Hoy (Arpías 2) Capítulo 1
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Hoy (Arpías 2)

Hoy (Arpías 2)

Por Jess GR, Anny Peterson, Rachel RP, Noelia Frutos

© inepub.com

Capítulo 1

Preston

Ha pasado un mes desde que casi me atraganto con una tostada cuando un tipo cayó del cielo y se incrustó en el techo de un Honda Civic.

Y, desde entonces, he vuelto a esta cafetería casi cada día, a la misma mesa, la única desde la que se ve el portal y el callejón sin girar el cuello.

Un mes observando un maldito edificio de ladrillo rojo en el que entran y salen cuatro mujeres jóvenes y hermosas, además de hermanas, a tenor de sus apellidos.

La camarera se llama Brenda, cincuenta y muchos, se ha divorciado dos veces y es fan de los Bulls, y siempre me hace la misma pregunta cuando me trae el café.

—¿Hoy también tostada de aguacate, guapo?

—Sí. Hoy también.

—Algún día tendrás que probar otra cosa.

—Quizá otro día.

Sonríe, me palmea el hombro como si fuera su sobrino y se va con la bandeja a atender a una pareja de jubilados.

Soy lo más parecido a un cliente fijo que tiene este sitio.

No entraba en mis planes convertirme en el tipo de hombre que pide siempre la misma mesa por motivos que no piensa contarle a Brenda, pero aquí estoy.

Lo que pasó esa mañana en el callejón ya lo redactó un becario de homicidios en un informe de cinco páginas. Con varias faltas de ortografía, por cierto. No obstante, nadie documentó lo que pasó en la morgue.

Yo mismo escolté el cuerpo de Terry Jones hasta el depósito.

No me correspondía. Asuntos Internos no escolta cadáveres, pero pedí el favor a un compañero del turno, le dije que estaba aburrido y quería estirar las piernas, y el tipo, que es de los que prefieren no hacer papeleo extra, me lo agradeció con un «todo tuyo, Reed» y se fue a casa.

Una hora después, llegó el hombre que huyó de la escena del crimen y al que perseguí hasta que desapareció con su coche.

Al verme, imaginé que huiría de nuevo, pero hizo lo contrario. Vino directo a mí, me ofreció la mano con la educación medida de un comercial de seguros y se presentó:

—Jesse Jones. Soy hermano del fallecido.

Tenía unos treinta años, iba bien afeitado y mejor vestido. No tenía un puto pelo fuera de sitio, pero traía una mirada entrenada durante mucho tiempo para mantener la calma, como si fuera un funcionario que viene a hacer un trámite administrativo.

Podría haberme puesto quisquilloso y pedirle explicaciones de por qué había huido, pero me callé.

Mi intuición me decía que Jesse Jones, con su americana planchada y su apretón de manos firme, no era el típico hermano que venía a identificar un cadáver.

Era otra cosa. No sabía cuál. Pero quería saberlo.

La gente cree que los policías buenos son los que no hacen daño. Yo he aprendido que los policías buenos son los que saben con exactitud cuándo hacerlo.

El tal Jesse estuvo serio en todo momento mientras reconocía al que, según decía, era su hermano. También durante la llamada que realizó posteriormente para confirmarle a alguien que «zanjaría el asunto lo antes posible» apenas sin parpadear.

Y cuando ya pensaba que el tipo no era humano, se giró hacia la pared, apoyó las manos y empezó a llorar de la forma más cruda que he visto.

Como llora un hombre que se ha contenido durante horas y que no aguanta un segundo más. Con sonidos guturales que no pueden fingirse. Los hombros caídos, las rodillas dobladas y ocultando la cara como si tuviera doce años y acabaran de pegarle.

El forense se apartó por respeto profesional.

Yo me quedé donde estaba. Observándolo tras la pequeña ventana de la puerta. Siempre fui un niño curioso. Y después un adulto cotilla.

Cuando miro a una persona, no puedo evitar sentir sus secretos a flor de piel. Porque todos, absolutamente todos, escondemos algo. Pero hay gente de la que no puedo apartar la mirada porque presiento que lo que esconde quiebra una docena de leyes por lo menos…

Y Jesse y las vecinas del edificio rojo son de esas personas.

Me doy un golpe mental, obligándome a recordar por qué estoy en Chicago.

Tengo treinta y dos años y entré en la policía a los veintidós, siguiendo los pasos de mi padre.

Mi madre fue enfermera en Urgencias durante cuarenta años antes de retirarse, y sigue creyendo que mi trabajo es un mal sitio para alguien con vocación de hacer el bien. No la culpo. Llevo diez años intentando demostrarle que se equivoca, y continúo sin conseguirlo.

A Chicago no quería venir.

Llevaba seis años cómodo en Asuntos Internos de Minnesota bajo las órdenes del capitán Daniel Whitaker, alias «el cabrón que me lo enseñó todo».

Sesenta años, exmarine, dos divorcios y la costumbre de llamarme «hijo» desde el primer día porque ni él ni Nora, su mujer, llegaron a tener hijos propios, y eso, según Danny, le da derecho a adoptar al becario más prometedor de cada promoción.

A mí me adoptó cuando entré en el cuerpo. Y no me quedó más remedio que dejarme. Nadie le dice que no a ese hombre.

Cuando me ofreció venir aquí, protesté.

—Capitán, no me apetece Chicago…

—Aceptarás.

—Pero…

—Tienen un problema serio. Necesitan a lo mejor del cuerpo. Te he recomendado yo mismo. Aceptarás.

—No fastidies…

—El sueldo es bueno, te pagan el alojamiento y la cerveza de Chicago no es peor que la nuestra. Vete.

—¿Y si no quiero?

—Irás igualmente, pero más cabreado.

—Danny…

—Han recibido muchas quejas anónimas de ese departamento. Dicen que el superintendente está haciendo cosas muy raras…

—¿Qué? ¿El jefe de policía de Chicago?

—Exacto. Y cuanto más arriba está el sujeto corrompido, peor. Un gran poder conlleva una gran responsabilidad…

—¿Eso no es de Spiderman?

—Me has pillado. Pero queremos que vayas allí y lo investigues como solo tú sabes, Preston. ¿Cuento contigo, hijo?

No pude negarme.

Así que estoy en Chicago solo para descubrir lo que trama el mandamás de turno en comisaría, sin embargo, me sorprendo estudiando los patrones y horarios de esas chicas para encontrar alguna pista que confirme que aquella muerte no fue algo que pudiera archivarse y dormir tranquilo por las noches.

Haré lo que mejor sé hacer: esperar y observar hasta que algo no encaje.

¿Que de dónde saco el tiempo?

Es lo bueno de Asuntos Internos. Nadie te pregunta demasiado qué estás haciendo mientras encuentres algo que justifique tu sueldo. Y la verdad es que siempre descubres alguna cosa.

El jefe de policía sigue siendo mi objetivo oficial. Sus números no cuadran, sus decisiones tampoco y hay más de un agente dispuesto a hablar de sus cagadas. Es decir, trabajo hay, pero también mucho tiempo libre. Y a mí me gusta llenar huecos.

«Vale. Ha sonado más porno de lo que pretendía».

Lo primero que entendí del jefe de policía es que no es ningún torpe. Los torpes dejan rastro; los listos dejan huecos inexplicables.

Transferencias pequeñas repartidas en meses distintos. Informes que desaparecen y reaparecen en el fichero general con ligeros cambios. Operativos que se cancelan justo antes de que algo salga muy mal. Casos que se cierran con demasiadas prisas.

Nada lo bastante grande como para encender una alarma, pero todo lo bastante raro como para que a alguien, en algún momento, le haya incomodado.

Y yo soy el encargado de averiguar por qué.

Cuando pedí el informe del caso Terry Jones al Departamento de Homicidios, confirmé que se había cerrado como un suicidio. Sin sospechosos.

Según las cámaras de seguridad, Terry ni siquiera llegó a acceder al edificio.

Subió por la escalera de incendios hasta la azotea, y aquello bastó para descartar cualquier intervención de las cuatro hermanas que vivían allí.

Dos de ellas ni siquiera se encontraban en el edificio en el momento de la muerte.

Las otras dos declararon haber permanecido juntas en la tercera planta durante los hechos.

No había una sola prueba que las situara junto a Terry.

Aun así, sus nombres aparecían una y otra vez en el expediente.

Naomi Smith, Dayane Smith, Rowan Smith y Neva Smith.

Desde entonces no he dejado de investigar sus vidas.

Porque tenía la intuición de que había algo extraño en ellas.

Como por ejemplo, la hermana punk que tenía la extraña costumbre de tatuar a la gente en los momentos más inoportunos.

La seguí como si fuera una sospechosa de homicidio, no una simple mujer que me llamaba la atención. Porque sabía que, si me descubría, no habría una segunda oportunidad.

No tardé en encontrar su estudio de tatuajes.

Tenía los cristales oscuros y un cartel de neón que prometía dolor como si fuera un servicio premium.

Apenas sabía nada de ella, pero sentí que le pegaba esa broma. Humor negro. Reconozco que ahí me ganó un poco más.

El primer día me quedé al otro lado de la calle durante un buen rato, observando qué tipo de gente entraba y salía.

Algunos abandonaban el lugar con cara de haber tomado la peor decisión de su vida.

Ella siempre estaba dentro, moviéndose de un lado a otro con esa seguridad que no se aprende, se tiene o no.

Llevo toda mi vida clasificando a la gente con una sola mirada, pero a ella la miro y la casilla se queda en blanco. Eso me cabrea más de lo que debería.

Esa chica nunca sonríe. Jamás. Y nadie parece darle importancia.

Me he repetido unas cuantas veces que no puedo entrar ahí y preguntarle directamente por qué. Que esas chicas no son parte de mi trabajo. Y, aun así, sigo vigilándolas como si otro cadáver fuera a caer del cielo.

Me planteo entrar como civil a hacerme un tatuaje cualquiera, pero nunca me he tatuado nada. Supongo que porque siempre me gustó la idea de que mi piel no contara historias que no quisiera explicar.

No obstante, todo apunta a que mi primera vez va a ser por culpa de una chica que no sé si está implicada en un homicidio o en algo bastante peor.

No debería mezclar las cosas. Eso lo sé. Pero hay algo. Un hilo invisible, que cuanto más tiro de él, más me cuesta soltar. Hasta a mí mismo me cuesta convencerme de que esto sea solo una corazonada profesional.

Las corazonadas profesionales no te hacen pedir siempre la misma mesa en tus ratos libres.

Y esa tatuadora que no dejaba de mirarme en la escena de un crimen no debería llamarme tanto la atención. Pero lo hace. Y mi curiosidad por ella empieza a ser un problema.

En mi trabajo, cuando algo no encaja, lo investigas.

Si algo te genera dudas, profundizas.

Y cuando algo te obsesiona, lo desnudas. ¡Digo…, lo desarmas!

Pero ella no encaja en ningún patrón.

No sé qué es. No sé qué hace ni qué oculta. Y tampoco sé por qué me importa tanto.

Brenda vuelve a la mesa con la cafetera.

—¿Otro, guapo?

—Otro, Brenda.

—Te va a dar taquicardia.

—Ya me da sin café.

—Ah, ¿sí?

—Por motivos personales.

—Es decir, por una mujer.

Siempre he pensado que los camareros tienen un olfato casi tan apurado como el de los policías. Saben calar a la gente.

—Exacto.

—Pobre…

—¿Ella o yo?

—Tú, hijo. Tú.

Y se va con la cafetera, dejando dos azucarillos extra al lado de la taza porque Brenda es de las que cuidan a la gente sin preguntar.

Le doy un sorbo al nuevo café.

Miro al edificio.

Y por primera vez en treinta y dos días me planteo pasar a la acción.

Podría entrar a ese estudio de tatuajes con una buena excusa y forzar una conversación. No sería la primera vez que utilizo una tapadera absurda para acercarme a alguien.

Todavía no lo he hecho porque hay una diferencia muy clara entre un caso y una obsesión. Y yo aún no sé en cuál de los dos estoy metido.