Capítulo 2
Nao
Hay tres cosas que sé hacer bien: tatuar, callarme lo que pienso y reconocer cuándo alguien va a joderme la tarde.
Las dos primeras me las trabajo día a día. La tercera me la regaló la genética, supongo que en compensación por no haberme dado una habilidad más guay, como lanzar rayos por los ojos.
De pronto, la reja del montacargas se abre y Day entra de mala leche en la planta común. ¡Din, din, din! ¡Premio!
Su cara de amargada ha sido habitual durante este último mes, pero hoy es incluso peor.
—¿Estás bien? —pregunto intrigada.
—Llevo semanas sin estar bien.
Pfff… Vale. Cuando Day se pone literal es muy mala señal. Se mueve como si estuviera a punto de romperse y no supiera por dónde empezar.
Row permanece tumbada en el sofá con los ojos cerrados. Es extraño que no haya captado sus vibes negativas. Es medio bruja. Y disfruta avivando las llamas de tu infierno personal.
—Si vas a llorar, hazlo en la cocina —murmura, demostrando que sí las ha percibido—. O me vas a joder mi momento zen.
Day le clava una mirada asesina.
—Te lo voy a fastidiar igual. Acabo de enterarme de que Jesse vuelve mañana a la ciudad —suelta a bocajarro.
Row deja de hacerse la muerta y yo me levanto en el acto. Neva no se mueve de su enorme puf de colores.
—¿Cómo lo sabes?
—Madre me lo ha dicho antes de irme de la oficina.
—¿Y ahora qué? —pregunta Row inquieta—. ¿Vamos a ponerle una alfombra roja o vamos a dispararle desde la pista de aterrizaje? Yo voto por lo segundo.
Day aprieta los puños.
—Vamos a ir a por él. Me da igual lo que pase. No dejaremos que se libre del asesinato de Terry.
—Yo me apunto —digo.
—Y yo —se suma Row—. Cualquier posibilidad de violencia es bienvenida.
—No es violencia. Es justicia —aclara Day, resentida.
—Es lo mismo —digo seca—. Solo tienes que decírtelo a ti misma las veces suficientes.
Se hace un silencio cómplice.
—Jesse no va a ser fácil de matar —añado.
—¿Por qué lo dices?
—Porque si Madre lo ha tenido desaparecido un mes es por algo. Lo acusaste directamente, Day. Lo estarán protegiendo, llevará escolta —le recalco.
—Entonces, su escolta también morirá —señala Row, implacable.
—No creo que Madre trate de protegerlo de nosotras, nos habríamos dado cuenta en este mes, ¿no? —interviene Neva.
—He sido cuidadosa —contesta Day—, Madre cree que estoy triste por recordar a los otros, no por Terry.
—Entonces, ¿no hay escolta para matar? —pregunta Row con el mismo tono que un niño cuando le dices que ya no va al parque.
—¿A qué hora llega? —pregunta Neva, ignorando a Row deliberadamente.
—A las once y media.
—Pues yo me lo pierdo. Tengo que ir a entregar unos papeles al colegio a esa hora.
—Pobres niños… —murmura Row divertida—. No saben que su profe puede borrarles la memoria antes de un examen.
—Yo no hago eso. Solo se las borro cuando me apetece tirarme un pedo sin cortarme.
Row suelta una risotada sonora. Y la observo como si acabara de hacer algo extraordinario.
Porque para mí lo es. Nunca he sido capaz de reírme así.
Y no es porque no entienda el sarcasmo o la ironía.
Simplemente mis emociones no estallan de esa forma.
Más bien tienden a esconderse tan al fondo que yo creo que se han perdido en el limbo.
Neva se acerca a Day y le frota la espalda con cariño. Otro gesto que ni me sale ni me saldrá nunca. Yo solo sé consolar a la gente clavándoles la aguja de mi pistola.
—Iremos tú, Row y yo —digo para mostrar mi apoyo ante la situación.
Day asiente agradecida.
—Genial. ¿Cuál es el plan? —pregunta Row.
—Ya improvisaremos —contesto.
—Uh… Mi método favorito.
Observo a Day. Tiene la mirada perdida.
—¿Y si él no mató a Terry?
—¿Tienes dudas? —pregunto con el ceño fruncido—. Sabemos que ha sido él. Madre lo quería muerto. Jesse es su mano derecha. Y, a día de hoy, lo sigue siendo, ergo…
—Ergo no va a salir vivo de ese aeropuerto —remata Row, crujiéndose los nudillos.
—Además, tú misma dijiste que se puso furioso cuando supo que te habías acostado con Terry —añade Neva, y hace una mueca con los labios—. Los celos pueden ser un gran aliciente para matar a alguien.
Day nos mira y asiente, dividida entre su rabia y otra cosa que no quiero saber ni lo que es.
∞∞∞
Tardamos dieciséis minutos en encontrar aparcamiento en el puto aeropuerto. Dieciséis… Quien me conoce, sabe que casi todo me pone de mala hostia, pero buscar sitio en particular, más.
Day no ha abierto la boca en todo el camino, lo cual confirma que está peor de lo que pensaba porque, por lo general, ya estaría sugiriendo dejar el coche en doble fila. Row, en cambio, lleva todo el rato señalando plazas inútiles como si fuera un concurso de televisión.
—¡Ahí hay un hueco! Ah, no, hay una moto aparcada. ¡Ahí, ahí…! Mierda, es una plaza para discapacitados. ¿Tú crees que tu atrofia emocional podría contar como una minusvalía, Nao?
—Atrofiada te va a quedar la nariz cuando te la rompa de un puñetazo —gruño.
Al final, un coche ha salido y hemos podido estacionar.
¿He dicho que también odio los aeropuertos? Desde siempre.
Son demasiado ruidosos… El murmullo constante, las megafonías, las conversaciones cruzadas, las risas histéricas de las que se van de despedida de soltera… Demasiada gente junta siendo ruidosa. Imagino que a Day no le entusiasmarán tampoco.
Ya tengo suficientes voces en mi cabeza cada día cuando tatúo a mis clientes.
Frases sueltas que no son mías. Pensamientos que se pegaron a la aguja mientras tatuaba a alguien y se quedaron dentro de mí de regalo.
«La culpa» de un tío al que tatué un ancla la semana pasada.
«El miedo» a las arañas de una chica. Algún «No valgo nada» suelto del que ya ni recuerdo el dueño…
Day va unos pasos por delante de nosotras con la mandíbula tan tensa que parece que vaya a romperse un diente. Row mastica chicle como si hubiera venido a divertirse. Y yo intento concentrarme en las pantallas de llegadas para no contagiarme de la ansiedad colectiva.
Pero es difícil cuando paso cerca de una niña que rompe a llorar, oigo cómo un ejecutivo discute por teléfono y veo que una pareja se besa como si acabaran de sobrevivir a una guerra.
Me hacen testigo de todo y lo odio. Soy antisocial de nacimiento.
De repente, un idiota con una maleta de ruedas pasa por encima de mi bota y sigue andando sin disculparse. Lo agarro del brazo sin pensar.
—Eh, tú…
—¿Qué?
—Nada. Solo quería quedarme con tu cara por si alguna vez te encuentro en un callejón oscuro…
El tío me mira alucinado y se va rápido con cara de susto.
—Adoro cuando socializas. —Sonríe Row.
—Puerta ocho —murmura Day tras localizar el vuelo.
Nos movemos entre la gente con un silencio letal.
—¿En serio vamos a «improvisar»? —pregunta Row, caminando a mi lado—. Porque aquí hay mucha gente… y le tenemos demasiadas ganas a Jesse.
—Tú solo intenta no besar a nadie por accidente —murmuro.
—No prometo nada. Hay hombres muy besables por aquí, como el que te ha pisado la bota.
Quiero ofrecerle media sonrisa, pero me es imposible. No importa, ella sabe que me ha hecho gracia.
Day ni siquiera reacciona a nuestro humor negro. Y eso me preocupa.
Poco después, vemos aparecer a Jesse entre la multitud de pasajeros que bajan del avión. Va vestido completamente de negro, con una bolsa al hombro y una gorra baja, como si fuese un famoso que no quiere ser reconocido, pero nosotras lo distinguiríamos en cualquier parte.
En cuanto se miran, Day deja de respirar y la cara de él se desencaja de forma extraña.
No esperaba encontrarla aquí. Si fuera una de esas chicas que leen novelas con corazoncitos en el lomo, diría que verla le ha dolido.
Pero cuando nos ve a nosotras y capta nuestras intenciones, vuelve a levantar un muro invisible de chulería lameculiense.
—Hola, chicas… —saluda, arrastrando las palabras—. Qué amable por vuestra parte venir a recogerme.
Day le mete un empujón tan fuerte en el pecho que casi le hace soltar la maleta de mano que trae.
—¡No hables como si no hubiera pasado nada! ¡Mataste a tu hermano!
Varias personas se giran alarmadas al escuchar esa frase. Nos importa entre poco y nada. Muchas gracias.
Jesse se pone serio.
—Yo no maté a Terry.
—¡Te vi huir!
—¡Porque tú me acusaste sin preguntar! ¡¿Qué esperabas?!
—¡No sé! ¡¿Quizá no actuar como un puto culpable?!
La tensión a nuestro alrededor empieza a crecer. Y no es por Terry, sino por toda la mierda sentimental que llevan meses, o incluso me atrevería a decir que años, tragándose estos dos.
La gente se aleja de nosotros y Jesse mira alrededor. El pobre es alérgico al escándalo público.
—¿Podemos hablar en otro lugar?
—Oh, claro que podemos… —responde Row, dando un paso al frente—. De hecho, te vienes con nosotras. Andando.
—Eso ha sonado a orden —replica molesto.
—Si lo prefieres, te doy un besito y te dejamos en paz.
Jesse la mira altivo.
—¿Me estás amenazando, Row?
—Depende de cuánto valores seguir respirando mañana.
Tengo que admitir que ver a Row en acción siempre es inspirador.
Day vuelve a encararse con él.
—Dime la verdad de una vez… ¿Lo mataste porque estuvimos juntos? ¿O porque no soportabas que siguiera sintiendo algo por él?
Nada más mencionarlo, esa antigua herida empieza a supurar de nuevo en los ojos de Jesse, que cambian apenas un segundo, surfeando entre la culpa, el dolor y algo peor…, la vergüenza.
—No tienes ni idea de lo que pasó ese día —dice en voz baja.
—Pues explícanoslo.
—Aquí no…
Veo a dos agentes de seguridad mirando demasiado hacia nosotros y me acerco a Jesse despacio.
Él me sostiene la mirada, suplicando clemencia. Y ahí está otra vez, esa sensación extraña. Es como si estuviera constantemente a punto de derrumbarse, pero se negara a rendirse. Y, solo por eso, le perdono matarlo aquí y ahora.
—Vas a venir con nosotras si no quieres que esto acabe mal —digo con calma—. Y no es una sugerencia, Jesse.
Él me observa unos segundos, calculando las probabilidades de salir vivo de esta conversación.
Row sonríe, enseñándole los dientes.
—Venga, Jesse, elige. ¿Viajecito en coche o un besito mío?
Jesse cierra los ojos, derrotado.
—Vale, pero prometedme que me escucharéis antes de clavarme nada…
—Sin promesas, Jesse. Como siempre —masculla Day, dándose media vuelta para que la sigamos.