Hoy (Arpías 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

JESSE

Nunca he subido en el montacargas tan acojonado como lo hago ahora.

Durante años me he convencido de que podía controlar la situación y me conformaba con las discusiones y el buen sexo. Sin embargo, las cosas con Day han cambiado en estos últimos meses y me he dado cuenta de que lo quiero todo con ella.

Puede que me eche a patadas nada más entrar en su apartamento, pero tendré que arriesgarme.

Me paso las manos por el pelo; debo de tener un aspecto horrible. Entre el vuelo y que estoy jodidamente agotado, no queda nada del Jesse al que está acostumbrada a ver.

Cuando el montacargas llega al último piso, tomo una respiración profunda y entro antes de que pueda arrepentirme.

Localizo a Day al otro lado del apartamento con el pelo recogido en un moño desordenado, sus gafas sobre la nariz y una camiseta que le llega a la mitad de los muslos.

Mi cerebro decide que es el mejor momento para confirmarme que estoy enamorado de ella. Genial.

—Hola —murmuro, tanteando el terreno.

Me observa cruzada de brazos, lo que no augura nada bueno.

—Lo he escuchado todo, Jesse.

Suelto el aire y me apoyo contra la pared con las manos en los bolsillos. Quiero parecer tranquilo y desenfadado, pero lo cierto es que no me sale.

—¿Espiando conversaciones ajenas? —intento bromear—. Tienes una vena cotilla inconmensurable.

Arquea una ceja y me dedica esa mirada condescendiente que me vuelve loco.

—El maldito montacargas tiene mucho eco. —Señala el elevador a mi espalda—. De todas formas, no he tenido que esforzarme mucho. Cuando te pones dramático hablas muy alto.

—Supongo que eso es bueno, ¿no? —cuestiono—. Nunca me ha gustado tener que repetirme. Solo los mediocres lo hacen.

Por primera vez desde que la he vuelto a ver, las comisuras de sus labios se curvan.

Más que una sonrisa, parece una mueca de asco. Para mí, más que suficiente. Prefiero tratar con la Day combativa a hacerlo con la Day dolida.

Noto que me sudan las manos. Me siento más vulnerable y expuesto ahora que están todas las cartas bocarriba.

—¿Te ha convencido lo que les he contado? —pregunto.

—Ya lo sabía por Terry. Supongo que eso confirma que eras su contacto, aun así…, no lo sé.

—¿Qué puedo hacer para que me creas? —No soy de rogar, pero si es la única forma de que confíe en mí, lo haré.

Levanta la vista y me quedo fijo en sus preciosos ojos verdes humedecidos por las lágrimas que se niega a derramar.

—No es cuestión de si te creo o no —musita confundida—. Cualquiera de las dos alternativas te deja en un mal lugar.

—Soy consciente de ello —asumo.

Sabía que ocultarles la verdad me condenaría igual que si se la revelase.

—No, te aseguro que no eres consciente —rebate—. He pasado este último mes buscando motivos para odiarte.

Suelto una risa amarga.

—Siempre has tenido motivos de sobra para hacerlo.

—No te haces una idea.

Me fijo en que se quita las gafas y se masajea el puente de la nariz.

—Pero si intentabas convencerte, es sinónimo de que, en cierto modo, no querías odiarme. Eso me da una pizca de esperanza.

—¡Maldita sea, Jesse! ¡Debiste contármelo en su momento!

—Debí hacer muchas cosas que no hice.

—¡Me acostaba contigo mientras pensaba que Terry estaba muerto!

«Eso duele, joder».

—Lo sé, Day —doy un paso en su dirección, intentando acortar las distancias—, pero también seguiste haciéndolo cuando descubriste que estaba vivo. Eso debe de significar algo. Aunque te joda reconocerlo, lo que hay entre nosotros es más fuerte de lo que recordabas sentir por él.

Necesito que entienda que lo nuestro no tuvo nada que ver con la ausencia de Terry.

Day no responde. Quizá es momento de que asuma que no está en el mismo punto en el que me encuentro yo; enamorado hasta las trancas de la única mujer que ha conseguido colarse en mi corazón.

—Estoy confusa —susurra, y cierro los ojos con fuerza.

—¿Qué es lo que te confunde?

—Terry… Tú… Yo… —Resopla con fuerza y niega con la cabeza—. Hace menos de una hora creía que lo habías asesinado. Estaba tan furiosa…

—¿Y ahora?

—Ahora no sé qué pensar. Tú pareces inocente, al menos mis hermanas me parece que lo creen; de no ser así, ya estarías de camino al horno de Row. Yo me fio de ellas.

Estrecho la mirada sobre ella y tomo una respiración profunda.

—Confías en ellas, pero no en mí, ¿es eso?

—No puedes culparme por ello.

—Pero tú si puedes culparme por la muerte de mi hermano. Ni siquiera lo dudaste. Diste por hecho que había sido yo.

—¡Vamos, Jesse! —exclama—. Te pusiste hecho una furia cuando supiste que él y yo…

Se queda callada, como si tuviese miedo de pronunciar las últimas palabras.

—¿Él y tú? Termina la frase, Day. Te acostabas con él por la mañana y conmigo por la noche.

—Eso no es cierto. Con Terry… Solo pasó una vez, en la gala benéfica.

—¿La misma en la que bailaste conmigo?

—Tú me obligaste —replica.

—¡Porque deseaba más que nada en el mundo estar cerca de ti! —Exhalo con fuerza y me llevo las manos a la cabeza—. ¿Sabes lo que sentí en el momento en el que me confesaste que habías sido suya?

—Yo no soy un trofeo. ¡Ese es el jodido problema! Terry y tú habéis estado compitiendo por mí como siempre lo hacíais con todo. ¡Como si yo no importara! ¡Solo ganar al otro!

—Te equivocas —susurro, y trago saliva con fuerza para deshacerme del nudo de angustia y dolor que se ha instalado en mi garganta—.

Él siempre te ha tenido. Yo solo fui su sustituto, pero cuando apareció, no dudaste en volver a sus brazos como si todo lo que ha pasado entre nosotros durante los últimos años no significara nada para ti.

—¡Solo era sexo, joder! —vocifera—. ¡Ambos estuvimos de acuerdo!

—¡No! ¡Yo no lo decidí! —grito, perdiendo los papeles—. ¡Acepté todo lo que me diste, pero ansiaba tener más!

—¡Entonces, ¿por qué no lo dijiste?!

—¡Porque por una puta vez quería que me eligieras!

Tras mi grito, el silencio cae sobre nosotros como una pesada losa.

Day se seca una lágrima solitaria que le recorre la mejilla.

—Esto aún me confunde más —susurra.

—Lo sé —respondo resignado.

Recorro, distraído, el apartamento, hasta que mi mirada se detiene en un objeto que hay encima del escritorio.

Me acerco casi sin pensar y paso los dedos por la base metálica del viejo microscopio.

—Aún lo conservas.

Day se gira en mi dirección.

—Es lo único que me queda de Terry.

Sé que no debería, la muerte de mi hermano le ha afectado. Joder, a mí también me ha dolido, pero, sin poder evitarlo, se me escapa un bufido que se parece más a una risa.

—No sé qué te hace tanta gracia.

Aparto la mano del microscopio y me apoyo de espaldas en el escritorio para que quedemos uno frente al otro.

—¿Estás segura de que fue Terry quien lo compró para ti?

—Fue él quien me lo dio —suelta altiva.

—Que te lo diese no significa que fuese suyo —replico—. El microscopio era mío, Day.

—No —niega tras quedarse inmóvil.

—Siento decirte que sí.

—Otra mentira más que no puedes demostrar —contraataca.

—No sé si no me crees o no quieres creerme. Pero si Nao me tatúa un sello de la verdad, podrías conocer la historia completa.

—¿Ahora quieres hacértelo? ¡¿Por qué no antes?! Cuando Terry apareció. Es tan injusto…

Se acerca hasta el escritorio y acaricia el aparato.

—Antes no estaba listo para que descubrieseis que he estado jugando a dos bandas —le confieso.

—Si Terry no hubiese muerto, aún seguirías ocultándonos la verdad.

—No, Dayane —la corto—. Sabes que ese mismo día nos disponíamos a contároslo todo. Su muerte… —Me froto el rostro—. Que muriese y tú me acusaras lo retrasó todo.

—Lo enredó más.

—No solo eso. ¿Sabes lo que fue para mí encontrarme los sesos de mi hermano esparcidos sobre la carrocería de ese coche? —le recuerdo—. Después Madre me envió a las Bahamas y no pude negarme. No si quiero desmantelar todos sus jodidos experimentos con humanos.

Quiero que me crea. Que me mire a los ojos y lea la verdad en ellos.

—No la menciones, por favor. Aún no estoy preparada para pensar en lo que siento por ella —suplica—. Bastante duro es soportarla en el laboratorio.

Asiento.

Cruzaremos ese puente cuando llegue el momento.

—Háblame de esto. —Acaricia con reverencia el microscopio.

«Bien. Eso puedo hacerlo sin sentir un nudo en la garganta».

—Estuve meses ahorrando para comprártelo. Sabía que te encantaba la ciencia. —Sonrío recordando a una Day con la cara enterrada en los libros—. Eras tan rarita que preferías desmontar cosas antes que jugar con ellas. Te quedabas embobada cada vez que veías trabajar a los investigadores.

—Sí… —admite melancólica.

—Ya eras una friki en aquella época.

Una sonrisa involuntaria aparece en sus labios.

—Hay cosas que nunca cambian.

—Estoy totalmente de acuerdo. Porque en aquel entonces ya me gustabas mucho.

Su sonrisa tiembla cuando vuelve a mirarme.

—¿Por qué me lo dio Terry si era tuyo?

Meto las manos en los bolsillos y cruzo las piernas a la altura de los tobillos. La respuesta sigue siendo vergonzosa incluso después de ocho años.

—Era tímido, Day. Apenas podía mantener una conversación coherente contigo sin hacer el ridículo.

—Yo no lo recuerdo así. No parabas de meterte conmigo.

—No encontraba otra forma de llegar a ti —confieso—. Eso tampoco ha cambiado.

Nos quedamos en silencio durante un segundo.

—Le pedí a Terry que te lo entregase por mí para hacer de casamentero.

—¿Me tomas el pelo? —dice alucinada.

—Ojalá…

—Me cuesta mucho creerlo. Siempre has sido tan seguro de ti mismo… Resulta hasta patético.

—Gracias por tu comprensión con mi yo adolescente —ironizo.

Esta vez sí se ríe. Y, joder, cómo he echado de menos esa risa.

—Es una pena que esa información se tergiversase.

—Sí, supongo que Terry decidió improvisar y omitir que era mío.

—Leo la comprensión en sus ojos—. Me dijo que te había dado el regalo y pensé…

«asunto resuelto». Sin embargo, unos días después me di cuenta de que ni siquiera me dirigías la palabra.

No es que fuese una propuesta de matrimonio, pero al menos esperaba un «gracias» por tu parte, no que me evitaras.

—¡Yo no te evitaba!