Capítulo 4
Jesse
En cuanto veo que Day se marcha, quiero seguirla.
—Oh, no. Ni sueñes que te vas a ir sin dar explicaciones.
Row me agarra por detrás del cuello de la camisa y tira de mí para que vuelva a mi sitio.
—Tengo que hablar con ella —gruño, acomodándome la ropa.
—Ya tendrás tiempo después, Romeo. —Se cruza de brazos—. Ahora, al lío. ¿Qué pasó hace ocho años? Si eras el contacto de Terry, tienes que saberlo.
Achico la mirada. Row y yo somos dos titanes a los que nunca les gusta perder.
«En esta ocasión estoy en desventaja», pienso cuando Nao me mira como si estuviera fantaseando con matarme.
No sé quién acojona más de las dos, la verdad.
Por suerte, parece que tengo a Neva un poco de mi parte. Quizá sea porque ambos sabemos lo que es perder a un hermano o a una hermana. Suelto un suspiro derrotado y me siento en la puta silla eléctrica.
Apoyo los codos en las piernas y, sosteniéndome la cabeza entre las manos, me transporto a lo que sucedió aquella noche.
La fiebre me abrasaba tanto que pensaba que iba a morir.
Me dolía cada hueso como si me los estuviesen partiendo uno a uno. Apenas tenía fuerzas para incorporarme de la cama. Aun así, Terry seguía empeñado en entrar en aquella maldita zona restringida; parecía que fuese incapaz de dejar las cosas en paz por una vez en su vida.
Siempre fue así.
Terry necesitaba empujar los límites como los demás necesitamos respirar.
Recuerdo con nitidez nuestra discusión antes de que se marcharan.
Estaba apoyado contra la puerta de la habitación, con una sonrisa torcida que utilizaba cuando ya había tomado una decisión y solo fingía escucharme.
—Estás enfermo, Jess. Quédate aquí.
Yo quería ir con ellos. No porque creyese que lo que íbamos a hacer fuese buena idea, sino porque sabía que, si algo salía mal y yo no estaba con ellos, el castigo sería mucho peor.
Pero casi no podía mantenerme en pie.
—Esperad a mañana, por favor —le supliqué—. Monroe puede conseguir otra vez las tarjetas.
Terry negó con la cabeza.
—No sabemos por cuánto tiempo tendremos acceso. Cambian la configuración cada poco. Ahí se cuece algo gordo, hermano. Lo presiento.
Detrás de él aparecieron Tobías y Newman, ambos estaban nerviosos y emocionados. Para ellos era una aventura clandestina. Para mí, una posible fuente de problemas. A Madre no le gustaba que nos metiéramos en sus asuntos.
Monroe fue el último en entrar y el único que dudó al verme.
—Creo que no deberíamos ir sin él —propuso, señalándome.
Terry soltó una risita.
—¿Qué pasa? ¿Ahora necesitáis a Jesse para todo?
Nada como insinuar su cobardía para que se viera obligado.
Mi hermano siempre sabía qué decir para conseguir lo que quería.
Los vi marcharse y volví a acostarme.
He estado odiándome durante mucho tiempo por no haber puesto más de mi parte para detenerlos.
Aunque, siendo sincero, es muy probable que Terry hubiera encontrado la forma de ir igualmente. Nadie lo frenaba cuando se obsesionaba con algo.
Ni siquiera yo.
Después de que se fuesen me quedé dormido, o me desmayé. No lo tengo muy claro.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que noté que alguien me zarandeaba. Al principio pensé que seguía soñando por culpa de la fiebre, hasta que la voz de Terry atravesó la neblina de mi mente.
—¡Jesse! ¡Jesse, despierta, joder!
Todavía recuerdo su tono. Nunca lo había escuchado tan asustado.
Abrí los ojos y lo encontré desplomado junto a la cama.
A pesar de la escasa luz del flexo que había en mi escritorio, vi que tenía sangre por todas partes: en las manos, en la ropa, incluso le salpicaba el cuello y parte de la cara.
Por unos segundos me quedé paralizado, pensando que estaba herido, hasta que descubrí que no era suya.
—¡Están muertos! —gritó. No dejaba de repetir lo mismo una y otra vez—. ¡Muertos, muertos, muertos!
—¡¿De qué hablas?!
Intenté sujetarlo, hacerlo reaccionar, pero estaba fuera de sí. Temblaba tanto que casi no podía mantenerse sentado en el borde de mi cama.
Jamás había visto a mi hermano así.
No parecía el chico que se reía de todo y que iba un paso por delante del resto. Por norma general, él convertía cualquier castigo en una broma de mierda para que los demás no se derrumbasen.
Ese Terry había desaparecido y había sido sustituido por una persona presa del pánico.
—Eh, Terry. —Tuve que palmearle la cara repetidas veces para que enfocase la mirada—. ¿Dónde están los demás?
Tardó en vocalizar palabras coherentes y, cuando lo hizo, sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Los han matado, Jesse. Los han… —Cabeceó—. ¡Están muertos, joder!
—¿C-cómo dices?
Me senté a su lado. Noté que las piernas me fallaban.
Me contó que habían entrado en el edificio que había a un par de kilómetros de donde vivíamos en GenoLabs.
Se encontraba oculto en el bosque. Al principio pensaron que estaba vacío.
Newman empezó a bromear diciendo que quizá Madre guardaba allí extraterrestres para estudiarlos, como en la película Men in Black.
Hasta que bajaron a un sótano y encontraron habitaciones llenas de incubadoras con, por lo menos, una decena de bebés conectados a máquinas.
Recuerdo lo alterado que estaba al relatar que algunos lloraban mientras otros ni siquiera se movían.
En otra habitación descubrieron documentos.
—Están experimentando con ellos, Jesse —dijo alterado—. Madre está creando más niños como nosotros.
«¿Qué? No. No puede ser».
—Eso es imposible, Ter. A la mayoría de nosotros nos abandonaron por ser unos bichos raros —le recordé—. Madre nos sacó del sistema de adopción y nos proporcionó un hogar.
—Eso es lo que siempre nos han dicho, pero sé lo que he visto, joder.
—Se puso en pie y comenzó a dar vueltas por la habitación—.
Hay un montón de historiales médicos de mujeres embarazadas, Jesse.
Y otros tantos con informes detallados sobre nosotros —me aseguró—.
Los están fabricando. Igual que nos fabricaron a nosotros.
Me pasé una mano por el pelo. Lo tenía húmedo, no supe si debido a la fiebre o del sudor frío que había empezado a sentir.
—Dios, Terry…
Me siguió contando que, cuando entendieron lo que estaban viendo, empezó a grabarlo todo con una videocámara que encontró en el laboratorio, pero, de repente, escucharon las alarmas.
Mientras salieron corriendo, todo ocurrió rápido.
Fueran donde fuesen se encontraban con guardias que, sin miramientos, comenzaron a dispararles.
Por lo visto, Tobías fue el primero al que abatieron al intentar cubrir a Newman, que cayó tras él.
Ni siquiera les dieron el alto. Los ejecutaron como a animales.
No querían que saliesen vivos tras lo que descubrieron.
Al parecer, Monroe le gritó a Terry que huyera, pero mi hermano lo arrastró con él hasta que comprobó que ya había dejado de respirar.
De ahí la sangre. Era de Monroe.
—Me van a matar, Jesse. Me han visto la cara. Tengo que largarme.
Lo decía con tal energía que le creí. Reuní todo el dinero que había ganado ayudando en el laboratorio a Madre.
—Lo tengo todo grabado. —Me mostró la cámara y su cara se convirtió en una mueca de odio y rabia contenida—. Voy a denunciarlos en cuanto salga de aquí. Tienen que pagar por lo que han hecho.
Negué con la cabeza y enmarqué su rostro con ambas manos.
—Escúchame, hermano. Si han sido capaces de matar a tres personas a sangre fría, ni siquiera puedo imaginar lo que harán contigo. Guarda esas pruebas. Yo haré todo lo posible por encontrar esos archivos que has visto, después me reuniré contigo y juntos decidiremos qué hacer.
—¿Tú no vienes?
—No. Necesito saber qué demonios está pasando aquí. Puede que las chicas también estén en peligro.
—Day… —susurró.
—No puedes ir a por ella, no tienes tiempo, y nunca se iría sin sus hermanas —le aseguré.
Él negó.
—No puedo irme sin ella.
—Yo me quedo, y cuando reúna pruebas nos largamos todos.
—¡Maldita sea, Jess! Actúa con naturalidad mientras te encargues de buscar los informes. Solo así nos creerán.
—¿Y tú adónde irás? —le pregunté mientras él se limpiaba la sangre, preparaba una bolsa con unos cuantos cambios de ropa y yo vigilaba la puerta.
—Ya veré… No podemos permitir que sigan haciendo esto. Tienen que pagarlo.
—Así será. Ahora, lárgate de una vez, antes de que venga alguien a buscarte.
—Cuida de Day por mí, ¿quieres?
Asentí con los puños apretados y la mandíbula tensa.
Me cogió de la nuca una última vez y se escapó por la ventana.
Aquella noche entendí algo que tardé años en aceptar: nunca fuimos niños rescatados, sino conejillos de indias con los que la célebre doctora Walsh realizaba sus experimentos.
El apartamento permanece en silencio cuando termino de hablar, salvo por el leve ruido de las puertas del montacargas cerrándose un par de plantas más arriba.
Me fijo en Neva con los ojos vidriosos mientras Nao tiene la mandíbula tan apretada que parece que se le va a partir. Por último, Row mira al suelo. Joder, qué cague… Que no haya soltado ningún comentario es un hito en ella.
Sé lo que está pasando por sus cabezas. Fue lo mismo que pasó por la mía cuando sucedió.
Madre es una hija de puta y nuestras vidas acaban de hacerse pedazos.
—El resto de la historia ya la sabéis —digo, rompiendo el incómodo silencio—. Visteis los cuerpos igual que yo, pero no había rastro de incubadoras ni documentos incriminatorios. Limpiaron el lugar a conciencia para que no hubiese ninguna prueba.
—¿Por qué tendríamos que creer la versión de Terry? —cuestiona Nao con una actitud altanera—. ¿Quién te dice que no inventó todo aquello para que creyeses que no fue él quien mató a los chicos?
—Ya sé que Terry no era un dócil corderito. —Resoplo—. Mi hermano era un cabronazo de cuidado, pero vi lo poco del vídeo que pudo grabar y… es muy real.
—Sabes que ese vídeo puede ser falso, ¿no? —insiste escéptica.
—Puede. Pero la angustia y el terror en los ojos de mi hermano no lo eran. Él no los mató. Además, hablamos de hace muchos años, no era tan fácil hacer un montaje así.
—Lo que Nao intenta decir es que necesitamos pruebas, Jesse —intercede Neva más conciliadora—. No solo la palabra de tu hermano, o la tuya para el caso. Aunque yo no lo pongo en duda.