Hotel Noir 57. Un lugar soleado para gente sombría
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57. Un lugar soleado para gente sombría

UN LUGAR SOLEADO PARA GENTE SOMbrÍA

KYE

Cuatro días después estaban todos en el Nexus, Kye casi sentado sobre Foster y sin avergonzarse ni un poquito de que sus padres y Jax lo estuvieran mirando.

Su madre, con cierto pasmo pero con media sonrisa.

Jax y su padre, con guiños de ojos nada sutiles y risitas adolescentes.

Eli estaba poniendo unas cervezas en la barra y hablando con su abuela, que se acercaría con Westy en un rato.

Foster y él habían ido esa mañana al hospital a ver a Dani.

Estaba mejor, ya fuera de peligro; aunque la habían tenido que operar para sacarle un trozo de madera de la cadera y tenía varias costillas rotas.

Pero, tras un traumatismo craneoencefálico moderado, se recuperaba con normalidad.

Y no solo eso, había un brillo diferente en sus ojos, unas ganas de vivir que, hasta ese momento, no habían estado ahí.

Dani estaba en el mundo sin más; o eso decía ella.

«Yo pasaba por aquí, un gusto coincidir en esta vida».

Decía ese tipo de cosas constantemente, como si no perteneciera a ningún lugar.

Sin embargo, al verla allí, con Oz sentado en una silla de plástico a su lado, la había encontrado…

diferente. Les había dicho varias sandeces muy típicas de su humor negruzco, como que por favor dejaran la silueta de su cuerpo dibujada en tiza en el vestíbulo, en el lugar exacto donde había caído; que así formaría parte del Noir para siempre.

Qué boba; ya formaba parte del Noir para siempre, sin necesidad de recordar eventos traumáticos.

También les había comentado, muy digna ella, que el concepto de «la mirada» seguía estando intacto, que Miles la confundió porque no era Miles y el vacío en sus ojos no cuadraba con su historia personal ficticia.

Y podría tener razón. O no. Se la dieron de todas formas, junto con un bocata de albóndigas «de contrabando».

—Entonces, ¿qué ha dicho Kim? ¿Otro cuerpo que no encuentran? ¿De verdad? ¿Qué le pasa a esa familia? ¿Flotan? —preguntó su padre.

—Papi, si flotaran, los encontrarían antes —dijo Eli, poniendo las botellas en la mesa y los ojos en blanco.

—Al revés, la corriente se los llevaría lejos y llegarían a Washington o incluso a Oregón antes de que nuestra gran Policía Montada los encontrara.

—Es que para nuestros agentes es más difícil, ya sabes, no pueden ir por mar a caballo —le dijo Jax acariciándole el pelo y riéndose de él con todo el cariño del mundo.

—¿Creéis que la gente de fuera piensa que la policía canadiense patrulla a caballo?

Kye miró a Foster, que era testigo de la escena con una pequeña sonrisa en los labios. Pero, en cuanto se dio cuenta de que lo estaba observando, se giró y le dedicó esa sonrisa a él. Con la fuerza de todo el sol que ese pueblo llevaba días sin ver.

—¿Cómo llevas lo de que no hayan encontrado el cuerpo? —le preguntó Foster, acariciándole la mejilla con suavidad.

Kye miró a su alrededor; el debate sobre la Policía Montada seguía, había más risas que nunca llenándolo todo, lo que era insólito tras lo que habían pasado, pero suponía que la paz mental era merecida.

Queer Project cerraba, en cierto modo, una etapa, un luto que se había extendido demasiado en el tiempo.

Teniendo respuestas era más fácil lidiar con la pérdida y dar sepultura a las almas de los seres queridos que habían enterrado hacía tantos años.

Kye superaba un miedo, un desasosiego, una ansiedad que lo había poseído durante demasiado tiempo.

¿Estaba bien? No lo creía. Había mucho que hablar, que tratar y que…

medicar, quizá; pero, en esos momentos, el Nexus era calma y placidez.

Y ambas sensaciones eran más que bienvenidas.

—Bien. Sorprendentemente bien —contestó al fin; porque era verdad. Tenía la certeza de que Miles, le costaba pensar en él con otro nombre, estaba muerto—. Pero, por si acaso, creo que deberíamos pasar una semanita en tu casa de Vancouver.

Foster se rio antes de contestar:

—Me parece bien, más que bien, maravilloso; porque quería ir mañana a hablar con mi padre y no me quería ir sin ti.

—¿Tan desvalido crees que estoy?

—En absoluto —le dijo antes de darle un corto beso en los labios.

Era increíble la naturalidad con la que manejaba esa nueva…

situación, esa nueva… relación—. No quería irme sin ti porque quiero estar contigo todo el rato, no porque no puedas lidiar con el próximo asesino en serie que se presente en tu puerta.

Kye soltó una carcajada antes de besarlo.

Esa vez fue un poco más largo, sin lengua, pero con los labios de ambos acariciándose durante unos segundos.

Cuando se separaron, Foster ni siquiera echó un vistazo a su alrededor.

No miró a nadie para ver su reacción. No enrojeció, no dudo; le retiró un mechón de pelo de la cara y siguió mirándolo como si fuera el único hombre del mundo.

—Prefiero no conocer a ningún asesino en serie más. Si me veo nostálgico, escribo uno.

—Deseando leerlo —contestó Foster con una sonrisa sin parar de acariciarle el pelo.

Kye le sonrió.

—¿Por qué quieres ver a tu padre?

—Para decirle que soy bisexual, que estoy enamorado y que no quiero su puto dinero.

Kye se quedó sin habla durante unos segundos. Miró el verde dorado de los ojos de Foster, se perdió en él. ¿Cómo había podido dudar de ese hombre magnífico alguna vez? Pasaría la vida enmendando su error si fuera necesario. Y empezaría por lo básico.

—No lo hagas. No tenemos prisa alguna. Estrena el documental con su productora, que te respalde.

En él sales del armario con una elegancia que nadie más posee.

Luego ya, cuando la gente vea quién eres en realidad, haz lo que quieras.

Tus true crime sobre esos casos que necesitan voz.

O sobre… la muerte de tu madre. Aprovéchate. Te ha tenido sometido durante años.

—Es que… me da igual. Tengo fondos para hacer lo que quiero, y este reportaje va a ser tan la hostia que lo va a querer todo el mundo. Quiero vivir contigo dentro y fuera de estas paredes y quiero que todo el mundo lo sepa. ¿No quieres tú eso?

—Por supuesto que sí. Solo quería que supieras que te apoyo y que, si necesitas más tiempo, lo tienes. Todo el del mundo.

—No lo necesito. Pero amo que me lo des. Amo a este nuevo Kye sin miedo ni prejuicios.

—¡Oye!

Foster cortó su protesta con un beso que fue interrumpido por la risita y la voz de Eli.

—Ey, tortolitos, buscaos un hotel.

—Estamos en uno —dijeron ambos a la vez con sus bocas a escasos centímetros.

—Bueno, pero dejad de comer delante del pobre, anda. —Esa fue su madre, y el tono, aunque quejumbroso, estaba cargado de humor.

Todos la miraron y sonrieron; luego, dándole unas palmaditas en el muslo, Jax le preguntó:

—¿Kim sigue enfadada? Con todo el debate de la Policía Montada y con estos dos comiéndose la cara, no nos has dicho qué te ha contado.

—Sigue enfadada, no sé si me perdonará tanta mentira —confirmó su madre tras un suspiro.

—¿Le has contado lo de Dean? —le preguntó Kye.

—Tenía que hacerlo, tenía una cosa aquí en el pecho —se llevó ambas manos al esternón, como extrañada de la potencia de lo que sentía. Luego se recolocó la coleta y añadió—: Al menos no me va a denunciar, que con su integridad ya me parece todo un logro.

—Ella, tan práctica siempre —le dijo su padre estirando el brazo por el respaldo, más allá de Jax, y tirándole con cariño de las puntas del pelo, un gesto que Kye había crecido viendo, una especie de mimo que su madre siempre recibía igual, moviendo la cabeza y apartándose como si lo odiara, aunque todos sabían que no era así.

—Me ha contado todo lo que sabe, al menos —dijo su madre tras encogerse de hombros, como si ya pasara a otra cosa—. Al parecer… Foster, ¿quieres grabar?

—Les he dicho a las chicas que vengan en una hora, pero si quieres que empecemos… Tu naturalidad es tu punto fuerte, te comes la cámara cuando hablas desde las tripas.

Su madre lo miró como si fuera un halago.

Lo era, sin duda; y más para ella, que seguro que ya estaba pensando en la de cosas que podría mejorar en sus refugios cuando el documental saliera a la luz, la de niños a los que podría ayudar.

Una vez que las cosas habían vuelto a la normalidad (a la suya, la disfuncional de los Colton), sus chicos queer volvían a ser su prioridad.

—¿Empiezo?

—Espera —dijo Foster, levantándose y encendiendo la cámara que parecía vivir de forma permanente en el Nexus, esa que enfocaba parte del escenario, con sus instrumentos en reposo, con su cartel de neón indicando que esa era la casa de universos paralelos creados para desconectar.

Su madre empezó a hablar, primero desde la rabia (desde las tripas, como había dicho Foster), sobre cómo Robert Miller Orlando, alias Miles Peterson, se había librado de las muertes de West, Jon y Maryon, las caras de pena de su padre y Jax captadas bajo las luces del bar y de los últimos rayos de sol que se colaban por la ventana; porque el sol por fin había salido en Black Pines, ganando su guerra constante contra las nubes oscuras que lo habían opacado durante las últimas semanas.

También habló de cómo Orlando había suplantado la identidad del verdadero Miles, un psicólogo solitario al que nadie echó de menos, tras matarlo y tirar su cuerpo al mar.

Kye podía escuchar la narración de los hechos sin ahogarse, respirando con normalidad, incluso.

Con Foster a su lado. Y allí, mientras escuchaba un relato terrorífico que nada tenía de fantástico ni de ciencia ficción (lo que lo hacía aún más real y aterrador), sintió una pena infinita por los muertos que su historia, la de su familia, había dejado tras de sí.

Por los que recordaban y lloraban cada día y por los que, como Miles Peterson, la gente olvidaba y en los que no se volvía a pensar.

Pero también sintió la mano de Foster en el muslo, como un ancla a la realidad; le preguntaba en silencio si estaba bien. Y lo estaba. A su lado, lo estaba. Y estaba dispuesto a demostrárselo cada día. Ya había perdido demasiado tiempo escondido en sus libros.