Hoy (Arpías 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Ni siquiera me mirabas, Day. —Abre la boca para protestar, pero se queda callada, sabiendo que llevo razón—. A partir de ese momento solo tuviste ojos para Terry.

Se sonroja y baja la vista.

—Nunca me dijo que era tuyo, supuse…

—Que era suyo, ¿no? —Asiente. Y no la culpo, Terry jamás corrigió el malentendido—. Al principio pensé que se trataba de un error —continúo—. Más tarde comprendí que también le gustabas. Y al ver que tú le correspondías, no me quedó más remedio que apartarme.

—Lo siento, no sabía que yo te gustaba —murmura.

Suelto una carcajada. «Tiene gracia la cosa».

—Day, no me gustabas, estaba locamente enamorado de ti.

Sus ojos se encuentran con los míos.

—Eso son palabras mayores…

—Y se quedan cortas para lo que realmente siento.

La declaración sale más fácil de lo que esperaba. Ya no tiene sentido seguir escondiéndome. No es un secreto que Terry y yo competíamos por todo desde niños. Y cuando se dio cuenta de lo que yo sentía por ella, quiso competir también en eso.

Era un competidor nato, daba igual lo que estuviese en juego. Si alguno de nosotros quería algo, el otro también iba a por ello solo para demostrar que podía conseguirlo antes.

No me siento cómodo dejando al descubierto los defectos de Terry ahora que ya no está para defenderse, pero nadie lo conocía mejor que yo. No solo crecí con él, también estuve en contacto con el hombre en el que se fue convirtiendo con los años.

Y no era esa víctima que le mostró a Day. Todos estos años fuera de GenoLabs vivió como quiso. Por mucho que le dijese que no podía más y tocaba volver, él lo prorrogaba. Siempre fue un egoísta.

Al final tuve que dejar de darle dinero para convencerlo. Por eso, cuando volvió, fue directo a por Day, quería castigarme.

Aun con todos sus defectos, era mi hermano.

—¿Me amas?

Al fin una pregunta que puedo responder sin un ápice de duda.

—Como un cabrón que algún día espera ser correspondido.

Me aventuro, estiro la mano y le coloco un mechón que se le ha soltado del moño por detrás de la oreja.

Que no se aparte de mi contacto hace que me envalentone y me acerque más a su cuerpo.

—Si lo hubiese sabido… Me enamoré de Terry a raíz de que me dio el microscopio. Sentí que era la única persona que me conocía de verdad. —Niega y apoya su frente contra mi pecho.

—Joder, Day… —La envuelvo entre mis brazos y poso mis labios en su coronilla—. Fui un cobarde y un estúpido.

—El primer paso es reconocerlo —intenta bromear, pero enseguida vuelve a ponerse seria—. Me odiaba a mí misma por sentir algo por ti, por eso, a su vez, te aborrecía tanto, por despertar esos sentimientos —confiesa.

Me aparto unos centímetros y le alzo la barbilla para poder ver su precioso rostro.

—No hicimos nada malo —murmuro, acariciando su labio inferior con el pulgar.

—¿Y por qué se siente como tal?

Detesto que se sienta así. Day percibe las emociones con tal magnitud que hay veces que la destruyen.

—Porque eres una buena persona —le reconozco—. Soy consciente de que él fue tu primer amor, pero me esforzaré cada puto día de mi vida para ser el último.

No pienso, solo hago lo que he deseado hacer desde que la vi en el aeropuerto. Tomo aire despacio, inclino la cabeza y capturo sus labios con los míos.

El gemido que se le escapa me enciende. La sostengo por la nuca y profundizo el beso.

Continúo mi asalto a su boca, esta vez con mi lengua.

Sabe incluso mejor de lo que recordaba.

Bajo mis manos hasta su trasero, que acaricio, memorizando cada recoveco con mi tacto. La alzo, sosteniéndola de los muslos, y enreda sus piernas en mis caderas.

Day iguala la intensidad con la que la beso. Es lo que siempre he adorado de ella, no es una participante pasiva. Se involucra tan activamente que el sexo con ella me lleva a rozar la locura.

Doy unos cuantos pasos a ciegas y cruzo la estancia. Una vez que mis rodillas chocan contra el colchón, me inclino sin soltarla y retiro el edredón.

Rompo el beso. La tiendo sobre su espalda y me tumbo encima de ella. Coloco los codos a ambos lados de su cabeza para soportar mi peso y no aplastarla.

—Eres tan hermosa —susurro en un tono reverencial.

Noto cómo sus mejillas adquieren un color rosáceo. Day nunca ha sido amiga de los halagos, pero si me permite estar a su lado, me encargaré de que se acostumbre y no pararé de recordarle lo preciosa e inteligente que es.

—Jesse, por favor… —Se arquea, acercando su cuerpo al mío.

—¿Qué quieres, Listilla?

—Ya lo sabes —masculla con los dientes apretados.

—No, no lo sé. —Sonrío como el canalla que soy—. Si deseas algo, deberás ser más específica.

—Te odio con todas mis fuerzas.

—Yo también te quiero.

Ladea la cabeza y sus ojos se humedecen.

No me hace falta que lo verbalice. Sé que aún no está preparada para asumirlo y esperaré encantado hasta que se dé cuenta de que siente lo mismo.

Sin hacernos sufrir más, cuelo mi mano por debajo de su camiseta. Las yemas de mis dedos rozan su estómago hasta que llego a su pecho. Comienzo a acariciar su pezón con mi pulgar hasta que se endurece, respondiendo a mi contacto.

Ella se inclina, se saca la camiseta por la cabeza y la lanza al suelo. Una vez que se vuelve a recostar, admiro su figura.

«Es perfecta, joder», pienso, recreándome en su cuerpo desnudo.

—¿Has estado todo este tiempo desnuda bajo esa camiseta?

La muy pícara sonríe.

—Es como me gusta estar por casa.

—Si eso es cierto, me parece que a partir de ahora voy a visitarte más a menudo.

—¿Ya no te gustan las falditas que uso en el laboratorio?

—¿Las que te pones para torturarme? Me encantan —digo mientras me desabrocho los botones de la camisa.

—Tú no tienes nada que ver con mis outfits. Me las pongo porque me gustan a mí —comenta toda digna.

—Eso no quita que me hagas sudar la gota gorda cada vez que te veo con ellas —reconozco—. Ni te imaginas las veces que he estado empalmado mientras tenía una reunión de fisión binaria.

Se tapa la boca cuando se le escapa una carcajada.

—No sabía que te excitaba tanto hablar de la división celular asexual.

—La que me excita eres tú. Siempre has sido tú, Day.

Me lanzo sobre su cuerpo, encajándome entre sus piernas, y siento cómo el calor emana de su centro. Cuelo una de mis manos entre nuestros cuerpos y rozo su coño.

—Maldita sea, Day. Estás tan húmeda que tengo los dedos empapados.

A ella solo se le ocurre alzar la pelvis para que continúe prodigándole caricias donde más lo necesita.

Me encantaría tomarme mi tiempo y darle los preliminares que necesita, pero como no me meta en su interior ya, acabaré haciendo el ridículo…

De un fuerte envite me inserto en ella con un gemido.

Follar con Day es como volver a casa. Ambos sabemos lo que le gusta al otro, por eso no soy tierno y delicado. Golpeo entre sus muslos con el mismo ímpetu con el que me recibe.

Nuestro sudor se entremezcla, al igual que mis gruñidos con sus jadeos.

Nos reconocemos como si siempre nos hubiéramos pertenecido.

La diferencia es que esta vez no hay ninguna barrera entre nosotros.

Ni rencores ni secretos ni culpas. Solo ella, yo y esta puta necesidad de sentir que por fin estamos haciendo lo correcto.

Sé que aún está confusa y no puedo juzgarla por ello. Pero tengo todo el tiempo del mundo para recuperar su confianza y que me elija por fin. Entonces, todo será perfecto.

Por el momento pienso disfrutar de cada segundo que me permita pasar a su lado y rezar para que el siguiente no tarde en llegar.

El hoy es nuestro. Mañana ya planearemos juntos la venganza.