Hotel Noir 55. Christine
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55. Christine

CHRISTINE

KYE

Voces. Kye oía voces en la planta baja. ¿Eli? Trató de gritar, de llamarla. Había otra persona con ella, gritos. «No subas», dijo una voz que no pudo reconocer.

Kye hacía ruidos ininteligibles, como los de un animal herido, al borde de la muerte. «¡Eli!», trataba de gritar, pero el sonido amortiguado por la cinta aislante solo le generaba más y más impotencia.

De repente, su hermana apareció en su campo de visión. Cojeando, empapada y con un palo en la mano del que se ayudaba para correr hacia él.

—¡Foster! Lo tiene Miles —gritó en cuanto su hermana le quitó la cinta aislante de la boca y empezó a desatarle las manos.

—¡No puedo! —sollozó Eli con dedos temblorosos contra su piel—. ¡Kim! Arriba, es mi hermano.

¿Kim?

—Eli, ¿qué te ha pasado? ¿Está aquí Kim? Hay que ir a por Foster, no sé cuánto ha pasado desde que Miles se fue. Miles no es Miles.

Su hermana no paraba de llorar.

—Lo sé —dijo entre sollozos, liberándole por fin las muñecas—. Hemos estado en su habitación, Foster me ha pedido que fuera a por ayuda, pero ni siquiera he hecho eso bien.

—Eh, no llores, has venido con Kim —contestó Kye, apresurándose a desatarse los pies.

—No, Kim ya venía hacia aquí. Me duele el tobillo, al caer por la ventana me he hecho daño y he tardado una puta eternidad en llegar.

¿Tiene a Foster? —preguntó mientras Kye la envolvía en un abrazo para el que no había tiempo pero que era tan necesario como respirar—.

Y al entrar —continuó su hermana, separándose de él y secándose las lágrimas— hemos visto a Dani y…

—Lo sé, la ha tirado desde la galería y está… Está… —Kye no podía decirlo, no encontraba las palabras para formar tan horrenda frase. Rompió a llorar.

—No está muerta. —La afirmación procedente de la puerta hizo que ambos se giraran a mirar a Kim—. He llamado a una ambulancia por radio, llegará enseguida.

Kye pasó por su lado y salió de la habitación, corriendo escaleras abajo, hacia su amiga.

—¡Dani! —gritó mientras Kim y Eli corrían tras él, la jefa de policía repitiendo su nombre sin parar y pidiéndole que se detuviera.

Kye llegó junto a Daniela y se tiró al suelo, agarrándole la mano.

—No se mueve.

—No, pero tiene pulso —contestó Kim, arrodillándose a su lado—. ¿Qué ha pasado?

—Dani —sollozó Kye viendo cómo su hermana se unía a ellos e intentaba agacharse con dificultad, desistiendo y apoyándose en el palo en su lugar.

—¡Kye! —le gritó Kim tirándole del brazo—. Van a venir a por ella. No la muevas. Esto está gestionado. Entiendo cómo te sientes ahora mismo, de verdad que sí, pero tienes que decirme qué coño ha pasado. ¡Ya!

El imperativo de Kim pareció sacarlo de ese estado en el que había entrado, y salió de él más aterrorizado aún, porque Miles no era Miles, y tenía a Foster, y no, no, no.

En la radio que Kim llevaba al pecho se escucharon unas palabras entrecortadas por electricidad estática.

—Sí, en la curva; el número 315 de Black Lodge Road.

El chisporroteo de la radio, a la que Eli y Kye miraban con fijeza, dio paso a un mensaje que pareció darles años de vida a ambos.

—Tiempo estimado, cuatro minutos.

Kim miró entonces a Kye y le dijo:

—La ayuda está aquí, por tu amiga no puedes hacer más en estos momentos, salvo ir con ella al hospital. Están usando generadores de emergencia y en principio está funcionando sin problemas. Ahora, habla.

—Miles tiene a Foster. Quiere matarlo, se lo ha llevado a las cataratas de Damon Falls.

—¿Estás seguro?

—Sí, va a matarlo, Kim, tenemos que irnos ya. No sé si me crees, sé que Foster te ha dicho cosas, quizá creas que es un aficionado torpe, pero no…

—No, no creo eso. Kye, por Dios, respira.

No podía localizar a tu madre, vi la llamada de tu novio, pero cuando fui a devolvérsela los móviles ya no funcionaban.

No me puedo creer que Foster tuviera razón sobre esto.

Me han llegado los análisis toxicológicos y todas las víctimas, incluido David, tenían algo en común que…

—Rastros de alguna droga.

—De ketamina, sí; no en cantidades preocupantes, y menos aún discordantes en personas que tomaban drogas de forma recreativa, pero sí. ¿Cómo lo sabes?

—Porque el puto psicópata me ha drogado y me ha atado a una silla y solo le ha faltado detallarme su puto modus operandi .

Debe de drogar a sus víctimas y luego las mete en el maletero hasta que finge algún tipo de accidente.

Y ahora tiene a mi chico y lo quiere matar y nos tenemos que ir ya —dijo Kye poniéndose en pie mientras veía cómo su hermana se erguía y, palo en mano, empezaba a caminar hacia la puerta.

—De «tenemos» nada, Kye. Bastante habéis hecho, dejad esto a los profesionales.

Entonces el «¡no!» que Kye gritó se vio amortiguado por el sonido de una ambulancia acercándose.

Un instante después, las luces rojas y azules se colaban por la puerta abierta del hotel y los bañaban de una mezcla de alivio y pánico; alivio porque ya estaban; pánico por el motivo por el que estaban.

—Id en la ambulancia, tu hermana también necesita un médico, tiene el tobillo roto.

—Ni de coña, yo también voy.

—No, no vienes; y, si la vida de Foster está en peligro, no tenemos tiempo de discutir. ¿Quieres retrasarme más? ¿Es eso lo que quieres?

—No —reconoció Kye en un susurro mientras los técnicos de emergencias entraban con maletines y una camilla.

Kim no esperó ni un minuto más y salió por la puerta hablando por radio.

—A todas las unidades, necesitamos refuerzos en Damon Falls.

Es territorio de la Primera Nación Cheam, que Molly llame por radio al jefe Kulam, pero no esperéis a la autorización, hay que subir allí ya.

El helicóptero de Hope está sobrevolando la carretera regional por un desprendimiento, dad orden de que se desvíen. Tardo unos quince minutos.

Quizá dijera algo más; Kye miraba hacia la lluvia que se filtraba desde el exterior, distorsionada por las luces de la ambulancia. Miraba a Dani, con oxígeno y ya subida a la camilla. Se acercó a ella y le cogió la mano de nuevo, a pesar de que uno de los técnicos trató de apartarlo.

Dani intentó quitarse la mascarilla, había recuperado el conocimiento. Kye soltó una especie de sollozo que sonó a carcajada porque la felicidad lo embargó durante un segundo, disipando el terror por Foster, por lo ocurrido, por lo que aún podía ocurrir.

—No te la quites —instó, sin suerte, una de las chicas de emergencias; porque Dani era rebelde incluso medio en coma.

Ya la sacaban fuera, pero Kye aún no la había soltado, acompasando su paso al urgente de la camilla.

—Kye —logró decir su amiga con voz frágil y entrecortada.

—No hables —volvió a repetirle uno de los técnicos mientras se disponían a meterla en la ambulancia.

—Eres una valiente, una puta diosa, no hables, que te cuiden, en cuanto pueda iré al hospital contigo.

—Dile… a… Foster… que… lo quieres —dijo su amiga antes de que le pusieran de nuevo el oxígeno y la metieran del todo en la ambulancia.

Kye soltó otra de esas risas que también eran llanto y se tapó la boca con la mano. La lluvia le empapaba el jersey y el pelo; notaba las gotas de agua mezclarse con las lágrimas.

—¿Venís? —les urgió uno de los chicos.

Kye negó con la cabeza y, según cerraban las puertas de la ambulancia, se giró hacia su hermana, hacia el hotel, y alzó la vista al cielo que llevaba días amenazando con abrirse y engullirlos. Luego, con la cara empapada y con una determinación sin precedentes, se dirigió al Noir con paso rápido.

—Kye, ¿dónde vas? —gritó Eli a su espalda.

—Quédate y trata de contactar con mamá y papá. Siéntate, pon la pierna en alto —contestó él sin mirar hacia atrás.

Caminó hasta el mostrador de la entrada, abrió la cajetilla de las llaves, cogió las que estaba buscando sin el más mínimo titubeo (ya llegaría, no tenía dudas), las envolvió en un puño y las apretó muy fuerte.

No podía perder ni un segundo más, así que, mientras se clavaba los fríos bordes dentados de metal en la palma, salió corriendo hacia su coche.

—Hola, Christine —dijo en voz alta, quitándole la lona—. ¿Lista? Yo ni un poquito, pero allá vamos.

—¡Kye! —oyó gritar a su hermana, pero no se detuvo. No podía. Necesitaba llegar a Foster.

Una vez tras el volante, se sobresaltó cuando la puerta del copiloto se abrió y Eli entró con su palo. Quiso decirle que se bajara, que no la pondría en riesgo, pero no tenía tiempo. Y la mirada de Eli, la decisión en sus ojos, decía que iría con él al fin del mundo.

—Vamos, Christine, a volar.