54. Misery #3
Y ahí, Kye decidió jugarse las cartas que no tenía en una sola mano.
—Has… matado a gente que me importa y eso es horrible. Entiendo por qué, pero no deja de ser espantoso. Y, sin embargo…
—Sin embargo ¿qué? —preguntó con una ceja alzada, escéptico.
—Sin embargo, por algún motivo retorcido y cruel, no puedo dejar de pensar que…
—¡¿Qué?!
Kye sollozó. Lo hizo de verdad, del horror de sus palabras, de la suciedad que lo cubría como lodo.
—Que el hecho de que… mi madre…, ya sabes, que mi madre no sea la tuya es algo… bueno.
—¿P-por qué es algo bueno?
—Si fuera tu verdadera madre seríamos hermanos biológicos y no podríamos…
—¿Qué estás insinuando? ¿Te crees que soy imbécil? Si todo esto es p-para salvar a King, p-permíteme que te diga que no va a funcionar.
—Foster me da igual.
Desconocía cómo había logrado formar una construcción tan falaz y antinatural, cómo conseguía mantener una fachada tan resquebrajada y a punto de derrumbarse.
Pero lo hizo. Era lo único que sabía hacer bien.
Había sido un inútil para Foster, no había ayudado, no había querido creerlo porque estaba aterrorizado, pero haría lo que fuera.
Era escritor. Uno muy bueno. Creaba ardides, tramas y universos verosímiles.
«Sé verosímil ahora».
Se le escapó un sollozo.
—Oye, eh, tranquilo. ¿P-por qué lloras así ahora?
—Es que… no me crees, y… lo entiendo. Me alejé de ti porque no estaba preparado para nada en esos momentos, no quería cagarla; y ahora me tienes atado a una silla y, con todo lo que ha pasado, ya no vas a querer…
Las arcadas se sucedían como en las mañanas de resaca, como cada amanecer de aquella época en la que las pastillas y el alcohol habían bailado juntos en su sistema acallando cualquier recuerdo de su trauma. Hizo un esfuerzo para no vomitar.
—Que no voy a querer ¿qué?
Miles lo miraba con sospecha, la luz tenue de las velas convirtiendo sus rasgos en fantasmagóricos y aterradores. Si Foster viera esto se cagaría.
«No, no pienses en Foster».
—¿Qué es lo que no voy a querer? —insistió.
—Esto, nada conmigo.
—¿Ahora me vas a hacer creer que te importo? ¡¿Ahora?!
Sí. Kye haría lo que fuera por salvar a Foster, a su hermana. Vendería su alma a ese sociópata vengador si hiciera falta. Lo que fuera. Y estaba preparado para ello.
El que no era Miles se paseaba de un lado a otro de forma frenética. Kye lo miraba con lágrimas en los ojos.
—¿Sabes lo que supuso p-para mí darme cuenta de que me había enamorado de ti?
—le preguntó el suplantador, sobresaltándolo en sus ataduras—.
Fue la mayor revelación de mi existencia.
Te lo juro. Más p-potente que descubrir quién era, quiénes eran los culpables de mi desgracia; más incluso que la adrenalina que se apoderó de mi cuerpo cuando subí a Jon Ward y a su mujer en el maletero del coche y me p-paseé por Vancouver como si nada.
Dios, no sabes lo que fue eso. Estaba empalmado, nervioso, serotonina a tope.
Ahí me di cuenta de que tenía un p-pequeño fetiche.
—Miles se movía por la habitación, caminando entre muebles, tocando sus superficies, estrujándole a Kye las entrañas—.
Cuando me internaron en Willow Center, empezaron a hablarme de psicopatía y diagnósticos erróneos, falsos.
Que era un sociópata, decían. Se equivocaban, claro, ni siquiera sabían quién era ni lo que había hecho.
Me detuvieron p-por una p-pelea con resultado de muerte que definieron como camorra de bar sin saber que el hijoputa que murió era el exrepresentante de Queer Project y que había venido a buscarme, acusándome, amenazándome.
Ellos creían que yo era un don nadie, el p-pobre Bob, camarero agradable y anónimo.
—Suspiró, tomándose un tiempo para seguir; estaba nervioso, inestable.
Si era por la posibilidad de que Kye lo amara o por sus recuerdos, no lo sabía.
Siguió hablando—: Me dijeron cosas horribles como que no era capaz de amar, cuando te amo con todo mi ser.
El p-pijo de mi psicólogo clínico, un chaval que iba de niño prodigio, estaba convencido de que terminaría matando a alguien.
«Que terminaría». Ni p-puta idea tenía. —Se rio; no había humor en esa carcajada hueca—.
Miles P-Peterson se llamaba, ¿te suena el nombre?
Un engreído sin amigos al que no me costó suplantar una vez salí de allí y lo hundí en lo más profundo del estrecho de Georgia.
P-por listo. ¿Quién se ríe ahora, eh, p-puñetero loquero de tres al cuarto?
—El monstruo parecía haber perdido la compostura.
Y eso no podía ser bueno. Kye lo necesitaba sensible y manejable, solo tenía una vía para llegar a él—.
No tuve ningún problema p-para hacerlo desaparecer del mapa y usurpar su identidad.
P-padres recién fallecidos, ni un p-puto compañero que quisiera saber de su existencia…
P-pero entonces te conocí y… se me olvidó cualquier plan de venganza.
—Pero… el accidente, el coche…
—¡Tú lo has dicho! Fue un accidente de verdad, no quería matarte.
Iba a ser un susto, p-para tomarte el p-pulso, ya sabes.
P-pasó lo mismo en la fiesta cuando invité a todos esos universitarios.
¿Quería matarte? No, quería que te asustaras otra vez; Foster estaba ayudándote a sanar, alejándote.
Fue p-por eso que también empecé a moverte más a menudo el coche.
Al principio era sutil, hecho desde el cariño, como tu psicólogo, ya sabes.
—Se rio—. En plan exposición gradual, p-para que te enfrentaras al trauma.
Luego llegó King y me obligó a tomar medidas.
Lo precipitó todo, lo jodió todo. —Lo dijo como si fuera lo más normal del mundo, como si, una vez más, él fuera la víctima—.
P-pero, no nos desviemos. El accidente. Cuando llegamos al hospital apareció tu madre, mi ángel de la guarda, y me trató con respeto, y me p-pidió que te cuidara, y confió en mí…
—El psicópata, porque sí lo era, se quedó mirando a la nada, recordando, suave de nuevo—.
Fue brutal. Y encontré p-paz en tu respiración y en la modulación de tu voz.
En tu hermetismo. Y p-perdí mis deseos de venganza; me costaba odiar a Julia, aunque hubiera estado implicada en la muerte de mi p-padre y me hubiera condenado a esta vida de desgracias.
Había sido mi madre tanto tiempo… Tu p-padre y su novio no me molestaban, y como no p-participaron en mi destino de forma directa, dado que aquel día no estuvieron en el Scenic, creí que p-podría empezar una nueva vida de verdad.
—Y podemos —lo cortó Kye desesperado por que se callara, por salir de allí—. Podemos. Mis padres y Jax no tienen por qué saberlo, Foster se irá y no mirará atrás y…
—De eso nada. King muere esta noche.
—Desátame, Miles… ¿Cómo quieres que te llame? ¿Quién quieres ser? Lo seremos. Lo seré contigo. Pero, por favor, no puedes seguir matando, no… No sé si podría perdonártelo, aunque te quiera.
El parásito que se hacía llamar Miles, y que invadía coches, casas y vidas ajenas, lo miró con la duda sembrada en los ojos.
Y Kye podía trabajar con esa duda; podía moldearla, convertirla en certeza.
¿No había logrado que millones de lectores amaran a Muerte, uno de sus personajes más amorales?
La duda le compraba tiempo, no suponía un fin inminente.
—Te diré lo que vamos a hacer —dijo el monstruo parásito cortando su esperanza de un tijeretazo—.
No he llegado hasta donde estoy siendo imprudente.
Y p-por mucho que lleve años soñando con que me quieras, no voy a dejar que me engañes.
Así que, como tu familia no está y no vendrá hasta mañana o p-pasado, esta noche nos la tomaremos libre, p-para ti y p-para mí.
P-para charlar. Aunque antes… —dijo dirigiéndose hacia la puerta.
—No, no, no te vayas —chilló Kye aterrado.
—Oh, tan impaciente… —añadió sin llegar a salir, cogiendo algo de una de las mesas apiladas contra la pared—.
P-pero no soy idiota. No sé si es tu amor p-por mí lo que habla o si es tu miedo p-por el guapito que tengo en el maletero, así que primero me encargaré de él y luego, sin riesgo de intromisiones, vendré y nos sinceraremos.
—Pero…
—Nada de p-peros, Kye, me estás cabreando.
—Su voz era dura, como un bloque de hormigón cayendo a pedazos—.
Lo voy a llevar a un lugar donde tú jamás p-podrías ir.
—La sonrisa que le dedicó fue malévola, ¿cómo podía ese hombre creer que lo amaba?
—. A ver si adivinas, es justicia p-poética total; hay una catarata, y ya sabemos lo que p-piensas tú de las grandes masas de agua, que ni a acercarte te atreves.
Hay que ir en coche; bueno, se p-podría ir andando, p-pero tardarías horas.
Y eso sin tener en cuenta que, ups, estás atado a una silla.
—Y, como si le estuviera informando de qué planes tenían para una agradable velada, se acercó a él con una sonrisilla y pegó la boca a la suya.
Kye contuvo la arcada como pudo—. P-pero no te engañes, aunque no estuvieras inmovilizado, no p-podrías salvarlo.
Entonces le tapó la boca con cinta aislante (que era lo que por lo visto acababa de coger) y desapareció, dejándolo en un estado de ansiedad que apenas le dejaba respirar.
Trataba de hacerlo por la nariz, pero sus inhalaciones eran demasiado rápidas, demasiado cortas, el aire que le entraba no era suficiente.
Kye sabía que se debía a que tenía la boca cubierta, era una falsa sensación de asfixia. Tenía que decirle a su cerebro que estaba bien, que podía respirar perfectamente.
«No te ahogas, no es real», se repetía, pero el pensamiento iba igual de rápido que su intento de inhalar. Y era igual de ineficaz.
No sabía cuánto tiempo había pasado hasta que había logrado autorregularse. Y, cuando su corazón pareció ralentizarse y el aire entrar de nuevo en su cuerpo, gritó. Gritó en silencio, desesperado, sintiendo cómo el espanto no le dejaba espacio para nada más.
Era una emoción potente y ensordecedora que acallaba todo a su alrededor, un grito mudo con el poder de un aullido capaz de invalidar todo lo demás.