta.
Row apaga el fuego.
Jesse deja de masticar.
Yo sonrío, porque cuando algo da miedo, lo correcto es sonreírle. Así se confunde.
—Qué nombre tan de empresa que guarda secretos en sótanos con luces parpadeantes, ¿no creéis? —pregunto a todos y a nadie en particular.
—Trabajo allí —recuerda Jesse.
—Exacto. Tú eres la luz parpadeante —le confirmo.
Él me guiña un ojo.
—Siempre he querido ser ambientación inquietante.
Nao no le ríe la gracia. Ella tiene esa capacidad preciosa de convertir una habitación en una sala de interrogatorios sin mover un músculo.
—Necesitamos mirar más allá de lo que Jesse puede conseguir desde dentro. Si Madre tiene vínculos antiguos con algún laboratorio, habrá dejado rastro en alguna parte.
Day cruza los brazos.
—Registros médicos, auditorías, licencias, expedientes cerrados…
—O archivos policiales —añade Row.
—¿Estamos diciendo que deberíamos meternos en la policía?
Jesse levanta una mano.
—Me gustaría dejar constancia de que, como ciudadano casi respetable, eso me parece ilegal.
—«Casi» —repito—. Qué palabra tan bonita.
—Podría haber investigaciones archivadas —dice Day—. Denuncias antiguas, nombres de personas vinculadas al proyecto…
Nao asiente.
—Necesitamos saber qué buscar.
—Y necesitamos a alguien que sepa entrar sin dejar huella —murmura Row.
—¿Se os olvida que la primera vez que bajé a buscar información alguien me hizo un fundido a negro? —pregunta Day.
Observo cómo Jesse aprieta la mandíbula.
—Alguien se tomó muchas molestias para asegurarse de que no quedara rastro del ataque. Descubriremos qué sucedió —promete Jesse, mirándola con intensidad.
Ella se sonroja y prosigue:
—Necesitamos registros médicos…
El ruido llega justo entonces.
Un roce arriba.
Un golpe hueco.
Luego el deslizamiento familiar dentro del tubo cerrado que conecta mi apartamento con esta planta. Evan sale disparado por la boca del tobogán con el pelo un poco revuelto, la camiseta subida por un lado y con cara de disfrutar cada vez que se tira por él.
—Voy mejorando —anuncia.
Nadie responde. Su sonrisa pierde medio centímetro.
—Cariño…
—Cuando empiezas así debería preocuparme.
—¿Tú serías capaz de meterte en la base de datos de la policía sin ser detectado y mirar unas cuantas cosas?
Evan parpadea. Jesse se atraganta con una aceituna. Day cierra los ojos como si estuviera contando hasta diez en varios idiomas. Nao me mira con cara de estar pensando en tirarme por la ventana.
—¿Estamos hablando de la policía «policía»?
—No, amor, la policía de Star Trek.
Me bajo de la encimera y me acerco a él con mi mejor sonrisa de profesora de manualidades. Esa que dice: «puedo enseñarte a hacer una flor con cartulina y también convertirte en material reciclable».
—Por favor.
Evan me observa. No mira a mis hermanas. No mira a Jesse. Me mira a mí.
—¿Es importante?
—Sí.
—¿Es peligroso?
—Un poquito.
—Cuando tú dices «un poquito» suele ser enorme.
—Qué exagerado.
Él suspira. Después sonríe.
—Vale. Pero necesito una cosa.
Antes de que nadie pregunte, se gira, se mete otra vez en el tobogán y empieza a trepar por dentro.
Jesse inclina la cabeza.
—¿Está subiendo por el tubo?
—Sí —contesto.
—Como un hámster con hipoteca.
—Mi tipo de hombre. —Suspiro.
—Mis respetos —comenta Jesse con un asentimiento—. Sé por experiencia que intentar subir ese trasto requiere mucha fuerza física y resistencia.
Evan tarda un par de minutos en volver. Cuando el tubo escupe de nuevo su cuerpo, ya no parece solo Evan.
Trae su portátil bajo el brazo y un walkman antiguo enganchado al cinturón. De esos con carcasa gastada y cascos de espuma naranja, tan feos que casi resultan adorables. Se los coloca sin dar explicaciones, pulsa el play y camina hacia la mesa.
Aparta uno de los platos con cuidado.
—Ese plato estaba alineado —se queja Day.
—Lo siento —dice él, aunque no parece sentirlo en absoluto.
Abre el portátil.
Y cambia.
No de forma dramática. No se le oscurecen los ojos ni le aparece una cicatriz misteriosa en la mandíbula. Pero algo en él se afila. La espalda se le endereza. Los dedos quedan suspendidos sobre las teclas un segundo, como si escuchara algo que los demás no podemos oír.
Después empieza a escribir.
Nunca lo he visto trabajar de verdad.
He visto a Evan arreglar un router, rescatar un ordenador moribundo, explicarme por qué no debería poner pegatinas con purpurina sobre la ventilación de un portátil.
He visto al chico que hace collares de macarrones conmigo y finge no notar que mis bromas suenan a amenaza penal. Al chico tranquilo. Al refugio cómodo.
Pero esto es otra cosa.
Sus dedos se mueven con una seguridad casi indecente. No duda. No pregunta. No presume. Solo escribe, borra, vuelve a escribir. La pantalla se llena de ventanas negras, líneas de texto, códigos que se deslizan demasiado rápido para que yo pueda fingir que entiendo algo.
Y, de pronto, lo entiendo a él un poco menos.
Eso me molesta y me gusta a partes iguales.
—Necesito nombres —dice sin apartar la vista de la pantalla.
Day reacciona primero.
—Doctora Agatha Walsh. GenoLabs. Hace años.
Evan asiente.
—Dame rangos.
—Entre veinte y treinta años —dice Nao.
—Demasiado amplio.
—Prueba treinta —añade Row.
Él no pregunta por qué. Solo escribe. Jesse se inclina hacia mí.
—¿Siempre hace esto con música de museo?
—No lo sé —murmuro.
«No lo sé».
No sé por qué usa ese walkman. No sé qué cinta suena ahí dentro. No sé si necesita la música para concentrarse o si es una manía absurda. No sé cuántas versiones de Evan existen cuando yo no estoy mirando.
Él se muerde apenas el labio inferior mientras trabaja. Algo me sube por la garganta, caliente y peligroso.
Admiración.
«Qué cosa tan incómoda».
—Estoy dentro —dice.
Jesse deja caer una aceituna.
—¿Ya?
—No estoy dentro dentro. Estoy… en el felpudo. Dame un segundo para no ensuciar la casa.
Yo sonrío.
—Qué educado para delinquir.
—Gracias. Mi madre estaría orgullosa y decepcionada a la vez.
Teclea más rápido.
Day se acerca a su espalda, pero Evan levanta un dedo.
—No respires encima de mi nuca, por favor. Me hace sentir como un personaje secundario que está a punto de morir.
Day da un paso atrás.
—Qué dramático.
—Metódico —la corrige.
Nao se sienta frente a él.
—¿Puedes acceder a investigaciones archivadas?
—Puedo acceder a índices, referencias cruzadas, registros mal cerrados y gente que cree que poner «contraseña123» es una decisión vital aceptable.
Row ladea la cabeza.
—¿Y al expediente?
—Si existe, quizá. Si alguien lo selló bien, tardaré más. Si alguien lo selló mal, le mandaré una cesta de fruta.
Otra ráfaga de teclas.
Luego se queda quieto.
—Aquí hay algo.
Evan gira un poco la pantalla, lo justo para que veamos, pero no lo suficiente para que nadie toque nada.
—Una multa de tráfico a nombre de Agatha Walsh. Estuvo en impago durante un par de meses.
Day se inclina.
—¿La pillaron con algo importante?
—No, solo es una multa de aparcamiento.
Todas exhalamos a la vez.
—¿Estás seguro de que no hay nada más? —le pregunta Row.
Vuelve a mover los dedos sobre el teclado y, tras unos segundos, niega con la cabeza.
—Está más limpia que el sofá de Nao.
—¿No hay ningún otro lugar donde puedas buscar?
—Por supuesto, podría colarme en el servidor privado de la empresa, hackearle el correo electrónico, pinchar las cámaras de su casa…
Mi corazón hace una cosa rara. Porque eso no suena a cachorro. Suena a alguien que sabe cómo meterse en la vida de otra persona sin dejar rastro.
La pregunta es… ¿Por qué me excita creer que Evan puede ser capaz de hacer todas esas cosas?
—¿Seguro que puedes hacerlo? —pregunto tras carraspear.
Se levanta un auricular y me mira, esbozando una sonrisa.
—No, cielo. Solo soy un informático con cierta afición por cotillear en donde no debo, pero todo eso se escapa de mis capacidades.
Suspiro y una sensación muy parecida a la decepción se instala en mi pecho.