56. En las montañas de la locura
EN LAS MONTAÑAS DE LA LOCURA
KYE
—Mierda, mierda.
—Kye, lo estás haciendo muy bien. Relájate. No pienses en el hielo. Ni en que hace años que no conduces. Ni en que los semáforos no funcionan. Ni en que con esta lluvia no se ve nada. Ni en que…
—Cállate, por Dios.
—Solo quería distraerte.
—No está funcionando. Joder, joder —exclamó cuando casi se pasa la salida que los llevaría al Scenic.
—Kye, tenemos unos diez minutos en los que no podemos hacer nada más que tratar de distraernos. Ya me has hecho quitar la música. No quieres que te hable…
—Sí quiero que me hables, pero no que me acojones. Habla de otra cosa. Distráeme.
—Qué fuerte lo de que Miles no sea Miles.
Kye la miró con cara de «tienes que estar de coña», pero solo un segundo, volvió a mirar al frente a toda prisa; no podía apartar la vista de la carretera.
No había farolas, la espesa oscuridad solo era cortada por los faros de Christine, que atravesaba la negrura todo lo rápido que Kye podía conducirla.
Hubiera dejado que lo hiciera su hermana, la muy salvaje conducía desde los catorce, pero tenía el pie mal, y la verdad era que ni siquiera se lo había planteado antes de subirse en un arranque de valentía que ya había dejado de sentir.
Como cuando a uno la adrenalina lo abandonaba y solo le quedaba un cansancio extremo.
—Pero es que es muy fuerte —insistió su hermana—. Y muy de coña, con lo que eres tú con los finales dignos. ¿Un hijo vengando a su padre? Es muy…
—¿De película mala? —Kye fue transportado a su conversación con Foster sobre Sé lo que hicisteis el último verano , sobre sus teorías.
Y se sintió tan poco merecedor de semejante hombre…
; lo había hecho todo tan mal…—. Foster tenía razón.
Tuvo razón todo el tiempo. Y yo no le hice caso porque soy un cobarde de mierda y, por esa cobardía, le hice daño.
—Foster te quiere. Ya lo sabía, pero esta tarde me ha quedado clarísimo; su única preocupación eras tú, llegar a ti, que no te pasara nada.
—Luego me cuentas bien lo que habéis hecho exactamente. —Tras un suspiro cargado de remordimiento, añadió—: Lo rechacé, Eli. Me porté como el culo. Y ahora no sé si voy a poder…
Miró el reloj del salpicadero, todavía estaban a unos minutos, luego miró hacia el cielo oscuro a través del parabrisas; había una luz muy potente, casi cegadora, que lo obligó a dar un volantazo y casi salirse de una curva cerrada. Enderezó el coche y volvió a centrarse en la carretera.
—Debe de ser el helicóptero del que hablaba Kim —dijo Eli mirando hacia el cielo—. Todo va a estar bien, no pienses lo peor. —Empezó a llorar—. Vas a llegar ahí y vas a escribir vuestro merecido final.
—No, un final no. Quiero escribir el principio de una vida juntos.
La muy tonta logró hacerlo sonreír llevándose una mano al pecho y soltando un suspiro de lo más teatral.
—¡Ay, qué bonito!
La cuesta que habían estado subiendo, un zigzag peligroso incluso a la luz del día, dio paso a un camino de tierra embarrada sobre la que el coche empezó a patinar. Kye dejó escapar una especie de grito nada masculino y enderezó el volante.
—Hermanito, tú puedes —le dijo Eli, poniéndole una mano en el muslo e infundiéndole seguridad—. Eres un valiente.
Valentía, cobardía…, aquellos segundos de máximo estrés se reducían a eso. A su cobardía en esa silla, a las cosas que para librarse le había dicho al que interpretaba a Miles. Estaba asqueado consigo mismo. Valiente sus huevos.
—¿Te acuerdas de cuando vimos Las dos torres con Westy hace unos meses?
—le preguntó a Eli mientras llegaban a una parte más llana donde la luz del helicóptero empezó a cegarlos—.
¿Te acuerdas de que lo llamamos cobarde porque dijo que en medio de una lucha épica se haría el muerto y se escondería entre el resto de cadáveres?
—No te lo vas a creer, pero es justo lo que he pensado yo cuando Foster me ha tirado por la ventana.
—¡¿Qué?! ¿Foster te ha tirado por la ventana?
—Sí —contestó Eli soltando una risa que, entre lloros, se había convertido en la banda sonora de esos frenéticos minutos—.
Para salvarme, porque es maravilloso. Pero yo he pensado que era una cobarde, que era yo quien lo había metido en ese lío y que, sin embargo, era él quien asumía las consecuencias.
Todo el camino hasta el hotel pensándolo, echándome la culpa. Si le pasa algo… es mi culpa, Kye…
Eli empezó a llorar desconsolada.
—No va a pasar nada, tú lo has dicho. Y eres una valiente.
—No, valiente tú, que has estado atado a una silla, drogado y torturado…
—No me ha torturado.
—Bueno, si un día lo escribes, di que sí. Es mucho más espectacular ceder ante un loco que te tiene atado a una silla que hacerse el muerto en un campo de batalla mientras tus compañeros se juegan la vida, como quería Westy.
Kye soltó una especie de risa-sollozo y contagió a Eli, que hizo un sonido ahogado antes de romper a llorar otra vez.
—Es mucho más cinematográfico lo que has hecho tú —le dijo Kye, tratando de distraerla—; te han tirado por una ventana, te has lesionado y has cruzado un pueblo a oscuras cojeando para salvar a tu hermano. Te llevas todos los premios.
—Vamos a tener que hablar con Westy y rectificar —dijo entre una risotada y el llanto—. Darle estas lecciones de vida que jamás creímos que experimentaríamos.
—Y que espero que no tengamos que volver a experimentar.
Se hizo el silencio, uno cargado de preocupación y de miedo.
—Puto tarado. Ni uno más en nuestra vida.
—No, Eli, no culpemos a «la locura» como un deus ex machina cutre y trillado.
—¿No me dejas llamarlo loco? ¿En serio?
—Es un psicópata. O un sociópata. Es un puto narcisista, un mitómano, yo qué cojones sé.
Pero todo lo que ha hecho ha sido una conducta guionizada, sabía lo que hacía, la causa-efecto de sus acciones.
Actúa movido por la venganza y se exonera de culpa.
Probablemente no tenga ni un gramo de empatía en su cuerpo. Pero no creo que sea un enfermo mental.
—Ya, porque te crees un escritor de renombre que no puede caer en tremendo truño. —Ante el bufido de Kye, añadió—: Pero para mí es un tarado de mierda que se ha cargado a gente a la que yo quería porque «pobrecito yo, que el mundo me ha hecho así». ¿No está trillada esa trama?
—Hasta la saciedad —afirmó Kye con una pequeña sonrisa—. Foster también hace eso, ¿sabes? Distraerme hablando de libros o pelis de terror.
—Es que te conocemos bien. —La sonrisa en su voz murió cuando, al girar la última curva, los altos pinos verdes (negros en la oscuridad) dejaron ver un escenario iluminado por el color del miedo: las luces rojas y azules de los coches de policía, que no sabían si estaban allí para ayudar o porque lo más espantoso había ocurrido.
Kye salió disparado del coche. Se escuchó a alguien decir: «¡No lo voy a repetir, levanta las manos o disparo!
». Y, como si de un momento calculado se tratara, un clímax buscado que uno de los protagonistas no se podía perder, las luces del helicóptero sobre sus cabezas, las de los coches y lo que suponía que serían linternas en manos de los policías iluminaron como un foco de atención al que se hacía pasar por Miles, al borde del precipicio junto a la catarata.
Un tiro, dos. Y cayó. Pero no a cámara lenta como lo había hecho Dani; no.
Desapareció, sin más, y Kye se sintió… abrumado.
No triste ni enfadado. Hasta el miedo había desaparecido de su organismo.
El sonido ensordecedor a su alrededor le pareció fuera de lugar, tanta vida, tanto movimiento.
¿Qué pasaba? ¿Habían llegado a tiempo? ¿Dónde estaba Foster?
Más gritos, órdenes; más luces, más movimiento. Kye empezó a correr hacia donde todos lo hacían, hacia… ¡el coche de Foster!
Estaba casi en el precipicio, varias personas (algunas en el uniforme de la Policía Montada, otras con el tribal de las Primeras Naciones) lo rodeaban.
—¡Foster! —gritó casi a la altura del círculo de gente que en esos momentos cercaba el vehículo.
—¡Kye, no, para!
Kim le cortó el paso, agarrándolo por los hombros y deteniéndolo.
—¡No, no, no!
Por pura adrenalina, logró zafarse de ella y llegar al Camaro azul al que nunca se había subido porque los cobardes con estrés postraumático no superaban los accidentes de los que salían ilesos.
—No, no, no —repitió al llegar al maletero y verlo vacío.
¿Habían llegado tarde? ¿Qué le había hecho? Si no le hubieran disparado, lo haría él, le arrancaría la cabeza con las manos y le clavaría los dientes en la yugular y…
—¿Kye? —la voz apagada de Foster, procedente de algún lugar que no localizaba, lo hizo girarse y empezar a dar vueltas sobre sí mismo.
No lo veía. ¿Se lo había imaginado? De ese segundo estrés postraumático no había libro que lo librara.
Quizá nunca volviera a escribir, quizá se asomara a esa catarata cuya caída de agua sonaba con estrépito y se dejara caer y…
—Kye. —La voz de Kim de nuevo—. Lo han sacado, está ahí.
—Kye debía de parecer perdido, era evidente que no estaba siguiendo con la mirada la dirección de ese «ahí», y eso fue lo que hizo que Kim volviera a hablar y que lo hiciera con muchísimo cariño—.
Kye, mírame, te he interrumpido el paso porque lo estaban sacando, no porque no quisiera que vieras algo horrible. Está bien, está ahí.
Kye se giró entonces y lo primero que vio fue a Eli junto a una mujer indígena que le colocaba una manta sobre los hombros; y, luego sí, por fin, a Foster.
Lo vio entre la cortina que formaban las lágrimas en sus ojos, sentado en un enorme tronco volcado en el barro, con otra manta cubriéndolo y con varias personas a su alrededor, haciéndole preguntas, tomándole las constantes…
Tenía los ojos cerrados, y Kye se quedó unos segundos mirándolo, empapándose de él como en la lluvia, a punto de gritar de felicidad, de llorar de alegría, de saltar y bailar al ritmo de una canción que no sonaba o que solo lo hacía en su cabeza, pero tan alto que parecía real: Glycerine , de Bush.
Porque verlo ahí, vivo, era una explosión emocional capaz de iluminar la noche más oscura.
Entonces Foster lo vio. No reaccionó, quizá él también creyó que se lo estaba imaginando, pero la confusión no le duró mucho, porque Kye se lanzó hacia él y lo abrazó con tanta fuerza que lo tiró hacia atrás y ambos cayeron al barro, unidos, sus piernas entrelazadas.
—Perdóname, perdóname —le dijo, no, le rogó, entre besos en la frente, las mejillas, los párpados.
—¿Perdonarte? ¿Por qué? —le preguntó Foster con voz pastosa mientras más de una persona a su alrededor les decía que se separaran, que Kye tuviera cuidado, que lo dejara levantarse.
Kye no hizo caso a ninguna de esas voces.
—No eres una simple boya —le dijo a Foster con una sonrisa que él le devolvió, desconcertado—. No sé cómo alguna vez pensé que eras una boyita flotando en el mar.
—¿Eh?
—Eres una enorme. Gigante, luminosa; capaz de llevar al más extraviado de los barcos a puerto.
—Lo que dices es… Creo que es… bonito.
—Es una declaración de amor.
—Esperaba más de un escritor portento, pero me vale.
Y entonces se besaron, con Glycerine aún sonando a tope en ese campo abierto que un día fue el aparcamiento del Scenic, con una cascada cayendo pesada a un río oscuro que albergaba más de un muerto y que había marcado la vida y la desgracia de su familia.
Y se besaron y se besaron. Y los intentaron separar, y otro helicóptero los sobrevoló, y alguien habló por un megáfono, y dio igual, porque solo estaban ellos.
—Ha sido una declaración un poco pobre, pero esperaré a que toda esta gente se vaya para que te redimas —le dijo Foster cuando separaron sus labios.
—No ha estado tan mal.
—No ha sido una declaración digna del momento. He estado al borde de la muerte y tú me has soltado una frase nada inspirada. Me has llamado boya.
—No hace mucho tú me llamaste soportal barroco.
Foster rompió a reír y lo abrazó con mucha fuerza, fundiéndolo en un abrazo lleno de promesas y de esperanza.
Alguien los levantó a ambos y los intentaron separar como si fueran los contrincantes de una pelea.
«Por encima de mi cadáver», creyó decir en voz alta a un técnico de emergencias que intentó llevarse a Foster lejos de él.
Pero entonces entró Eli en escena, con su palo y sus lágrimas, con su sonrisa de miles de voltios.
—¡Foster! —Lo abrazó.
—Mi chica, cómo me alegro de ver que no te mataste al caer por la ventana.
Los tres se rieron y Kye los abrazó a ambos mientras el segundo helicóptero aterrizaba no muy lejos de ellos, haciendo que las ramas de los árboles se doblaran de forma casi imposible y que el ruido se lo llevara todo.
—¿Cómo habéis venido? —preguntó Foster casi gritando para hacerse oír sobre el ruido del motor.
—En Christine. La ha traído mi hermano.
Foster lo miró y la sonrisa que le dedicó no le dejó ninguna duda de que subirían mil montañas para salvarse el uno al otro. Se tirarían por ventanas, precipicios y cataratas, y conducirían sin semáforos en noches oscuras como la muerte.
—Sí que me quieres, sí —le dijo Foster, llevando una mano a su nuca y dándole otro beso.
—Te quiero muchísimo, idiota.
—Kye, Foster —dijo Kim acercándose a ellos—. Ha llegado la prensa. Vámonos, no creo que sea el momento de hacer declaraciones.
Kye se separó de Foster cuando una cámara los enfocó y los deslumbró. Foster tiró de él y volvió a pegarlo contra su cuerpo.
—No te alejes de mí.
—Pensé que no querrías que…
—¿Qué? ¿Que nos vieran juntos? ¿Después de lo que acabamos de vivir? No pienso volver a separarme de ti, así que más les vale que se vayan acostumbrando a esto.
Foster volvió a besarlo.
—Yo espero que esto no lo volvamos a vivir jamás —dijo Kye contra su boca.
—Ya, sí, eso estaría bien. Pero tengo muchos planes, voy a organizar un curso, ideaza que he tenido, y lo mismo monto un negocio con Oz y…
—Chicos, estoy super a favor de lo vuestro, de verdad que sí —les dijo Kim como si a los dos les faltara oxígeno en el cerebro—, pero no quiero que hagáis ninguna declaración en caliente, quiero que vayamos al hospital y hablemos.
—Vale, pero juntos —dijo Foster.
Kye asintió y, ambos abrazados, caminaron hacia la parte de atrás de una de las ambulancias.