53. El teléfono #2
—¿Perdona? ¿En qué armario? En ningún momento ha escondido lo que siente por ti.
Puede que al principio fuera solo deseo, pero ni eso ocultó.
Llegó a Black Pines y parece que se quitó la coraza que había llevado a cuestas toda su vida y se abrió.
Se encontró en nosotros, en otros parias.
Pero no creo que nunca haya renegado de ti.
Y eres consciente de que en ese vídeo en carne viva habla de un «él», ¿no?
Sin que se le altere la voz, ese hombre ha dicho delante de millones de personas que se ha enamorado de un chico y que ese chico no lo quiere.
Kye se quedó unos segundos —minutos, quizá— pensando en ello.
Se oyó un portazo, otra corriente de aire; el retumbar del cristal de una ventana tras el último trueno.
Era… cierto. Todo lo que acababa de decir Dani era verdad, real como las ganas de llorar que tenía en esos momentos.
Foster había llegado hablando de su vida oculta y de mentira, de sus cajas, de su mundo en mudanza permanente, pero nunca, ni una sola vez, había negado ante él quién era; si acaso, había escondido sus partes buenas, su generosidad, su altruismo, lo implicado que estaba con quienes lo necesitaban.
Y ahora se había declarado al mundo sin caretas ni filtros, con los cojones que lo caracterizaban.
—Yo…
—Tú… eres gilipollas.
Kye miraba las fotos y vídeos que Dani tenía en la galería observando la pureza en la sonrisa de Foster, cómo lo miraba a él, cómo él le devolvía la mirada y las sonrisas. La calidez, los tonos melocotón de las imágenes, los atardeceres que pintaban su día a día.
—Lo soy. Pero… ¿y si…?
—A ver, ¿qué excusa vas a poner ahora?
—No es nueva, no te creas. Soy gilipollas, pero uno muy constante. Mis dudas y mis miedos son los mismos. Y no es solo su sexualidad, es el hecho de que Foster es un animal mediático, ¿qué va a hacer en este pueblo?, ¿qué va a…?
—Coño, Kye, que tú también puedes ser mediático y sabes divertirte y triunfar en público.
Que parece que se te ha olvidado que antes eras «normal», que salías, que celebrabas tus éxitos.
Pero, aunque no fuera así, aunque fueras un ermitaño raro con residencia permanente en un hotel del terror, ese hombre se quedaría contigo. Es que no tengo ninguna duda.
Kye tenía tanto en lo que pensar… Le picaban los dedos de lo que necesitaba que el puto móvil funcionara y escribir a Foster.
Un «tenemos que hablar» sencillo que diera pie a la conversación de su vida.
Un «perdona» que condensara lo mucho que sentía haber estado ciego y medio ahogado en una orilla.
Un «te quiero» solemne, potente, cargado de sentimiento.
Quizá podía incluso ir a buscarlo. Quizá lo peor de la tormenta había pasado y los cortes de luz estaban llegando a su fin; quizá ese apocalipsis —interno y meteorológico— se estaba acabando y, por fin, saldría el sol y sus días serían de color dorado y verde, como los ojos de Foster, como la calma, como la paz.
Se oyó el crujir de la madera en las escaleras y ambos se giraron para mirar hacia allí.
Pero, entonces, un sonido estridente, un chirrido, los sacó del estado mental en el que estaban, y Dani y Kye miraron hacia la segunda puerta de la galería, la que estaban usando como trastero y despacho mientras terminaban de pintar. ¿Eso era un fax?
Kye se había olvidado por completo de que el hotel tenía línea fija.
Había sido cosa de Eli, que además se había empeñado en comprar un fax porque le encantaba la escena (sin ningún rigor y cero realista) de Scream 3 en la que a pesar de no haber luz (y en un momento, ni siquiera papel) los faxes seguían llegando.
Así que su querida hermana, muy siniestra ella, había aparecido un día con un aparato negro con una garra de pelo sintético a modo de auricular; una cosa horrorosa muy en sintonía con el Noir.
Pero ahora ese fax estaba sonando. ¿Qué podría ser?
¿Quién? ¿Foster? ¿Sería posible? Kye se apresuró hacia la habitación con entusiasmo renovado y le dijo a Dani que enseguida volvía.
A toda prisa, casi a la carrera, se adentró en la estancia, solo iluminada por la luna y unos candelabros que habían puesto un par de horas antes por si se iba la luz del todo.
Por eso ni se molestó en darle al interruptor y se dirigió directamente al sonido del fax, colocado en una mesa detrás de otras mesas y varias sillas.
Cuando se hizo con el papel que salía del aparato se le cortó la respiración.
No entendía bien lo que estaba viendo, lo que estaba leyendo.
El remitente era el hospital psiquiátrico Willow Center y Oz firmaba una nota en letras enormes: «No consigo hablar con nadie, te mando esto.
Llama a la policía». Y una foto… Un chico con gafas bajo la que ponía: «Miles Peterson, psicólogo clínico».
«Dios mío».
«¡Dios mío!».
Ese de la foto… no era… No era su Miles. Se parecía, pero era otra persona.
—¡Dani! —gritó saliendo a toda prisa de la habitación con la hoja en una mano—. Joder, Dani, mira.
¿Qué era aquello? ¿Qué cojones era aquello?
Cuando se vio de vuelta en la galería, Kye se encontró una escena terrorífica, la más terrorífica de su existencia.
El hombre que conocía como Miles, pero que no era el de la foto, tenía a Daniela agarrada por detrás, con un brazo tapándole la boca y un cuchillo en la otra mano.
Su rostro era una mueca grotesca, con una sonrisa enajenada y mirada depredadora.
Y Kye estaba ahí, quieto, mudo, inútil. Con una foto en blanco y negro de mala calidad, pixelada porque el papel era una mierda, pero nítida en cuanto a la verdad arrolladora que mostraba: su amigo, su primer terapeuta, el chico que parecía estar enamorado de él, no era el verdadero Miles Peterson.
Y lo que era peor, esa persona extraña tenía a Dani a su merced.
Y no pudo evitar lo que ocurrió a continuación ni hacer nada al respecto.
Todo pareció pasar a cámara lenta y a la vez en un pestañeo.
Fue horrible; horrible de verdad, no como su caída al río Fraser ni como sus miedos ficticios basados en «y si…
» también ficticios. Fue el espanto, el dolor hecho momento, el tiempo ralentizado latiendo a ritmo de impotencia.
Porque Kye fue testigo de cómo Miles (o quien quiera que fuera, el puto demonio en la Tierra) hacía girar a Daniela en un movimiento brusco y la lanzaba de una patada en la tripa hacia la barandilla.
Y de cómo la madera vieja cedía, se rompía, se hacía añicos en un «crac» que no era real, que solo resonaba en la mente de Kye, porque todo se había quedado en el más absoluto silencio; y en pausa.
Dani parecía flotar, su pelo, sus brazos, las astillas en mil pedazos a su alrededor.
Pánico, calma, emociones tan reñidas y tan similares en ese instante.
Porque fue como si alguien hubiera parado el mundo y solo estuvieran los ojos de Kye encontrándose con los de su amiga, muy abiertos, sin comprender; hasta que…
pareció darse cuenta de que caía al vacío, que no flotaba, que no podía volar.
Y Kye corrió hacia ella sin saber bien qué pretendía.
—¡Nooo! —gritó antes de que los brazos de Miles lo rodearan y notara un pinchazo en el cuello.
Y todo se tiñó de un color oscuro, vacío. Desesperanzador.