Hotel Noir 54. Misery #2
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54. Misery #2

—Lo que está p-pasando —contestó el falso Miles acercándose a él con brusquedad, con la hoja que no era el fax en la mano— es que yo tenía mi vida construida a la p-perfección con p-pilares sólidos.

P-por primera vez me gustaba cómo p-pintaba el presente, los colores que se divisaban en el futuro.

P-pero luego llegó Foster King y, famélico de fama, el muy rata empezó a meterse dónde no lo llamaban y a hacer tableros y p-pasarse una mano p-por el p-pelito una y otra vez como si siempre tuviera una cámara delante.

«No reacciones, Kye. No lo hagas».

—Pero… Foster no sospechaba de ti. No más que de David o cualquier otra persona.

—Trató de mantener la voz en calma y ocultar lo horrible que se sentía por no defender a su chico.

Necesitaba que el sucedáneo de Miles hablara; por un lado, para ganar tiempo; por otro, para entender a qué se enfrentaba.

Todas las cosas que le había dicho Foster, las notitas de colores, los garabatos de sus libretas… empezaban a tomar forma en su cabeza.

—Y esa es otra. Tuve que matar a David. ¡Y no quería, joder! —Daba vueltas como un maníaco, de pared a pared, en el estrecho espacio que los muebles le permitían—. No soy un asesino a sangre fría, ¿sabes?

—Claro que no —dijo, tratando de sonar comprensivo, pero muriéndose del asco y atragantándose con la bilis de sus propias palabras—. Te creo. Te conozco. Solo que… necesito más.

—¿Más qué? —preguntó el monstruo entre esperanzado y confundido.

—Contexto, necesito más contexto. —Y que hables, que hables mucho, que Foster se despierte, que se ponga a salvo—. ¿Por qué… David? —No pudo pronunciar el «mataste» que procedía, le quemó la lengua al paladearlo.

Tenía que ser fuerte, no romper a llorar como un niño y seguir. Continuaría reescribiendo sobre la marcha, inventando un nuevo personaje y cruzando los dedos para que fuera el héroe y no un extra sacrificable en aras de la trama.

—¿Cómo que p-por qué lo maté? ¡P-para que dejarais de investigar!

Creía que era evidente. Cuando vi su foto en el corcho junto a la mía, tracé un plan rápido p-para librarme.

Hay que reconocerme el mérito, a p-pesar del remordimiento que cargármelo me causó.

Y me lo causó, ¿eh? Me lo encontré en el bar de Jackson; bueno, lo seguí hasta allí; p-pero no había manera de que viniera conmigo; en eso era como Dani, no confiaba en mí.

Debía de ser ese rollo de «la mirada» que siempre soltaba tu amiguita.

Quizá mis ojos no eran el espejo de mi alma, ya sabes, p-porque yo no soy yo y todo eso.

El gemelo malo de Miles miró a Kye buscando una reacción. Kye improvisó, bajó un poco los ojos, no sabía si tratando de mostrar sumisión o algún tipo de reconocimiento; cualquier cosa que no revelara su espanto.

Y quizá funcionó, porque, tras un suspiro, el ser malvado frente a él, siguió:

—En el ridículo tablero ese teníais p-puesto el anónimo de los huevos.

P-puto anónimo y p-puta noche de borrachera.

P-porque lo escribí borracho, ¿sabes? P-perdí el control y en mi intoxicación creí que era gracioso y demoníaco a p-partes iguales…

Un error, nunca volví a beber hasta ese p-punto.

P-pero al menos p-pude aprovecharlo de alguna forma.

Cuando lo vi, me fijé en que justo al lado había un p-pósit rosa que decía algo como: «el secuestrador masca chicle».

Y como os había oído hablar en la fiesta de Halloween de que David estaba dejando de fumar, tracé un plan que uniera varios elementos y no chirriara.

Y lo logré. E íbamos a estar bien y el influencer se iría a su casa y todos tan contentos.

Pero nooo… ¡Nada ha salido según lo planeado!

El grito hizo que Kye se sobresaltara y que las lágrimas le inundaran los ojos. No las pudo contener. Lo que le estaba diciendo… Escucharlo sin hacer ni un gesto… Y quizá para nada, porque esa estrategia conciliadora podría no llevarlo a ningún sitio.

—P-perdona —le dijo entonces el antiguo Miles, como si lo sintiera de verdad, mientras agitaba lo que tenía en la mano—. No he p-pensado en cómo te afectaría enterarte de todo esto de golpe.

—¿Qué… tienes ahí? ¿Qué es…? ¿Qué es eso que estás mirando?

¿Era lo más importante que debía preguntar?

Probablemente no. Tampoco estaba seguro de querer conocer ninguna respuesta, daba igual la pregunta.

Pero ahí estaba; así que no pudo evitar el titubeo que se le escapó, la duda en su formulación.

Y el monstruo pareció compadecerse de sus nervios, porque se acercó a la silla y, poniéndose de nuevo en cuclillas, se lo enseñó.

Era una foto antigua. Era…

—Es una foto de… ¿mi madre? ¿Por qué tienes una foto de mi madre de joven?

—Creí que era mi madre, ¿sabes? Hasta que tu tío West entró en el bar en el que trabajaba y me arruinó la vida, creí que tenía la madre más hermosa del mundo.

Me había creado una historia en la que la habían obligado a abandonarme y ella también me buscaba y me lloraba cada día.

Yo no tenía ni idea de quién era, claro, mi madre adoptiva me dijo que me habían encontrado con ella en la mano y yo me creé un lore en torno a ello.

La adoré e idolatré hasta basar mi identidad en ella y en las razones que p-pudo haber p-para que la p-pobre tuviera que renunciar a mí.

Greta, la trabajadora social que me adoptó, era muy religiosa, y la música «moderna» estaba prohibida en casa.

Tampoco tenía edad de escuchar a Queer Project, no era algo de lo que hablaran mis compañeros en el colegio ni los niños con los que coincidí en las casas de acogida, así que mi delirio siguió y siguió.

—Luego, en un tono frío y afilado como una estalactita, añadió—: Hasta que West apareció en el Firebox una noche siguiendo la p-pista de un niño abandonado en un coche y me mató el delirio a golpe de historias p-para no dormir sobre grupos de música, drogadictos y cuerpos desaparecidos en el río.

Kye no se lo podía creer. ¡El puto bebé del coche!

«Foster, amor, si salimos de esta, prometo que jamás en la vida dudaré de tu instinto. Jamás. Te debo cien mil disculpas, cien mil besos y cien mil “te quieros” a voz en grito».

Luego, centrándose en una verdad tan horrible y oscura que le costaba asumirla, masticó la idea de que ese hombre frente a él parecía ser el culpable de la muerte de su tío.

Pero no pudo masticarla mucho; la idea, la mera noción, le trepaba por la garganta queriendo salir, que la escupiera, que vaciara todo lo que tenía dentro.

«¡No, Kye, no! ¡Traga, putotrágate todo y engaña al villano, sé tu propio héroe!».

Había tenido un profesor en la carrera, Peter Lowl, que siempre insistía (retorciéndose una punta del bigote, como un personaje de otra época) en que los aficionados al terror estaban más preparados para un apocalipsis que el resto de mortales.

Él no era solo un aficionado; respiraba terror, lo emanaba, a veces lo escribía como una compulsión durante horas y horas.

Y sabía que aquello no era un apocalipsis como tal, el profesor Lowl se había referido a una pandemia global con supervivencia zombi; pero sí que era una situación extrema de terror.

Y Kye se había documentado hasta la saciedad sobre la narrativa del miedo.

En esos momentos, era Paul Sheldon en Misery ; solo que en vez de haber sido secuestrado por una fan obsesiva como Annie Wilkes, un tullido emocional e inestable lo mantenía atado a una silla y hablaba sin parar de situaciones terribles en las que él siempre parecía ser la víctima.

Para huir, Kye no podía enfrentar los delirios de su captor, tenía que fingir.

Y eso haría.

—He cambiado tanto desde entonces… —le dijo el imitador de Miles sacándolo del plan que se formaba en su cabeza como la escaleta de una novela—. Me he encontrado aquí, con esa madre que creí p-perdida, contigo… ¡Y ahora qué! ¿Otro cambio de nombre, otro cambio de vida?

—¿Quién…? ¿Quién eres? —preguntó Kye entre el interés y el miedo, tratando de cambiar el ritmo, de ralentizarlo, de ganar tiempo—. Me refiero a que cuál es tu verdadero nombre, para dirigirme a ti.

—No sé cuál es mi verdadero nombre, será Ted Barrett júnior o alguna mierda similar, de un camello y una adolescente drogadicta no se p-puede esperar mucho más.

Crecí como Robert Orlando, si eso es lo que quieres saber, p-pero hace mucho que no respondo a ese nombre.

Lo cambié p-por un sencillo Bob y p-pasé desapercibido durante años.

Y luego desperté como Miles; p-por ti —matizó con un tono que bailaba entre la amenaza y el deleite—.

Esa identidad es tan tuya como mía. Me construí un p-personaje digno de Kye Colton, tienes que estar orgulloso.

—El imitador de Miles se quitó las gafas, las miró y luego sonrió—.

Están sin graduar. No las necesito. —Se las metió en el bolsillo delantero de la chaqueta impermeable que llevaba.

—¿Qué…? ¿Qué pasó…? Mi tío, Jon…

—¿Quieres saber lo que les hice a los culpables de mi mierda de vida?

P-pagaron el precio, sin más. No sufrieron, no soy un sádico.

Y con tu tío estaba… un p-poco verde. Le metí un p-pico de heroína en su furgoneta.

Fue mi primer… tonteo con la muerte. —Ladeó la cabeza como si estuviera sopesando si había elegido bien las palabras o no—. Lo de Jon y su mujer…

—No, déjalo, no quiero saber más —dijo Kye tragándose las náuseas pero no las lágrimas, que vagaban libres como ríos salvajes—. Me duele, no te voy a mentir. Lo cuentas de forma tan cruda y me cuesta tanto asociar lo que dices a la persona que creo que eres, la persona que…

—La p-persona que ¿qué?

Kye iba a vomitar. Se sentía sucio, traicionero. Pero tenía un plan y pretendía llevarlo a cabo. No era un plan maestro, era mera supervivencia.

—Nada, no me creerías.

—Dime —le pidió con la voz de Miles, que era más dulce, más tímida y… disonante de cojones.