Hoy (Arpías 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Day

Si no he sufrido un brote psicótico en el trayecto desde el aeropuerto hasta el bloque de apartamentos, puedo decir con orgullo que mi mente es más fuerte de lo que imaginaba.

Por suerte, Row me ha dejado ocupar el asiento del copiloto. No sé qué hubiera hecho de tener que sentarme en los asientos traseros, pegada a Jesse.

Lo más probable es que ya estuviera muerto.

Nadie habla dentro del coche. El ambiente es tenso.

Nao aprieta tanto el volante que los tatuajes de sus nudillos se ven agrietados. Row, con el codo por fuera de la ventanilla, se fuma un cigarrillo sin dejar de echar vistazos a Jesse por el rabillo del ojo. Por cómo mueve la pierna, sé que está a un comentario de arrancarle la cabeza.

No sé por qué no lo ha hecho aún. Es de las que primero actúa y después pregunta.

Yo evito los espejos. Si lo miro, me encontraré con sus ojos desiguales, y probablemente rompa a llorar. Desde que Terry murió soy una puta fuente.

He llorado más este mes que en los últimos ocho años. Y lo horrible es que no es por Terry… O no solo por él.

Lo que me consume es pensar que fue Jesse quien lo mató. El hombre con el que he compartido cama mientras seguía obsesionada con el fantasma de su hermano. Un hombre al que llevo años odiando y deseando con la misma fuerza.

«¿Qué dice eso de mí?».

Lleva un mes escondido, sin dar señales de vida. Eso bastaría para odiarlo, pero su forma de mirarme en el aeropuerto, como si esperase que eso fuese suficiente para que cambiase de opinión…, me ha trastocado.

Porque una parte de mí quería perdonarlo sin escuchar nada. Es lo que más me ha cabreado.

«Soy una persona despreciable», pienso en cuanto entramos en el garaje del bloque.

Subimos en silencio hasta la planta comunitaria. Una vez dentro, las chicas lo rodean y yo me mantengo alejada.

—Siéntate, Jesse —le exige Row, y le señala la silla eléctrica.

—Estás loca si crees que me voy a sentar en esa cosa. No me fío de que no me achicharréis.

«O Jesse es idiota o le gusta tentar al diablo». Porque sabe que no le conviene cabrear a Row. En una pelea, yo apostaría por ella. Da igual quién fuera su contrincante, siempre votaría por Row.

—Muy bien, quédate de pie si quieres. —Se cruza de brazos—. Empieza a hablar. —La orden no da pie a discusión—. Y más te vale que digas algo que me interese, si no… —Se da unos ligeros toquecitos con el dedo contra sus labios.

Jesse suelta su bolsa de equipaje y sonríe con arrogancia.

Está cambiado. Parece más duro. Debe de haber ido al gimnasio todos los días porque está mucho más musculado…

«¡Deja de pensar en eso! ¡Es un asesino!».

—¿Por dónde queréis que empiece? —pregunta tan calmado que me siento insultada—. ¿Por Terry teniendo al fin un par de cojones para regresar, o Day acusándome de ser un asesino en mitad de la escena del crimen?

—¡No te atrevas a hablar así de él! —estallo, dando un paso en su dirección.

Nao me corta el paso y se coloca entre los dos por si decido satisfacer mis impulsos homicidas.

Borrarle esa expresión de suficiencia sería un buen motivo.

Jesse me sostiene la mirada sin retroceder.

—¿Y cómo quieres que hable del hombre que tuvo ocho años para aparecer y no le dio la puta gana de hacerlo antes?

—¡Para él no fue fácil! —estallo—. Me lo contó todo.

—Y, cómo no, tú lo creíste. —Suelta una carcajada carente de humor—. Es más fácil convertir al ausente en la víctima y al que se queda en el monstruo, ¿no?

La rabia me sube por la garganta y me quema como si de ácido se tratase.

—¿Qué insinúas, Jesse? —interviene Nao con el ceño fruncido.

—Desde que desapareció he estado en contacto con él —dice de pronto—. Llevaba años pidiéndole que regresara para acabar con GenoLabs.

«¡¿ME TOMA EL PELO?!».

—¿Tú mordiendo la mano que te da de comer? —duda Nao.

Lo observo con intensidad. Si solo pudiese leer sus emociones, sabría si dice la verdad…

—¿Eso es cierto? —pregunta Neva, deslizándose por su tobogán.

Jesse resopla.

—Sí, joder.

—Eres un hijo de puta… —murmura Row.

Yo no podría haberlo definido mejor.

—Entonces, ¿nos mentiste durante años? —susurro, sintiendo cómo me tiembla la voz.

—Hasta que Terry no volviese, estaba atado de pies y manos.

—¡Y una mierda!

—Deja que se explique, Row —intercede Neva.

Yo no puedo apartar la mirada de él.

—Y, mientras tanto, tú…, yo…—No soy capaz de hilar la maldita frase. Es tan humillante verbalizarlo…

—Lo que pasó entre nosotros no tuvo nada que ver con eso —sentencia, apretando la mandíbula.

Lo odio.

¡Dios, cómo lo odio!

—¡Cállate! ¡No quiero escucharte más!

—¿Por qué? —replica, endureciendo el tono—. ¿Porque Terry te vendió una historia romántica antes de desaparecer ocho años o porque te jode descubrir que quizá él tampoco era exactamente lo que querías?

—No lo menciones. —Lo señalo—. No tienes derecho.

—¡Tú ni siquiera sabías quién era, Day! —Da un paso hacia mí—. ¡¿De verdad crees que se pasó ocho años llorándote mientras huía por el país?! —dice sin darme cuartel—. Estuvo viviendo su vida como quiso mientras me exigía ayuda económica.

Sus palabras me golpean donde más duele, porque el mismo Terry me dio algunas respuestas y a mí ni siquiera me importaron.

—Nosotros también teníamos derecho a seguir adelante —continúa—. Lo nuestro era real.

Row alza una ceja.

—¿«Lo nuestro»? —repite con una sonrisa venenosa—. Vaya, Jesse, eso ha sonado a una relación seria.

Hasta Nao parece interesada de repente. Cuando las movidas sentimentales se las pasa por el forro de sus pantalones de cuero.

—¿Estabas a punto de admitir sentimientos, JJ? —lo pica Row.

—Llamadlo como os dé la gana. Pero era más importante que el amor juvenil que tuvo con él. ¡Trabajamos juntos a diario, joder! Hemos compartido muchas horas. Fue inevitable.

—¿El qué? ¿Follar como animales? —dice Neva desde el sofá.

—¡Neva! —protesto horrorizada.

—¡¿Qué…?! —Se encoge de hombros—. Echabais buenos polvos. Al César lo que es del César. ¿No se trata de ser sinceros?

—Gracias, Arcoíris. —Le sonríe Jesse.

Quiero desaparecer. O matarlo. En este momento, cualquiera de las dos opciones me vendría de perlas.

Lo encaro, temblando de rabia.

—¿Qué más me has ocultado, Jesse? —pregunto en singular, porque esto es personal—. Empiezo a pensar que toda mi vida ha sido una puta mentira.

Jesse deja de apoyarse contra la silla eléctrica y su expresión se vuelve seria.

—Terry volvió porque le di un ultimátum. Yo era el contacto del que te habló para que confiaseis definitivamente en él. Por eso estaba en la escena del crimen. ¡Habíamos quedado aquí!

Creo que me deja de latir el corazón.

—¿Tú eras su contacto?

Asiente.

—Él necesitaba que alguien os contase la verdad y, a pesar de que me hubiese gustado tener todas las pruebas, ya no podía seguir ocultándolo más.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué no nos dijiste nunca nada? —lo acusa Nao.

—¿Me hubierais creído?

«Lo cierto es que no».

—Entonces… Lo que decía Terry…, ¿era cierto? —pregunto alucinada.

Jesse toma aire.

—Sí. Todo es verdad. No fuimos niños abandonados, fuimos un jodido experimento salido de la mente de una científica perturbada que juega a ser Dios. Luego nos gestaron en vientres de alquiler. Chicas jóvenes y sin recursos que se ofrecieron al trámite por unos cuantos miles.

Que él crea esa teoría descabellada, siendo la mano derecha de Madre, termina por romper algo dentro de mí.

Avanzo hacia él, cegada por la furia, y le cruzo la cara de un guantazo.

Solo me da tiempo a darle uno, ya que Nao me sujeta de la cintura y me aparta en cuanto vuelvo a alzar la mano.

—¡Suéltame, Nao!

Me siento tan traicionada.

—Cálmate, DayDay. Vamos… Para.

A pesar del apodo cariñoso, el tono de Nao es monocorde.

—¡Que me sueltes, joder! —Pierdo la compostura—. ¡Eres un puto mentiroso, Jesse! ¡Tú lo mataste!

Que me mire sin alterar su expresión lo más mínimo me enfurece todavía más.

—Terry te estaba utilizando para llegar a Madre —suelta la bomba.

El silencio se impone en la habitación.

—Mientes… —murmuro con menos fuerza—. Es todo mentira.

—¿Por qué yo siempre miento y a otros les otorgas el beneficio de la duda? —se queja—. En algo sí que acertó Madre —continúa—. Terry se volvió peligroso. Su único objetivo era destruirla. No le importaba a quién se llevase por delante para lograrlo.

—Si estabas al tanto de sus intenciones —interviene Row, acercándose de forma temeraria—, eres igual de culpable que él.

—¡Maldita sea! ¡Intentaba protegerla!

—No me hagas reír —bufa irónica.

Jesse niega y se pasa una mano por el pelo, frustrado.

—Jugasteis conmigo… —titubeo—. Los dos.

Jamás había sentido un dolor tan fuerte en el pecho. Ni siquiera con la pérdida de…

Miro a Neva y se me llenan los ojos de lágrimas. «Mierda, Alyss».

—Yo no he jugado contigo —replica Jesse—. Solo intentaba ganar tiempo hasta reunir más pruebas.

—Qué conveniente —lo corta Nao—. Mientras, tu hermano y tú os disputabais a Day como si fuera un partido de tenis.

Dios, suena tan crudo como es.

—¡¿Crees que para mí era fácil saber que estaba con él?! —ruge enfadado—. Cada vez que me los imaginaba juntos, quería matarlo con mis propias manos.

Llega hasta mí y me revuelvo cuando atrapa mi rostro entre sus manos.

—¡No me toques! —gruño.

Él ignora mi orden.

Sus ojos buscan los míos y yo aparto la vista.

No quiero ni mirarlo en estos momentos, o mejor nunca.

—Si lo hubieses elegido a él —comienza a pesar de mis protestas—.

Si realmente era a él a quién querías… —Su nuez se mueve cuando traga—.

Por ti me habría apartado. —No quiero escucharlo, pero a no ser que me tape los oídos como una cría, no me queda más remedio—.

Eras tú la que tenías que tomar esa decisión por tu cuenta, Dayane. No quería influenciarte.

Esta vez, cuando me aparto, me deja ir.

Jesse se gira hacia Nao mientras se remanga la camisa.

—Tú puedes descubrir si miento.

Extiende el brazo en su dirección.

«¿Jesse le está pidiendo que le tatúe un sello de la verdad?».

Nunca ha permitido, de manera voluntaria, que utilicemos nuestras habilidades con él.

—Con sello o sin él, yo te creo —dice Neva.

—Gracias. —Asiente él con un gesto de cabeza solemne.

—Calla, Neva —sugiere Nao sin apartar su mirada rapiña de Jesse—. No voy a desaprovechar la oportunidad. Es la única forma de saber si realmente dice la verdad.

—Vamos, chicas. ¡Es Jesse de quien hablamos! —clama Neva.

—Precisamente por eso —rezonga Row, estando de acuerdo con que Nao lo tatúe.

Observo cómo la expresión de Neva, por norma general luminosa y despreocupada, se ensombrece y forma una mueca de desagrado.

Todas sus emociones negativas chocan contra mí como si fueran un jodido tren de mercancías. Decepción, rabia, frustración, miedo… Está todo tan mezclado y es tan intenso que se me revuelve el estómago y me tengo que apoyar en el respaldo del sofá para no perder el equilibrio.

—Day…, ¿estás bien? —Jesse da un paso en mi dirección.

No soporto esta sensación.

—Yo… —Mi voz suena tan rota que tengo que tragar saliva antes de continuar—. No quiero escuchar más.

Antes de girarme, me cruzo con su mirada dolida.

«No puedo más».

Atravieso el comedor mientras escucho mi nombre varias veces, aunque no sé quién me llama ni con qué intención.

Solo sé que necesito salir de aquí.

Apenas soy consciente de cómo subo la verja del montacargas y, cuando por fin entro, pulso el botón del quinto piso con manos temblorosas.

A través de las rendijas veo a Jesse, que vuelve a avanzar un paso hacia mí con mi nombre en sus labios.

Por suerte, el montacargas se mueve y apoyo la cabeza contra la pared del fondo para cerrar los ojos e intentar recomponerme.

Hace un rato fui al aeropuerto convencida de que iba a matar a Jesse. Era más sencillo convertirlo en el villano que aceptar que todo lo que creía sobre Terry, Madre o GenoLabs era falso.

Ahora ni siquiera sé qué coño siento.

Y eso me aterra, porque las emociones son mi territorio.

Las ajenas jamás se me escapan. Las mías, por primera vez, sí.