Hotel Noir 54. Misery
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54. Misery

MISERY

KYE

—Ah, ya despiertas. Ha habido un momento que me he preocupado, y eso que no te he sedado mucho, hoy me estáis agotando las reservas.

—Miles (o quien fuera aquel chico) se rio de forma siniestra, pero, en lo que dura un parpadeo, cambió el gesto.

Fue como si presionara un interruptor invisible: encendido, apagado.

Kye estaba aturdido. Intentó llevarse una mano a la boca, que notaba seca, como llena de algodón de sabor amargo. Le recordaba a ese deje tan desagradable de la anestesia del dentista.

Se sorprendió al darse cuenta de que no podía mover el brazo.

Ninguno de los dos. Estaba sentado en una silla con las manos atadas tras el respaldo.

Tampoco podía mover los pies, los tenía unidos con algo.

Se revolvió en el asiento, tratando, desesperado, de mirar hacia abajo, ver con qué tenía sujetos los tobillos.

Qué necesidad ridícula e improcedente. Cinta aislante, quizá.

«¡¿Y qué más da?!», le gritaba la parte más racional de su cerebro, la que no estaba entumecida por lo que fuera que tenía en el organismo. ¿Qué coño estaba pasando?

Empezó a hiperventilar, a intentar moverse, volcar la silla, algo…

, lo que fuera. Miró a su alrededor. Estaban en el cuarto al que había entrado a por el fax.

Había muebles apilados y varios candelabros grandes por toda la habitación.

Nada les había hecho imaginar que el comentario de Dani de «vamos a ponerlos, para dar ambiente» terminaría convirtiéndose en un juego tétrico de luces y sombras digno de un relato de Poe.

El brillo que emitían las velas era tenue y amarillento, pero suficiente para verse las caras; la de Miles parecía desfigurada, pero no por la ausencia de electricidad o el sopor en el que Kye parecía inmerso.

Era por la ajenidad de ese rostro, de esos rasgos otrora familiares que, en esos momentos, en el ambiente sombrío de ese cuarto, le parecían extraños, desconocidos.

—Ey, ey, tranquilo —dijo esa persona que no era Miles cuando Kye empezó a removerse en su cautiverio—. Al final te vas a hacer daño.

—¿Y Dani? —preguntó Kye con voz temblorosa—-. ¡Dani! —gritó, esa vez con fuerza, para que su amiga lo oyera; como si no acabara de caer al vacío de una patada.

Y entonces rompió a llorar; fue un llanto feo, hecho de gritos y sollozos rotos. La caída de Dani, la resignación en sus ojos tras la sorpresa inicial, se repetía en bucle en su mente entumecida.

—No creo que suba —dijo el que se parecía a alguien llamado Miles soltando una pequeña carcajada y acercándose.

Pero lo peor fue que, mientras se agachaba frente a él, empezó a hacer sonidos calmantes, como el arrullo de una madre a un bebé que no logra dormir.

Eso puso a Kye todavía más nervioso, y empezó a balancearse de nuevo de forma frenética.

La silla no se movía demasiado, apenas se tambaleaba; era grande, de madera, bañada en dorado y terciopelo negro; como un pequeño trono.

Eli se había empeñado en comprarla en un mercadillo porque decía que pegaba muchísimo con el hotel…

Dios, Eli…

Había quedado con ella en que se pasaría por allí a cenar.

Ya no tardaría mucho. ¿Y si llegaba y la persona que no era Miles la atacaba como había hecho con Dani?

Kye no podía parar de temblar, las lágrimas se le escapaban precipitadas y hacían carreras por sus mejillas, cayéndole por el cuello como si fuera el canalón de un tejado.

—Siento que las cosas hayan salido así —le dijo el desconocido, agachado frente a él—. El guapo de profesión se ha colado en mi cuarto y lo ha precipitado todo. ¡Todo esto es su culpa!

Eso último lo dijo en un grito, poniéndose en pie, asustándolo con la brusquedad en el cambio de tono. Era un latigazo emocional tras otro.

—¿Qué? ¿De qué hablas? —Kye sonaba perdido, se sentía perdido.

—Hablo de tu querido Foster King, el culpable de lo que está p-pasando.

Bueno, que me haya dado la oportunidad de cargarme a la zorra de tu amiga se lo voy a tener que agradecer.

¿Sabes todo lo que he tenido que aguantar?

Sus miradas, sus reproches… ¿Quién se cree que es?

¡Una furcia motera del tres al cuarto, eso es lo que es!

—El que no era Miles hablaba y hablaba y caminaba de un lado a otro.

Y Kye escuchaba, aterrorizado, porque no sabía qué más hacer—.

He fantaseado tanto con hacerle daño… P-pero no soy malo, no p-por naturaleza; así que hacía cosas sutiles como llevarte botellas de vodka cuando la p-puta estaba cerca.

Una vez te oí decir que era un desencadenante p-para ella, p-por algo que ocurrió el día que os conocisteis.

Y quería verla sufrir, ¿sabes? —Hizo una pausa, esperando quizá que Kye contestara.

No lo hizo—. En fin, que si alguien tiene la culpa de lo que acaba de p-pasar, ese es King.

—¿Dónde está? ¿Qué le has hecho?

Quizá Kye había sonado desinteresado, a juzgar por la sorpresa en la cara del que se hacía llamar Miles; pero la despersonalización era puro terror. No le salía la voz, era un vómito a punto de ser expulsado. «¡Fosteeer!», gritaba por dentro, sin embargo.

—Está vivo. Todavía estoy barajando cómo voy a lidiar con los nuevos acontecimientos, la verdad.

No me gusta improvisar. Si p-por algo me caracterizo es p-por mi…

¿Cómo lo llamaría? ¿Diligencia? —Se rio—.

No, suena demasiado serio… Constancia. Sí, eso soy, constante.

Minucioso; eso también. Un p-puto crack , que dirían mis seguidores si tuviera una secta como Charles Manson.

¿Se estaba comparando con un asesino en serie?

¿Qué cojones estaba pasando?

«Joder, joder, joder».

Su mente era una amalgama de palabrotas y gritos de auxilio; necesitaba que alguien le diera a la pausa para poder pensar, para que su mente abotargada y muerta de miedo se centrara; o mejor aún, que alguien rebobinara, que el tiempo retrocediera. Cambiaría tantas cosas…

—¿Qué le has hecho? —le preguntó en ese tono apagado que disfrazaba su pavor.

—Lo tengo en el coche, dormido. Estoy decidiendo sobre la marcha qué hacer. Creo que he dado con la solución. —Tras estudiarlo con intensidad, alzó una ceja y le preguntó—: ¿Tanto te preocupa?

Kye iba a gritar que sí, que el cuerpo se le quedaba muerto de solo pensar que Foster estaba en peligro, que las ganas de vivir se le escapaban por los poros de la piel, supurando miedo y arrepentimiento.

Pero no contestó de inmediato; tal vez porque no le salía esa voz que por dentro gritaba hasta desgañitarse, tal vez porque no sabía qué contestar.

Enfrentar a un perturbado que lo tenía a uno atado a una silla no era nunca la mejor opción.

Stephen King lo había dicho en más de una ocasión, era casi canon en su género: al monstruo no se le vencía confrontándolo, sino desgastándolo.

¿De qué le servía a Kye decirle a ese hombre con la careta de Miles Peterson lo que sentía en realidad?

De nada. Y, sin embargo, no podía resignarse sin más, así que empezó de nuevo con ese vaivén inútil que simplemente lo hacía sentir vivo y a cargo de algo de lo que no lo estaba.

—Deja de removerte así —le dijo el extraño, llevando una mano a su barbilla—. Al final te vas a hacer daño y no p-podría soportarlo.

«¡¿Qué?!».

—Me has drogado, me tienes atado a una silla, me estás contando cosas que solo se le cuentan a alguien cuando va a morir.

—No es verdad. No quiero que mueras. Todo esto es p-por ti, p-para estar contigo.

«¡¿Qué?!».

—Si no vas a… matarme —a Kye le titubeó hasta el corazón, que notaba en la garganta—, ¿por qué no me liberas? Hablemos.

Era un tiro a ciegas, con un arma que no conocía y con una mano temblorosa, herida, a la que le faltaban dedos.

No había más metáforas mentales para describir su intento de salvarse y salvar a Foster y a su hermana y…

¡Dios, Daniii! Pero ese plan que se iba formando en su cabeza, esa idea loca de disparar con perdigones a un monstruo del tamaño de Cthulhu, se vio interrumpido por la voz del que no era Miles.

—No he dicho que no vaya a matarte. He dicho que no quiero. —Tras una pausa, lo miró con intensidad, y, poco a poco, se le empezó a dibujar una sonrisa siniestra en los labios. Daba puto miedo. Kye creyó que dejaba de respirar de la sensación de pavor—. Era broma, tendrías que verte la cara.

—¡¿Todo esto te parece una broma?! —Ahí sí le salió la voz, potente y chillona.

—No grites, Kye. No te p-pega; no sueles hacerlo nunca, ni cuando te sobran los motivos. El influencer ese te ha tenido nervioso e irritado, más borde y esquivo de lo normal. P-pero tú no eres así. No empieces a serlo ahora.

«¡¿Qué?!».

De repente, como una especie de epifanía, como una fuerza salida de la nada (o del puro empeño que notaba en las entrañas), tuvo un momento de lucidez y decidió cómo proceder.

Su experiencia creando situaciones aterradoras tenía que servir para algo.

Aunque le entraran náuseas de solo concebir el plan.

¿Qué era lo que quería? Salir de allí con vida, evitar que Miles se encontrara con Eli, salvar a Foster.

Las vidas de otros dependían de él, el escritor de terror que no sabía escribir su vida.

Vale. Lo asumía. Pero traería su ficción a la realidad y recrearía la escena a su antojo.

Suspiró. Tenía que ganar tiempo. ¿Cómo? ¡¿Cómo?!

El chico anteriormente conocido como Miles había dejado de mirarlo para volver a centrarse en lo que fuera que había estado observando cuando Kye había despertado de su letargo.

Sabía que no era el fax, a Kye se le había escapado de entre los dedos cuando lo había visto sujetando a Dani en la galería.

Y Miles no lo había llegado a ver. Así que no sabía que él estaba al tanto de que era un impostor.

—Perdona. Yo… —Kye trató de sonar frágil, desvalido; conciliador, incluso—. Tienes que entender que me tienes desconcertado. No sé lo que está pasando.