53. El teléfono
EL TELÉFONO
KYE
Dani y Kye estaban pintando mano a mano los tramos que mantendrían de la barandilla de la planta superior; esa que había permanecido cerrada y en obras durante meses.
Como el interior de Kye, como su corazón.
Tras un periodo de oscuridad, lo había abierto y, según parecía, necesitaba una buena reforma o no sería capaz de acoger al inquilino perfecto, al quimérico, al que se había colado a hurtadillas y le había abierto las puertas y ventanas de par en par, dejando entrar la luz, el aire puro.
Y la tormenta. Y en esos momentos Kye se encontraba en medio de una corriente interna, con el aire chocando en el centro desde todos los extremos.
Así que pintaban las partes que mantendrían, y las que no, aquellas donde la madera estaba en peor estado, vieja y, en ocasiones, húmeda (como tantas cosas en Black Pines), las sustituirían por unas cristaleras que harían que mirar hacia el recibidor fuera una experiencia vertiginosa.
Y preciosa. Porque el vestíbulo, con las pinturas de Daniela en cada pared, era una obra de arte.
Hook , de Blues Traveler, sonaba en la radio de otro tiempo que su amiga usaba a todas horas y gracias a cuyas pilas habían salvado el silencio de un día de cortes de luz y tormentas.
Internas y externas; ninguna de ellas silenciosa en el sentido estricto de la palabra.
Porque la que asolaba fuera de las paredes del Noir golpeaba las ventanas y hacía crujir la madera hasta el estremecimiento, y la de dentro, la tempestad en el corazón de Kye, hacía un crac, crac, crac atronador.
—Eres gilipollas —le dijo su amiga de la nada.
—¿Perdona?
—Hay un número limitado de silencios que puedo aguantar, y contigo nunca había sido un problema, pero mira, no. Este es incómodo, y prefiero decirte las cosas directamente.
—No creo que eso haya sido nunca un problema.
—No, no lo ha sido; pero nunca había tenido tanto que recriminarte.
—Ante el silencio de Kye, que dejó la brocha en el suelo plastificado entre ambos, Dani continuó—: Nunca habías estado tan ciego.
Y, en otras circunstancias, te dejaría estrellarte, porque creo que cada uno es responsable de su conducción suicida, que ahí es cuando aprende; pero no con Foster.
Me parece ridículo e innecesario, y si eres lo bastante imbécil como para no ver nada, ya me tienes a mí en el asiento de al lado girando el volante a lo bestia y salvándote de la hostia de tu vida.
—Creo que la hostia de mi vida ya me la di…
—No, eres un pesado con eso. Te has quedado en ese accidente, en ese puente, en lo que te costó salir. Literal y metafóricamente.
Kye se quedó sin habla durante unos segundos antes de intentar defenderse.
—No me he quedado ahí. He avanzado muchísimo, he llegado…
—Vale, es cierto, no es del todo justo que te diga eso.
Has mejorado, te has esforzado y has pasado por una mierda tras otra, pero ya, Kye, ya vale de lamentarte.
Te estás perdiendo todo lo demás. Cada vez que puedes, te hundes y culpas a tu trauma.
Y ahora estás siendo un ciego gilipollas, sin más.
—¿Hablas de Foster en el aspecto… sentimental? ¿O te refieres a lo de no haber confiado en sus ideas?
Dani lo miró con una ceja alzada como recalcando, una vez más, ese «eres gilipollas».
—Lo de sus ideas lo hablamos mañana cuando la oscuridad no se haya apoderado de todo.
Creo que no estás preparado para la verdad, pero no vas a poder posponerlo mucho más; horas —dijo con una firmeza que suavizó cuando vio la cara de Kye, que no era tonto, que sabía que el motivo por el que su amiga no se separaba de él no era solo por consolarlo ante la ausencia de Foster, sino porque creía que lo protegía de un mal en el que él no quería creer.
Por suerte, Dani decidió seguir hablando de su mal de amores y no del otro—.
¡Y por supuesto que hablo de Foster en el «aspecto sentimental»!
Ese chico te quiere, y mira que se lo has puesto difícil.
Ha estado a tu lado desde el primer momento. Ayudándote, sin hacer preguntas…
—Bueno, lo de sin hacer preguntas…
Kye se arrepintió del comentario al instante, pero, cuando Dani y él se miraron, ambos sonrieron porque… Foster King y esas cosas.
—Te ha apoyado, te ha hecho reír, te ha sacado de tus aguas metafóricas y te ha devuelto las ganas de todo.
Te cambió la mirada, la sonrisa, la forma de enfrentar la vida.
Y tú, que eres gilipollas, en vez de aprovechar que alguien maravilloso entra en tu vida, empiezas a poner una excusa tras otra para que se vaya de ella y cierre de un portazo al salir.
—No son excusas. Son miedos.
—Pues déjame que te diga que tus miedos no pueden gobernar nada. Tus miedos son tan gilipollas como tú y están igual de ciegos, y son dañinos, y egoístas…
—Vale, vale… —Kye le acarició el dorso de la mano con un dedo.
Daniela Rodríguez no era muy de caricias, rechazaba bastante el contacto físico, pero él quería demostrarle que la escuchaba, que sus consejos eran valiosos, que le agradecía que estuviera a su lado, diciéndole verdades que se clavaban en el pecho y cortaban la respiración—.
Es que… creo que… me he… enamorado de él. Y me aterra.
—¿«Crees»? ¿Tú eres gilipollas? —Ante la mueca de Kye, porque cada frase parecía terminar con el mismo insulto, su amiga puso cara de paciencia y continuó—: Pues claro que estás enamorado de él.
Hasta las trancas. Y claro que te aterra, cómo no va a hacerlo.
Amar significa ceder el control, y ambos sabemos cómo te pones tú cuando te quitan el volante.
Tras un silencio tan atronador que hasta el reloj de la biblioteca se oía como si lo tuviera metido en los tímpanos, tras ese silencio donde hasta el viento del exterior pareció detenerse durante un instante y darle tregua al hotel y a su corazón, Kye apoyó la cabeza en un trozo de barandilla aún sin pintar y miró a Dani con lo que esperaba fuera total transparencia; esperaba que lo que sentía se viera, se palpara, se entendiera.
—¿Y qué hago si tengo una cosa aquí que me oprime y no me deja respirar?
—Se llevó una mano al pecho—. Me da miedo reconocer que Foster es lo mejor que me ha pasado en la vida, porque si lo verbalizo y me entrego, si cedo a esto que me grita que salte al agua de cabeza, corro el riesgo de que sea un espejismo y me dé de bruces contra el suelo.
—¿Un espejismo? Pero ¿tú te estás oyendo? Y vale ya con las metáforas del agua y el ahogarse. Ya pasó. Ya saliste de allí. Y ahora tienes a un hombre magnífico dispuesto a nadar contigo en cualquier dirección.
—Pero ¿y si…?
—«Y si», nada. Te he llamado gilipollas una y mil veces por eso precisamente. Porque para ti todo son excusas válidas para no quererlo.
—Algo así me dijo él.
Antes de marcharse. Antes de mirarlo con pena e impotencia. Antes de cerrar la puerta y llevarse con él preguntas, respuestas, sonrisas y verdades. Y también la luz, las ganas y miles de palabras por decir.
—Mira, ¿dónde está mi móvil?
Dani se levantó y Kye hizo lo mismo, caminando hacia la pequeña mesa de la esquina donde estaban los teléfonos de ambos sin rastro de señal.
—¿Qué vas a hacer? Siguen sin funcionar.
—Lo de estar sin móviles es una locura, ¿eh? ¿Eres consciente de cómo nos hemos acostumbrado a ellos? Y luego llega una tormenta, se carga las torres, la fibra, los routers, y nos deja como en la prehistoria.
—Exagerada.
—Ya, pero mira, lo guardé antes de que todo se fuera a la mierda. No necesito internet ni línea para esto. De hecho, tengo guardados varios vídeos y todos juntos cuentan una historia.
—Como todos los vídeos.
—No, me refiero a que juntos, unidos, cronológicamente, ya sabes, cuentan una historia. Una de amor.
Dani le tendió el teléfono. En el vídeo aparecía Foster con el pelo alborotado, resultado de pasarse la mano una y otra vez por la parte de arriba.
Tenía los ojos rojos e hinchados, y a Kye se le rompió un poco el alma al pensar que él era el culpable, que había llorado por su estupidez, por sus putos miedos que siempre se lo cargaban todo.
Era un pusilánime al que le costaba mantenerse a flote.
Y escuchar la voz de Foster, sus palabras, su honestidad.
.. No lo merecía. Lo había empujado y empujado hasta sacarlo por la puerta.
Y el muy maravilloso, en vez de enfadarse o manifestar su odio, se había sincerado ante millones de seguidores y había mostrado que las luces tienen sombras y que a los guapos y carismáticos también les rompen el corazón.
Kye se quedó sin palabras. Quería llorar, salir corriendo a buscarlo, decirle que pasaría la vida redimiéndose, que volviera al hotel del miedo creado por un autor cobarde al que la vida se le hacía bola.
Daniela, no contenta con el efecto devastador que la última confesión de Foster había tenido en él, le enseñó tres o cuatro vídeos más, todos de las últimas semanas.
Efectivamente, contaban una historia, una que Kye necesitaba reescribir, una a la que darle un final feliz.
Grisáceo, teñido de moralidades pardas y de canciones de rock desgarradas. Su propio final feliz.
—¿Qué ves en esos vídeos, eh? Porque yo veo a un Foster entregado que cambió su pose de chico guapo y fiestero por este tío natural, emocionalmente implicado, volcado en la causa del hombre del que está enamorado. Mira la sonrisa, ¡mira la tuya!, y dime si es un espejismo.
—Pero está en el armario…
Kye no sabía por qué había vuelto a entonar la puñetera melodía que se había repetido en su cabeza desde el día que lo conoció.
«Está en el armario, finge ser hetero, sus obras de caridad son anónimas, está oculto…
». Le salía como una de esas canciones que escuchas tanto que años después recuerdas cada palabra.
Aunque no te guste. Aunque hayas aprendido a aborrecerla.